Desafectos al Régimen

 

Cuando yo era jovencillo, y Franco un anciano al que los suyos pegaban aún a la vida, solíamos quejarnos muchos por la falta de libertades y la brutalidad de la represión en conflictos laborales o estudiantiles. No faltaba, en más de una ocasión, la expresión de los más viejos, que, entre la comprensión y la suficiencia, nos decían: “¡Bah! esto es la “dictablanda”; ahora con que no te signifiques, vives tan tranquilo”.  Harto de que relativizaran las quejas, y se relegara el contenido, pregunté a persona de crédito por edad y saber, que me aclaró: “la llamamos “dictablanda” con razón; ahora, si no perteneces a nada prohibido, si vas a tu tarea y no te metes en lios, si tienes cuidado con lo qué hablas , y con quién lo hablas, no pasa nada. Antes, durante bastantes años tras la Guerra Civil, no bastaba con eso; había que mostrar entusiasmo ante los vencedores, jalear sus decisiones y discursos, para que no te colgaran el sambenito de “Desafecto al Régimen”. No. Ni te fusilaban, ni te metían en la cárcel, pero te echaban del trabajo sin explicaciones, y nadie te admitía en otro. ¿por que te crees que se fue a Suiza el padre de fulano, o a Barcelona el de aquel otro chico? La Dictadura de verdad, la de aquellos tiempos, sabía lo que hacía. Por cada señalado, había un montón más que ahondaban en su miedo y en su zozobra; era un aviso que acababa, no solo con las protestas, sino con los murmullos; nadie se fiaba de nadie, y la mayoría se apuntaba al carro de la “adhesión inquebrantable” ¿Por qué te crees que esto dura tanto?”

Han pasado casi cuarenta años de aquellos cuarenta años. Hemos aprobado una Constitución, y miramos con desdén a los países sujetos a gobiernos despóticos. Pero estamos en crisis; el trabajo escasea, y a todos -sobre todo a los más jóvenes- ya se nos puede despedir, no con dos duros, sino con cuatro perras. Representantes sindicales e izquierda política intentan salvar los muebles, y aceptan cualquier rebaja de derechos -“para no perder todos los derechos”, dicen- y se dictan ERES, resueltos tarde y mal por una Justicia desbordada, politizada, y sin recursos. Al lado de esos despidos colectivos que dejan en la calle centenares o miles de familias, nadie repara en la expulsión individual de este o aquel trabajador, que lleva poco tiempo, que no se ha distinguido en la lucha sindical, que ha sido solo uno más en votar en contra de otro nuevo recorte salarial o profesional.

Ha ocurrido a las puertas del fin de semana. En una radio-televisión pública autonómica. Digamos que la despedida es Ana; joven, reportera, entusiasta en la tarea, cordial en el trato, a veces divertida por su ingenuidad. Nunca había tenido problemas con los jefes; cierto que no era ferviente en criticar a la oposición; le gustaba contar lo que veía, no lo que querían que viera. Cuando he sabido del despido, he preguntado a sus compañeros por cómo había sido, “así, sin más”, me han dicho. He entrado en las redes sociales y no he visto, apenas, noticia de ello; algún mensaje de prudente solidaridad; algún pésame testimonial. Y ausencias; múltiples ausencias, y un silencio que me ha estremecido al recordarme sentencias de viejo: Ana (casi sobra el decirlo) no era “afecta al Régimen”.

Un pensamiento en “Desafectos al Régimen

  1. Yo también fui niño de postguerra, monaguillo de misa en latín pero inocente ante las tragedias que habían vivido nuestros padres, la de callar, la de tragarse la rabia, la de las fiestas de guardar, días que empleaban en trabajos extras para que no faltara “el pan en la mesa”.
    Todo ante la amenaza canónica de multa de 50 pesetas que ejecutaba el ayuntamiento, naturalmente de alcalde afín al régimen.

    La del catecismo, la del pecado del que no te librabas, ya que tanto era de palabra como de obra, o por omisión.

    Nada es igual, pero todo es parecido y esto empieza a recordarme cosas.

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