OBAMA, IRÁN Y EL NECESARIO ADIOS AL SIGLO XX

En el otoño de 2009, el siempre criticado -y probablemente injusto- comité para los premios Nobel, anunció una de las decisiones más controvertidas en sus más de cien años de existencia. La concesión del premio más prestigioso de la Paz para un recién estrenado presidente de Estados Unidos, Barack Obama. No menos sorprendentes y polémicas fueron las razones en las que sostuvieron su inesperada decisión: en tiempos en los que la confianza parece demodé -sirva de ejemplo la puñalada de Angela Merkel a Grecia, un país que supo perdonar a la entonces exhausta Alemania parte de la deuda tras la demencia de Adolf Hitler y el Nazionalsocialismo-, los sabios del Nobel entregaron el galardón al primer presidente negro de Estados Unidos por la ilusión que habían generado sus “esfuerzos (todavía escasos) para fortalecer la diplomacia internacional” y “las esperanzas de un mundo mejor” que proyectaban. Todo un canto al optimismo.

Cinco años después, el periodista Thomas Sparrow se preguntaba en un prolijo artículo publicado en la página web de la BBC si el mandatario, ahora encanecido por el desgaste físico y mental que implica el poder, había cumplido con las expectativas que le valieron tan alta distinción.  El inicio, recordaba, había sido prometedor. Su voluntad de caminar hacia un mundo libre de armas nucleares había arrancado en 2010 con un simbólico acuerdo, bautizado como “New Start” y firmado con su entonces colega ruso, Dimitri Medvedev, en el que ambos países se comprometían a reducir sus arsenales de armas nucleares estratégicas y a compartir nuevos procesos que permitieran verificar la cantidad que cada uno de ellos poseía. Un lustro después, y con el halcón Vladimir Putin de nuevo al frente de la gran Rusia, ambos países han dado un paso atrás. El Pentágono ha encargado 12 nuevos submarinos, 100 nuevos bombarderos, 400 misiles y ocho plantas y laboratorios atómicos.  Moscú, por su parte, anunció el pasado 16 de junio que a lo largo de 2015 ampliará su arsenal nuclear con la puesta en funcionamiento de 40 misiles intercontinentales capaces de superar sistemas antimisiles sofisticados como el que Washington promueve en Europa del Este.

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Sparrow recordaba, asimismo, que Obama prometió la retirada de Irak y el desenganche paulatino de las tropas norteamericanas de los conflictos en Oriente Medio. El repliegue se inició también en 2010, pero la aparición, ese mismo año, del grupo que devendría en 2014 en la organización autoproclamada Estado Islámico (EI), alteró sus planes. Avanzado 2015, y con el EI más sólido en sus bastiones de Irak y Siria -donde ha duplicado el territorio bajo su control en apenas doce meses- más aviones no tripulados estadounidenses entran en combate cada día. No sólo en los dos países citados. También en Yemen, donde su principal aliado árabe -Arabia Saudí- se halla embarrado en una guerra que decidirá el destino de la nueva rama gobernante en Riad: la del rey Salmán y su estirpe.

El periodista británico mencionaba, igualmente, la agria cuestión del cierre de la vergonzante cárcel de Guantánamo, otra de las promesas de política internacional incumplidas por el primer político que dijo en voz alta la inspiradora frase con la que los historiadores del futuro recordarán este convulso inicio de centuria: “Sí, podemos”. En un, quizá, arrebato de intuición, Sparrow concluía, no obstante, que el premio mantenía su vigencia, porque más allá de los hechos, la filosofía de la palabra de Obama ha logrado consolidar nuevos valores. Aquella todavía cercana Navidad de 2014 pocos preveían los transcendentales acuerdos con Cuba e Irán, diseñados para acabar con una obsoleta geo-estrategia que aún nos atormenta.

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Obama comenzó a ganar el premio nobel de la paz  con el discurso que el 4 de julio de 2009 pronunció en la Universidad Americana de El Cairo. Aún recuerdo el aroma agridulce que dejó en muchos de mis colegas en Egipto. Y puso las bases para hacerse merecedor del mismo cuando dos años después autorizó la apertura de reuniones secretas con el régimen iraní a través de diversos intermediarios, en particular el Sultán de Omán, Qabús. Era una decisión altamente arriesgada. En aquellos días, la teocracia persa había destapado el peor de sus desabridos rostros y reprimido, a sangre y fuego, el movimiento de reforma verde. Las llamadas “primaveras árabes” acababan de estallar y un fantasma débilmente amarrado a la promesa del cambio que implicaba aquel “Sí, podemos” comenzaba a teñir de ilusión -después revertida en sangre y mentiras- las calles del siempre atribulado Oriente Medio. Recuerdo que en aquellos días, los cinco únicos periodistas extranjeros que residíamos en Teherán soñábamos en mi casa, durante nuestros aquelarres periodísticos nocturnos, con ver llegar de tapadillo en el legendario aeropuerto de Mehrabab a un enviado de la Casa Blanca, como lo hizo Henry Kissinger en China.

