Yemen: La puerta de las lamentaciones

Asomado al extremo sur de la península Arábiga, Bab al-Mandub es uno de esos accidentes de la geografía bendecidos por la naturaleza y malditos por la codicia de los hombres. Un azaroso estrecho de apenas una treintena de kilómetros en su parte más angosta en el que algunos antropólogos sitúan las primeras migraciones humanas, supuestamente ocurridas hace cuatro milenios, en tiempos del profeta bíblico Jacob. Aguas bravas y corrientes vivas que desde la excavación del canal de Suez, y a lo largo del siglo XX, ha agigantado la leyenda negra que le valió su funesto nombre: “Puerta de las Lamentaciones”. Según datos de 2010, cerca de 3,5 millones de barriles transitan a diario por este desfiladero que une el mar Rojo y el océano Índico, a orillas de dos de los países más pobres del mundo, Yibuti y Yemen.

El dominio de la vecina ciudad de Adén -y por tanto de este estratégico corredor marino-, es una de las múltiples aristas que componen el poliédrico conflicto fratricida que desde hace décadas asuela Yemen. Siempre lo ha sido en un territorio ensombrecida por el fragor de las armas desde que en 1968 -y tras una revuelta que azuzaron Egipto, Arabia Saudí y las potencias coloniales, en particular el Reino Unido- desapareciera el hasta entonces único imanato chií que el mundo conocía. Víctima de la guerra fría y de la avaricia de sus vecinos, la antigua “Arabia Feliz” se rasgó en dos estados: la República Árabe de Yemen, en el norte, durante años bajo la esfera del nasserismo y el socialismo árabe; y la República Democrática Popular del Yemen, secundada desde Riad. Una escisión cerrada en falso en mayo de 1990, fecha en la que, tras un arduo pulso tribal, el entonces presidente norteño, Alí Abdulá Saleh, fue designado jefe del nuevo estado unificado.

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Casi medio siglo después, los Houtis -autoproclamados herederos de aquel derrocado imanato chiíta- han recuperado la capital, Sanaa, y asumido el control de Adén y de gran parte del territorio. Beneficiados por el colapso del Estado que supuso la mal denominada “primavera árabe”, durante los últimos tres años se han extendido sin apenas oposición desde sus tradicionales enclaves en las provincias septentrionales de Saada y Amran -limítrofes con Arabia Saudí-, como el grupo más fuerte y cohesionado de los varios que luchan en un conflicto más complejo que la simple -e interesada- rivalidad entre chiíes y suníes. “Yemen está (inmerso) en un proceso de descomposición: entre los Houtis en el norte, y la coalición antihouti, más fuerte en el sur”, explica April Longley Alley, analista para la Península Arábiga del afamado centro de investigación Crisis Group. “Y en el sur, entre los grupos secesionistas y el creciente frente yihadista violento. Y desde fuera, por la implicación creciente de poderes como Arabia Saudí e Irán. Una guerra entre aliados, violencia sectaria, poder de las milicias y colapso del Estado son la receta de una desastrosa guerra civil de varios frentes”, enumera.

Para conocer sus orígenes es necesario, sin embargo, retroceder al menos una década. En junio 2004, tribus aliadas y fuerzas leales al entonces presidente del país, Alí Abdula Saleh, trataron de arrestar -en vano- a Husein Badr al-Din al-Houthi, líder de esta corriente chií asentada en Yemen y uno de los señores tribales que se opusieron a la invasión anglo-estadounidense de Irak. La acción -y posterior asesinato a manos el Ejército regular del pretendido nuevo imam- desencadenó seis cruentas guerras con el gobierno central que cesaron en febrero de 2010, con cientos de muertos en ambos bandos y varias cuentas por saldar. Más allá del conflicto político o religioso, el malestar en las provincias septentrionales tenía arraigadas raíces socio-económicas. En un país colocado entre los más depauperados del mundo, las zonas chiíes del norte eran un pozo de miseria, resquemor y desesperanza. Una región con significativas cifras de paro, escasez de servicios e ínfimas opciones de futuro, donde el tráfico de armas y el contrabando de todo tipo de productos eran las actividades más lucrativas.

