Manolo Tena y las noches de bohemia

Corría por las venas de Manolo Tena sangre muy española, como él mismo cantó en una de sus composiciones más emblemáticas. La sangre de la autenticidad, de la melodía pop ensamblada con la rebeldía rockera.
Aprendió la ironía de Luis Eduardo Aute y, procedente de su Extremadura natal, vivió en la ciudad de sus sueños, donde los personajes de sus canciones cobraban vida entre sorbo y sorbo, que por algo se afanó en escudarse bajo el nombre del seminal grupo Cucharada, característico de una época que se desvaneció ahogada en su propia contradicción.
Llévame hasta el mar, Loco por verte, Frío, Qué te pasa, Flores, Tocar madera, Quiero beber y no olvidar, A ninguna parte… Un largo puñado de vivencias esculpidas con el cincel de la sinceridad artística. Sin efectismos, sin concesiones.
El calor de los bares en la oscuridad yacía en su interior y su álbum El limpiabotas que quería ser torero exhibía su asociación con Moncho Alpuente o Hilario Camacho. Fue antes de fundar otra banda de culto, Alarma, fraguada en las carreteras de la España profunda junto a Miguel Ríos o Leño.
Todo dio un giro insospechado cuando salió de su mente (y de su corazón) Sangre española (pasión gitana), una excelente canción, histórica en el devenir de la música de aquí, con el mismo sello castizo que distinguió a Gabinete Caligari o Los Coyotes.
Las adicciones arrastraron a Manolo Tena a la vorágine del wild side, que diría su admirado Lou Reed, y el último álbum que vomitó, Casualidades, olía claramente a despedida. El rock español le debe mucho.
Su chulería de barrio dio forma y personalidad a uno de los más destacados protagonistas de los tiempos en que Asfalto, Burning o Topo tomaban, en aquel Madrid hirviente y espasmódico, el relevo de los sevillanos Triana o Lole y Manuel, de los barceloneses Jaume Sisa y Lluís Llach, del primer festival en la plaza de toros de Burgos, de la concentración neohippie en Canet de Mar.
Manolo Tena se asienta para siempre en el mismo trono que ocupan ya Germán Coppini, Enrique Urquijo, Antonio Vega, Pepe Risi, Carlos Berlanga, Antonio Flores o Enrique Sierra.

Simpatía por el diablo en Cuba

El dios bicéfalo apellidado Castro se cae del pedestal sin remedio, que la decadencia nos llega a todos, incluso a los regímenes con vocación de perpetuarse. Y los tiburones financieros norteamericanos afilan sus garras para llenar El Malecón de McDonald’s o Starbucks.

De momento, es ya la cadena hotelera de lujo Starwood la que ha anunciado su desembarco en La Habana. Lo hizo pocos días antes de la estética visita de Obama, incapaz de concretar cuándo terminará el embargo (sic).

El show no ha hecho más que comenzar, y The Rolling Stones se suman al deshielo con un multitudinario concierto en la Ciudad Deportiva. Tal vez con ansias de recuperar su alma en manos de Satanás, aunque hoy sean unos abuelitos muy profesionales pero totalmente stablishment.

Si ver a Jagger, Richards, Wood y Watts en pleno 2016 se convierte en símbolo de apertura y libertad, es porque la izquierda europea lleva décadas equivocándose al mitificar el sistema cubano: una dictadura pura y dura que nunca ha tenido nada de idílica. Que se lo pregunten, si no, a los presos políticos hacinados en las cárceles durante años, aunque Raúl Castro se atreva a negarlo.

El rock and roll, como el jazz, no conoce fronteras estilísticas, pero el gran tabú actual en la isla no es otro que el limitadísimo acceso a internet. Los jóvenes respondones sintonizaban en los 60 y 70 las radios piratas de Estados Unidos para poder escuchar a Led Zeppelin o a The Doors, para soñar con una utópica importación de la revolución hippie.

