Libia: la intervención militar que viene

En marzo de 2011, y en plena efervescencia de las ahora fracasadas “primaveras árabes”, las potencias internacionales sumaron una más a la lista de decisiones discutibles que han adoptado en Oriente Medio y el norte de África a lo largo del fatídico siglo XX. Asido a una obsoleta geopolítica que ha causado cientos de miles de muertes, el Consejo de Seguridad de ONU emitió la pertinente resolución “Ad Hoc” y la OTAN se apresuró a bombardear Libia con la excusa de proteger a los civiles. El alzamiento contra la dictadura de Muamar al Gadafi perdía fuelle y las tropas del excéntrico líder, mejor pertrechadas, recuperaban terreno y amenazaban con reconquistar la ciudad de Bengazi, capital de la histórica provincia de la Cireanaica y simbólico bastión de los rebeldes. La intervención militar aliada, liderada por cazabombarderos Rafale franceses, fragatas de la Marina británica y los buques de asalto anfibio estadounidenses USS Kearsarge y USS Ponce, contribuyó a cambiar el signo de la incipiente guerra civil libia. Iniciado el mes de agosto, la amalgama de grupos rebeldes ponía cerco a Trípoli, que caería apenas dos semanas después. Acorralado, abandonado y traicionado, el tirano huyó a Sirte, su ciudad natal, donde moriría el 20 de octubre de ese año, vejado y linchado por una turbamulta ciega de entusiasmo e ira.

Cinco años después, Libia es un estado fallido, sumido en el caos y la guerra fratricida, donde un fusil vale más que una vida y el futuro es un lujo en el que casi nadie confía. La muerte se ha adueñado del desierto, las balas silban cada amanecer en las calles, tristes y vacías, y el lamento de miles de ciudadanos subsaharianos, víctimas de la guerra, el hambre, la desesperanza y la avaricia de los traficantes de personas, inunda la costa y resuena como un eco desgarrador en la sorda Europa. Un inmenso almudín de armas teñido de sangre malbaratada en el que dos gobiernos igualmente deslegitimados luchan por prevalecer con la ayuda de estraperlistas de todo pelaje, líderes tribales devenidos en señores de la guerra, directivos ventajistas al servicio de multinacionales petroleras y comisionistas disfrazados de asesores extranjeros. Uno, calificado de rebelde y pro islamista, en Trípoli; y otro, considerado legítimo por la comunidad internacional -aunque carece de base legal desde el pasado 20 de octubre- en Tobruk. Enfrentados sobre el terreno, ambos están enmarañados desde hace más de un año en un trabado proceso de diálogo forzado y tutelado por la ONU que apenas ha servido para profundizar aún más la brecha que separa sus ambiciones. El objetivo declarado es consensuar un Ejecutivo de unidad nacional que colme el vacío de poder que gota a gota llenan, cada día, los grupos yihadistas que crecen en el país. Sin embargo, la ristra de informaciones y sucesos acaecidos en las últimas semanas inducen a pensar que el fin último es allanar el terreno para una nueva (e interesada) intervención militar extranjera.

379310125

Pese a que oficialmente lo nieguen, Londres tiene militares y asesores en Misrata desde hace meses. También los estadounidenses y los italianos han enviado gente son el terreno”, comentaba recientemente un colega durante una agradable cena en Argel. “Muchos de ellos, en particular los norteamericanos, son mercenarios, trabajadores de compañías privadas de Seguridad que entrenan a milicias locales”, comentaba otro de ellos. La táctica que se persigue es antigua, y ya se puso en marcha en Siria antes de que las tropas rusas intervinieran para salvar al sátrapa Bachar al Asad, y por extensión sus vastos intereses en la zona. Ensamblar primero una fuerza terrestre local que ofrezca carne de cañón y limite la injerencia extranjera a bombardeos aéreos y marítimos, sin el engorroso trago que suponen los muertos propios de cara a la exigente opinión pública. En Siria e Irak ese trabajo sucio lo han desempeñado con esplendor (también interesado) las tropas kurdas y algunos grupos de oposición, tanto laica como islamista. En Libia se busca desde hace varios meses un entendimiento entre las milicias afines al gobierno en Trípoli, congregadas en torno a la plataforma “Fajr Lybia” (Amanecer Libia), las katibas de la ciudad de Misrata, una de las más efectivas del país, los mesnaderos del señor de la guerra Ibrahim Yidran, que defienden las instalaciones petroleras, y el antiguo Ejército regular libio, ahora leal al Ejecutivo en Tobruk. Iniciada la segunda semana de febrero de 2016, el principal escollo es aún el controvertido general Jalifa Hafter, un antiguo miembro de la cúpula militar que en 1969 aupó al poder a Muamar al Gadafi y que en la década de los Ochenta se convirtió en uno de sus principales opositores en el exilio. Refugiado durante años en una mansión cercana a la sede de la CIA en Langley, el militar, de 73 años, regresó al país en 2011, escasas semanas después de que estallara la revuelta contra su antiguo patrón. Apoyado financiera y militarmente por Arabia Saudí y otras monarquías de la península Arábiga, cruzó entonces la frontera con Egipto y maniobró hasta ser designado el pasado año jefe de las antiguas Fuerzas Armadas gadafistas, leales a Tobruk. Meses antes, en mayo de 2014, había lanzado una infructuosa ofensiva militar contra la ciudad de Bengasi -bajo control de milicias afines a Trípoli- que ha causado el desplazamiento interno de miles de personas y solo ha servido para enconar aún más el conflicto.

La ambición de Hafter de liderar el futuro Ejército de unidad libio -deseo al que se opone Trípoli- es igualmente una de las razones que obstaculizan el acuerdo político, que las potencias extranjeras ambicionan con desespero para avanzar en sus planes intervencionistas. También una de las causas de que la conjunción de fuerzas libias que anhela esa llamada “alianza antiyihadista” internacional no sea todavía una realidad. Arrinconada en Siria, donde Moscú marca ahora el paso de la guerra- las potencias mundiales han tornado sus ojos al país norteafricano, ausente de los titulares de prensa durante meses. Una reciente noticia difundida por los medios mundiales más influyentes ha despertado las sospechas de que algo se cocina entre los expertos. Días atrás, la Casa Blanca aseguró que el número de combatientes del Estado Islámico había caído en Siria e Irak y por contra había aumentado peligrosamente en Libia. Pero lo cierto es que el empuje del yihadismo es poderoso desde hace más de un año. Asentados en la ciudad oriental de Derna, vecina a la frontera con Egipto, no ha dejado de acaparar terreno desde que en hace exactamente doce meses la rama libia del EI plantara su bandera en el extrarradio de Sirte, ciudad asomada al Mediterráneo situada a unos 450 kilómetros al este de Trípoli, sin que ello supusiera grandes titulares. Desde entonces, los yihadistas han logrado asumir la mayor parte de la urbe que vio nacer y morir a Al Gadafi. Han penetrado en barrios de Bengasi, donde las tropas de Trípoli y Tobruk se desgastan mutuamente sin sentido ni beneficio. Y han establecido puestos avanzados en la histórica localidad romana de Sabratha, a medio camino entre la capital y la frontera con Túnez. Envalentonadas, a finales de enero pusieron cerco a las puertos petroleros de Sidrá y Ras Lanuf, los más importantes del país -este primer envite fue frenado por las fuerzas de Yidrán. Además, han sido capaces de contaminar su nociva influencia a las naciones de la región. Especialmente al frágil Túnez. Según las autoridades de este país, los autores de los dos atentados que segaron la vida de sesenta turistas extranjeros entre marzo y junio de 2015 eran jóvenes compatriotas que recibieron entrenamiento militar en Libia. A territorio libio también se ha desplazado la mayoría de los yihadistas tunecinos que han regresado a su patria tras combatir con las huestes del autoproclamado califa. Se calculan en casi medio millar. A su vera -y en muchos casos, bajo sus órdenes- combaten iraquíes, sirios, turcos, jordanos, saudíes, egipcios, argelinos, europeos, pero también libios.