Razones que explican porque los Houthis se sumaron con ilusión a la revuelta popular contra el gobierno central que estalló un año más tarde, al rebufo del que después sería el crudo y sangriento invierno de los árabes.La transición, en Yemen, ha sido como las del resto de las revoluciones árabes, incluida la de aquí en Túnez”, denuncia Nessim, una joven que lideró en 2011 a sus compañeras de facultad en la avenida Habib Bourguiba, y que ahora lucha por que aquel anhelo de libertad no quede ensombrecido por quienes intentan agitar y aprovechar el fantasma de la inestabilidad para conservar sus vetustos privilegios. “No han sido más que un pulso en el poder, entre las elites, en el que las necesidades del pueblo han quedado olvidadas. Ninguno de los problemas sociales o económicos se han solucionado, y el tema político tampoco ha cambiado en la dirección que la gente esperaba. Eso ha creado mucha frustración”, resalta.

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Pero no solo frustración en el caso del Yemen; también guerra y un odio confesional que antes apenas existía, fruto de la manipulación saudí del proceso de transición y de los extraños compañeros de cama surgidos en un conflicto de raigambre local que los países vecinos pretenden transformar en global para proyectar en él sus ambiciones particulares. Desbancado Abdula Saleh -a quien Arabia Saudí tendió una alfombra roja salpicada de víboras danzantes-, los diferentes grupos se implicaron -en mayor o menor medida- en un fallido proceso de diálogo nacional auspiciado por la ONU y liderado por el nuevo presidente, Abdel Rabo al-Mansur, el hombre de paja de Riad. El general, que durante años ejerció de vicepresidente y goza de cuantiosos negocios y privilegiadas relaciones con el ministerio saudí de Defensa, propuso en febrero de 2014 una solución salida del laboratorio de ideas de la Casa de Saud que sugería fragmentar el país en seis provincias federadas, con Sanaa como capital y fortaleza, propuesta que terminó de enervar a los Houthis.

Apoyados en su sostenida y rápida expansión territorial hacia el sur en los años de transición, y decididos a no quedar una vez más relegados, los “herederos del Imam” redoblaron su presión militar y emprendieron el camino hacia la capital secundados por quien un día fuera su más enconado enemigo: aún influyente entre las tribus del norte y el sur del país, Alí Abdula Saleh prestó a los chiíes sus contactos y armas, confiando en la futura redención de su familia a través de su hijo y sucesor: Ahmed Alí Abdula Saleh. “El ex presidente tiene muchas cuentas pendientes que cobrar: con los saudíes, que maquinaron para despojarlo del poder, y contra Hadi, a quien considera un traidor. No se puede subestimar la influencia que él y su clan todavía poseen”, señala un diplomático árabe asentado en el norte de África. “Aún oiremos hablar mucho de Saleh y su familia”, insiste.

En septiembre de 2014, hombres aún leales al ex mandatario abrieron las puertas de la capital a los Houthis: los zaydies -una de las tres ramas del chiísmo- asaltaron el palacio presidencial e hicieron prisionero a Hadi, quien se resistió a renunciar a sus poderes hasta enero de 2015. Un mes después, consiguió escapar a Adén, donde se retractó y denunció “el golpe de Estado” al tiempo que de intentaba consolidar una gran coalición en torno a su persona. De nuevo cercado por las tropas chiíes, a mediados de marzo huyó de nuevo, esta vez en barco a través de “la puerta de las lamentaciones”, rumbo a Arabia Saudí. La negociación nuclear entre Irán y Estados Unidos -facilitada por Omán- avanzaba aquellos días en la ciudad helvética de Lausanne para desmayo de Riad y la decrépita Casa de Saud no desaprovechó la ocasión para lanzar sus aviones de combate sobre la ciudad que vio nacer al general yemení y denunciar que el régimen de los ayatolá apoyaba y financiaba a “los rebeldes chiítas”.

