Un viejo test para la democracia y los nacionalismos: los derechos de los otros

Javier de Lucas

Comenzaré por una cortesía elemental. Reconocer que no soy nacionalista, de ninguno de los nacionalismos posibles aquí y ahora, que ya es decir. Porque es imposible negar que hay donde elegir en el mapa plural en el que vivimos hoy los europeos. No digamos los españoles.

Quizá la razón más importante que nos aparta a algunos de nosotros de una ideología como el nacionalismo, a la que tantas veces -equivocada e irresponsablemente- se ha dado por muerta y enterrada y que, evidentemente, goza de tan buen salud, son los derechos y en particular aquellos que se relacionan con el fenómeno de la diversidad. Más aún hoy, cuando su condición estructural y su visibilidad la han hecho imposible de ignorar.

Hablo en primer lugar de los derechos de los otros. De los derechos de los que no son, no somos como la mayoría. En particular, de los derechos de aquellos que se encuentran en situación manifiestamente vulnerable y heredada, por su condición de minoría. Minoría en el sentido, sobre todo, cualitativo, esto es, su posición de inferioridad, que se concreta en un status de discriminación y dominación, fruto de la ignorancia y el prejuicio y del afán de dominación de quienes victimizan esa condición minoritaria: sexo, clase, edad, opción sexual,  pero también otros marcadores de identidad: nacionalidad, raza, lengua, religión .

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Y por eso hablo también de diversidad. Nuestras sociedades se han vuelto tan interdependientes y tendencialmente abiertas que ya es imposible recurrir a los modelos de antaño con los que se ha gestionado política, cultural, socialmente la diversidad. Modelos que algunos parecen empeñados en mantener contra viento y marea o, lo que es peor, en resucitar para sus proyectos de nuevos Estados.  Son los modelos que consisten en ocultarla, invisibilizarla; no digamos expulsarla, eliminarla. Es decir, ocultar, invisibilizar, expulsar o eliminar a las personas que son agentes visibles de esa diversidad, sobre todo la que molesta a nuestra ignorancia y a nuestros prejuicios. La que resulta inconcebible, la que es vista como un mal, como patología, desde  la pulsión primaria del monismo. Cuando resulta que precisamente ese monismo, el que subyace al mito de Babel, es la verdadera patología social. Lo ha recordado recientemente entre nosotros el profesor de la Universidad de Montreal, Jean Leclair, en su bien argumentado alegato a favor de la solución federalista en sociedades complejas como Canadá o, desde luego, España.

Por eso, cada vez que me topo con amigos que hacen del nacionalismo bandera, sea el que fuere (españolistas, valencianistas, catalanistas, vascos, andaluces también, sardos, flamencos o escoceses) he decidido, en lugar de contar hasta diez, practicar un pequeño reflejo mental: recordarme a mí mismo lo que soy: un inmigrante. Un inmigrante laboral.  Eso me sirve para intentar saber si el nacionalismo de que se trata practicaría conmigo aquello que sigue pareciéndome, lo siento, una cuadratura del círculo: una sociedad plural e incluyente, construida desde ese nacionalismo como ideología-guía.

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Voy a recurrir a una experiencia personal, pero que es común a muchos de nosotros. Como otros muchos emigrantes interiores en España, salí de mi ciudad y región de origen y me fui a otra. Lo hice por razones de trabajo. Eso sí: tuve la inmensa suerte de poder hacerlo libremente (no como la inmensa mayoría de los inmigrantes que llamamos laborales), como he escogido también libremente otros destinos laborales. Algunos en otro país y durante un período de tiempo que bien podría considerarse propio de un título de residencia estable, casi ocho años. No por necesidad. No por obligación. Los elegí para tener mejor formación, más oportunidades laborales, una vida mejor.

Por eso me produce un rechazo inmenso cada vez que alguien ha intentado imponerme un criterio de aceptación de mi presencia en condiciones de igualdad con los indígenas de turno: lengua o acento lingüístico, aprecio por usos y costumbres (siempre mejores que los míos, claro), “amor por la tierra” (como Sarkozy pretendía exigir). Y me digo y les digo que los disfrute el que tenga esos sentimientos, el que tenga la suerte o el gusto de experimentar orgullo, satisfacción u orgasmo viendo su bandera, entonando sus himnos o practicando sus ritos y usos ancestrales (o no tanto). Pero ni hablar de imponérmelos. Menos aún, pretender condicionar mis derechos a esos sentimientos o mitos.