B-D4QS1CQAAao_k

La reciente reunión de la alianza antiyihadista en Roma giró en torno a esa intervención. Y aunque el documento final descartó una inminente intervención, lo cierto es que se habló de que aportaría cada uno”, explica un miembro de los Servicios Secretos árabes familiarizado con el encuentro. En la capital italiana convergieron la mayoría de los gobiernos que en 2011 participaron en los bombardeos de la OTAN sobre las fuerzas de Al Gadafi (incluida España), muchos de los cuales también forman parte de la cruzada en Siria. Algunos, como el propio Túnez, se oponen a esa posible intervención, convencidos de que solo servirá para aumentar la confusión y el dolor. Aunque pocos se atreven a verbalizarlo, en el pequeño país norteafricano hay quien teme que la respuesta de los yihadistas sea saltar la porosa frontera, tomar algunas de las mal defendidas poblaciones del desierto y dar con ello un golpe de gracia a la frágil transición. Igualmente se opone Argelia, nación acuciada por la abrupta caída del precio del petróleo y por la incertidumbre en torno a la sucesión de su enfermo presidente, Abdelaziz Bouteflika, en la que la amenaza radical también ha florecido con fuerza en los últimos meses. Advertencias que, como en el pasado, la referida coalición internacional antiyihadista parece preferir obviar, anudada todavía a la concepción del mundo que marcó la pasada centuria, y que quizá se debería pensar en enterrar. FIN

© Javier Martín

www.javier-martin.org / @javiermartinr1

Siria y la trampa de Viena*

A mediados de noviembre de 2015, y en pleno arrebato de visceralidad por el impactante atentado de París, el autoproclamado “Grupo Internacional de Apoyo a Siria” se comprometió a acelerar el proceso de paz en ese país, falsamente convencido de que allí están enterradas las raíces del fanatismo que desde hace décadas atormenta a árabes y musulmanes, y que ahora tanto dice asustar a los líderes de Europa. Una solución diseñada y sostenida en premisas con cierto hedor finisecular que entroncan con una forma obsoleta de entender la geoestrategia mundial: aquella que apuesta por la injerencia, por imponer transiciones políticas al estilo occidental a sociedades con un alto déficit de madurez democrática, y por confiar en interlocutores con el mismo superavit de inclinación a la tiranía. Un plan atado, igualmente, a la vetusta concepción de Oriente Medio a la que aún se aferran EEUU y los gobiernos de Europa, interesadamente ciegos ante la esquina que está doblando la historia: aquella idea de fomentar bloques enfrentados al rebufo del petróleo y la industria armamentística que quedó dibujada tras el triunfo de la revolución islámica en Irán, y que tanto dolor y sangre ha causado a los habitantes de la región. Países de larga tradición democrática, como Estados Unidos o Francia, aliados con otros, como Arabia Saudí o Qatar, que ni siquiera han sentido el impulso de asomarse a ella, sentados a la mesa con imperios nostálgicos ávidos por recuperar su antigua grandeza, como Rusia, Irán y Turquía. El objetivo declarado, derrotar al nuevo enemigo: el Estado Islámico. El oculto, quizá, garantizar sus intereses particulares en el nuevo Oriente Medio del siglo XXI que parece esbozarse. Al margen de todo -y como error iterado-quedan una vez más los anhelos de las poblaciones locales, que en 2011 se levantaron con la ilusión -ahora casi desvanecida- de alcanzar al fin libertad, derechos y justicia social.

090713coletoon

El hecho es que el Estado Islámico, como doctrina y práctica, se ha convertido en un modelo imbatible para aquellos que en el mundo musulmán suní buscan una combinación de religión, poder y modernidad“, argumenta el periodista árabe Ali Hashem. Antiguo corresponsal de la famosa televisión qatarí “Al Yazira”, el reportero insiste en subrayar un factor que considera crucial, un elemento esencial para entender la coyuntura actual que la desmemoriadas sociedades occidentales parecen haber querido olvidar: que la amenaza del yihadismo no es un problema de hoy, sino una rémora del ayer en la que la huella de sus tejemanejes está aún muy presente. Un desafío que nació en la aciaga década de los ochenta, hunde su rizoma en la historia del medioevo europeo, está ligado al colonialismo y a la fatídica guerra fría que envenenó el siglo XX, y que se nutrió de las dictaduras árabes de tinte socialista a las que Occidente apoyó -en mayor o menor medida- en las tres décadas precedentes. “Suníes y chiíes compartían similares aspiraciones hasta que la revolución islámica en Irak en 1979 logró derrotar al Sha“, abunda Hashem. “En ese tiempo, hasta islamistas sunníes como el jeque Abdula Azzam (uno de los fundadores ideológicos de Al Qaida) celebraron en las mezquitas de Jordania la victoria del Imam Rujola Jomeini“, recuerda. “Después, se evidenció que la revolución (iraní) era más una respuesta a las ambiciones de los islamistas chiíes que de los suníes; así que la siguiente parada para Azzam y sus camaradas fue Afganistán, y lo que luego fue conocido como los árabes afganos”, concluye.

El triunfo de Jomeini y su interpretación fundamentalista de la sociedad islámica causó un impacto similar -aunque de inquietud- en Arabia Saudí, hasta entonces (casi) indiscutible caudillo del Islam suní. El mismo año que las huestes del avieso ayatolá se apropiaban de la indignación popular en Irán y la barnizaban de trascendencia religiosa, un grupo de radicales saudíes, adscritos al movimiento purista “Ijwan”, asaltaba la gran Mezquita de La Meca, la más sagrada del Islam. Liderados por Juhayman al Otaibi, un antiguo miembro de la Guardia Nacional wahabí, pretendían derrocar la tiranía de la familia Al Saud, a la que tildaban de hereje y corrupta. Al Otaibi y sus seguidores creían que la autocracia fundada en el siglo XVIII había traicionado los principios establecidos por Mahoma, y aspiraban a constituir una sociedad igual a la que, según su lectura literal de las escrituras, habitó el Profeta. Su sueño acabó en pesadilla. Amanecida la mañana del 4 de diciembre de 1979, soldados saudíes secundados por fuerzas de elite francesas y aconsejados por expertos militares estadounidenses recuperaron el control del templo tras tintar de carmesí sus albos mármoles. Unas 240 personas -entre militares y asaltantes- murieron y más de 400 resultaron heridas durante la batalla, que se prolongó dos semanas. Miles más fueron arrestadas y encarceladas los días siguientes. Al Otaibi y 63 cabecillas fueron decapitados.

Avanzado 1980, recién estrenada la guerra entre Irán e Irak, muchos de esos “ijwan” comenzaron a abandonar las prisiones y a aterrizar en Afganistán, previa escala en Pakistán. En Islamabad, y en particular en la vecina Rawalpindi, eran recibidos por jeques como el propio Azzam y miembros de los servicios secretos saudíes, estadounidenses y pakistaníes que los instruían en el combate y les facilitaban armas. Conocido como “el puente de los muyahidin”, el primer objetivo de este plan era acorralar a las tropas soviéticas que ocupaban Afganistán. Hasta que estas se retiraron, los guerreros de la yihad fueron “combatientes por la libertad” para los gobiernos de Occidente y un alivio para las dictaduras árabes amigas. Casi todas ellas aprovecharon la citada pasarela para desembarazarse de la oposición religiosa que crecía a la sombra de su puño de hierro. Sin embargo, apenas nueve años después el muro de Berlín cayó y la guerra fría que domeñaba la geopolítica mundial comenzó a perder el sentido que nunca tuvo. Los muyahidin dejaron de ser útiles, y la mayoría de ellos optaron por regresar, convencidos de que en su país serían recibidos como héroes. Poco tardarían en percibir la realidad. En agosto de 1990, tanques del Ejército de Sadam Husein cruzaron la frontera y tomaron Kuwait. Asustado ante la posibilidad cierta de que siguieran su arrollador avance hacia el sur, Riad exigió a Washington que cumpliera con el pacto secreto suscrito en 1945 y protegiera su territorio. Una defensa que el después odiado Osama bin Laden y sus árabes afganos también ofrecieron a la casa de Al Saud. Rechazados y marginados, “los guerreros de Alá” retornaron a las agrestes tierras de Asia Central en las que tanta sangre habían derramado. Allí se terminó de gestar una idea que el llamado Islam político (liderado por los Hermanos Musulmanes egipcios) había contribuido a cimentar. La de lanzar una yihad global contra los infieles -incluidos entre ellos los corruptos líderes musulmanes- que pusiera las bases para la concreción futura del único de sus anhelos: crear un estado islámico según su ancestral interpretación de los textos religiosos. Había nacido Al Qaida, la organización terrorista más grande que la historia moderna haya conocido.

cartoon_200111

Expertos y periodistas contemporáneos insisten en colgar esta misma etiqueta a la amenaza de moda, el Estado Islámico. Pero entender y conocer a esta organización yihadista exige, en primer lugar, desprenderse de ese erróneo concepto y admitir una realidad: se trata de un sistema sofisticado, un proto-estado fruto de la evolución lógica de la quimera radical que explotó en esa década de los pasados ochenta. Mientras que “el puente de los muyahidin” fue una ambición hábilmente manipulada, Al Qaida supuso una idea fruto de la frustración y la experiencia. El Estado Islámico es, ahora, esa idea llevada a la práctica gracias a un error mayúsculo cometido por aquellos que hace cuarenta años comenzaron a experimentar con el fuego de la intolerancia religiosa. La forzada e interesada decisión estadounidense de invadir Irak en 2003, y en particular la posterior desarticulación del corrupto régimen baazista tejido por Sadam Husein dejó un vacío de poder en las provincias suníes, aprovechado al principio por Al Qaida y explotado ahora por las huestes del dictador derrocado para reconstruir desde la clandestinidad las redes mafiosas en las que la satrapía iraquí se sostuvo durante la década larga que duró el embargo de la ONU. La mezcla de ambas alumbró en 2006 el Estado Islámico de Irak (ISI), al que EEUU combatió con efectividad gracias a una alianza pecuniaria con movimientos suníes iraquíes considerados moderados. En 2010, la decisión del gobierno chií de Bagdad de no integrar a esas tribus en la estructura del Estado facilitó al ISI recuperar el terreno perdido. Y en 2011, la revolución en Siria le permitió ampliar sus huestes y su extensión territorial, clave de su desconcertante poder. El denominado Estado Islámico para Irak y el Levante (ISIS) ya se presentaba las características que tiene el actual EI, declarado por el autoproclamado califa, Abu Bakr al Bagdadi, el 29 de junio de 2014. Arraigado en un áreas de cientos de kilómetros que abarca de Siria a Irak; replicado por decenas de grupos armados que le han jurado lealtad, desde las montañas de Argelia a las costas de Indonesia, y dotado de un poderoso efecto llamada, que atrae tanto a jóvenes de países islámicos como a musulmanes y conversos nacidos y crecidos en Europa, el EI es una estructura estatal basada en una interpretación herética del Islam, con rasgos del totalitarismo y vicios de la ultraderecha, capaz de autofinanciarse con métodos mafiosos -pero también con herramientas estatales-, que gestiona un amplio tejido social, se alimenta de la frustración y se sostiene en una estructura militar que aúna con eficacia estructuras de ejército regular, tácticas de guerrilla maoista y acciones de cruel y elemental terrorismo. Es ahí donde reside su fuerza, pero también su principal debilidad. Al contrario que Al Qaida, el EI necesita un territorio que gestionar para tener sentido, y la llama de la guerra contra los infieles para pervivir.