Es lo que tiene prohibir el rock como música subversiva propia de la degeneración de Occidente, como si el castrismo no hubiera nacido degenerado y restrictivo. Cuánta impostura en aras del supuesto bien común, que sólo escondía férreo control y alergia a la pluralidad.

Los habaneros de a pie pierden hoy la cabeza por cantar Honky tonk woman, Angie, She’s so cold, Miss you, Emotional rescue y, sobre todo, Sympathy for the devil. El maná de la vieja música moderna en un país que busca viajar en el tiempo.

Y todo cuando la Saatchi Gallery de Londres se frota las manos ante el aluvión de fans desde el 5 de abril para ver Exhibitionism:The Rolling Stones, cuyo contenido ha desvelado en exclusiva a la influyente revista Newsweek el comisario, Ileen Gallagher.

 

 

Janis Joplin vuelve al primer plano

La pureza extrema de la última dosis de heroína que se metió Janis Joplin en vena nos privó de la primera estrella femenina del rock, pero encendió la mecha de una leyenda que se plasma ahora en el excelente documental Janis, de Amy Berg.

De Port Arthur al cielo y al infierno. De Texas a California, y de ahí a Nueva York. De la frustración por estar en el ‘underground’ al olimpo del éxito desmesurado, pasando por la soledad y la confusión.

Vaivenes continuos. Imperiosa necesidad de afecto. Genialidad vocal. Obsesión por Aretha Franklin. Culto a Bessie Smith y Billie Holiday. Desgarro en el alma. Fragilidad emocional.

Cat Power lee las cartas que la atormentada cantante les enviaba a sus familiares mientras se perdía por el distrito hippie de Haight Ashbury o soñaba con emular el desembarco de Bob Dylan en el Greenwich Village.

La película pasa de puntillas por su bisexualidad desenfrenada, tal vez el desacierto más acusado de Amy Berg. Apenas planea Peggy Caserta, la mujer que se distinguió como su gran amor y fue una de las culpables de perpetuarla en el mundo de las drogas.

Las imágenes de Woodstock nos erizan la piel y lamentamos que Janis llamase a las puertas del club de los 27, catapultado al primer plano debido a la extraña muerte de Jimi Hendrix sólo dos semanas antes de que ella misma se despeñara por la senda de la perdición.

Los acompañaron después Jim Morrison, Kurt Cobain y, cómo no, Amy Winehouse, igualmente fascinada por el soul más temperamental y quizá su discípula natural.

El largometraje se completa con la banda sonora Little girl blue, que contiene una versión inédita de Piece of my heart, grabada en vivo en el funeral de Martin Luther King en el Generation Club de Nueva York.

Down on me, Cry baby, Tell mama, Ball and chain y, por supuesto, Me and Bobby McGee (cuyo compositor, Kris Kristofferson, colaboró en la película) desfilan ante el umbral de los fantasmas del Hotel Chelsea, retratados por Leonard Cohen en New skin for the old ceremony.

David Bowie nos guía desde el más allá

El artista pop más influyente ha ido a reunirse con los alienígenas. David Bowie era consciente de que el cáncer le corroía, de modo que aceleró sus planes para despedirse a lo grande: 69 cumpleaños, 29º disco y un legado inconmensurable. Por sólo unos días no ha podido conmemorar el 50 aniversario de su primer single con el nombre que le convirtió en el dios por excelencia de la cultura contemporánea: aquel 14 de enero de 1966, cuando vio la luz Cant`t help thinking about me.

