¿Sin masas y sin “demos”?

Pepe Reig Cruañes

Decía El Roto que España está sirviendo de laboratorio y los españoles de “cobayas” de un “experimento a gran escala”. Hablando con toda propiedad puede decirse que estamos ante una alevosa expropiación de la población a manos de los gobiernos, con el objetivo confeso de devolver a los bancos (españoles y, sobre todo alemanes) el dinero que arriesgaron en operaciones de inversión que no pasarían la prueba de un contable de tercera. Ante este meridiano ejemplo de la vieja y denostada lucha de las clases por la titularidad del producto social, una pregunta recorre Europa … bueno, no la recorre pero debería hacerlo: ¿dónde diablos están las masas indignadas?

Sí, ya sé que no estamos en los años treinta, ni siquiera en los felices sesenta. Ahora las cosas son de otro modo y se pueden presentar una docena de explicaciones a esta ausencia de reacción. Las redes familiares de solidaridad, propias del mundo latino. La reserva de protección social que, aún a punto de agotarse, sirve de muro de contención. La doctrina del Shock, que nos explicó agudamente Naomi Klein, y que ha logrado paralizar a la gente de miedo. Aquello que Hanna Arendt llamaría la “desesperación organizada” que había servido de base a los regímenes totalitarios. El hecho contraintuitivo de que la gente se rebela cuando está mal, pero deja de hacerlo cuando está absolutamente mal. En fin, la generosidad cuasi infinita de las masas que prefieren siempre creer en la promesa de salvación colectiva con que las elites las adormecen día a día, antes que asumir el riesgo de tomar las riendas.

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Una combinación de todo ello, más la falta de arrojo de la izquierda política, puede estar inhibiendo la socialización de la indignación, es decir, la extensión incremental de la protesta e impidiendo que se desborde en acciones de masas que parecen las únicas capaces de inducir un cambio de rumbo en la elite del poder o propiciar aquello de que “el miedo cambie de bando”. La participación en las huelgas y manifestaciones ha ido subiendo y bajando desde la explosión del 15-M y también la sensación de hartazón de la gente, pero ¿dónde está aquella ola de indignación contra el gobierno que nos metía en la guerra de Irak allá por 2003? Aquellas protestas casi no había que convocarlas, millones de personas salían simultáneamente en manifestación en todas las ciudades, o hacían caceroladas y colgaban pancartas de sus balcones. Había un estado de efervescencia que el propio Tony Blair retrató certeramente al decirle a Aznar que el porcentaje de gente que apoyaba la aventura bélica era igual que el que creía que Elvis estaba vivo. ¿Dónde están aquellas mayorías ahora, cuando se ataca no ya la fibra ética del pacifismo popular, sino algo mucho más cercano al “interés” inmediato como es el empleo o el derecho a la salud y la educación?

La conversión de las masas en sujeto histórico es un “tema” del siglo XX, pero ha sufrido varias circunvoluciones desde que la archicitada Rebelión de las masas (Ortega, 1929), expresara el miedo a la extensión de la democracia fuera del ámbito político (liberal) para invadir el todo social. Tres décadas después de Ortega, Elías Canetti (Masa y Poder, 1960) se percataba de que la irrupción de los modernos medios de comunicación masivos había acabado con la capacidad de tumulto o asamblea física de las masas, que ya sólo se reunían virtualmente en torno a símbolos mediáticos, modas y personajes famosos. Estas masas que ya no se reúnen han perdido la “conciencia de su potencia política” (Sloterdijk, 2002). Si esto sucede en la era de la comunicación de masas ¿qué no ocurrirá en la de las redes sociales, cuando los símbolos y modos en torno a los que podrían reunirse las masas se han multiplicado al mismo ritmo que se fraccionaba hasta el infinito su antigua atracción universal?

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Hay un ejemplo en nuestra experiencia reciente como país que puede ilustrar esa relación entre los medios, los individuos y las masas. Durante las marchas convocadas por el Gobierno de Aznar en protesta contra los atentados de aquel nefasto 11 de marzo, que congregaron a millones de ciudadanos de forma simultánea en todas las ciudades, se produjo un fenómeno que puede haber pasado desapercibido para muchos: la llegada de noticias por medios extranjeros y nacionales que confirmaban la autoría islamista del atentado, produjo multitud de cambios cognitivos individuales “durante” el transcurso de esas manifestaciones, lo que unido a la visibilidad que adquirían las protestas aisladas de grupos reducidos contra la manipulación informativa del gobierno, acabó generando una difusa sensación de incomodidad e impaciencia que tendría su traducción en el castigo electoral de 48 horas después. El caso (Vid. Multitudes on line. Sampedro, 2005) ilustra bien la velocidad y la intensidad con que cambios en el nivel “micro” se traducen en tormentas “macro”, pero también es un ejemplo del cruce de las realidades físicas con las virtuales que constituye el nuevo espacio público.

