Titiriteros y títeres

Fernando Flores

Se toman los hechos y se les hace pedazos. Los pedazos se separan para que no se mezclen. Se condimentan con especias para potenciar su sabor o anular su presencia, según conviene al paladar al que se dirigen. Hiérvase rápido, sin muchas contemplaciones. Cocinado el plato, no dejarlo reposar, servirlo muy caliente como realidad informativa en bandeja antiterrorista, crujiente y a punto de opinión. La receta, propia de fogones informativos de larga tradición, sin duda será del gusto de muchos, nula en matices pero sustanciosa y picante.

La lección negativa de periodismo que muchos de los medios que el sábado cocinaron, sirvieron o copiaron la noticia sobre el caso de los titiriteros, aparte de provocar vergüenza ajena, representa el estado de debilidad que sufre el derecho a la información en España. Si a ella sumamos las reacciones de la mayoría de los dirigentes políticos, temerosos en sus respuestas de que se les pueda atribuir simpatía o falta de firmeza frente a grupos terroristas como Al Qaeda o ETA, la desolación es el único estado de ánimo que cabe albergar sobre el futuro de nuestros derechos y libertades.

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Respecto de los primeros, los medios, no se trata de matar al mensajero, pero sí exigirle que cumpla mínimamente con su obligación de informar con rigor y veracidad. La mayoría no lo hicieron. Cualquier persona que escuchase la radio o leyera la noticia en el espacio digital de “los grandes” estaba obligada a concluir que unos artistas contratados “por Carmena” se habían dedicado a enaltecer el terrorismo ante niños pequeños, representando para ello la violación y asesinato de una monja, el apaleamiento de varios policías y el ahorcamiento de un juez. La prueba concluyente de esta atrocidad era la la secuencia en la que se levantaba una pancarta que rezaba “Gora Alka-ETA”.

Solo quienes no terminaron de creerse esta información y buscaron en la red explicaciones más allá de la superficie, el espectáculo y el poderoso ariete anti-Carmena, acabaron encontrando (tampoco se necesitaba mucho esfuerzo) algunos datos relevantes para comprender el relato (datos que dos días después algunos medios se niegan en consignar): a saber, que se trataba de una obra satírica contra el capitalismo y los poderes que rigen la sociedad (expresión de la libertad ideológica y de opinión), y que la pancarta no aparecía como enaltecimiento de terroristas sino como incriminación falsa de la protagonista de la obra (fruto de la libertad de creación artística y reivindicación del derecho a la protesta). En suma, que ni la obra era para niños ni hacía propaganda terrorista, con lo que debía esperarse las explicaciones y exigencias de responsabilidades políticas, así como la negación absoluta de consecuencias penales.

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Las primeras siguen su curso a estas horas… y las segundas, también. Por la representación de la obra satírica la Fiscalía pidió, y el juez acordó, la prisión provisional de los actores, acusados de un delito de enaltecimiento del terrorismo. Esto es explicable solo si fiscal y juez (ambos en un alarde de interés no demostrado en otros casos más graves que seguro tenemos en mente) tomaron su decisión con arreglo a lo relatado por los medios, pero no si cumplieron con su obligación y se ocuparon de analizar los hechos con un mínimo de rigor.

Una alteración del sentido común comparable a la de los órganos judiciales han sufrido (o demostrado) los líderes de algunos de los partidos políticos mayoritarios. Albert Rivera ha apoyado la petición fiscal de cárcel para los titiriteros y, de paso, ha aprovechado para reclamar la despolitización de la cultura en una “nueva transición” (así que vayamos renunciando a Cervantes, Darío Fo y Bertín Osborne). El Partido Popular ha denunciado a la concejala de cultura por “colaboración en enaltecimiento del terrorismo” (con lo que, coherentemente, se espera que en breve declare a Rajoy colaborador necesario del blanqueo de capitales atribuido a Rus). Y Pedro Sánchez ha evitado opinar sobre la encarcelación de los actores, aunque desde el Partido se entiende que la detención fue “acorde con lo que establece la ley” (demostrando así el apego que tienen a la defensa de las libertades cuando en los medios vienen mal dadas). Afortunadamente, ha habido representantes como Ada Colau, Pablo Iglesias, o Alberto Garzón que han expresado su incomprensión y rechazo ante la medida represora del juez.

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Con el encarcelamiento de los actores de marionetas asistimos a un caso grave de acoso a los derechos fundamentales de quienes protestan contra un sistema crecientemente autoritario y represivo. El error indiscutible de presentar una obra para adultos delante de niños, así como el mal gusto (discutible) de la historia representada, no matiza en absoluto el sinsentido del delito del que se les acusa y la desproporción de la prisión sin fianza a la que se les somete.

Dice la Real Academia de la Lengua que titiritero es aquel que maneja los títeres, y títeres son los muñecos o personas que se dejan manejar. También quienes actúan ligeramente y sin fundamento. Hay que echar una pensada sobre quién es quién en todo este asunto.

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9 pensamientos en “Titiriteros y títeres

  1. NO TIENE DISCUPAL NINGUNA CLARO ES QUE ELLOS SON ACTORES CON ANTECDENTES PENALES Y QUE ELUDEN LA RESPONSABILIDAD CON QUIEN LOS CONTRATO, DEMASIADO SABEN QUE NO ERA UN ESPECTACULO PARA NIÑOS

  2. Hola. Estoy totalmente de acuerdo contigo excepto en un aspecto. La opinión que ya tenía formada sobre el asunto, coincidente con la tuya, la había obtenido leyendo/oyendo/viendo algunos de los medios mas convencionales.

  3. Gracias, Fernando, por el artículo. Lo compartimos. Lástima que la gente a la que les llega esta información sea del mismo lado por lo general. Y más lástima aún que la inmensa mayoría de las personas tendamos a emitir un juicio de valor con demasiada celeridad y a no estar dispuestos a cambiarlo. Aun así, sigamos hablando de las cosas importantes e injustas.

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