Ahí estaban ya algunas de las claves de su atormentada trayectoria, de su incesante devenir de heterónimos (sí, cual Pessoa de la música con mayúsculas). Porque David Robert Jones se hizo primero Bowie en plan folk psicodélico, antes de lanzarse a una odisea espacial sin salir del swinging London, de vender el mundo con su etiqueta personal, de travestirse como Hunky Dory, Ziggy Stardust o Aladdin Sane, de encarnar el emblema del glam, de hacerse acompañar por perros con diamantes, de sumergirse en la perdición californiana, de saltar de estación en estación, de fornicar con Iggy Pop ante el Muro de Berlín

… Antes de esparcir cenizas y cenizas, de bailar bajo la estela de Chic, de arrumarse con Mick Jagger en un sórdido callejón, de ceder a la presión de Freddie Mercury, de colaborar con Pat Metheny, de reciclar a Trent Reznor, de extraer lo mejor del underground en forma de drum n’ bass, de preocuparnos al suspender una gira por un infarto, de ocultarse tras sucumbir a los dictados personales de Reality, de emerger una década después con The next day… y, por supuesto, de este Blackstar de oscuridad galopante, con una explicación sobrecogedora: trabajó en la fase terminal de su cáncer.

Basta ver su último vídeo, Lazarus, para asistir a su muerte progresiva. Un Bowie con los ojos vendados, que una vez más nos impresiona con su libreto del desasosiego. Estrella negra, sí, estrella que no dejará de brillar nunca, como pudimos comprobar hace casi tres años en el Victoria & Albert Museum de Londres.

Allí nos sedujo, cómo no, a través de una exposición antológica que aún continúa su itinerario internacional, hasta marzo en la ciudad holandesa de Groningen. Corría la primavera de 2013 y el fastuoso centro de arte se erigía en el escenario perfecto para semejante retrospectiva. Sus trajes originales, sus guitarras, sus vinilos, ÉL.

Destino: el atrio central, donde las pantallas gigantes escupían sin cesar su imagen de visionario demiurgo nacido en el barrio multicultural de Brixton. Y en febrero de 2014 también vimos ‘Bowie Series’, del fotógrafo Brian Duffy en La Térmica de Málaga, antesala del montaje teatral Lazarus, que destila charme en Broadway.

La electrónica, el rock, el pop, los nuevos lenguajes, las apuestas visuales… Todo salía de su mente privilegiada sin que pudiéramos (ni quisiéramos) resistirnos. ÉL se metía en la piel de sí mismo para vomitar obras magnánimas incluso cuando no lo eran. Blackstar, por ejemplo, no es precisamente su mejor álbum, pero puede dar lecciones a muchos de los pretenciosos cantantes que pululan por el planeta indie.

Se nos fue Lou Reed. Se nos fue Bowie… y a la Santísima Trinidad del Rock le queda únicamente un vértice aún en pie: Iggy Pop, su ex amante y padrino del punk, de la irreverencia más sublime.

 

Edith Piaf bajo el cielo de París

Visitar el número 72 de la Rue de Belleville significa encontrarse con el alma de París encarnada en una placa conmemorativa que nos emociona y provoca lágrimas. Muy cerca de allí, en el Hospital Tenon, vino al mundo Edith Piaf el 19 de diciembre de 1915. Cien años ya, por tanto, como sucedió hace una semana con otro mito del siglo XX, Frank Sinatra.

La guardiana de la mejor esencia de la ciudad del amor está más viva que nunca en los corazones de los franceses, tal cual se puso de manifiesto en la reacción popular después de los atentados del pasado 13 de noviembre.

Los terroristas islámicos (detesto la supuesta equidistancia de quienes se escudan en eufemismos tipo ‘activistas’ o ‘guerrilleros’) quisieron transformar el feudo de la luz en un oasis de terror y la gente salió a la calle para enarbolar las banderas de La vie en rose, La foule, L’accordéoniste, Les trois cloches, Plus bleu que tes yeux, C’est l’amour, Sous le ciel de Paris, Padam o Les amants d’un jour.

El desgarro de su voz y el sentimiento que emergía de su seno elevaron a la categoría de sublimes sus cantos de libertad, como se puede comprobar cuando uno visita el legendario cementerio Père Lachaise, su hogar eterno. Allí se reúnen sus devotos para rendir culto a su dolor hecho arte, hoy faro para todos los parisinos que se aferran a la búsqueda sin fin de la felicidad.