Cuatro años después, esas negociaciones -plagadas de trampas- han desembocado en un acuerdo que pone las bases para destruir el pernicioso “desequilibrio de fuerzas” que se estableció en Oriente Medio en 1979. Que nadie espere aún ver a Obama descender por la escalerilla del “Air Force One” en la polucionada y caótica Teherán. Existe todavía una larga senda que recorrer, salteada de agazapados tramperos más peligrosos que los de antes (ahora son todavía más conscientes de lo mucho que pueden perder). Y al final de ella espera un hombre asido al ayer, a la política rancia del siglo XX, cruel y caprichoso, bendecido por un poder de hálito celestial, omnímodo, capaz de virar en cualquier momento. El gran ayatolá Alí Jameneí tiene la última palabra. Si los enviados de su amigo y confidente, Hasan Rowhaní, han firmado, es porque el hombre que juró hacer pagar a Estados Unidos su soberbia, ha asentido. De igual manera, puede volver a cerrar una puerta que cree manejar a su antojo.

El acuerdo, pese a lo que se ha publicitado, confirma algo que todos conocían, pero que nadie jamás se atreverá a admitir públicamente: que el programa nuclear iraní es irreversible, y las sanciones, por tanto contraproducentes e inútiles. En 2009, el entonces presidente iraní Mahmud Ahmadineyad nos llevó a un grupo de periodistas a visitar la central nuclear de Isfahan: vestido con una bata blanca, rodeado de su cohorte y con su indeleble sonrisa anunció que Irán había conseguido dominar el ciclo completo de enriquecimiento. El régimen de los ayatolá tenían los medios y el conocimiento para manipular el uranio de forma autosuficiente. Llegar al umbral de la proliferación nuclear -que alcanzarían unos meses después- era ya una simple cuestión aritmética: dependía del número de centrifugadoras en cascada que pudiera juntar. Un problema menor para un país que ya ensamblaba sus propias maquinas de segunda generación, gracias a la colaboración de expertos pakistaníes y norcoreanos, y comerciantes chinos y de las ex repúblicas soviéticas.

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La administración Obama entendió entonces que la estrategia debía tornarse. Exigir a Irán que destruyera un programa bélico que tanto dinero y esfuerzo le había costado desarrollar era una quimera. La estrategia debía tender a incluir a Irán de forma discreta en el club y al igual que en durante la guerra fría, llegar a un entente para convencer al régimen de los ayatolá  de que las protegiera como es necesario y no hiciera uso de ellas. Esa idea parece reposar bajo la declaración del presidente norteamericano de que no se trata de un acuerdo de confianza “si no de verificación”, como el que se estableció con Rusia. El objetivo debe ser ahora que la industria armamentística persa no avance en el programa balístico.

Irán, por su parte, adoptará la táctica israelí: guardar silencio en torno a su programa atómico pese a tener sus arsenales repletos de cabezas nucleares. Los acuerdos con Cuba y con Irán supondrán el fin de la guerra fría y la vieja política del siglo XX en el Caribe y Oriente Medio porque ataca insidias amarradas a la noche de los tiempos. La Habana es esencial porque abre las puertas al rico Caribe y acaba con los míticos espectros del comunismo trasnochado. El entendimiento de Irán es clave para poder avanzar en la lucha contra la herejía del Estado Islámico; pero también para resolver guerras como las que ensangrientan Siria -Irán es el principal sostén de la dictadura de Bachar al Asad- o Yemen -donde apoya a grupos Houthis. Contribuirá también, posiblemente, a reducir la preponderancia de Arabia Saudí y del wahabismo, numen y origen del yihadismo que amenaza al mundo. No quiere decir que Teherán vaya a sustituir a Riad en la escala de aliados de Washington en la región, pero sí que hará más difícil para la casa de Saud justificar políticas hasta la fecha injustificables. La guinda sería que a ambos países se les exigiera el mismo respeto  a unos derechos humanos que a diario violan con la misma contumacia.

Y asienta las bases (aún endebles) para poner fin a una injusticia que envenena Oriente Medio y la política internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: el conflicto en Palestina. El opositor más enconado a un acuerdo histórico fue, minutos después de ser anunciado, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien en medio de los aplausos del resto de la comunidad internacional no tuvo empacho de admitir que hará todo lo que esté en su mano para destruirlo. Una amenaza inquietante a la luz de las políticas que sigue en su país de apoyo a las acciones racistas, carentes de escrúpulos, de los colonos, en los que sostiene el mullido columpio de su poder.  La perspectiva de un Irán rehabilitado arroja nuevas piezas en el tablero regional (Teherán, por ejemplo, es el principal benefactor, junto a Qatar, del movimiento de resistencia palestino Hamás). No significa que vaya a retomar el papel de guardián que desempeñó en tiempos del último Sha de Persia, Mohamad Reza Pahlevi, lacayo de todo aquello que facilitara su hedonista vida. Si no que se proyecta como el primer paso de una ruta aún enmarañada, tan larga como espinosa, plagada de curvas traicioneras, que dos enemigos que aún se escudriñan con el rabillo del ojo tras años dándose la espalda han aceptado intentar recorrer juntos, pero no revueltos. El inicio del fin, quizá, de un viaje cuyo desenlace probablemente conoceremos rodeados de nietos y cuyo impulso fue un hombre al que le dieron un premio nobel de la paz visionario por el espíritu de transformación y cambio que supo inculcar al mundo con un simple “Yes, we can”.  FIN

© JAVIER MARTÍN

www.javier-martin.org

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