Atentado en París: ¿Y si miramos al Golfo?

El viernes 13 de noviembre de 2015, la localidad tunecina de Sidi Bouzid, cuna de las ahora atribuladas “primaveras árabes”,  fue testigo de un suceso devastador. Prendida ya la luz del ocaso, un joven pastor de apenas 14 años apareció en sus calles con la cabeza de otro adolescente colgada de la mano. Aseguran los testigos que le vieron deambular que era incapaz de articular palabra y que su mirada proyectaba un infinito vacío, un dolor abisal y desgarrador. Solo cuando el pánico dejó de atenazar su alma, pudo contar que tres hombres, armados con pistolas y machetes, les sorprendieron en la loma en la que pastoreaba ganado con su primo. Les zarandearon, les golpearon, les ataron de pies y manos, y tras acusarles de herejes, sajaron la cabeza de su compañero. Después se la entregaron y le dijeron que si en algo apreciaba su vida, debía de ejecutar la misión que le iban a encomendar: debía llevarla y entregarla a su padres como señal de aviso para todos aquellos que colaboran con la Guardia Nacional tunecina en la lucha que desde 2011 libra con elementos yihadistas en las montañas de Kasserine, un agreste área de unos 100 kilómetros cuadrados de extensión en la frontera con Argelia que ha devenido en centro de control, instrucción y adoctrinamiento de radicales provenientes de todos los rincones del Sahel.

Desplomada la noche, la barbarie había quedado sepultada en los informativos por el peso de una masacre igual de atroz. Casi al tiempo que los padres del adolescente decapitado guardaban la cabeza de su hijo en la nevera en espera del forense, al menos ocho jóvenes esparcían el terror y la muerte en París en nombre de la herejía que predica la organización yihadista Estado Islámico. Al hilo del horror, las declaraciones, los debates y los análisis apresurados, hijos de la inmediatez y el congojo. “Primer atentado del Daesh en Europa”; “cambio de las tácticas del Daesh” fueron dos de los que más fama disfrutaron. Junto a un mantra iterado: “Seguridad, más seguridad”.

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El brutal atentado en París tiene varios motivos, un contexto, y sobre todo, un origen que se debe combatir y tener siempre presente si la pretensión es diseñar un mundo más justo y seguro. El siete de enero de este mismo año, dos hombres armados sembraron igualmente el miedo en la capital de la luz con un atentado similar en nombre la misma interpretación desviada y herética del Islam que aplica el Estado Islámico. Armados con fusiles, penetraron en la sede del semanario satírico “Charlie Hebdo” y asesinaron a tiros a once personas. En su huida ajusticiaron a un policía y mataron a varias personas más en un supermercado en el que se acantonaron antes de abandonar este mundo. Aunque la acción fue reivindicada por la organización de Al Qaida en Yemen, la sombra del Estado Islámico siempre ha planeado sobre la masacre. Las fronteras ideológicas y estratégicas entre ambas organizaciones rivales son cada vez más difusas. En demasiadas ocasiones, son antiguos miembros de la red que lideró Osama bin Laden los que ahora combaten del lado del autoproclamado califa Abu Bakr al Bagdadi. Al fin y al cabo, las dos germinaron de la misma semilla.

Es el contexto, sin embargo, el que induce a pensar que la huella del Estado Islámico  también se insinúa en el atentado de enero. En aquellos días, las fuerzas kurdas, apoyadas por la aviación estadounidense, apretaban su cerco sobre la estratégica ciudad de Kobane, y el Estado Islámico sufría para retener una posición que facilitaba sus relaciones comerciales con las mafias del sur de Turquía y simplificaba la entrada de pertrechos y combatientes extranjeros. Un centro logístico, parada y fonda de voluntarios llegados de lejos, que caería en manos kurdas apenas tres semanas después. En las horas previas al ataque en París, unidades de los Peshmerga estrechaban igualmente su asedio sobre la también estratégica localidad septentrional kurda de Sinjar. Su caída se produjo casi en el momento en el que las bombas aturdían la capital francesa; la nueva derrota del EI quedó así eclipsada, ahogada bajo la hosca detonación de las balas en uno de los corazones de la nunca mejor dicho “vieja Europa”.