Edith Piaf para salir adelante, para que la capital francesa se mire en su propio espejo y haga todo lo posible para protegerse de la sinrazón. Edith Piaf para revindicar que el tormento antecede a las grandes obras maestras de la música. Edith Piaf para proclamar a los cuatro vientos contemporáneos que el lado salvaje conduce al olimpo cuando se trata de creación con mayúsculas.

Ahogada en alcohol y autenticidad, ella contribuyó con excepcional intensidad a subrayar la belleza insoslayable de París, que lo mismo se enorgullece de su pasado revolucionario que de las miradas únicas de Bataille o Cartier-Bresson.

Horas después de su muerte en octubre de 1963, su amigo Jean Cocteau la homenajeaba con unas palabras de oro: “Ah, la Piaf ha muerto. Ya puedo morir yo también”. Y así aconteció.

Las discípulas de Edith, quien se benefició de los servicios de un joven Charles Aznavour como secretario, mantienen su antorcha encendida: Marianne Faithfull, PJ Harvey, Anna Calvi, Zara McFarlane, Melanie de Biasio

 

Pablo Iglesias quiere tomar las uvas con María Teresa Campos

Pablo Iglesias ha dado un salto definitivo del underground al mainstream, que se dice en el planeta rock. Ya no juega a ser el Terence Stamp de la política española, tal cual acontecía en la obra maestra de Pasolini, Teorema.

El actor británico irrumpía en la película del emblemático 1968 como un fulminante meteorito en el domicilio de una arquetípica familia burguesa de Milán. Todos caían rendidos a sus pies: la sirvienta, la madre, el hijo, la hija e incluso el padre. Su carisma los engatusaba y confundía, igual que el seductor líder del Yes, We Can a la española sedujo hasta al mismísimo Miguel Bosé, quien le dedica la canción Sí se puede en su último disco, Amo.

Y así estábamos cuando nuestra vedette superstar nos deja boquiabiertos apareciendo como invitado especial en el programa de María Teresa Campos, reina del marujeo catódico gracias a su tertulia post-kitsch donde lo mismo cabe el petardeo barato de Jorge Javier Vázquez (empeñado ahora en protagonizar un musical sonrojante), el hijo de la Pantoja como supuesto DJ o… este Pablo Iglesias renovado que ya no le hace ascos a la tele de la “casta”.

Su presencia estelar en Qué tiempo tan feliz nos hace sospechar que sería el ganador infalible de una hipotética edición de Gran Hermano consagrada a los aspirantes a presidente del Gobierno. La sonrisa colgate que exhibe hoy el líder de Podemos no deja lugar a dudas: ha decidido pasar a la acción después de su clara derrota en el famoso debate con Albert Rivera.

No le queda otra que mostrarse cercano y edulcorar su discurso si quiere plantar cara al avance de Ciudadanos y no bajarse de las listas de éxitos. Así que ni corto ni perezoso empuñó su guitarra e invocó a Mercedes Sosa, musa proletaria que le dejó huella en su adolescencia.

“Cantáis muy bien”, les dijo a los terroríficos pseudocoristas de Los Supersingles, como si fueran The Mamas and The Papas, The Carpenters o unos nuevos Mocedades, cuando en realidad no pasan de ser especialistas en destrozar clásicos del pop con sus voces de karaoke de barrio y su estética megacutre. Sólo a Doña María Teresa se le ocurre contratar a esta versión de carretera de La Década Prodigiosa.

El peloteo mutuo con la madre de Terelu siguió las normas dictadas por el gurú italiano de Tele 5, Paolo Vasile, que había dado órdenes a sus presentadores con más audiencia para que agasajen al señor Iglesias como si se tratara de Enrique y no de Pablo.