“Para derrotar al IS, el mundo necesita golpear el corazón del grupo, y eso significa desatar la maraña de nudos que le rodean y cortar el flujo de sangre que llega a su corazón”, argumenta Hashem. “Se necesita un modelo alternativo que combata el modelo IS, un modelo que sea poderoso, moderno y que muestre un aprecio y un respeto real al Islam. Con este modelo sería mucho más fácil privar a la entidad terrorista de simpatizantes que se pueden convertir en el futuro en sus miembros“, razona.

La solución que las potencias mundiales y el resto de países implicados proponen apunta erróneamente a la poliédrica guerra siria, y obvia ese camino. Más allá de los estériles bombardeos -que causan muertes civiles y abonan el terreno a la movilización y el combate en las poblaciones que los padecen-, este plan de tres puntos no ofrece esa indispensable alternativa y solo reedita políticas que se han probado ineficaces y contraproducentes en el pasado en escenarios similares. Supone, asimismo, un episodio más de la guerra fría autóctona que sacude desde hace cuatro décadas la región: la que enfrenta al eje chií -Siria, Irán y el grupo libanés Hizbulá- y al frente suní, liderado por Arabia Saudí, principal apoyo de la oposición islamista al régimen de Bachar al Asad. El primero se establecerá en el arranque de 2016, pero en el paréntesis previo ya ha multiplicado el dolor de un pueblo sometido a la tortura diaria de la muerte. Antes de que entre en vigor el pretendido alto el fuego, todas las partes en conflicto han redoblado sus bombardeos y ataques con el objeto de apropiarse de la mayor parte de territorio posible. En especial, las mejor armadas y más cohesionadas fuerzas del régimen, que con ayuda de Rusia y de las milicias del citado eje chií no solo han obligado a retroceder a las huestes del EI en el frente este, si no a la propia oposición, tanto laica como islamista. En este contexto se enmarca el derribo en octubre de 2015 de un avión de combate ruso por la artillería turca. Desde que se intensificara la intervención del Kremlin, uno de los principales objetivos del régimen ha sido recuperar el territorio que se extiende desde la ciudad portuaria de Latakia a la frontera de Turquía. Un agreste zona en manos de la oposición turkemana (apoyada por radicales chechenos) casi desde el inicio del conflicto y que posee un enorme valor estratégico. No solo abre el pasillo hacia Idlib y las regiones del oeste de Alepo, bajo dominio opositor, si no que garantiza la seguridad para la base militar que Moscú tiene en el área, la única en el Mediterráneo. Además, impide que las fuerzas turcas creen una entidad autónoma entre ambos países, y que rebeldes y turcos compartan frontera. En el albor de diciembre de 2015, las tropas de Bachar al Asad -secundadas desde el aire por cazabombarderos rusos, y reforzadas en tierra por infantes de “Brigada Zulfikar” chií- ya se habían asegurado el control de las colinas de Bayirbucak, a escasos 15 kilómetros de Turquía. Similar situación vivió Homs, lugar en el que estalló la revolución de 2011, recuperado por el régimen este diciembre.

wpid-syria-usa-russia-0

Estos avances dibujan un reforzamiento de la satrapía alawí, que ha recuperado resuello, terreno y confianza de cara a la segunda fase de “la trampa de Viena”: la que debe servir para formar de un gobierno de unidad nacional transitorio -negociado por el régimen y la oposición- que convoque elecciones en un plazo de 18 meses. Solo las regiones del este, dominadas por el EI, y las zonas del noreste, donde los peshemerga iraquíes roban territorio al autoproclamado Califato gracias a la cobertura aérea que le brinda Washington, quedan lejos del control de Damasco. Una coyuntura que parece no preocuparle en demasía. La dictadura de Al Asad confía en Turquía para frenar las aspiraciones independentistas de los kurdos, pese a que estos se hayan ganado la confianza de EEUU -el presidente turco, Recep Tayeb Erdogan, ha equiparado públicamente a las milicias kurdas sirias (Unión Patriótica de Siria, PYD en su siglas en inglés), con el EI. Y en la comunidad internacional para debilitar a los seguidores del pretendido califa.

Una fase que aún esta en el aire, víctima de cuatro innecesarios años de un conflicto armado que ha sido manipulado por las potencias y desprendido de las inocentes ansias de un pueblo traicionado. Y de dos preguntas sin aparente respuesta: ¿Quién debe sentarse en la mesa de diálogo?, ¿Quién representa a día de hoy al pueblo sirio? Algunos actores parecen tener butaca asegurada -aunque su grado de respaldo popular sea cuestionable-, caso de la Coalición Nacional Siria, principal grupo de la oposición en el exilio. Y otros, garantías de que no serán convocados, caso del propio EI o del Frente al Nusra, filial de Al Qaida en el país y uno de los grupos armados más poderosos en litigio. En medio, se abre una gran paleta de grises de difícil encaje. La compleja tarea de espigar los comensales fue encomendada a Jordania, país que recibió múltiples presiones por parte de las petromonarquías del Pérsico. Tantas, que la decisión final se adoptó en Riad y se ajustó a las ambiciones saudíes. A la cabeza del llamado “Alto Comité Negociador” se colocó al antiguo primer ministro sirio, Riad Hijab. Y como jefe negociador a Mohamad Alloush, un conocido líder radical suní, defensor de la idea del califato, que contribuyó a fundar Jaish al Islam, uno de los múltiples grupos wahabíes financiados desde la península Arábiga que se sumaron a la dispar oposición siria.

Considerado terrorista por el régimen sirio y sus aliados internacionales, su ideología se aproxima en exceso a la que defienden el Estado Islámico y Al Qaida, grupo este último con el que ha colaborado. En 2013, Alloush divulgó un vídeo en el que anunciaba el restablecimiento del histórico califato Omeya en las regiones de las actuales Siria e Irak y atizaba la retórica sectaria antichií tan arraigada en el wahabismo. El ahora jefe negociador apostaba por “decapitar a los impuros chiíes” y aprovechar el actual conflicto armado en la región para “recuperar la gloria (suní) en tiempos de los Omeya.” Un elogio al odio de difícil ensamblaje cuando está previsto que los interlocutores sean regímenes chiíes (el gobierno de Damasco, y sus aliados, Irán y el grupo libanés Hizbulá), y cuando la meta es formar un eventual Ejecutivo de unidad que según el comunicado salido de Viena debe ser “secular, inclusivo y no sectario”. “Alloush, junto a otros grupos similares, son la cuota que impone Arabia Saudí y los países del Pérsico para defender sus intereses en Siria”, explica un diplomático árabe en la zona. “Son lobos con piel de cordero. Su objetivo es el mismo que el Daesh (acrónimo usado en árabe para referirse al Estado Islámico), lo único que cambia es la táctica para lograrlo. Su aparente moderación responde a esta estrategia”, advierte.

En la misma categoría colocan los expertos al grupo radical “Ahrar al-Shams”, vinculado a Arabia Saudí y Qatar, países miembros de la alianza internacional forjada por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, entre otros. Asentado en la región central de Idlib, “Ahrar al-Shams” fue formado en 2011 por un grupo de salafistas sirios, enlazados con movimientos wahabíes del golfo Pérsico, que fueron liberados por el régimen de Bachar al Asad al inicio de la revolución. Desde un primer momento, se alinearon con las fuerzas opositoras más reaccionarias, e incluso combatieron junto a sus entonces socios de Al Nusra. En 2012 y 2013 fue, junto a este último, el principal impulsor de la conocida como alianza rebelde islamista. Desde un principio abogó por el establecimiento de un estado islámico en Siria, aunque moderó y amoldó a los tímpanos de Occidente su ideología al insistir en que la naturaleza de la futura nación debería emanar de la voluntad del pueblo sirio. Aun así, reitera que todo quedará supeditado a la interpretación wahabí de la Sharía o ley islámica (similar a la que aplican Arabia Saudí o el EI). 