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La respuesta de esa Europa ha sido desde entonces tan rancia como el adjetivo que la acompaña. Tan ciega y visceral como la dañina ambición que domina la actual política rusa. Al grito de “es la guerra”, ha satisfecho la inmediata sed de venganza de sus gobernantes con duros -e ineficaces- bombardeos sobre la ciudad de Raqqa, considerada la capital del Estado Islámico en Siria. Y con la adopción de nuevas leyes más restrictivas -y de pactos para la galería-, que coartan la libertad y los derechos de los ciudadanos europeos, pero que de poco o nada sirven para persuadir a aquel que está dispuesto a entregar su insatisfecha vida por un pedazo de impostado de paraíso. Ganar la guerra contra el yihadismo que crece y se acuna en Oriente Medio, contra el racismo, la exclusión y la injusticia social que lo nutre en las ciudades europeas, demanda un cambio absoluto -y sin dilación- de las equivocadas políticas que han imperado en la geoestrategia mundial durante las últimas cuatro décadas.

Exige acabar con el siglo XX -especialmente con su segunda mitad-, con el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo y el comunismo que han facilitado dictaduras y extremismos que tanto dolor y muerte han infligido en las sociedades de Oriente Medio. Exige enterrar el Islam político que ha anclado a las sociedades musulmanas en la añoranza de un idílico pasado que nunca existió -sin dejarles si siquiera atisbar la modernidad y el futuro-, y superar el sentimiento de culpa asido a la II Guerra Mundial que aún atormenta Occidente, y que condiciona las relaciones con la región. Y exige, sobre todo, asentar la solución de los problemas que afronta este tiempo nuevo en el que, quizá, sea el único pilar sólido que nos ha legado la pasada centuria: la declaración desarrollada de los derechos del hombre. Siempre será lícito debatir que forma de democracia es más efectiva. Si es preferible -si es más justa o no- la que incluye la ley de Hont o aquella en que verdaderamente un hombre es un voto. Pero jamás se podrá admitir discusión alguna sobre el respeto y los límites de los derechos humanos: estos deben ser el irrenunciable cimiento sobre el que construir todas las sociedades del mañana.

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El cambio mundial requiere, asimismo, rebuscar sin cortapisas en las raíces del conflicto. Raíces que irremediablemente se hunden en el golfo Pérsico y que están asidas a la principal de las herejías del Islam, aquella que está en el ADN tanto de países como Arabia Saudí, como de organizaciones del cariz de Al Qaida o el Estado Islámico: el wahabismo. Avanzado el siglo XIII de la era cristiana, en pleno apogeo del dominio mogol sobre la antigua Persia, Mesopotamia y el Levante Árabe, Ahmad ibn Taymiyya, un oscuro ulema afincado en Damasco, estableció los principios de la llamada yihad ofensiva. En una reflexión que condicionaría a partir de entonces toda la historia del mahometanismo, declaró que no solo era lícito luchar contra los nuevos dirigentes, sino que constituía un mandato ineludible ya que su conversión al Islam crecía de sinceridad. El hombre que redefinió el concepto de yihad abogó, además, por la recuperación de una imagen prístina -e idealizada- de la religión mahometana y por una interpretación literal de El Corán, según el texto que había quedado fijado casi dos siglos después de la muerte del Profeta. Sus escritos influyeron sobremanera en un clérigo posterior, Mohamad abdel Wahab, quien en el siglo XVIII extremó los conceptos y alumbró una nueva y más retrógrada interpretación de la tradición islámica en la región del Nedj, corazón de la futura Arabia Saudí. Un oasis en pleno desierto que de acuerdo con algunos textos islámicos está maldito, ya que estaba predicho que en él nacería “la cornamenta del diablo”.

Abdel Wahab fue perseguido, expulsado y declarado hereje por sus propios correligionarios hasta que halló refugio en la corte de un señor tribal con ambiciones de conquistador: Mohamad ibn al Saud. Ambos establecieron una alianza político-religiosa que 250 años después aún sostiene y vertebra el reino de Arabia Saudí. Alimentadas por los recursos de Ibn al Saud y arengadas por la legitimidad religiosa que se arrogaba Abdel Wahab, las tropas saudíes-wahabíes pronto se hicieron con el control de la mayor parte de la Península Arábiga. A principios del siglo XIX habían arrinconado a los chiíes, que consideraban herejes, en las regiones costeras del Este -donde después se hallaría el petróleo- y en 1805 habían penetrado en el futuro Irak, donde perpetraron varias masacres que aún retumban en la historia negra de los seguidores de Ali. En las décadas siguientes, su influencia se extendería con presteza hasta las tierras altas de Afganistán, la India y el futuro Pakistán: los primeros suicidas que atentaron contra la presencia colonial del Reino Unido en Asia Central eran wahabíes autóctonos instruidos por clérigos árabes llegados de la península Arábiga.