Y si eso me pasa a mí, ¿cómo no voy a rebelarme cuando unos y otros tratan de condicionar a esos sentimientos o mitos los derechos elementales de gentes que huyen de su país por necesidad, por supervivencia? No: ese “patriotismo” del que se disfrazan los nacionalismos monistas, excluyentes, discriminadores, siempre ávidos de dominar a algún otro, es sólo un refugio de indignidad, de la incapacidad para reconocer los vínculos con cualquier otro, por lejos que esté de mi sangre o mis sueños.

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Por eso, hay un test de aceptabilidad que, a mi juicio, debe superar cualquier proyecto político hoy, y en primer lugar el de los nacionalismos viejos y nuevos, los periféricos y los centralistas. También y sobre todo los de ese gran enemigo de Europa, del proyecto europeo en el que creo, que es el nacionalismo fundamentalista europeo construido desde otra ideología-eje. Esta vez, no una basada en el Blut und Boden, sino en un modelo de mercado presidido por el totem del beneficio y sus corolarios (el déficit fiscal como tabú). Una ideología de efectos profundamente desigualitarios y excluyentes, incluso entre los propios europeos, como sabemos los griegos, portugueses o españoles, por ejemplo.

Es el test es del reconocimiento de plenos derechos, de igualdad, a esos otros que son los inmigrantes. No digamos, el de reconocimiento de un primer derecho por el que pugnan millones de seres humanos, el de recibir refugio frente a la persecución: el derecho al asilo.

Por eso, creo que si queremos hablar de nueva democracia, podemos dar un primer paso: comenzar por modificar las política europeas de inmigración y asilo, incompatibles con una democracia incluyente y plural. Y algunos de nosotros valoraremos la actuación de partidos y movimientos (como lo hicimos con sus programas) con la atención puesta en sus hechos a este respecto.

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8 pensamientos en “Un viejo test para la democracia y los nacionalismos: los derechos de los otros

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  2. Comparto todo lo que dice y me gusta cómo lo expresa. Muchas gracias por hablar tan clara y sosegadamente sobre un tema que, al menos en este país, se suele abordar con demasiada pasión y más bien poca razón.

  3. Comunicado de la Casa del Rey campechano el 18 de Julio de 1978 recordando la infausta fecha del inicio del genocidio fascista en España: “Hoy se conmemora el aniversario del Alzamiento Nacional que dio a España la victoria contra el odio y la miseria, la victoria contra la anarquía, la victoria para llevar la paz y el bienestar a todos los españoles. Surgió el Ejército, escuela de virtudes nacionales, y a su cabeza el Generalísimo Franco, forjador de la gran obra de regeneración”. http://diario-de-un-ateo.blogspot.com/2014/02/la-infanta-cristina-y-los-desastrosos.html

  4. Imposible no compartir ese test. Pero no está tan claro que tengamos que identificar la idea de, al menos, ciertas posiciones tildadas de nacionalistas con la negación del pluralismo y la imposición de la desigualdad. Muchos “nacionalismos” no existirían en un país que no hubiera formado la esencia de su Estado precisamente sobre la opresión nacional basada en la negación de los otros. Conviene recordarlo estos días en que adquiere protagonismo otro rey Felipe (el VI sigue al V, el d’Anjou, el primer Borbón), al que parece imprescindible referirse en este momento histórico.
    Como también parece oportuno referirse -ya que tú mismo lo haces, Javier- al fracaso al que lleva a la construcción europea el mantenimiento de los Estados como piezas clave (precisa la cita del trabajo de Sami Nair). Y los peligros a que nos conduciría -a que nos ha conducido ya- el “nacionalismo europeo” que cierra sus fronteras con sangre, muerte y desprecio.
    Si el nacionalismo es sustituir un Estado por otro e imponerlo por la fuerza negando los derechos de “los otros”, entonces no se puede ser nacionalista desde los derechos humanos. Pero es que el nacionalismo puede y debe ser entendido de otro modo. Al menos, muchos lo entienden así. la gran paradoja es que muchos nacionalistas lo son precisamente porque rechazan un nacionalismo excluyente y la imposición de un Estado al que no quieren pertenecer. Y sí, claro, sustituir un Estado por otro con las mismas imposiciones es reproducir los esquemas que se dice combatir.

  5. No puedo estar más de acuerdo con el artículo. ¿Cómo es posible que haya tante gente de izquierda que apoye tanto el nacionalismo, algo tan insolidario, etnocéntrico, egoista, tribalista, xenófobo, aldeanista en el peor sentido de la palabra, y por tanto, reaccionario, y que en sus versiones más extremas es puro fascismo y ultraconservadurismo?