Se ha hablado mucho de cómo Facebook o Twitter cambian las relaciones personales al facilitar contactos evitando los inconvenientes del roce físico o facilitando una gestión diferente de las identidades sociales. Lo que no se ha tratado tanto es la forma en que esas redes sociales modifican la relación del individuo con el colectivo social y, en primer lugar, cómo esto altera la composición y la conducta de los individuos en situaciones de masa y de las propias masas congregadas. Las informaciones y opiniones críticas con la gestión de la crisis se difunden rápidamente y proliferan en el sistema viral de las redes sociales, pero con la misma frecuencia empiezan a surgir voces denunciando un posible fenómeno de sustitución, en virtud del cual la gente acaba desgañitándose en las redes, dando así por cumplido su deber de intervención en el espacio público, en vez de acudir a las convocatorias y acciones “reales” que son las únicas que tienen posibilidad de influir en el orden político.

¿Es entonces el sino de nuestras sociedades posmodernas la desaparición del tumulto y la reunión de masas? Las masas siempre se han considerado reactivas, salvo por una parte del marxismo que entendió que mediante adecuadas organizaciones de masas, éstas podían ser programadas para la acción. Una acción, por supuesto, pensada y dirigida por una minoría consciente.

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Algo muy diferente de esto es el “demos” de la democracia, o eso que damos en llamar “ciudadanía”, que solo puede ser creado mediante un complejo sistema de derechos y libertades: opinión, expresión, reunión, manifestación, participación, delegación, elección, etc. Un sistema de libertades que le permite conquistar algunas mínimas “igualdades”, vamos a llamarlo así, o derechos sociales de los que incluimos en el estado del bienestar. Es decir, esa otra clase de derechos que tienden a paliar algunas de las inseguridades intrínsecas de la vida humana, como una cierta protección ante la enfermedad, una cierta igualdad de oportunidades ante el ascenso social, alguna estabilidad laboral, el acceso a la cultura, seguridad jurídica, etc.. En tal escenario de libertades y de  potenciales “igualdades”, los procesos de formación de la voluntad popular se superponen y hasta sustituyen a la reactividad de las masas. Esos procesos deberían parecerse cada vez más al ideal “dialógico” habermasiano de la democracia deliberativa, con sus condiciones de comunicación, participación y negociación de intereses en busca del bien común.

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Pero ¿qué ocurre cuando a ese “demos” se le retiran, por decreto, derechos de los que es titular? ¿Qué ocurre cuando en lugar de ayudar a los ciudadanos particulares a saldar su deuda con los bancos, se opta por ayudar con dinero público a éstos manteniendo la deuda de los particulares y expulsándolos de sus viviendas cuando llega el caso? ¿qué ocurre cuando se hace una reforma laboral pensada para desequilibrar la capacidad negociadora a favor del capital? ¿o cuando se invierten deliberadamente los efectos igualadores del sistema de enseñanza, favoreciendo una nueva elitización? ¿Qué ocurre cuando se expulsa a casi un millón de ciudadanos del sistema de salud y se deteriora deliberadamente la atención sanitaria para favorecer la privatización y el negocio? ¿Qué pasa con el “demos” cuando se propone dificultar la protesta cívica volviendo a un esquema de orden público más propio del franquismo, que multa, prohíbe y castiga? ¿Qué ocurre cuando se empuja a las mujeres a abandonar los espacios conquistados trabajosamente durante décadas y se le vuelve a pedir sumisión y silencio? ¿O cuando se reorganiza el negocio de la cultura para que deje de ser un empeño común y se convierta en el adorno particular de unos cuantos? ¿Qué ocurre, en definitiva, cuando se expropian derechos mientras se empobrece al famoso “demos” de la democracia? ¿No debería entonces “pasar algo”?

¿Cuál es el umbral de derechos que una ciudadanía viva puede perder sin estallar en una insurrección cívica? Esa es la verdadera naturaleza del experimento de ingeniería social a que aludía sabiamente El Roto, y la respuesta, hoy por hoy, parece ser que podemos llegar muy, pero muy abajo sin que tiemble la tierra.

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16 pensamientos en “¿Sin masas y sin “demos”?