iraniraq4La historia del reino árabe del desierto dio un nuevo giro en 1945. El 14 de febrero de ese año, escasos tres días después de la crucial conferencia de Yalta, el entonces rey de Arabia Saudí -y fundador del moderno estado- Abdulaziz Ibn Saud y el entonces presidente estadounidense, Franklin D. Roosvelt, compartieron unos minutos a bordo del buque de combate USS Quincy, que navegaba por aguas del golfo de Suez. Diversas fuentes coinciden en señalar que fue en su cubierta donde ambos cerraron un pacto de caballeros secreto por el que Arabia Saudí se comprometía a abastecer de petróleo de forma preferente a Estados Unidos a cambio de apoyo político y garantías plenas de que siempre defendería su seguridad. A lo largo del siglo XX, el supuesto acuerdo ha sido respetado de forma escrupulosa por todos y cada uno de los inquilinos de la Casa Blanca. Y se ha desarrollado de forma sostenida hasta convertir al reino wahabí en el principal aliado árabe de Washington -y de Occidente- en la región. En 1980, tras el triunfo de la Revolución Islámica en Irán y el intento de asalto de la Gran Mezquita de la Meca por el saudí Juhaiman al-Otaibi y sus hermanos salafistas -acusaban a la casa de Al Saud de corrupción moral, como hizo también Al Qaida y como hace en la actualidad el Estado Islámico- la relación se consolidó aún más. Arabia Saudí se convirtió en uno de los principales compradores de armas a Estados Unidos, y Estados Unidos cumplió con la promesa de defender la plutocracia saudí enviando tropas para expulsar de Kuwait al Ejército de Sadam Husein. Una década antes, y con la ayuda inestimable de Pakistán, ambos abrieron el llamado “puente de los muyahidin”: un corredor que permitió que miles de radicales islámicos procedentes de todos los rincones del mundo musulmán se formaran y se sumaran a la lucha armada contra la ocupación soviética de Afganistán. Destruido el muro de Berlín, la mayor parte de ellos regresaron a sus países donde se encontraron que en vez de ser recibidos como ´héroes, eran empujados a la cárcel o a la clandestinidad. Quienes lograron huir de las dictaduras árabes aliadas de Occidente pronto hallaron un nuevo refugio: las decenas de grupos salafistas, de inspiración wahabí, que en el tránsito entre siglos se sumaron a la red terrorista internacional Al Qaida.

Avanzado 2015, Arabia Saudí es el ajo de todas las sopas que hierven en Oriente Medio. Secundada por el denominado “Consejo de Cooperación del golfo Pérsico” (CCG) -un organismo regional al que también pertenecen Bahrein, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Qatar y que creó en 1980 para frenar la influencia de Irán-, fue uno de los principales instigadores entre bambalinas de la ilegal invasión de Irak (2003), y del error fatal que supuso la aniquilación del régimen baazista de Sadam Husein. Ocho años después, descolló como el enemigo más enconado de las mal etiquetadas “primaveras árabes”. No solo se contentó con reprimir sin compasión la que se gestó en el seno de su cansada y empobrecida sociedad. Cuatro años más tarde, es el principal valedor del nuevo dictador de Egipto: Abdel Fatah al Sisi. A su disposición puso el dinero, las armas y la influencia política para derrocar el gobierno ganado en las urnas por los Hermanos Musulmanes, y para aplastar el creciente movimiento social laico. De forma similar, dinero y armas saudíes llegan -pese al embargo de la ONU- al general Jalifa Hafter, un tenebroso oficial que participó en el incruento golpe de Estado que aupó al ahora derrocado Muamar al Gadafi, que años después se convirtió en su principal opositor en el exilio -vivió durante décadas cerca de la base de la CIA en Washington- y que casi concluido 2015 ha devenido en el mayor escollo para la paz en Libia. Tropas de Arabia Saudí bombardean sin misericordia desde hace más de un año Yemen, y a los servicios de Inteligencia saudíes se le atribuye gran parte del caos que desangra Siria. Riad fue el principal responsable de la atomización de la oposición siria en el exilio a lo largo del 2012; en su palacios espantaba la opción de que el mayor peso lo sustentara la rama siria de los Hermanos Musulmanes. Comandantes del Ejército Libre Sirio (FSA) se han quejado amargamente en numerosas ocasiones de que no les llegan las armas prometidas por Arabia Saudí; mientras que los grupos yihadistas entroncados con sociedades caritativas y religiosas wahabíes-saudíes tienen los arsenales y santabárbaras repletos. Además, Arabia Saudí ha sido, junto a Israel, el mayor y más contumaz opositor al acuerdo nuclear entre las seis potencias mundiales e Irán, país con el que mantiene un pulso político e ideológico que ha condicionado todas la políticas en Oriente Medio desde la década de 1980.