Los Houthis son menos dependientes de Irán de lo que lo es Hadi de Arabia Saudí”, advierte Crisis Group. Un argumento, el de la forzada internacionalización de un conflicto genuinamente interno, que comparten otros expertos en la región. Aunque chiíes, los Houthis pertenecen a una rama diferente a la que domina en Irán. Conocidos como “Ansar Allah” (los partidarios de Alá), entroncan con el zaydismo -una corriente que reconoce a cinco imames después de Alí, frente a los doce de los chiíes duodecimanos, mayoritarios en la antigua Persia y en el mundo-, y no son monolíticos.

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Surgidos en la década de los noventa con el afán de resucitar el imamato que durante más de un milenio gobernó el norte de Yemen, la ideología de su rama principal está más marcada por los escritos de Husein Fadlalá -uno de los referentes filosóficos del grupo chiíta libanés Hizbulá-, que por las lecturas de los grandes ayatolá en Irán o Irak. No se puede negar que el régimen de Teherán ha intensificado su protagonismo e influencia en los últimos años, como parte de su enconado conflicto político con Arabia Saudí, pero explicar el enfrentamiento como un episodio más en la batalla por el liderazgo del islam entre chiíes y suníes conduce a una imagen falseada de la realidad.

El pulso entre los Houthis y la alianza forjada en torno a Hadi es la pugna más visible en Yemen, pero no la única. A su vera, otros grupos buscan resurgir de sus cenizas o mejorar sus dividendos. El colapso del gobierno central ha resucitado a los movimientos independentistas sureños, que añoran los tiempos de la República Democrática Popular del Yemen. Y acrecentado el poder y la ambición de tribus como la poderosa familia Al Ahmar, uno de cuyos miembros fue ejecutado por el desaparecido imam Ahmad bin Yahya. El clan Al Ahmar es un ejemplo de la complejidad que define a la sociedad yemení. Zaydies de origen, forman parte de la federación tribus unidas entorno al partido islamista moderado pro saudí Islah y disfrutan de estrechos lazos con Riad. Su fe en los dictados de la familia al Saud es, hasta la fecha, inquebrantable.

Sin embargo, quien más parece fortalecerse es la rama de Al Qaida en Yemen, una de las más importantes de la organización terrorista internacional. Presente desde finales de los noventa en las áreas del sureste del país -en particular en la empobrecida región de Hadramut- su influencia se ha extendido en los últimos meses, como demuestra el asalto a la cárcel de Mukalla, que permitió la fuga de unos 150 yihadistas. “El desembarco de células del Estado Islámico en Yemen tiene que ver más con el pulso que ambos grupos mantienen que con el propio conflicto en Yemen”, explica una fuente de Inteligencia europea que prefiere no ser identificada. “Está claro que existe una estrategia para forzar el enfrentamiento sectario como ha ocurrido en Irak y en Siria, del que al final solo sacan provecho el EI y Al Qaida”, explica la fuente, en referencia al atentado que semanas atrás segó la vida de 140 personas en un mezquita zaydí en Sanaa.

Es un factor novedoso, muy peligroso, que puede llevar al país a un caos similar al que padecen sirios e iraquíes”, advierte, en una nación donde la convivencia entre chiíes zaydies -que suponen una tercera parte de los 25 millones de habitantes de Yemen- y suníes shafies ha prevalecido tradicionalmente sobre las innumerables guerras, en su mayoría de tinte político. Dejar que eso ocurra es azuzar y transformar un enfrentamiento cuyo futuro es fácil de adivinar. Basta mirar al norte, hacia Siria e Irak. Allí Arabia Saudí e Irán también han proyectado la bruna sombra de sus lascivas ambiciones regionales, de su agotado modelo petrolero. Una avidez enfermiza que alimenta a los radicales, siembra el odio, crea Estados fallidos y riega de sangre y dolor la tierra. FIN

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