La cosa terminó con una traca final, como no podía ser de otra manera. “¿Te vas a animar a tomar las uvas en la Puerta del Sol?”, le espeta la maestra de Ana Rosa Quintana. Respuesta: “Contigo”. Sic.

 

 

Necesitamos a Saramago

No pude resistirme a leer el arranque de la carta surrealista de Ana Botella como ex alcaldesa. Resulta que Madrid es líder en políticas sociales y no nos habíamos enterado. También me provoca una sonrisa la palabra renovación aplicada a los cambios cosméticos urdidos por Rajoy. En ambos casos me viene a la mente Ensayo sobre la ceguera, donde la lucidez de José Saramago se despliega en todo su esplendor.

Lo dijo él mismo: “Es la historia de una ceguera fulminante que ataca a los habitantes de una ciudad. Podría tratarse de una epidemia, de una plaga. Eso no está explicado en el libro ni importa, lo único que se dice es que la gente pierde la visión”.

Y añadió: “Pero el autor cree que ya estamos ciegos con los ojos que tenemos, que no es necesario que ninguna epidemia de ceguera venga a asolar la humanidad. Quizá nuestros ojos vean, pero nuestra razón está ciega“.

Conversamos con Pilar del Río en Lisboa y, cómo no, llegamos a la conclusión de que resulta imprescindible reivindicar una vez más a Saramago en este mundo dominado por los feroces criterios mercantilistas de la tecnocracia más amoral.

Su pensamiento nos puede iluminar como un faro: “Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal” o “El poder lo contamina todo, es tóxico. Es posible mantener la pureza de los principios mientras estás alejado del poder. Pero necesitamos llegar al poder para poner en práctica nuestras convicciones. Y ahí la cosa se derrumba, cuando nuestras convicciones se enturbian con la suciedad del poder“.

Se cumplen cinco años de su muerte y su vigencia se manifiesta claramente a prueba de bombas (dialécticas). No podía ser de otra manera si recordamos su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1998: “Las injusticias se multiplican en el mundo, las desigualdades se agravan, la ignorancia crece, la miseria se extiende. La misma humanidad esquizofrénica que es capaz de enviar instrumentos a un planeta para estudiar la composición de sus rocas asiste indiferente a la muerte de millones de personas a causa del hambre. En estos tiempos, se llega más fácilmente a Marte que a nuestro propio semejante”.

El culto a Saramago en este 2015 se encarna en un número especial de la revista Blimunda, en el estreno del documental de Leandro Lopes Un humanista por acaso escritor, en la puesta de largo en Italia de la ópera Las intermitencias de la muerte y, especialmente, en una exposición en el Museo de la Lengua Portuguesa de Sao Paulo.

 

Dylan tenía razón: los tiempos están cambiando

Vimos llorar a Ada Colau. Vimos a sus compañeros entonando Sí se puede. Vimos a Manuela Carmena enarbolando la bandera de la ilusión. Vimos a Irene Montero decir que, a partir de ahora, se sentará gente normal en los sillones de los ayuntamientos. … y nos vino a la mente Bob Dylan cantando The times they are a-changing. 

 Vamos, escritores y críticos,
 que profetizáis con vuestras plumas,
 mantened los ojos abiertos,
 la oportunidad no se repetirá.
 Y no habléis demasiado pronto,
 porque la ruleta todavía está girando.
 Y nadie puede puede decír
 quien es el designado.
 Porque el ahora perdedor
 será el que gane después.
 Porque los tiempos están cambiando

Vimos a Rita Barberá exclamar “¡qué hostia!”. Vimos a una atemorizada Esperanza Aguirre despedirse de su ambición municipal. Vimos la decadencia de Mariano Rajoy… y nos vinieron a la mente los Changes de David Bowie.