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Aquellos que ahora bombardean con saña el Estado Islámico son los mismos que han permitido que Arabia Saudí -un país de apenas 28 millones de habitantes- se convierta en cuarto comprador mundial de armas, solo por detrás de Estados Unidos, Rusia y China, y por delante de potencias como Alemania, Francia o el Reino Unido. Aquellos que denuncian las atrocidades del Estado Islámico, son los mismos que negocian y protegen a un país listado entre los mayores predadores del mundo de la libertad y los derechos humanos. En Riad, al igual que en Raqqa, las mujeres no pueden salir solas a las calles; tienen vedado conducir y deben pasear cubiertas de los pies a la cabeza; no pueden viajar sin el permiso de su marido, padre o tutor, y están segregadas en la escuela, en los mercados y en el trabajo de los hombres. El voto es un derecho que han adquirido hace muy poco. En Riad, al igual que en Raqqa, no se pueden levantar iglesias ni mostrar cruces, y cualquiera puede ser apaleado y detenido por la Policía moral si pasea por la calle a la hora del rezo. En Riad, al igual que en Raqqa, se decapita en público a los condenados por asesinato, tráfico de drogas, violación, robo con violencia, apostasía y brujería. Se amputan miembros por delitos considerados menores y se corre el riesgo de ser flagelado por consumir alcohol o escribir un tweet que se considere blasfemo.

Aquellos que un día aplaudieron y animaron las “primaveras árabes”, son los mismos que callan cuando las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos denuncian que las cárceles saudíes están repletas de hombres y mujeres que simplemente piden derechos, libertad, democracia, justicia social y un sistema legal que no dependa del arbitrio de clérigos ancianos formados en una interpretación retrógrada de la ley de Alá. Aquellos que se lamentan del poder de persuasión y del aparato de propaganda del que disfruta el Estado Islámico son los mismos que han permitido que las mezquitas wahabíes, financiadas con petrodólares saudíes y adalides de una forma de Islam radical, hayan proliferado en Europa y en los países árabes. Aquellos que apelan a neutralizar las vías de financiación del Estado Islámico, son los mismos que han abierto las puertas a la inversión árabe, a la compra-venta de equipos de fútbol, de patrimonio inmobiliario, de agua europea, e incluso de deuda. Y que se pelean porque sus empresas ganen contratos en el golfo Pérsico. Los mismos que son incapaces de exigirle al gobierno saudí que frene el flujo de limosnas y de armas que asociaciones wahabíes y musulmanes a título personal envían desde oficinas y bancos del Pérsico -incluso de Europa y de otros países árabes- a oficinas y mezquitas de Siria e Irak.

Aquellos que dicen recurrir a las bombas para defender la democracia, son los mismos que han negado durante años a las sociedades árabes el derecho a vivir libres. Aquellos que durante años apoyaron a dictadores como Hosni Mubarak, el propio Bachar al Asad, o Zinedin el Abedin Ben Ali y que cuatro años después de la caída del primero de ellos, son los mismos que respaldan sin sonrojo al sátrapa que le ha sustituido, pese a que los egipcios dejaron claro que ansiaban desprenderse del yugo que les asfixiaba. Aquellos que invocan la violencia para acabar con la violencia son los mismos que permitieron que esas dictaduras y las monarquías autoritarias árabes barrieran los movimientos de oposición y no dejaran otra alternativa a la tiranía que el islamismo. Alternativa es quizá la palabra clave. Construir -y no destruir- es probablemente la esencia de la ecuación. Construir sociedades alternativas basadas en la dignidad, en los derechos humanos y la justicia social es lo que piden los ciudadanos árabes y musulmanes; sociedades en la que los jóvenes puedan atisbar un pedazo del horizonte para que no se sientan obligados a elegir entre la nada y la quimera de un paraíso impostado. FIN

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