Sin esperanza y sin desaliento

Fernando Flores

Me fascina la facilidad que tiene el ciudadano español para desenfundar el Código Penal en cuanto se siente ofendido. Si apoyado en el muy poco apreciado principio de proporcionalidad le argumentas que quizás la acción que le ha incomodado sea ciertamente fea, deplorable, de mal gusto o discutible, pero que sancionarla como corresponde a un delito es matar moscas a cañonazos (imagen que suele traernos a la mente a la pobre mosca esquivando un proyectil descomunal, pero que también debería alertarnos sobre el destrozo que la bala produce en los alrededores), téngase la seguridad de que el interpelado no se va dar por aludido. Al contrario, con amargura o desdén (según carácter) insistirá en el profundo daño (normalmente moral) que se le ha infligido y del que, a la vista de la pena que reclama para el agresor, nunca se va a recuperar.

Creo que es conveniente reiterar –sin esperanza y sin desaliento– que esta actitud, generalizada en la derecha (esta misma semana el ministro del interior ha relacionado el declarar persona “non grata” a Rajoy con un delito del odio) pero con no pocos entusiastas seguidores en la izquierda, es una barbaridad. Una barbaridad que no es que no conduzca a ningún sitio, es que conduce a un sitio al que mejor no llegar.

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A nadie se le puede obligar a no sentirse ofendido por lo dicho o hecho por otro, eso es indiscutible. Cada uno de nosotros tiene la piel de un grosor diferente, grosor que varía según las creencias, aficiones, afiliaciones, y amistades de cada cual, y que tiene que ver incluso con las infancias difíciles que sin duda jalonan cada una de nuestras infortunadas existencias.

Sin embargo, también es indiscutible que una sociedad justa debe prever que las sanciones sean iguales para los casos iguales. Y siendo el dolor vinculado a la ofensa un elemento con fuerte carga de subjetividad, reivindicar la aplicación del Código Penal para los ejercicios de libertad de expresión que a mi me molestan supone asumir, siempre en el marco de una sociedad justa, que en aras de aquella igualdad se aplique la norma punitiva también a las acciones de esa libertad que molestan a los otros (aunque a mi me parezcan inofensivas, graciosas o, simplemente, leves).

En esta absurda carrera hacia la polarización de la sociedad, tan conveniente para los elementos reaccionarios que la parasitan, el principio motor de algunas personas es hacer coincidir el Código Penal con el Código Ético de cada uno. Se trata de un juego sectario que dibuja una espiral victimista y represiva, cercana a la idea de “amigo-enemigo”, en la que al final quienes quedan realmente dañadas son la libertad y la espontaneidad de las personas. Como dice la canción, “cuando luchan la KGB contra la CIA, acaba ganando la policía”. No creo que convenga.

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En los últimos años, en las últimas semanas, han arreciado los casos de denuncia y persecución penal a personas que han reivindicado sus ideas por medios de discursos o acciones que han sido consideradas por algunas personas y grupos duras, discutibles y ofensivas. Los titiriteros representaron una obra antisistema en la que entre otras audacias se ahorcaba a un juez. Rita Maestre gritó o acompañó consignas hirientes en una capilla católica por encontrarse su ubicación en una universidad pública. En una exposición Abel Azcona escribió con hostias la palabra “pederastia” (y ayer declaró como imputado en el juzgado). Dolors Miquel recitó la “madrenuestra” durante los premios ciudad de Barcelona. Y hace años Krahe tuvo la sabrosa idea de cocinar un cristo al horno… Por su parte Jiménez Losantos afirmó que le pegaría dos tiros a los diputados de Podemos. El obispo de Alcalá declaró hace meses en un sermón transmitido por la televisión pública que los homosexuales se prostituían y vivían en el infierno. El de Málaga comparó los matrimonios entre personas del mismo sexo con las relaciones de perros y gatos. Y el portavoz del Grupo Parlamentario Popular Rafael Hernando tuvo a bien opinar que “los familiares de las víctimas del franquismo se acuerdan de desenterrar a su padre solo cuando hay subvenciones”… No acabaríamos.

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Sin duda alguna cada uno de nosotros nos identificamos con el fondo (e incluso con la forma) de unas acciones, y deploramos y nos incendian otras. A mi, por ejemplo, me parece mucho más grave y criticable la vinculación de la homosexualidad a la prostitución que el poema que desmonta el padrenuestro desde el feminismo: del primero deploro el fondo y la forma, del segundo solo estoy en descuerdo con el sitio elegido para declamarlo. Eso sí, en ninguno de los casos se me ocurriría criminalizar a sus protagonistas, por más que el primero de ellos me parezca repulsivo y dañino para la sociedad. La libertad de expresión tiene unos límites, como todos los derechos, pero estos límites deben encontrarse en normas objetivas que tengan como elementos del tipo la voluntad clara de proferir una injuria grave, una calumnia o transmitir el discurso del odio, y no en la decisión fruto del sentimiento subjetivo (respetable pero subjetivo) de los ofendidos, ni en la demagogia irresponsable de algunos representantes públicos.

No tiene sentido blandir el Código Penal como un arma cada vez que nos incomodan. Creo que los ciudadanos de las sociedades democráticas y maduras (la pregunta es si lo es la nuestra) tienen instrumentos no sancionatorios de sobra para reaccionar contra (que no terminar con) el ejercicio molesto de las libertades de los otros. A través de la educación, el debate, la crítica, la protesta, el desprecio, el reproche social… o, sencillamente, apagando la televisión.

 goya finalIlustraciones: 1. Grosz. 2. Caravaggio. 3. Guayasamín. 4. Goya

Un pensamiento en “Sin esperanza y sin desaliento

  1. Cuanta razón tienes, Fernando.
    Hemos hecho una sociedad meliflua, en la que se confunde el valor con el matonismo chabacano, la claridad de ideas con la ofensa, el respeto con la hipocresía medrosa. Hoy cualquiera se ofende por un allá quítame esas pajas. Justamente anoche, releyendo ‘Moby Dick?, subrayé una genial frase llena de sentido de vida. Ismael percibe como broma del patrón que le aloja, el que este le destine a la habitación con Queequeg, el arponero salvaje y caníbal, y no solo eso, sino que tenga que compartir cama con tan extraño sujeto. A la mañana siguiente, pasada la noche de miedo, primero, y de amistad, después, ante la sonrisa burlona del patrón, Ismael responde a su vez con otra y piensa que “no le guardaba rencor (al patrón), a pesar de lo que me embromara con mi compañero de cama. Porque una buena broma es cosa excelente. De modo que si cualquiera da por sí mismo ocasión a alguien para una buena cuchufleta, que no se eche atrás, sino que se preste a ello y lo disfrute alegremente. Y si da ocasión para reír, tenga la seguridad de que vale más de lo que tal vez se crea”. Pues eso, menos picajosidad y más ironía.

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