    A mí me da igual el nacionalismo español que el vasco, el catalán, el gallego…siempre es algo rancio, reaccionario, xenófobo, tribalista, insolidario y en sus versiones extremas siempre es nazi

  6. Y a propósito de los nacionalismos y esa “gran aportación” que los nacionalistas catalanes y vascos hicieron a España que es el estado de las autonomías:

    Si todo el dinero público que se lleva invirtiendo en los últimos 40 años en parlamentos autonómicos, gobiernos autonómicos, policías autonómicas, lenguas vernáculas oficiales, traductores de lenguas vernáculas, televisiones autonómicas, embajadas autonómicas, y demás chiringos nacionalistas y autonómicos, grandes fastos varios, obras faraónicas inútiles, aeropuertos inútiles, además de lo que se invirtió e invierte populistamente en subvenciones para equipos de fútbol de la liga y de la FIFA, y en partidos políticos, liberados sindicales y CEOE , se hubiera invertido e invirtiese en I+D+i, Industria, Energías Renovables, Agricultura, Ganadería, Pesca, Formación, Infraestructura Ferroviaria de Mercancías, Ayudas a las PIMES, Envalses y Trasvases…¿Seguro que no estaríamos un pelín mejor ahora? ¿Es de recibo que se esté desmantelando el Estado de Bienestar, que son derechos básicos inalienables, y que se recorte en I+D+i que es una de las principales fuentes de creación de riqueza, mientras se mantiene todo ese armatoste de gastos inútiles?

    ¿Y el Senado?¿No es la Cámara de Representación Territorial? ¡Que cumpla esa función de una vez ya que nunca lo hizo!. ¿Y los diputados del Congreso?¿No salen elegidos para representar una provincia u otra? ¿Por qué no lo hacen? Ah, claro, si el Senado cumpliera de verdad su función y los diputados nacionales también, no harían falta autonomías y los partidos políticos no tendrían en donde meter a tanto amiguete chupóptero donde medrar.

  7. Completamente de acuerdo. ¿Hasta cuando vamos a tener que estar viendo en este país el esperpento de que gente que se dice de izquierdas se dé besos de torniquete con los nacionalismos regionales? El nacionalismo siempre es contrario a la igualdad, es esencialmente egoista, insolidario, xenófobo, etnocéntrico y aldeanista en el peor sentido del término, y en sus versiones extremas siempre es ultraconservadurismo y/o fascismo puro. Da igual que sea nacionalismo español que sea nacionalismos de las regiones

  8. Y a propósito del tema, me gustaría referirme a una de esas aportaciones que los nacionalismos catalán y vasco hicieron a nuestra democracia y que a mí me parece nefasta: el estado de autonomías. Tanto este como toda la principal asignatura pendiente heredada del franquismo que es la corrupción y el populismo, están desangrando económicamente a este país.

    Si todo el dinero público que se lleva invirtiendo en los últimos 40 años en parlamentos autonómicos, gobiernos autonómicos, policías autonómicas, lenguas vernáculas oficiales, traductores de lenguas vernáculas, televisiones autonómicas, embajadas autonómicas, y demás chiringos nacionalistas y autonómicos, grandes fastos varios, obras faraónicas inútiles, aeropuertos inútiles, además de lo que se invirtió e invierte populistamente en subvenciones para equipos de fútbol de la liga y de la FIFA, y en partidos políticos, liberados sindicales y CEOE , se hubiera invertido e invirtiese en I+D+i, Industria, Energías Renovables, Agricultura, Ganadería, Pesca, Formación, Infraestructura Ferroviaria de Mercancías, Ayudas a las PIMES, Envalses y Trasvases…¿Seguro que no estaríamos un pelín mejor ahora? ¿Es de recibo que se esté desmantelando el Estado de Bienestar, que son derechos básicos inalienables, y que se recorte en I+D+i que es una de las principales fuentes de creación de riqueza, mientras se mantiene todo ese armatoste de gastos inútiles?

    ¿Y el Senado?¿No es la Cámara de Representación Territorial? ¡Que cumpla esa función de una vez ya que nunca lo hizo!. ¿Y los diputados del Congreso?¿No salen elegidos para representar una provincia u otra? ¿Por qué no lo hacen? Ah, claro, si el Senado cumpliera de verdad su función y los diputados nacionales también, no harían falta autonomías y los partidos políticos no tendrían en donde meter a tanto amiguete donde medrar.

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