173287_600

Frente a este bloque radical wahabí, aliado de Occidente, Rusia ha forzado la presencia de una tercera vía, integrada por varios de los grupos laicos que fueron apartados de la conferencia opositora de Riad. La autocracia que preside Vladimir Putin ha estado extremadamente activa en el campo de la diplomacia desde que en verano decidiera defender sin tapujos al régimen sirio sumándose a los bombardeos. Desde entonces, el antiguo agente de los servicios secretos soviéticos convertido en moderno zar se ha reunido con los presidentes de la propia Siria, Irán y Egipto, con el emir de Kuwait, el rey de Jordania y el príncipe heredero de Emiratos Árabes Unidos. Ha departido con los primeros ministros de Irak e Israel y recibido al ministro saudí de Defensa. Y el pasado 18 de enero negoció con el emir de Qatar, país con el que comparte el título de poseedor de las mayores reservas de gas del mundo, y al que su ministro de Asuntos Exteriores, Seguei Lavrov, había definido semanas antes como “el gran escollo” para la paz en Siria. Putin, al que parece no interesarle una larga guerra en Oriente Medio, ha formado su propio bloque, y forzado su presencia en la próxima reunión de Ginebra, ante el enfado de la delegación opositora tutelada por Arabia Saudí. En él están presentes Haytham Manna, un profesor exiliado en Francia que fue elegido en diciembre jefe del Consejo Democrático Sirio -oposición laica- y Saleh al Muslim, representante de la Unión Patriótica del Pueblo Sirio. Este último, de ascendencia kurda, ha sido rechazado por Turquía. En una estrategia en la que el uso interesado e iterado ha desposeído a la expresión de su verdadero significado, Ankara ha argumentado que también “es un terrorista”.

La tercera añagaza, en caso de producirse, sería, quizá, casi la más dramática para un pueblo que confió en el sueño libertario. Según los expertos, la formación del gobierno de transición y la celebración de los comicios en el plazo y las condiciones ahora esbozadas servirían para legitimar, con toda probabilidad, a un régimen que durante décadas ha violado sistemáticamente los derechos de los sirios y bombardeado a su pueblo con barriles de pólvora. Con más territorio conquistado, y con una maquinaria administrativa casi inalterada -durante los años de la guerra Bachar al Asad se ha obstinado en seguir pagando salarios, pensiones y otras ayudas a los funcionarios y ciudadanos atrapados en zonas de la oposición, pese a que no pudieran trabajar, para mantener lazos y cultivar fidelidades-, el antiguo régimen seguramente batiría en las urnas a una oposición atomizada y diversa. Y cinco años de horror, muerte y sangre habrían conducido entonces a una situación similar a la que precipitó el regreso de la dictadura a Egipto. Queda aún mucha senda por recorrer. Según los expertos, Ginebra III caminará por el mismo derrotero que la intentona fracasada de 2014. Atrapada en las tácticas dilatorias del régimen, empeñado en repartir las culpas y alargar la bizantina discusión sobre terrorismo y terroristas antes de permitir que se aborde cualquier discusión que entierre las viejas políticas del siglo XX y despeje la vereda hacia la creación de una alternativa política cimentada en el respeto a los derechos humanos, único antídoto al veneno sectario que inocula el Estado Islámico.

El tiempo apremia. Tiempo de escuchar las voces de un pueblo ahogado en sangre y no el hosco estruendo de las armas. Ya que, mientras los diferentes actores discuten en las mullidas y limpias alfombras de Riad, Nueva York o Ginebra, el Ejército sirio parece avanzar imparable en un territorio sembrado de cadáveres. “Las discusiones sobre que partidos o que individuos de la oposición deben estar presentes en las conversaciones de paz puede que sea al final algo secundario frente al verdadera tendencia en Siria, que es el progreso del Ejército sirio apoyado por Rusia e Irán- a la hora robar territorio al Estado Islámico, el Frente al Nusra y otros grupos armados”, explicaba en un reciente editorial el diario digital “Al Monitor”. “Quién está ganando la batalla tiene más importancia que quién se sienta en las sillas de Viena o Génova, aunque eso no ensombrezca las muchas contribuciones positivas que el Grupo Internacional de Apoyo a Siria (ISSG) puede y quiere hacer para ayudar a la transición siria. Pero es muy posible que el final de la partida en Siria se halle en Alepo antes que en las bienintencionadas reuniones del ISSG en ciudades europeas”, concluía. FIN

  • El artículo salió originalmente publicado en el último número en papel en la revista Galde y aquí ha sido actualizado.

© Javier Martín – www.javier-martin.org

Atentado en París: ¿Y si miramos al Golfo?

El viernes 13 de noviembre de 2015, la localidad tunecina de Sidi Bouzid, cuna de las ahora atribuladas “primaveras árabes”,  fue testigo de un suceso devastador. Prendida ya la luz del ocaso, un joven pastor de apenas 14 años apareció en sus calles con la cabeza de otro adolescente colgada de la mano. Aseguran los testigos que le vieron deambular que era incapaz de articular palabra y que su mirada proyectaba un infinito vacío, un dolor abisal y desgarrador. Solo cuando el pánico dejó de atenazar su alma, pudo contar que tres hombres, armados con pistolas y machetes, les sorprendieron en la loma en la que pastoreaba ganado con su primo. Les zarandearon, les golpearon, les ataron de pies y manos, y tras acusarles de herejes, sajaron la cabeza de su compañero. Después se la entregaron y le dijeron que si en algo apreciaba su vida, debía de ejecutar la misión que le iban a encomendar: debía llevarla y entregarla a su padres como señal de aviso para todos aquellos que colaboran con la Guardia Nacional tunecina en la lucha que desde 2011 libra con elementos yihadistas en las montañas de Kasserine, un agreste área de unos 100 kilómetros cuadrados de extensión en la frontera con Argelia que ha devenido en centro de control, instrucción y adoctrinamiento de radicales provenientes de todos los rincones del Sahel.

Desplomada la noche, la barbarie había quedado sepultada en los informativos por el peso de una masacre igual de atroz. Casi al tiempo que los padres del adolescente decapitado guardaban la cabeza de su hijo en la nevera en espera del forense, al menos ocho jóvenes esparcían el terror y la muerte en París en nombre de la herejía que predica la organización yihadista Estado Islámico. Al hilo del horror, las declaraciones, los debates y los análisis apresurados, hijos de la inmediatez y el congojo. “Primer atentado del Daesh en Europa”; “cambio de las tácticas del Daesh” fueron dos de los que más fama disfrutaron. Junto a un mantra iterado: “Seguridad, más seguridad”.

Tunisia, Ben Ali, Saudis, Tunisia Revolution, political cartoonom

El brutal atentado en París tiene varios motivos, un contexto, y sobre todo, un origen que se debe combatir y tener siempre presente si la pretensión es diseñar un mundo más justo y seguro. El siete de enero de este mismo año, dos hombres armados sembraron igualmente el miedo en la capital de la luz con un atentado similar en nombre la misma interpretación desviada y herética del Islam que aplica el Estado Islámico. Armados con fusiles, penetraron en la sede del semanario satírico “Charlie Hebdo” y asesinaron a tiros a once personas. En su huida ajusticiaron a un policía y mataron a varias personas más en un supermercado en el que se acantonaron antes de abandonar este mundo. Aunque la acción fue reivindicada por la organización de Al Qaida en Yemen, la sombra del Estado Islámico siempre ha planeado sobre la masacre. Las fronteras ideológicas y estratégicas entre ambas organizaciones rivales son cada vez más difusas. En demasiadas ocasiones, son antiguos miembros de la red que lideró Osama bin Laden los que ahora combaten del lado del autoproclamado califa Abu Bakr al Bagdadi. Al fin y al cabo, las dos germinaron de la misma semilla.

Es el contexto, sin embargo, el que induce a pensar que la huella del Estado Islámico  también se insinúa en el atentado de enero. En aquellos días, las fuerzas kurdas, apoyadas por la aviación estadounidense, apretaban su cerco sobre la estratégica ciudad de Kobane, y el Estado Islámico sufría para retener una posición que facilitaba sus relaciones comerciales con las mafias del sur de Turquía y simplificaba la entrada de pertrechos y combatientes extranjeros. Un centro logístico, parada y fonda de voluntarios llegados de lejos, que caería en manos kurdas apenas tres semanas después. En las horas previas al ataque en París, unidades de los Peshmerga estrechaban igualmente su asedio sobre la también estratégica localidad septentrional kurda de Sinjar. Su caída se produjo casi en el momento en el que las bombas aturdían la capital francesa; la nueva derrota del EI quedó así eclipsada, ahogada bajo la hosca detonación de las balas en uno de los corazones de la nunca mejor dicho “vieja Europa”.

us-france-saudi-arabia-intervention-on-syria

La respuesta de esa Europa ha sido desde entonces tan rancia como el adjetivo que la acompaña. Tan ciega y visceral como la dañina ambición que domina la actual política rusa. Al grito de “es la guerra”, ha satisfecho la inmediata sed de venganza de sus gobernantes con duros -e ineficaces- bombardeos sobre la ciudad de Raqqa, considerada la capital del Estado Islámico en Siria. Y con la adopción de nuevas leyes más restrictivas -y de pactos para la galería-, que coartan la libertad y los derechos de los ciudadanos europeos, pero que de poco o nada sirven para persuadir a aquel que está dispuesto a entregar su insatisfecha vida por un pedazo de impostado de paraíso. Ganar la guerra contra el yihadismo que crece y se acuna en Oriente Medio, contra el racismo, la exclusión y la injusticia social que lo nutre en las ciudades europeas, demanda un cambio absoluto -y sin dilación- de las equivocadas políticas que han imperado en la geoestrategia mundial durante las últimas cuatro décadas.