  1. Comparto la reflexión pero con un matiz q no puede faltar. Si el Análisis se circunscribe al marco del Estado español no se puede obviar q hay una gran excepción en Catalunya en la medida que se ha producido una movilización social sin parangon en Europa en este momento y con una voluntad de abordar el cambio ya no desde las protestas parciales sino enmendando la mayor y abordando la creacion de un nuevo Estado donde la libertad, la democràcia y la justícia sean prevalentes

    • No lo veo del mismo modo. Al contrario, creo que la elite dominante en Catalunya ha encontrado en el acelerón secesionista una bonita manera de desactivar la fuerte movilización social, que se había iniciado allí más fuerte que en otros sitios, contra las políticas neoliberales. Una buena parte de ese potencial se ha desviado, con permiso de ERC, hacia el objetivo independentista y ya no parece cuestionar la expropiación de derechos sociales ni la reducción de las libertades.
      Esto no prejuzga la legitimidad de la reivindicación independentista, ni las razones del desapego hacia el sistema constitucional de la democracia española. Incluso para quienes no creemos en el derecho de autodeterminación, la humillación inferida por la derecha española a través del Tribunal Constitucional, no podía dejar de tener un efecto de radicalización del independentismo. Ese independentismo, además, crece porque parece la única alternativa con proyecto de cambio, en un momento en que todos los demás se muestran aturdidos con la crisis. Puede acabar triunfando, pero eso no la hace más deseable. Una de las paradojas de la situación actual es que la alternativa más sensata y que más apoyos concitaría según las encuestas, el federalismo, o llega tarde o no tiene quien le escriba. A mi modo de ver, la derecha catalana ha hecho lo mismo que la española, exagerar un conflicto nacional, para ocultar la dimensión social de la catástrofe y aplicar sus políticas conservadoras. En eso como en tantas cosas, los nacionalismos (el español y el catalán) se tocan.

  2. Pienso que en Cataluña igual, la movilización independentista es un fenómeno local bien aprovechado por Mas & Cia., que son igual de responsables de los recortes como los “líderes” estatales.

    • Estoy de acuerdo. Tal como expreso en el comentario anterior las derechas catalana y española han sabido agitar sus respectivos nacionalismos heridos para desactivar el conflicto social.

  3. yo creo que en España hay un Habito histórico que en esta ocasión ha sido desactivado. hoy todo el ámbito se percibe que la separación de Catalunya puede ser posible, ello ha creado un gran sentido de la responsabilidad cívica para conseguir un bien mayor. ( todas las posiciones tienen la misma opción, responsabilidad cívica, para conseguir el éxito de su propuesta, aún siendo contraria ). por otro lado todos los postulados piensan que lo que sucede es transitorio. todos han tomado conciencia que la deuda española es descomunal y no podemos estar tan mal como en Grecia… ¿que pasará al fin del mandato de Rajoy?. tengan en cuenta que una revuelta es una guerra, y las guerras solo se toman para ganar. en España todos pierden… Al menos hemos aprendido que una guerra civil no la tenemos que repetir. puede que haya mas conciencia democrática en la estructura social que en su casta dirigente.

  4. En mi opinión es un problema del ritmo al que se hacen las cosas y cómo se dosifica la información. La fábula de la rana y el caldero de agua lo resume muy bien: si arrojas una rana a un caldero de agua hirviendo saltará fuera inmediatamente. Pero si la dejas dentro desde que empiezas a calentar el agua el pobre bicho se dejará cocer vivo por puro aturdimiento.

    Pues con la sociedad pasa lo mismo: paso a paso llegará un momento en el que sin saber cómo, la sociedad estará en pelotas en todos los sentidos. Pero como la gente no cree en nada y bastante tiene con preocuparse de cómo llegar a mañana pues no pasará nada y se ‘dejará hacer’. Triste pero predecible.

    • A no ser que los movimientos sociales, las organizaciones de izquierda, la intelectualidad, sea capaz de dibujar un camino alternativo y de darle visibilidad. La gente no es insensata y no se entrega a una rebelión cívica hasta que no ve alternativas.

  5. Con lo descrito lo que se percibe de fondo -y diría que a ello se refería el Roto- es que las élites de poder, han optado por “soltar lastre” en su competencia geoestratégica de adaptación a un mundo multipolar inevitable en la mejor posición posible. Como esas élites son financieras y pese a su vinculación a los Estados dominantes, toman más riesgos en esa “carrera”, y pasan de legitimar los Gobiernos -menos contra más alejados del “centro” de poder- mediante su función de atender los servicios públicos “desmercantilizados” y, redistribuir recursos en la medida necesaria a ese fín de “mantener” una “inclusión social”, que les ha servido bien durante los 30 años dorados de EB hasta la crisis de los 70. Desde entonces el neoliberalismo empieza a tomar el mando, y el que no suelta “lastre” social corre menos en el “capitalismo por desposesión”.
    Perdida la legitimización institucional de mantener la cohesión social y un horizonte de mejora en el bienestar de sus ciudadanias, solo les queda la represión y la desinformación (en todas sus variantes formales) para mantenerse.
    Ciertamente en las ciudadanías de los paises centrales se nota hartazgo -más cuanto más periféricas a sus centros respectivos- pero domina el miedo al Kaos (por ejemplo, una encuesta europea sobre el euro en los paises del sur nos revela que pese a responsabilizar al euro de sus males, las mayorías temen más dejarlo). Sin embargo el gran capital parece no temer al Kaos, sabe sobrevivir en él como sistema.
    Parecen tiempos propicios para las revoluciones, pero no se dan sujetos revolucionarios ni proyectos emancipadores. En los paises centrales parece tenerse más miedo a ser “arrojados de palacio” que a sufrir el despotismo del emperador que ya se sabe desnudo.
    Cosas de la Globalización, en un mundo tan inquietante y de frágiles equilibrios, el miedo sigue sin cambiar de bando, y parece más temerse a la libertad que al “amo”. Recuerda a los esclavos negros liberados durante la Guerra de Secesión, se negaban a irse de las granjas del amo, porque ¿que comeremos “ahí fuera”?…

