El prestigio de la seguridad

Fernando Flores

Repetimos sin pararnos mucho a pensar que libertad y seguridad no son contradictorias sino complementarias (la semana pasada asistí a unas jornadas sobre seguridad y derechos fundamentales donde esto se afirmó varias veces), pero yo no tengo muy claro este planteamiento. Mi padre y yo no somos, de entrada, contradictorios ni incompatibles; de hecho, nos queremos mucho. Pero pónganos en una habitación a hablar de política y verán.

También es común escuchar o leer la metáfora según la cual la libertad es un barco (quizás esto se deba a José Luis Perales) y la seguridad el agua por la que ese barco navega. Tampoco acepto de buen grado esta figura. Si la asumo pienso que, si acaso, la seguridad sería la calidad del agua, no el agua misma. Ésta es el contexto social, político, legal, económico, moral, en que la libertad se desenvuelve; de la calidad de ese contexto depende la facilidad con la que navegue por él.

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Es obvio que vivimos en una sociedad en la que sin un mínimo de seguridad no puede haber libertad completa, y es por eso que sería erróneo pensar que sus ingredientes emponzoñan necesariamente el agua por la que se pasea la libertad; al contrario, muchas veces mejoran su calidad. Así, en una sociedad homófoba, una norma que proteja a los homosexuales contra cualquier acto de discriminación probablemente mejorará su libertad. En este sentido, libertad y seguridad aparecen como complementarias.

Sin embargo, no debe silenciarse que es por seguridad que últimamente se levantan muros y alambradas en Hungría, en Eslovenia, en Austria… y que por seguridad ya están levantadas en Ceuta y Melilla. Y en Jerusalén y en Tijuana. Por seguridad se monitorizan a gran escala nuestras comunicaciones, se aprueban leyes antiliberales como la de “seguridad ciudadana”, se admiten las identificaciones fundamentadas en la apariencia racial, se realizan asesinatos “selectivos” con aviones no tripulados, se justifican interrogatorios cuyos medios rozan o sobrepasan lo que se considera tortura… Es decir, podemos decir que libertad y seguridad son complementarias, pero negar que el espacio de una puede ocupar el de la otra, hasta borrarlo, es engañarse.

Como en muchas otras cosas, de lo que se trata es de encontrar un equilibrio aceptable entre libertad y seguridad. Pero partiendo de un principio –que parece estar olvidándose en la actualidad–, a saber, que la libertad es el valor fundamental a proteger, siendo la seguridad el medio (uno entre otros) para protegerla.

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En las llamadas democracias occidentales la irrebatible escalada del miedo (al terrorismo fundamentalista, a la inmigración, a la ciberdelincuencia, al mestizaje, al empobrecimiento, a la inestabilidad social, al crimen organizado…) ha subido la cotización de la seguridad y sus mecanismos de actuación. Esa simpatía social por la prevención, la vigilancia y la sanción, aplicada sobre la misma sociedad y dirigida en principio a un fin legítimo, está desplazando lenta pero inexorablemente los espacios de autonomía y libertad de los ciudadanos, con el consentimiento indoloro de la mayoría de ellos.

De una parte, resulta inatacable la existencia de amenazas pero, de otra, tampoco resulta fácil calibrar hasta dónde el miedo a esas amenazas es inducido, y, en consecuencia, qué espacio de la libertad deben ocupar las medidas de seguridad. Más aún cuando sabemos que muchos de los que nos avisan de los peligros y alimentan el miedo han contribuido con sus acciones políticas, económicas y de comunicación a la existencia de esos mismos peligros.

Soy consciente de que estas elucubraciones resultan demasiado abstractas para afrontar el acuciante problema del reclutamiento de jóvenes por el terrorismo yihadista, pero creo que antes de encarar (o mientras se encaran) los envites concretos a los que debemos enfrentarnos, hemos de ser conscientes de que algunas medidas de seguridad –tan racionales–, esconden una violencia política en absoluto legítima, sostenida por una clase dominante (no la que aparentemente gobierna, sino la “invisible”) que ejerce su poder sin control democrático alguno. Por eso resulta imprescindible descubrir y denunciar cómo, quién y bajo qué intereses (motivos, razones) se ejerce esa dominación. De no hacerlo, el prestigio de la seguridad acabará contaminando el agua hasta hacerla innavegable, y terminará por enterrar nuestras libertades en ese cementerio de democracias que es (aunque nunca se identifica) el estado de excepción permanente.

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