Estado Islámico (año II): en el umbral, Bagdad

Destruida la casi inexpugnable fortaleza de Alamut, bastión de la secta de los Hashasin, Hulagu Jan, nieto de Gengis Jan, y primer señor del Iljanato persa, ordenó a su mariscal de campo, Gao Jan, que pusiera rumbo a Bagdad, capital del débil y presuntuoso califa abbasí Al Mustasim. El invierno asomaba a las puertas de Mespotamia y el mercenario chino, como el resto de las tropas, anhelaba un pequeño receso en la orgía de campañas militares que le habían llevado a arrasar a los luros y a quebrar la numantina resistencia de los suicidas chiies. Pero era un guerrero disciplinado y ni siquiera osó preguntar. Apenas dos meses después, el 29 de enero de 1257, los hombres a su mando levantaban un férreo cerco en torno a la que entonces todavía era el corazón del Islam.

Afirman los cronistas de la época que fue la negativa del califa a enviar tropas de refuerzo al emergente señor lo que enervó al cruel Hulagú y precipitó su decisión de aniquilar la urbe. Pero lo cierto es que hacía más de una década que los janes, en su imparable avance hacia el oeste, ansiaban la conquista y sumisión de la llamada “ciudad de la paz”. Más por el simbolismo que esta captura implicaba que por las riquezas que sus palacios pudieran todavía atesorar. Pese a su declive, Bagdad era aún la histórica sede del califato. La urbe que el egregio Al Mansur levantó a la vera de la legendaria Ctesifonte para glorificar sus victorias y perpetuar su recuerdo. La que hospedó las “mil y una noches” de Harum al Rashid, el vicario de Alá que sedujo el mundo. El lugar donde aún residía la legitimidad divina del poder terrenal que los mogoles despreciaban. Y destruirla se antojaba, en su mente, como la demostración más diáfana de su emergente supremacia.

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Más de 800 años después, las tropas del autoproclamado califa del siglo XXI han enarbolado sus zaínos blasones en las mismas tierras en las que Hülagu y su Ejercito comenzaron a levantar la empalizada, y a cavar el foso que quebrarían la resistencia del último de los abbasíes. Y con el mismo objetivo. Según vecinos que han logrado huir, la bandera del Estado Islámico (EI) ondea desde hace días en el edificio del gobierno de Ramadi, y sus soldados patrullan las calles, firmes y amenazantes, a apenas medio centenar de kilómetros de la antigua capital califal, ahora en poder de los “herejes” chíies y sus aliados occidentales.    

Una noticia trascendental que ha pasado casi desapercibida en la prensa española, interesadamente atenta a casi todo de lo que sucede en la antigua Mesopotamia. La toma de Ramadi, umbral de acceso a Bagdad, comparte similitudes con la crucial -y también casi inadvertida- ocupación en 2012 de las localidades periféricas de Mosul, cuya conquista definitiva no solo permitió a Abu Bakr al Baghdadi y a sus secuaces llenar el tesoro, si no consolidar también su poder e influencia en el norte de Irak. Una operación militar larga, paciente y bien planificada, que combinó espectaculares acciones terroristas, tácticas de guerrilla maoista y estrategias de Ejército regular, y que concedió  al EI su mayor triunfo hasta la fecha. Dos años de acoso y asedio que arrancaron con una serie de crueles y extremadamente cruentos atentados suicidas, que segaron la vida de decenas de personas y propalaron el pánico entre la población; prosiguieron con ataques individualizados, a la carta, obra de escuadrones de la muerte, que diezmaron las fuerzas de Seguridad locales, minaron su moral e hicieron que muchos de los oficiales optaran por la huida; y culminaron con una serie de precisos bombarderos artilleros que abrieron definitivamente las cancelas de la ciudad y permitieron a los soldados del nuevo califa tomar sus calles casi vacías, sin otros disparos que los tiros brindados al aire en señal de alegría.

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Mosul, ciudad en la que Al Baghdadi se autoproclamó califa, fue el segundo peldaño de una peligrosa y ambiciosa escalera que comenzó a urdirse en Raqqa -ciudad a la que Harum al Rashid trasladó su capital, harto de la humedad y el calor de la ciudad circular- y que desciende hacia el sur a través de localidades como Tikrit y Ramadi para aposentarse en Bagdad. Obsesionado con los símbolos del pasado, consciente de la legitimidad y los atributos casi divinos que el título de califa tiene en el acervo islámico suní, y del honor que significaría arrebatar a los chiíes y a los nuevos sarracenos la antigua capital de los califas abbasies, Al Baghdadi -que vive en permanente peregrinaje en un área romboidal cuyos vértices son Mosul, Raqqa, Tel Afar y Samarra- aspira a entrar en la ciudad de Al Mansur y reclamar así, desde el trono de Harum al Rashid, el cetro perdido del islam. 

A sus puertas no le espera un califa presuntuoso y frágil como Al Mustasim, manipulado y sometido a la voluntad de su pretorianos mamelucs. Si no la poderosa Guardia Revolucionaria iraní y los cuerpos de elite del movimiento chiíta libanés Hizbulá, apoyados por un endeble Ejercito iraquí y escuadrillas de cazabombarderos saudíes y estadounidenses. Hulagú apenas tardó tres semanas en destruir la histórica capital abbasida. El 5 de febrero de 1257 sus soldados ya dormían a la sombra de sus murallas y el 10 Al Mustasim bajaba las espadas. Tres días más tarde, autorizó una bacanal de sangre y fuego que redujo a cenizas sus edificios y segó la vida de decenas de miles de personas, incluido el propio califa y su estirpe. Poco después, caerían a los pies de su desatada ambición Homs, Alepo, Hama y Damasco, hasta que los mamelucos egipcios pusieron freno a su codicia en la histórica batalla de Ayn Halut. Hasta ahora, Al Baghdadi -que ha añadido artificialmente el patronímico de la ciudad a su nombre- ha mostrado que la prisa no está entre quienes le acompañan. FIN      

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