Edith Piaf bajo el cielo de París

Visitar el número 72 de la Rue de Belleville significa encontrarse con el alma de París encarnada en una placa conmemorativa que nos emociona y provoca lágrimas. Muy cerca de allí, en el Hospital Tenon, vino al mundo Edith Piaf el 19 de diciembre de 1915. Cien años ya, por tanto, como sucedió hace una semana con otro mito del siglo XX, Frank Sinatra.

La guardiana de la mejor esencia de la ciudad del amor está más viva que nunca en los corazones de los franceses, tal cual se puso de manifiesto en la reacción popular después de los atentados del pasado 13 de noviembre.

Los terroristas islámicos (detesto la supuesta equidistancia de quienes se escudan en eufemismos tipo ‘activistas’ o ‘guerrilleros’) quisieron transformar el feudo de la luz en un oasis de terror y la gente salió a la calle para enarbolar las banderas de La vie en rose, La foule, L’accordéoniste, Les trois cloches, Plus bleu que tes yeux, C’est l’amour, Sous le ciel de Paris, Padam o Les amants d’un jour.

El desgarro de su voz y el sentimiento que emergía de su seno elevaron a la categoría de sublimes sus cantos de libertad, como se puede comprobar cuando uno visita el legendario cementerio Père Lachaise, su hogar eterno. Allí se reúnen sus devotos para rendir culto a su dolor hecho arte, hoy faro para todos los parisinos que se aferran a la búsqueda sin fin de la felicidad.

Edith Piaf para salir adelante, para que la capital francesa se mire en su propio espejo y haga todo lo posible para protegerse de la sinrazón. Edith Piaf para revindicar que el tormento antecede a las grandes obras maestras de la música. Edith Piaf para proclamar a los cuatro vientos contemporáneos que el lado salvaje conduce al olimpo cuando se trata de creación con mayúsculas.

Ahogada en alcohol y autenticidad, ella contribuyó con excepcional intensidad a subrayar la belleza insoslayable de París, que lo mismo se enorgullece de su pasado revolucionario que de las miradas únicas de Bataille o Cartier-Bresson.

Horas después de su muerte en octubre de 1963, su amigo Jean Cocteau la homenajeaba con unas palabras de oro: “Ah, la Piaf ha muerto. Ya puedo morir yo también”. Y así aconteció.

Las discípulas de Edith, quien se benefició de los servicios de un joven Charles Aznavour como secretario, mantienen su antorcha encendida: Marianne Faithfull, PJ Harvey, Anna Calvi, Zara McFarlane, Melanie de Biasio

 

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