LO QUE LA VERDAD ESCONDE

José Luis Burgos Fresno, Psicólogo

 

No teman. Bajo este cinematográfico título, este artículo nada tiene que ver con la película de Robert Zemeckis, protagonizada por Harrison Ford y Michelle Pfeiffer. Tan sólo me he permitido utilizar el titular para ilustrar algo que, lamentablemente, no solamente sigue vigente sino que, como se ha visto recientemente, está de plena actualidad. Me refiero a la disonancia entre lo que, en ocasiones, sale por la boca y lo que realmente se piensa. Aunque quizás, mejor debería hablar de la consonancia entre lo que no debería haber salido por la boca cuando refleja aquello que, por desgracia, se piensa realmente.

 Pido disculpas por el juego de palabras que intentaré explicar a continuación, aunque, curiosamente, buena parte de esa ambigüedad y de ese juego de “verdades y mentiras” se manifiesta también en la relación existente entre el título original en inglés de la película “What lies beneath” y la traducción habitual de esa expresión que fue utilizada como título en castellano (“Lo que la verdad esconde”).

 Mi anterior colaboración en este blog, a la que llamaba Los tiempos están cambiando, guarda, siquiera indirectamente, alguna relación con lo que intento explicar y, escrita con anterioridad, parecía premonitoria de algunos de los episodios que luego se producirían en el final de campaña de las últimas elecciones al Parlamento Europeo, cuando las declaraciones de uno de los candidatos acabaron por llevar el debate muy lejos de aquello que debía ser objeto del mismo, en unos comicios de la importancia de los que tuvieron lugar el domingo 25 de mayo.

 En aquella colaboración me refería a lo positivo que, en ocasiones, podía tener lo “políticamente correcto”, al suponer una barrera para que la gente dejara de expresar, o lo hiciera de forma más controlada, aquello que respondía a sus instintos más viscerales, cuando el contenido de esa expresión caía directamente en aquello que podríamos catalogar como “abiertamente reprobable”. En definitiva, una llamada al, quizás, trasnochado concepto de “buena educación”.

 Sin embargo, los episodios a los que me refería anteriormente parecen llevarnos a la otra cara de la moneda, aquella en la que lo “políticamente correcto” lleva, no a moderar nuestra expresión, sino a decir una cosa distinta de aquella que realmente se piensa. Dicho clara y llanamente… a mentir descaradamente.

 Ambas manifestaciones de lo “políticamente correcto” no solamente no son contradictorias en sí mismas sino que son perfectamente complementarias, porque, en definitiva, dependen tan sólo de lo apretado que esté el bozal para prevenir o no la mordida del sabueso. Las dos nos remiten a una misma realidad: la de que hay gente que piensa de determinada manera y a la que, al final, acaba por “vérseles el plumero”, por mucho que lo “políticamente correcto” sea expresar lo contrario.

 Pero tampoco nos rasguemos las vestiduras por ello. Esto es algo que, en mayor o menor medida, nos ocurre a todos. Por mucho que queramos ocultar nuestra animadversión hacia algo, siempre acaba por aparecer  algún detalle, algún despiste que hace que acabe por aflorar aquello que cuidadosamente intentamos ocultar. En ocasiones, no lo hace de una forma desnuda. Es posible que lo haga bajo la forma de un chiste, de un comentario a destiempo, de una alusión velada, pero siempre, a la postre, acaba por salir. Y, evidentemente, sale más fácilmente cuanto más arraigado está en nuestro interior.

 Y, con ello, llegamos al núcleo gordiano de esta pequeña reflexión porque, si hablamos de cuestiones arraigadas, tanto social como individualmente, ¿qué quieren que les diga?, se me ocurren pocas de tanta “tradición” como el machismo. Son muchos los siglos transcurridos en los que las mujeres han estado ubicadas en la esfera de lo doméstico y lo familiar, mientras éramos los hombres quienes tomábamos las decisiones y ocupábamos la escena pública como para que ahora, en apenas 40 años, eso haya desaparecido por completo. Habrá quien piense que 40 años son toda una vida, pero, en el devenir histórico, 40 años no son nada y menos cuando se trata de modificar arquetipos marcados “a sangre y fuego”.