    • al “soltar lastre” las clases dominantes europeas están condenando el modelo del Estado del Bienestar. Eso es, precisamente, lo que el capital financiero necesita. Siempre he creído el que capital financiero, el que domina hoy por completo la globalización, necesita destruir el “mal ejemplo” que el Estado del bienestar representa en el mundo para las poblaciones de las economías emergentes. Esos pueblos no deben aspirar a un tipo de redistribución vigilada por el Estado, sino que deben conformarse con el capitalismo salvaje que la banca desea. Para que se conformen con ese estado de extrema desigualdad, debe destruirse la fortaleza europea de los derechos y esa destrucción ha empezado por el lado más débil, la Europa del Sur.

  6. Un gran acertado análisis.
    Terrible panorama se nos presenta y lo que es peor aceptado o asumido por una amorfa mayoría que en realidad son quienes apoyan, no sé si en estado de shock, el desaguisado.

    • No estoy seguro de si la mayoría apoya el “desaguisado” o es que, más bien, no es capaz de imaginar alternativas porque las fuerzas políticas y los movimientos sociales no han sido AÚN capaces de formularlas.

  7. La rebelión de las masas habla de la incursión en la vida social, política, económica, filosófica y cultural de la época, de las masas vulgares. Que empezaban a dar opiniones y sentar pensamientos contradictorios sin poseer una verdad filosófica. Y que muchas de estas ideas se erigían totalitarias por medio de la violencia. Una de las ideas que forjaron las masas fue el fascismo o el liberalismo del pequeño comerciante, fue la más violenta. Otra utópica a la verdad social y humana era el marxismo. Por lo que la Rebelión de las Masas ha de entenderse no como una Explosión de indignación social capaz de cambiar el orden establecido. Sino como una irrupción violenta de Múltiples ideas, pensamientos y opiniones sobre el entorno y espacio organizado de la sociedad de entonces. Ideas que llevaron a la creación de movimientos políticos violentos como el fascismo y en contra de este, el socialismo, el comunismo o el anarquismo.
    La pregunta de dónde están las masas ahora? Pues en las calles, en las redes sociales, en las empresas grandes, en la universidad, institutos, barrios, etc.
    La pregunta normalizada sería: ¿cristalizarán las ideas, pensamientos y opiniones de estas masas en movimientos políticos violentos y organizados, capaces de instaurar un nuevo orden social?
    O , sólo se manifestará la masa indignada ante los dirigentes para llamar la atención y corregir las políticas practicadas, continuando pacíficamente con el sistema?
    De momento, el Pensamiento Único se erige con violencia para ser el dominante político. ¿Habrá un pensamiento violento que se enfrente a este último? ¿Será apoyado por la clase media?………

    • Interesante matización. Efectivamente, lo que importa no es tanto la visibilidad de las masas sino la cristalización de sus ideas, demandas y esperanzas en organizaciones y movimientos que las expresen y que construyan las nuevas realidades a que esas masas apuntan.

  8. También la protesta en la calle ha sido muy fácilmente digerida por los sucesivos gobiernos. Por lo general, la cultura política española ha invalidado cualquier posición de interlocución si procedía de las calles. Tanto las protestas del 11-M como las del 15-M tuvieron efectos electorales por su cercanía con elecciones. Sin embargo, en cuanto a resultados ¿cuántas han logrado revertir tal o cuál decisión? Obviamente, no es problema de la ciudadanía, es problema de una cultura política que observa a las masas y calcula sus efectos en términos de rédito electoral.

    ¿Por qué la izquierda no ha empoderado a la ciudadanía cuando no gobernaba y ha respetado su interlocución cuando sí lo hacía? Ahora llamar a las masas, ¿para qué?

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