Exige acabar con el siglo XX -especialmente con su segunda mitad-, con el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo y el comunismo que han facilitado dictaduras y extremismos que tanto dolor y muerte han infligido en las sociedades de Oriente Medio. Exige enterrar el Islam político que ha anclado a las sociedades musulmanas en la añoranza de un idílico pasado que nunca existió -sin dejarles si siquiera atisbar la modernidad y el futuro-, y superar el sentimiento de culpa asido a la II Guerra Mundial que aún atormenta Occidente, y que condiciona las relaciones con la región. Y exige, sobre todo, asentar la solución de los problemas que afronta este tiempo nuevo en el que, quizá, sea el único pilar sólido que nos ha legado la pasada centuria: la declaración desarrollada de los derechos del hombre. Siempre será lícito debatir que forma de democracia es más efectiva. Si es preferible -si es más justa o no- la que incluye la ley de Hont o aquella en que verdaderamente un hombre es un voto. Pero jamás se podrá admitir discusión alguna sobre el respeto y los límites de los derechos humanos: estos deben ser el irrenunciable cimiento sobre el que construir todas las sociedades del mañana.

human_rights_93095

El cambio mundial requiere, asimismo, rebuscar sin cortapisas en las raíces del conflicto. Raíces que irremediablemente se hunden en el golfo Pérsico y que están asidas a la principal de las herejías del Islam, aquella que está en el ADN tanto de países como Arabia Saudí, como de organizaciones del cariz de Al Qaida o el Estado Islámico: el wahabismo. Avanzado el siglo XIII de la era cristiana, en pleno apogeo del dominio mogol sobre la antigua Persia, Mesopotamia y el Levante Árabe, Ahmad ibn Taymiyya, un oscuro ulema afincado en Damasco, estableció los principios de la llamada yihad ofensiva. En una reflexión que condicionaría a partir de entonces toda la historia del mahometanismo, declaró que no solo era lícito luchar contra los nuevos dirigentes, sino que constituía un mandato ineludible ya que su conversión al Islam crecía de sinceridad. El hombre que redefinió el concepto de yihad abogó, además, por la recuperación de una imagen prístina -e idealizada- de la religión mahometana y por una interpretación literal de El Corán, según el texto que había quedado fijado casi dos siglos después de la muerte del Profeta. Sus escritos influyeron sobremanera en un clérigo posterior, Mohamad abdel Wahab, quien en el siglo XVIII extremó los conceptos y alumbró una nueva y más retrógrada interpretación de la tradición islámica en la región del Nedj, corazón de la futura Arabia Saudí. Un oasis en pleno desierto que de acuerdo con algunos textos islámicos está maldito, ya que estaba predicho que en él nacería “la cornamenta del diablo”.

Abdel Wahab fue perseguido, expulsado y declarado hereje por sus propios correligionarios hasta que halló refugio en la corte de un señor tribal con ambiciones de conquistador: Mohamad ibn al Saud. Ambos establecieron una alianza político-religiosa que 250 años después aún sostiene y vertebra el reino de Arabia Saudí. Alimentadas por los recursos de Ibn al Saud y arengadas por la legitimidad religiosa que se arrogaba Abdel Wahab, las tropas saudíes-wahabíes pronto se hicieron con el control de la mayor parte de la Península Arábiga. A principios del siglo XIX habían arrinconado a los chiíes, que consideraban herejes, en las regiones costeras del Este -donde después se hallaría el petróleo- y en 1805 habían penetrado en el futuro Irak, donde perpetraron varias masacres que aún retumban en la historia negra de los seguidores de Ali. En las décadas siguientes, su influencia se extendería con presteza hasta las tierras altas de Afganistán, la India y el futuro Pakistán: los primeros suicidas que atentaron contra la presencia colonial del Reino Unido en Asia Central eran wahabíes autóctonos instruidos por clérigos árabes llegados de la península Arábiga.

iraniraq4La historia del reino árabe del desierto dio un nuevo giro en 1945. El 14 de febrero de ese año, escasos tres días después de la crucial conferencia de Yalta, el entonces rey de Arabia Saudí -y fundador del moderno estado- Abdulaziz Ibn Saud y el entonces presidente estadounidense, Franklin D. Roosvelt, compartieron unos minutos a bordo del buque de combate USS Quincy, que navegaba por aguas del golfo de Suez. Diversas fuentes coinciden en señalar que fue en su cubierta donde ambos cerraron un pacto de caballeros secreto por el que Arabia Saudí se comprometía a abastecer de petróleo de forma preferente a Estados Unidos a cambio de apoyo político y garantías plenas de que siempre defendería su seguridad. A lo largo del siglo XX, el supuesto acuerdo ha sido respetado de forma escrupulosa por todos y cada uno de los inquilinos de la Casa Blanca. Y se ha desarrollado de forma sostenida hasta convertir al reino wahabí en el principal aliado árabe de Washington -y de Occidente- en la región. En 1980, tras el triunfo de la Revolución Islámica en Irán y el intento de asalto de la Gran Mezquita de la Meca por el saudí Juhaiman al-Otaibi y sus hermanos salafistas -acusaban a la casa de Al Saud de corrupción moral, como hizo también Al Qaida y como hace en la actualidad el Estado Islámico- la relación se consolidó aún más. Arabia Saudí se convirtió en uno de los principales compradores de armas a Estados Unidos, y Estados Unidos cumplió con la promesa de defender la plutocracia saudí enviando tropas para expulsar de Kuwait al Ejército de Sadam Husein. Una década antes, y con la ayuda inestimable de Pakistán, ambos abrieron el llamado “puente de los muyahidin”: un corredor que permitió que miles de radicales islámicos procedentes de todos los rincones del mundo musulmán se formaran y se sumaran a la lucha armada contra la ocupación soviética de Afganistán. Destruido el muro de Berlín, la mayor parte de ellos regresaron a sus países donde se encontraron que en vez de ser recibidos como ´héroes, eran empujados a la cárcel o a la clandestinidad. Quienes lograron huir de las dictaduras árabes aliadas de Occidente pronto hallaron un nuevo refugio: las decenas de grupos salafistas, de inspiración wahabí, que en el tránsito entre siglos se sumaron a la red terrorista internacional Al Qaida.

Avanzado 2015, Arabia Saudí es el ajo de todas las sopas que hierven en Oriente Medio. Secundada por el denominado “Consejo de Cooperación del golfo Pérsico” (CCG) -un organismo regional al que también pertenecen Bahrein, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Qatar y que creó en 1980 para frenar la influencia de Irán-, fue uno de los principales instigadores entre bambalinas de la ilegal invasión de Irak (2003), y del error fatal que supuso la aniquilación del régimen baazista de Sadam Husein. Ocho años después, descolló como el enemigo más enconado de las mal etiquetadas “primaveras árabes”. No solo se contentó con reprimir sin compasión la que se gestó en el seno de su cansada y empobrecida sociedad. Cuatro años más tarde, es el principal valedor del nuevo dictador de Egipto: Abdel Fatah al Sisi. A su disposición puso el dinero, las armas y la influencia política para derrocar el gobierno ganado en las urnas por los Hermanos Musulmanes, y para aplastar el creciente movimiento social laico. De forma similar, dinero y armas saudíes llegan -pese al embargo de la ONU- al general Jalifa Hafter, un tenebroso oficial que participó en el incruento golpe de Estado que aupó al ahora derrocado Muamar al Gadafi, que años después se convirtió en su principal opositor en el exilio -vivió durante décadas cerca de la base de la CIA en Washington- y que casi concluido 2015 ha devenido en el mayor escollo para la paz en Libia. Tropas de Arabia Saudí bombardean sin misericordia desde hace más de un año Yemen, y a los servicios de Inteligencia saudíes se le atribuye gran parte del caos que desangra Siria. Riad fue el principal responsable de la atomización de la oposición siria en el exilio a lo largo del 2012; en su palacios espantaba la opción de que el mayor peso lo sustentara la rama siria de los Hermanos Musulmanes. Comandantes del Ejército Libre Sirio (FSA) se han quejado amargamente en numerosas ocasiones de que no les llegan las armas prometidas por Arabia Saudí; mientras que los grupos yihadistas entroncados con sociedades caritativas y religiosas wahabíes-saudíes tienen los arsenales y santabárbaras repletos. Además, Arabia Saudí ha sido, junto a Israel, el mayor y más contumaz opositor al acuerdo nuclear entre las seis potencias mundiales e Irán, país con el que mantiene un pulso político e ideológico que ha condicionado todas la políticas en Oriente Medio desde la década de 1980.

8cdbe708b5e522797c5a35f5a907058a

Aquellos que ahora bombardean con saña el Estado Islámico son los mismos que han permitido que Arabia Saudí -un país de apenas 28 millones de habitantes- se convierta en cuarto comprador mundial de armas, solo por detrás de Estados Unidos, Rusia y China, y por delante de potencias como Alemania, Francia o el Reino Unido. Aquellos que denuncian las atrocidades del Estado Islámico, son los mismos que negocian y protegen a un país listado entre los mayores predadores del mundo de la libertad y los derechos humanos. En Riad, al igual que en Raqqa, las mujeres no pueden salir solas a las calles; tienen vedado conducir y deben pasear cubiertas de los pies a la cabeza; no pueden viajar sin el permiso de su marido, padre o tutor, y están segregadas en la escuela, en los mercados y en el trabajo de los hombres. El voto es un derecho que han adquirido hace muy poco. En Riad, al igual que en Raqqa, no se pueden levantar iglesias ni mostrar cruces, y cualquiera puede ser apaleado y detenido por la Policía moral si pasea por la calle a la hora del rezo. En Riad, al igual que en Raqqa, se decapita en público a los condenados por asesinato, tráfico de drogas, violación, robo con violencia, apostasía y brujería. Se amputan miembros por delitos considerados menores y se corre el riesgo de ser flagelado por consumir alcohol o escribir un tweet que se considere blasfemo.