 Evidentemente, y a pesar de la pervivencia de próceres como el actual alcalde de Valladolid, hoy no estamos en los tiempos Agustín de Hipona, aquel santo, padre y doctor de la Iglesia Católica que, allá por el Siglo V, afirmaba aquello de que “las mujeres no debían ser iluminadas ni educadas en forma alguna sino que, bien al contrario, debían ser segregadas porque eran causa de involuntarias e insidiosas erecciones en los santos varones”. Hoy las mujeres no solo “pueden” ser iluminadas y educadas sino que son mayoría en el alumnado universitario, pero, a pesar de todo, sorprende que siga manteniéndose en determinados sectores de la población masculina (quizás, incluso, también de la femenina) un consenso sobre la “inferioridad intelectual” de la mujer que, si bien, poco a poco, va ocupando puestos de máxima responsabilidad  no deja de ser sino fruto de la “magnanimidad” del varón y también, por qué no decirlo, de unas “leyes perversas” que obligan a que las mujeres ocupen puestos que “por derecho” deberían corresponder a los hombres.

 Seguramente, muchas y muchos de ustedes pensarán que esto es una extravagancia, que esto en modo alguno es ya así y, probablemente, tendrán toda la razón… ya no es así… en la superficie, en la conducta pública, pero está eso que se llama el “inconsciente colectivo”, el estereotipo, eso que, aunque no nos demos cuenta, se filtra por las rendijas de la conciencia y, aunque no nos sea visible, sigue condicionando buena parte de nuestro modo de actuar, aunque sea, como apuntaba anteriormente, en forma de comentario a destiempo o de alusión velada.

 Mucha gente se rasga las vestiduras cuando escucha cosas de este tipo, presumiendo que se habla de cosas del pasado ya superadas, y que la diferencia entre la superficie (lo que se dice y hace) y lo profundo (lo que se piensa) es inexistente, pero ¿qué es lo que creen que se esconde tras los miles de mujeres que siguen siendo víctimas de violencia de género?, ¿qué, tras los problemas de “conciliación” de la vida laboral, familiar y personal?, ¿qué, tras esas fotos de reuniones de personal directivo de grandes empresas donde apenas aparecen un par de mujeres?. No hay que ir muy lejos, el nuevo Parlamento Europeo, el que se conformará a partir de los resultados de las elecciones del 25 de mayo, contará con un 65% de varones.

 Hoy en día, el psicoanálisis es un corpus teórico superado (mis disculpas por si, entre quien lee esto, hay algún que otro psicoanalista) pero algo de razón tenía cuando afirmaba que tras todo comportamiento humano visible se encuentra una parte oculta a la que, en ocasiones, ni nosotros mismos tenemos acceso.

 A nivel social ocurre lo mismo. Tras todo comportamiento social existe una parte oculta que se nos escapa al primer análisis… lo cual no implica que no exista.

 En ocasiones, cuando nos sale, individual o socialmente, ese “león” que llevamos dentro, se apela al cansancio, a las prisas del momento, a la falta de reflexión o, simplemente, se alude a aquello de “no fue la frase más acertada, pero….”, dando a entender que lo que quería decir era otra cosa (con frecuencia la contraria) de aquella que se manifestó.

 No se engañen, cuando se comete un desliz, lo “reprobable” no suele estar en la “expresión”, sino en lo que hay tras la expresión, en lo que se piensa realmente. Cuando a cualquiera de nosotros le ocurra esto, no debemos pensar en cómo mejorar nuestra “expresividad” sino reflexionar sobre qué es lo que realmente pensamos para ver si nuestro “ADN” está tan libre de “impurezas” como pensamos.

 Lamentablemente, los “deslices” de determinado sector de la población siempre van en el mismo sentido y son demasiado frecuentes como para pensar que van, siquiera, en contra de su ADN. Más bien, uno tendería a pensar que forman parte consustancial del mismo.

 Cuando un maltratador golpea a su víctima y luego se arrepiente diciendo que lo ha hecho porque la quiere mucho, ¿es la “expresión” lo que ha fallado?, ¿es, acaso, que no ha sabido “expresar” todo ese “amor” más que bajo la forma de una brutal paliza? Mucho me temo.. que no, que esa no es la realidad.

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