 Sólo tengo que ser un hombre diferente
 El tiempo me puede venir a cambiar
 Pero no puedo encontrar el tiempo                                                                            Extrañas fascinaciones, me fascinan
 Los cambios están tomando el ritmo
 Los estoy atravesando

Vimos la corrupción batiéndose en retirada. Vimos la desfachatez saltando por la ventana. Vimos la manipulación de las televisiones públicas ahogarse en la cuerda de la injusticia. Vimos la pérdida de derechos y libertades estrangularse en brazos del hartazgo. Vimos la recuperación del Estado del bienestar entrando por la puerta… y nos vino a la mente Bob Marley gritando ‘Get up, stand up’.

 Puedes engañar a algunas personas a veces
 Pero no puedes engañar a toda la gente siempre
 Ahora vemos la luz (¿qué harás?)
 Defenderemos nuestros derechos! (¡yeah, yeah, yeah!)
 Asi que mejor..
 ¡Levántate, defiéndete, defiende tus derechos!
 ¡Levántate, defiéndete, defiende tus derechos!
 ¡Levántate, defiéndete, defiende tus derechos!
 ¡Levántate, defiéndete, no abandones la lucha!

Vimos la sangría de votos del bipartidismo. Vimos diarios de tirada nacional proclamando “Inestabilidad”. Vimos que, por fin, los pactos van a protagonizar la vida política. Vimos a las gentes de a pie aplaudiendo… y nos vino a la mente People have the power, de Patti Smith.

 Yo estaba soñando mi sueño
 sobre algo brillante y justo
 Y mi sueño se interrumpió
 Pero mi sueño permaneció
 bajo la forma de brillantes valles
 Donde el conocido aire puro
 abre mis sentidos nuevamente
 Me desperté al grito
 de que la gente tiene el poder
 de redimir el trabajo de los necios   

@chaconbilbao

 

 

Fado por Sócrates

José Sócrates purga en prisión preventiva los indicios de su culpabilidad. En Évora, patrimonio histórico de la humanidad, echan raíces sus desatinos, que la presunta red montada para su enriquecimiento y el de sus allegados se desmorona como un castillo de naipes sin que él haya logrado desmentirla de forma convincente.

Cual espada de Damocles, así pesa la losa de los delitos imputados al ex primer ministro socialista portugués: blanqueo de capitales, tráfico de influencias, corrupción y fraude fiscal. Resultado: 17 millones de euros de turbia procedencia.

El juez no se fía de “su capacidad para manipular pruebas”, según palabras textuales, y lo mantiene entre rejas a pesar de sus ocho recursos para revocar tal medida. No aprecian riesgo de fuga, pero sí “predisposición para entorpecer la acción de la justicia”. Al menos hasta agosto de este 2015 deberá permanecer intramuros.

Creía Sócrates que su testaferro, Carlos Santos Silva, y su ex mujer, Sofia Fava, ejercían de pantallas más que suficientes. Pero se equivocó, de acuerdo con las evidencias acumuladas en la Operación Marqués, todavía en curso.

Los movimientos de fuertes sumas de dinero entre las cuentas de los tres parecen entonar un mea culpa que, muy probablemente, no le salvará del escarnio público. Tal vez se acuerde del Fado Adivinha, con letra de José Saramago y música del guitarrista Mário Pacheco, dueño del emblemático Clube do Fado, junto a la Catedral de Lisboa.

Quem se dá quem se recusa/ Quem procura quem alcanza/ Quem defende quem acusa/ Quem se gasta quem descansa/ Quem faz nós quem os desata/ Quem morre quem resucita/ Quem dá a vida quem mata/ Quem duvida e acredita/ Quem afirma quem desdiz/ Quem se arrepende quem nao/ Quem é feliz infeliz/ Quem é quem é coraçao, reza la estremecedora melodía.