Aquellos que un día aplaudieron y animaron las “primaveras árabes”, son los mismos que callan cuando las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos denuncian que las cárceles saudíes están repletas de hombres y mujeres que simplemente piden derechos, libertad, democracia, justicia social y un sistema legal que no dependa del arbitrio de clérigos ancianos formados en una interpretación retrógrada de la ley de Alá. Aquellos que se lamentan del poder de persuasión y del aparato de propaganda del que disfruta el Estado Islámico son los mismos que han permitido que las mezquitas wahabíes, financiadas con petrodólares saudíes y adalides de una forma de Islam radical, hayan proliferado en Europa y en los países árabes. Aquellos que apelan a neutralizar las vías de financiación del Estado Islámico, son los mismos que han abierto las puertas a la inversión árabe, a la compra-venta de equipos de fútbol, de patrimonio inmobiliario, de agua europea, e incluso de deuda. Y que se pelean porque sus empresas ganen contratos en el golfo Pérsico. Los mismos que son incapaces de exigirle al gobierno saudí que frene el flujo de limosnas y de armas que asociaciones wahabíes y musulmanes a título personal envían desde oficinas y bancos del Pérsico -incluso de Europa y de otros países árabes- a oficinas y mezquitas de Siria e Irak.

Aquellos que dicen recurrir a las bombas para defender la democracia, son los mismos que han negado durante años a las sociedades árabes el derecho a vivir libres. Aquellos que durante años apoyaron a dictadores como Hosni Mubarak, el propio Bachar al Asad, o Zinedin el Abedin Ben Ali y que cuatro años después de la caída del primero de ellos, son los mismos que respaldan sin sonrojo al sátrapa que le ha sustituido, pese a que los egipcios dejaron claro que ansiaban desprenderse del yugo que les asfixiaba. Aquellos que invocan la violencia para acabar con la violencia son los mismos que permitieron que esas dictaduras y las monarquías autoritarias árabes barrieran los movimientos de oposición y no dejaran otra alternativa a la tiranía que el islamismo. Alternativa es quizá la palabra clave. Construir -y no destruir- es probablemente la esencia de la ecuación. Construir sociedades alternativas basadas en la dignidad, en los derechos humanos y la justicia social es lo que piden los ciudadanos árabes y musulmanes; sociedades en la que los jóvenes puedan atisbar un pedazo del horizonte para que no se sientan obligados a elegir entre la nada y la quimera de un paraíso impostado. FIN

www.javier-martin.org

Los refugiados no huyen de la guerra

Como cualquier otra mañana de oración, el viernes 25 de mayo de 2012 cerca de un centenar de fieles se acercaron a escuchar la jutba en la mezquita de Taldou, una de las barriadas del extrarradio de la ciudad suní siria de Houla. Concluidas las genuflexiones y musitadas las jaculatorias, una inesperada tormenta se desató. Desde posiciones vecinas, unidades de artillería del Ejército sirio comenzaron a abrir fuego sobre objetivos civiles en los barrios aledaños. No era la primera vez que su propio gobierno bombardeaba la ciudad. Pero vecinos consultados días después por periodistas y activistas de derechos humanos coincidieron en señalar que aquella soleada mañana de primavera la intensidad del ataque fue inusual. Según datos de la ONU, más de un centenar de personas perdieron la vida. La mayor parte de ellas, ancianos, mujeres y niños asesinados a sangre fría a manos de sicarios de la satrapía Al Asad, sabiha (matones) procedentes de aldeas de mayoría Alawi, una rama del Islam asociada al chiísmo, que aprovecharon la cobertura artillera para castigar a la población.

La masacre, que el régimen militar sirio trató de adjudicar a facciones terroristas, despertó una ola de indignación mundial y enterró cualquier gramo de oportunidad que le restaba al desacreditado plan de paz de seis puntos que entonces impulsaba el enviado especial de la ONU para el conflicto en Siria y ex secretario general del organismo, Kofi Annan. Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania y Canadá fueron los primeros países en expulsar a los embajadores y representantes diplomáticos de Damasco. Una política de aislamiento del régimen sirio a la que enseguida se sumaron con más entusiasmo que cabeza otras naciones como España, Holanda e Italia, y de la que se distanciaron actores de relevancia en el región como Rusia e Irán. A partir de entonces, el discurso cambió. Annan y su plan de reconciliación fueron discretamente apartados y en las cancillerías de Washington, Berlín o Madrid dominaba una nueva consigna: ninguna solución incluye a Bachar al Asad.

Consciente de que su posición se debilitaba, el denostado presidente sirio utilizó la matanza, por su parte, para asentar y consolidar los pilares de la estrategia que tres años después le permite mantenerse el poder y esbozar una sonrisa al observar que aquellos que en 2012 se disponían a sacrificarle en el altar de la ética, hoy vuelven a llamar a su puerta con esa ética escondida en busca de la solución a una crisis que hunde sus raíces en las ajadas y obsoletas ideas del siglo XX. Como le enseñó su ladino padre, Hafez al Asad, del que heredó el poder en el año 2000, Bachar se atrinchera  tras la máxima “cuando la guerra sobreviene y la victoria es elusiva, la mejor opción es intentar sobrevivir”. Resistir a las presiones externas y a las intrigas palaciegas, conservar aliados sólidos y, sobre todo, aplicar el viejo principio político -tan habitual en Oriente Medio- de “gestión a través de crisis”. Es decir, generar problemas y erigirse al mismo tiempo en parte imprescindible de su solución.

1200x-1

Bachar al Asad sobrevive. Avanzado 2015, y gracias en gran parte a la matanza de Houla, su mezquino régimen de terror y miseria moral es todavía el único poder real en Siria. Las distintas fuerzas rebeldes se mantienen divididas y ni siquiera han logrado establecer un bastión en el interior del país desde el que competir en jerarquía y legitimidad con el dictador. Real, y necesario. Cualquier sirio depende aún de las estructuras administrativas del Estado alawi para regular su vida. Tanto si lo que desea es renovar su pasaporte como registrar un nacimiento o defunción, vender una propiedad, cobrar una jubilación, indemnización, compensación, seguro o herencia. Incluso en ciudades virtualmente en manos de la oposición, como Idlib o Deir al Zour. En esta última, un pequeño barrio resiste desde julio las infructuosas acometidas de los soldados del grupo yihadista “Estado Islámico”. Cuando el atronador estruendo de la artillería descansa y el olor agrio de la pólvora pierde intensidad, vecinos bajo el puño de los radicales cruzan las líneas del frente para arreglar papeleo o cobrar salarios en las oficinas estatales antes de regresar a casa.

El régimen es esencial también, aún, a la hora de garantizar los suministros de comida, agua y energía en gran parte de las zonas urbanas, aunque en teoría solo conserve el control directo de un 20 por ciento del territorio nacional. Y crucial para la subsistencia de muchas familias, tanto en las zonas que domina como en las áreas en combate: aunque ya no puedan acudir a su puesto de trabajo por haber quedado atrapados bajo el brazo rebelde o yihadista, el aparato administrativo sirio sigue pagando de forma regular los salarios y pensiones a sus funcionarios, una ardua tarea que ofrece la impresión de que, pese a la violencia y la penuria, el antiguo sistema persiste.

Aliados nunca le han faltado. Desde que las primeras protestas estallaran al socaire de los alzamientos en Túnez y Egipto, Bachar al Asad ha disfrutado del apoyo político, económico y militar de los dos socios tradicionales de su padre: Rusia e Irán. Unidos ante un enemigo común -Sadam Husein- el régimen de los ayatolá y la dictadura baazista sellaron un acuerdo de cooperación en 1987 que creó un eje chií -frente al suní liderado por Arabia Saudí y Egipto- y trocó el destino de la guerra civil en el Líbano. Aunque la colaboración entre Damasco y Teherán se remonta mucho más allá en el tiempo; está emparentada con la guerra fría, ha disfrutado siempre de la anuencia rusa y tiene consecuencias en el diseño actual de Oriente Medio. En 1978, meses antes de que el gran ayatolá Rujola Jomeini se apropiara de la revolución iraní y certificara la desaparición del que era el principal aliado de Estados Unidos en la región, guerrilleros persas que después fundarían la poderosa e influyente Guardia Revolucionaria desembarcaron en el sur de El Líbano para recibir instrucción bélica, previa escala en la antigua capital omeya. Casi cuatro décadas después, algunos de aquellos jóvenes iraníes, convertidos en experimentados oficiales de la temida fuerza Al Quds, brazo exterior de la Guardia Revolucionaria, gestionan bases en el interior de Siria y luchan junto a miembros del partido chiíta libanés Hizbulá en defensa de la dinastía amiga de los Al Asad.

