TVE, más (y peor) que nadie

El anuncio del Rey sobre su abdicación como Jefe del Estado provocó (como no podía ser de otra manera) una extensa, e intensa, cobertura de los medios de comunicación. Programas especiales en radios y televisiones, eco inmediato en los periódicos digitales, ediciones especiales de prensa, y atención hegemónica en redes sociales. Todos ellos vinieron, con la improvisación natural ante la revelación del secreto bien guardado, a suministrar noticias, datos históricos, previsiones para el inmediato futuro, análisis y comentarios de especialistas y tertulianos todo terreno.

En televisión, los especiales informativos de la mañana enlazaron con los noticiarios habituales, dedicados, casi en exclusiva, a refundir todo lo que se sabía hasta ese momento. A continuación, las grandes cadenas privadas mantuvieron, (con algún añadido , como en el caso de Antena 3 y Cuatro) la programación habitual; fue Televisión Española quién rompió con la pauta y unió Telediarios con especiales hasta más allá de la medianoche; solo el anunciado capítulo especial de “Cuentamé” logro situarse entre el monográfico informativo.

Ha sido una pena. Me consta que cientos de profesionales de TVE -no exclusivamente periodistas- han realizado este lunes un esfuerzo excepcional, pleno de intensidad, rapidez, y capacidad de improvisación. Si el esfuerzo ha sido común en todos los medios, más aún en el que se ha embarcado en más de doce horas ininterrumpidas al servicio de la información. Pero he dicho que ha sido una pena, ya que todo ese trabajo se ha traducido para el espectador en una monótona sucesión de loas al Rey y a su sucesor en la Jefatura del Estado. Las tímidas voces que reclamaban dar al voz al pueblo español vía referéndum para optar entre monarquía y república (que tuvieron presencia y protagonismo en los especiales de Cuatro y La Sexta) quedaban ahogadas en la televisión de todos, ante el alud de especialistas y tertulianos que anatemizaban otra opción que la entronización veloz del hasta ahora Príncipe de Asturias.

Ha sido una pena, también, por los interminables minutos en que lo que veíamos era más radio que televisión: gente hablando, encuadrada, a órdenes del realizador de turno, de todas las escasas maneras posibles, para intentar paliar la monotonía de imágenes tantas veces repetidas, de párrafos manoseados de la intervención Real, de opiniones lineales sobre las bondades de los personajes, del “decisivo papel del Rey en la Transición”, de “las casi cuatro décadas de paz y democracia”, del “heredero mejor preparado de Europa, o del mundo”.

Ha sido una pena, además, por que al set de Informativos no llegaba aire de la calle, de la España real del paro, de la pobreza, de las inquietudes de millones de personas que piensan de otra manera que las élites políticas y mediáticas que pugnaban por que su alabanza, su muestra de realismo y apoyo institucional quedará más evidente que el de los demás. Solo a las nueve menos diez de la noche se monstraron (“en colas”, como se dice en el argot televisivo) las primeras imágenes de una de las múltiples manifestaciones populares que exigían poder elegir entre “las previsiones constitucionales”, y la voz del presente depositada en una urna. Unos discretos planos que se repetirían en momentos posteriores, siempre con la voz del locutor, sin dar la palabra a los que opinaban distinto.

Y ha sido una pena por el excelente trabajo de la red de corresponsales -la única digna de tal nombre en los medios españoles- que nos hacían llegar con prontitud y profesionalidad las reacciones a la noticia en buena parte del mundo. Crónicas periodísticas en que se mostraban las luces del periodo histórico del todavía Rey, pero en las que tampoco se ahorraban las menciones internacionales sobre errores y defectos.

La larga jornada en TVE tuvo su epílogo tras la emisión de las peripecias de “la familia Alcántara”. En el cierre, asumió el protagonismo el propio director de Informativos, Julio Somoano, para caer en una verdadera hagiografía de Don Juan Carlos. Como si de vida de santos se tratara, no ahorraba el presentador en calificativos -“la última y magistral lección” (del Rey al Príncipe)-, ni en descripciones simbólicos de las fotografías que aparecían tras el Monarca en su intervención. También se rodeó de periodistas “de prestigio”, también, casualmente, fervientes de “lo institucional”. Nada que no hubiéramos visto y oído en las doce horas anteriores. ¡Ah!, también aparecieron “colas” de las manifestaciones pro referéndum, pero no evitaron la sensación de de haber visto horas, muchas horas, de una misma parcialidad.

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