Y él a lo suyo: encargar la compra de 10.000 ejemplares de su libro, escrito en realidad por un catedrático de su confianza, para convertirlo artificialmente en un best seller... O constituir una hipoteca desde la cárcel para su ático de lujo en la Avenida da Liberdade. O pedir 10.000 euros cada dos días a su chófer porque no le llegaba esa cantidad para 48 horas.

¿Es real la caza que denuncia en su contra, cual reedición de la película homónima de Joseph Losey? Sólo el tiempo lo dirá. Lo que está claro es que el Partido Socialista no levanta cabeza desde que estalló el caso Sócrates con su sorprendente detención en el aeropuerto de Lisboa.

Necesita Portugal respuestas, certezas, transparencias. Un país donde el Gobierno es capaz de contraprogramar, como aconteció el emblemático 25 de abril, la inauguración del Museu do Aljube (con el histórico Mário Soares encabezando la comitiva en la antigua prisión política de Salazar, donde hoy se recuerda la lucha por la libertad bajo la dictadura más longeva de Europa) anunciando una coalición entre Passos Coelho y Paulo Portas para las próximas elecciones legislativas de otoño. ¡Glups!

Kraftwerk 3D

Ralf Hütter lleva en sus venas la semilla del futuro desde finales de los 60. Mientras el mundo (occidental) andaba enzarzado en valores antibelicistas y revoluciones estudiantiles, el pionero del arte electrónico sentía que la senda de la nueva expresividad circulaba paralela a los postulados de Nam June Paik, con sus desafíos labrados en Seúl y Nueva York.

El videoarte se hacía mayor, vanguardia imparable que Kraftwerk no tardó en hacer suya. Y ahora, más de 45 años después, el cuarteto alemán perpetúa su espectáculo magnético en tres dimensiones para proclamarse una vez más como la antorcha del techno internacional.

El Gran Teatre del Liceu es, en la noche del 22 abril, la única parada española de su infalible maquinaria, que se presenta en versión actualizada después de hipnotizar al público de Lisboa y Oporto.

Recogemos las gafas 3D a la entrada del Coliseu dos Recreios, tan abarrotado como todos los templos donde despliegan su derroche lumínico. Un desfile de números invade nuestra visión más cercana. Suenan sus voces robotizadas en esta oda tecnológica inicial llamada Numbers.

La locomotora se pone en marcha y el pasado demuestra en sus manos que siempre fue futuro. Computer world y Rendez-vous nos deslumbran antes del primer clímax de la innovadora experiencia.

The man machine agita el patio de butacas, con el mapa de la Península Ibérica tomando al asalto la gran pantalla. Foco en Lisboa. Un ovni nos persigue en el balcón del espacio exterior.

The model (con imágenes de cine mudo recordando los tiempos del esplendor art-déco, tal cual revisa hoy la Fundación Juan March en una magnífica exposición), Autobahn, Neon lights.

Su alegato antinuclear en forma de Radioactivity hunde sus raíces en 1975, y hoy nos atrona como ayer, con las citas a Fukushima en un primer plano inquietante que se detiene en Chernobyl y Harrisburg.

La conciencia comprometida de Kraftwerk no ha dejado de crecer. Tampoco su apuesta por una unión continental que ellos vislumbraban a ritmo de Tour de France y Trans-Europe Express.

Nos despojamos de las gafas 3D. La realidad plana no se ha movido un ápice. Sigue al acecho de darnos el enésimo zarpazo. La hipnosis llega a su fin. Vuelve a acreditarse la trascendencia estética de la banda de Düsseldorf.

Sin ellos, Bowie no habría recalado en Berlín. Ni Joy Division habría enfriado su existencialismo. Ni Afrika Bambaata habría sentado las bases del sonido electro. Ni el techno-pop habría maquillado la nueva ola de los 80. Ni la apoteosis electrónica se viviría en todo el mundo como un culto al individuo. Larga vida a Kraftwerk, referencia imprescindible para el proyecto de Museo de la Moderna Música Electrónica, que abrirá sus puertas en Fráncfort en 2017.