12049491_10207561815031526_9015202391500829496_n

El dictador cuenta, además, con el apoyo financiero y militar de Moscú. Tanto Rusia como Irán son los principales responsables de que las arcas del Estado sirio no se hayan vaciado y de que su Ejército conserve la capacidad de combate operativa con equipos modernos y munición suficiente. No solo le protegen con ayuda militar. El pasado julio, Irán abrió una línea de crédito a Siria por valor de mil millones de dólares para hacer frente a los subsidios y al pago de los salarios. Moscú, que ha mantenido una misma línea pensamiento durante toda la crisis y se erige ahora en uno de los actores más influyentes, ha implantado medidas similares. Gracias a ello, los mercados se mantienen surtidos y la libra siria apenas pierde valor. Una muestra de que la estrategia de ambos aliados no solo apuesta por la supervivencia del régimen, si no que pretende que ese régimen sea lo suficientemente fuerte como para imponer condiciones en una futura negociación. Dimitri Trenin, director del Centro Carniege en Moscu, lo resumía en una frase días atrás: “lo quieran o no, Estados Unidos y Rusia deberán cooperar en Siria”. Para muchos, una victoria diplomática más de Vladimir Putin.

Yazid Sayigh, conocido analista palestino, advertía este septiembre en las páginas del diario árabe “Al Hayat” que estos anzuelos no garantizan la victoria, pero permiten al régimen comprar más tiempo para tratar de afianzarse en su debilidad. Esta perspectiva, que se agudizado con la reciente declaración del Kremlin de que se dispone a incrementar y mejorar su ayuda militar a Siria, ha causado que en Estados Unidos y otros países comiencen a alzarse voces críticas con la política de aislamiento. La semana pasada, senadores demócratas como Claire McCaskill o Jeanne Shaheen se preguntaron si no era tiempo de corregir el enfoque y abandonar la estrategia contra Al Asad en favor de combatir con más fuerza al Estado Islámico. Sus colegas Joe Manchin y Tim Kaine advirtieron, por su parte, del peligro que supondría, en la coyuntura actual, dejar un “vacío de poder” en la desmembrada Siria. Un giro político recibido con aplausos en Teherán, Moscú y Damasco.

El tercer pilar, “la gestión a través de crisis”, también parece haberle dado sustanciosos frutos al oftalmólogo reconvertido en tirano. A mediados de 2012, con el Ejército sirio arrinconado en Latakia y los alrededores de Damasco, Bachar al Asad arriesgó a jugar la carta del miedo de occidente al yihadismo. Consciente del poder que comenzaba a atesorar el Estado Islámico, centró su estrategia en conservar los centros de poder vitales y dejó que los radicales avanzaran hacia las zonas controladas por la oposición. Más organizadas y mejor pertrechadas, las huestes fieles al autoproclamado califa ganaron rápidamente posiciones en tierras vecinas a la frontera con Turquía y en provincias bajo la esfera de las fuerzas rebeldes, como Alepo o Deir Ez Zour. Su empuje no solo dividió a la oposición. Sirvió también para importar la guerra de Irak a los campos de Siria e impulsar el conflicto fratricida entre los diferentes mentalidades salafistas. El resultado hoy es que no existe un poder alternativo a Bachar al Asad más allá del temido Estado Islámico, y la oposición ha devenido en un batiburrillo de grupos armados, cada uno con sus propios objetivos: desde movimientos laicos a señores de la guerra, desertores y yihadistas, unos vinculados a la red terrorista internacional Al Qaida y otros a los servicios secretos de Jordania, Arabia Saudí y el resto de monarquías absolutistas de la península Arábiga. Un caos que azuza los temores a que se haga realidad ese “vacío de poder” y sea aprovechado por la facción más fuerte a día de hoy en Siria, el EI.

chapatte3

foreveraliyoung.wordpress.com

Argumentar, como han hecho algunos medios, que la crisis de los refugiados que asusta a Europa fue provocada por el régimen sirio es un acto de ignorancia. También lo es achacar su responsabilidad a Turquía o las autocracias del golfo Pérsico, aunque todos ellos compartan la culpa y se deba por ello exigirles responsabilidad -sobre todo a las últimas a la hora de asumir su cuota de absorción de refugiados-. Pero no se yerra al afirmar que la explosión migratoria ocurrida este verano entraba en los cálculos más optimistas de un régimen acorralado. Los hombres, mujeres y niños que desde hace semana llegan en masa a las fronteras de la decepcionante Unión Europea no huyen de la guerra. De la guerra, ya huyeron la mayoría de ellos hace cuatro años. Tampoco huyen solo de las barbas intransigentes del Estados Islámico, si no de los barriles con pólvora que vomitan los aviones de guerra de quien es todavía su presidente; de la violencia ciega y vengativa de los sabiha que ensangrentaron Houla. Ahora de quien huyen es del hambre y de la miseria, de la falta de esperanza y del hastío tras cuatro años de olvido internacional y dolor físico en precarios campos de refugiados o en guetos. Huyen del confinamiento en tierra extraña -y en ocasiones hostil- y de la ausencia de futuro en el horizonte. Según la Asociación para la Solidaridad con los Refugiados, cerca de dos millones de sirios malviven en la actualidad en Turquía, 260.000 de ellos en tiendas de campaña o en barrios prefabricados. Solo en Estambul, y de acuerdo con las cifras del ministerio turco de Interior, viven 330.000 sirios, la mayoría de ellos llegados en los primeros años de conflicto. Ciudades como Gaziantep, con 220.000, y Hatay, con cerca de 190.000, acogen un número mayor de refugiados sirios del que Europa no se quiere repartir. Son estadísticas oficiales. Periodistas turcos aseguran que la cifra, en algunas de estas localidades, es muy superior.

Muchos de los que se han instalado en las ciudades de frontera, como Hatay, se benefician del contrabando, en particular de gasolina y armas, pero también del estraperlo de alimentos y otros productos de primera necesidad, como las medicinas. Otros, los más pudientes, han abierto negocios y tratan de llevar una vida lo más normal posible. Y la gran mayoría intenta sobrevivir con trabajos precarios, explotados y mal pagados, situación que ya ha creado conflictos. O se abandona a la mendicidad -se calcula que solo en Estambul hay unos 3.000 mendigos sirios-. En un país con alto índice de paro, muchos turcos ven con indignación como los refgiados, que cobran menos y no exigen beneficios laborales, adquieren la mayor parte de los trabajos temporales en sectores como la agricultura y la construcción. Entre ellos hay médicos, enfermeros, ingenieros, administrativos, profesores, artistas o entrenadores de fútbol como Osama al Ghadab, el hombre al que salvó de la miseria la miserable zancadilla de una miserable reportera. Casi todos afrontan graves problemas de integración. La mayoría viven en guetos del extrarradio y no conocen la lengua del país. Son explotados y trabajan de sol a sol por un puñado de euros. Sin derechos y con miedo. En la mayoría de las poblaciones turcas se han registrado casos de violencia por parte de la población local contra “los sirios que nos roban el trabajo y el pan”. La sanidad es un lujo impensable, así como la educación. Estadísticas de organizaciones locales apuntan que la mayoría prefieren una solución que les permita regresar a casa que emigrar a Europa. Pero que si esa solución no llega, volverán a intentar una segunda huida.

Osama vivió esta experiencia en Turquía y tuvo suerte. La mayor parte de sus compatriotas no. Tras huir por segunda vez, se han topado con una segunda barrera de inhumanidad, injusticia e incomprensión. Concertinas que sajan el derecho a la dignidad; bombardeos sobre su país que solo benefician a la industria armamentística y enquistan el conflicto; errores estratégicos, cálculos políticos, prepotencia y ahora, vuelta al diálogo con un sátrapa al que hace apenas tres años se pretendía enterrar. Apostar por los que garantizan mano dura, como en Egipto, para alejar -sin resolver- el problema de nuestras fronteras: la arcaica receta de un decrépito y fracasado sistema político internacional, hijo del colonialismo, el capitalismo y el comunismo que dominaron el agostado siglo XX, y que cada vez urge más transformar. FIN

© Javier Martín

www.javier-martin.org

OBAMA, IRÁN Y EL NECESARIO ADIOS AL SIGLO XX

En el otoño de 2009, el siempre criticado -y probablemente injusto- comité para los premios Nobel, anunció una de las decisiones más controvertidas en sus más de cien años de existencia. La concesión del premio más prestigioso de la Paz para un recién estrenado presidente de Estados Unidos, Barack Obama. No menos sorprendentes y polémicas fueron las razones en las que sostuvieron su inesperada decisión: en tiempos en los que la confianza parece demodé -sirva de ejemplo la puñalada de Angela Merkel a Grecia, un país que supo perdonar a la entonces exhausta Alemania parte de la deuda tras la demencia de Adolf Hitler y el Nazionalsocialismo-, los sabios del Nobel entregaron el galardón al primer presidente negro de Estados Unidos por la ilusión que habían generado sus “esfuerzos (todavía escasos) para fortalecer la diplomacia internacional” y “las esperanzas de un mundo mejor” que proyectaban. Todo un canto al optimismo.

Cinco años después, el periodista Thomas Sparrow se preguntaba en un prolijo artículo publicado en la página web de la BBC si el mandatario, ahora encanecido por el desgaste físico y mental que implica el poder, había cumplido con las expectativas que le valieron tan alta distinción.  El inicio, recordaba, había sido prometedor. Su voluntad de caminar hacia un mundo libre de armas nucleares había arrancado en 2010 con un simbólico acuerdo, bautizado como “New Start” y firmado con su entonces colega ruso, Dimitri Medvedev, en el que ambos países se comprometían a reducir sus arsenales de armas nucleares estratégicas y a compartir nuevos procesos que permitieran verificar la cantidad que cada uno de ellos poseía. Un lustro después, y con el halcón Vladimir Putin de nuevo al frente de la gran Rusia, ambos países han dado un paso atrás. El Pentágono ha encargado 12 nuevos submarinos, 100 nuevos bombarderos, 400 misiles y ocho plantas y laboratorios atómicos.  Moscú, por su parte, anunció el pasado 16 de junio que a lo largo de 2015 ampliará su arsenal nuclear con la puesta en funcionamiento de 40 misiles intercontinentales capaces de superar sistemas antimisiles sofisticados como el que Washington promueve en Europa del Este.

156

Sparrow recordaba, asimismo, que Obama prometió la retirada de Irak y el desenganche paulatino de las tropas norteamericanas de los conflictos en Oriente Medio. El repliegue se inició también en 2010, pero la aparición, ese mismo año, del grupo que devendría en 2014 en la organización autoproclamada Estado Islámico (EI), alteró sus planes. Avanzado 2015, y con el EI más sólido en sus bastiones de Irak y Siria -donde ha duplicado el territorio bajo su control en apenas doce meses- más aviones no tripulados estadounidenses entran en combate cada día. No sólo en los dos países citados. También en Yemen, donde su principal aliado árabe -Arabia Saudí- se halla embarrado en una guerra que decidirá el destino de la nueva rama gobernante en Riad: la del rey Salmán y su estirpe.

El periodista británico mencionaba, igualmente, la agria cuestión del cierre de la vergonzante cárcel de Guantánamo, otra de las promesas de política internacional incumplidas por el primer político que dijo en voz alta la inspiradora frase con la que los historiadores del futuro recordarán este convulso inicio de centuria: “Sí, podemos”. En un, quizá, arrebato de intuición, Sparrow concluía, no obstante, que el premio mantenía su vigencia, porque más allá de los hechos, la filosofía de la palabra de Obama ha logrado consolidar nuevos valores. Aquella todavía cercana Navidad de 2014 pocos preveían los transcendentales acuerdos con Cuba e Irán, diseñados para acabar con una obsoleta geo-estrategia que aún nos atormenta.

11obama-nobel2

Obama comenzó a ganar el premio nobel de la paz  con el discurso que el 4 de julio de 2009 pronunció en la Universidad Americana de El Cairo. Aún recuerdo el aroma agridulce que dejó en muchos de mis colegas en Egipto. Y puso las bases para hacerse merecedor del mismo cuando dos años después autorizó la apertura de reuniones secretas con el régimen iraní a través de diversos intermediarios, en particular el Sultán de Omán, Qabús. Era una decisión altamente arriesgada. En aquellos días, la teocracia persa había destapado el peor de sus desabridos rostros y reprimido, a sangre y fuego, el movimiento de reforma verde. Las llamadas “primaveras árabes” acababan de estallar y un fantasma débilmente amarrado a la promesa del cambio que implicaba aquel “Sí, podemos” comenzaba a teñir de ilusión -después revertida en sangre y mentiras- las calles del siempre atribulado Oriente Medio. Recuerdo que en aquellos días, los cinco únicos periodistas extranjeros que residíamos en Teherán soñábamos en mi casa, durante nuestros aquelarres periodísticos nocturnos, con ver llegar de tapadillo en el legendario aeropuerto de Mehrabab a un enviado de la Casa Blanca, como lo hizo Henry Kissinger en China.

Cuatro años después, esas negociaciones -plagadas de trampas- han desembocado en un acuerdo que pone las bases para destruir el pernicioso “desequilibrio de fuerzas” que se estableció en Oriente Medio en 1979. Que nadie espere aún ver a Obama descender por la escalerilla del “Air Force One” en la polucionada y caótica Teherán. Existe todavía una larga senda que recorrer, salteada de agazapados tramperos más peligrosos que los de antes (ahora son todavía más conscientes de lo mucho que pueden perder). Y al final de ella espera un hombre asido al ayer, a la política rancia del siglo XX, cruel y caprichoso, bendecido por un poder de hálito celestial, omnímodo, capaz de virar en cualquier momento. El gran ayatolá Alí Jameneí tiene la última palabra. Si los enviados de su amigo y confidente, Hasan Rowhaní, han firmado, es porque el hombre que juró hacer pagar a Estados Unidos su soberbia, ha asentido. De igual manera, puede volver a cerrar una puerta que cree manejar a su antojo.

El acuerdo, pese a lo que se ha publicitado, confirma algo que todos conocían, pero que nadie jamás se atreverá a admitir públicamente: que el programa nuclear iraní es irreversible, y las sanciones, por tanto contraproducentes e inútiles. En 2009, el entonces presidente iraní Mahmud Ahmadineyad nos llevó a un grupo de periodistas a visitar la central nuclear de Isfahan: vestido con una bata blanca, rodeado de su cohorte y con su indeleble sonrisa anunció que Irán había conseguido dominar el ciclo completo de enriquecimiento. El régimen de los ayatolá tenían los medios y el conocimiento para manipular el uranio de forma autosuficiente. Llegar al umbral de la proliferación nuclear -que alcanzarían unos meses después- era ya una simple cuestión aritmética: dependía del número de centrifugadoras en cascada que pudiera juntar. Un problema menor para un país que ya ensamblaba sus propias maquinas de segunda generación, gracias a la colaboración de expertos pakistaníes y norcoreanos, y comerciantes chinos y de las ex repúblicas soviéticas.

111israel-nuclear

La administración Obama entendió entonces que la estrategia debía tornarse. Exigir a Irán que destruyera un programa bélico que tanto dinero y esfuerzo le había costado desarrollar era una quimera. La estrategia debía tender a incluir a Irán de forma discreta en el club y al igual que en durante la guerra fría, llegar a un entente para convencer al régimen de los ayatolá  de que las protegiera como es necesario y no hiciera uso de ellas. Esa idea parece reposar bajo la declaración del presidente norteamericano de que no se trata de un acuerdo de confianza “si no de verificación”, como el que se estableció con Rusia. El objetivo debe ser ahora que la industria armamentística persa no avance en el programa balístico.

Irán, por su parte, adoptará la táctica israelí: guardar silencio en torno a su programa atómico pese a tener sus arsenales repletos de cabezas nucleares. Los acuerdos con Cuba y con Irán supondrán el fin de la guerra fría y la vieja política del siglo XX en el Caribe y Oriente Medio porque ataca insidias amarradas a la noche de los tiempos. La Habana es esencial porque abre las puertas al rico Caribe y acaba con los míticos espectros del comunismo trasnochado. El entendimiento de Irán es clave para poder avanzar en la lucha contra la herejía del Estado Islámico; pero también para resolver guerras como las que ensangrientan Siria -Irán es el principal sostén de la dictadura de Bachar al Asad- o Yemen -donde apoya a grupos Houthis. Contribuirá también, posiblemente, a reducir la preponderancia de Arabia Saudí y del wahabismo, numen y origen del yihadismo que amenaza al mundo. No quiere decir que Teherán vaya a sustituir a Riad en la escala de aliados de Washington en la región, pero sí que hará más difícil para la casa de Saud justificar políticas hasta la fecha injustificables. La guinda sería que a ambos países se les exigiera el mismo respeto  a unos derechos humanos que a diario violan con la misma contumacia.

Y asienta las bases (aún endebles) para poner fin a una injusticia que envenena Oriente Medio y la política internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: el conflicto en Palestina. El opositor más enconado a un acuerdo histórico fue, minutos después de ser anunciado, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien en medio de los aplausos del resto de la comunidad internacional no tuvo empacho de admitir que hará todo lo que esté en su mano para destruirlo. Una amenaza inquietante a la luz de las políticas que sigue en su país de apoyo a las acciones racistas, carentes de escrúpulos, de los colonos, en los que sostiene el mullido columpio de su poder.  La perspectiva de un Irán rehabilitado arroja nuevas piezas en el tablero regional (Teherán, por ejemplo, es el principal benefactor, junto a Qatar, del movimiento de resistencia palestino Hamás). No significa que vaya a retomar el papel de guardián que desempeñó en tiempos del último Sha de Persia, Mohamad Reza Pahlevi, lacayo de todo aquello que facilitara su hedonista vida. Si no que se proyecta como el primer paso de una ruta aún enmarañada, tan larga como espinosa, plagada de curvas traicioneras, que dos enemigos que aún se escudriñan con el rabillo del ojo tras años dándose la espalda han aceptado intentar recorrer juntos, pero no revueltos. El inicio del fin, quizá, de un viaje cuyo desenlace probablemente conoceremos rodeados de nietos y cuyo impulso fue un hombre al que le dieron un premio nobel de la paz visionario por el espíritu de transformación y cambio que supo inculcar al mundo con un simple “Yes, we can”.  FIN

© JAVIER MARTÍN

www.javier-martin.org