Una narración pendiente

Noelia Pena

La historia no comienza cuando algo sucede sino en el momento en el que empieza a ponerse por escrito. Las muestras más antiguas de escritura que conservamos proceden de la zona de Mesopotamia (donde se encuentra actualmente Irak) y pertenecen al conocido como período Uruk IV (entre 3400 y 3100 a.C.). Proceden también del oeste de Irán, de la Mesopotamia septentrional y de Siria. Se trata de un sistema de escritura grabada sobre bolas de arcilla que se aplastaban tomando la forma de tablilla y se horneaban para evitar posibles modificaciones posteriores. Funcionaba con unidades silábicas a las que correspondía un signo cuneiforme, donde los circulares hacían de numerales. Estaba relacionada con cuestiones administrativas y de contabilidad, necesarias para la economía interna y las relaciones comerciales; su uso se prolongó durante unos tres mil años y sirvió para escribir en unas cincuenta lenguas distintas.

Cualquier forma de poder está siempre acompañada de una narración. Los conflictos hacen que se desempolven narraciones antiguas o bien emerjan narraciones nuevas. En la Revolución Francesa la expresión “Ancien Régime” (Antiguo Régimen) hizo del periodo histórico precedente algo nombrable y, por el hecho de serlo, algo ya superado, que pertenecía al pasado. Los procesos revolucionarios resignifican el mundo creando nuevas narraciones, formas diferentes de contar el tiempo. La Revolución Francesa implantó un nuevo calendario. También nuestro sistema de gobierno se asienta sobre una narración del pasado. Nuestra democracia ha sido narrada como asunto de la voluntad de unos pocos hombres políticos, silenciando el protagonismo que la sociedad civil tuvo en los cambios que siguieron a la dictadura. Recientemente la propia narración de la crisis económica ha gravitado sobre la caída de Lehman Brothers en 2008. De ella partieron las primeras variaciones de la narración que sigue defendiendo la necesidad de las medidas de austeridad en los países del sur de la UE. Ahora la crisis de los refugiados y la amenaza del terrorismo yihadista son los fenómenos que ponen en cuestión las lecturas más asentadas que Europa ha venido haciendo de sí misma. La narración Europa es un espejo en el que nos hemos acostumbrado a reflejarnos. Su ausencia no solo nos haría cuestionarnos qué somos, sino pensar si podríamos ser de otra manera. En su artículo del 2012, ¿Por qué Grecia?, Vargas Llosa dejaba en evidencia la fragilidad europea: «Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone.» El símbolo se convierte en coartada. ¿Podrá sobrevivir Europa a sus símbolos? Necesariamente, porque el relato Europa ha dejado de ser sostenible. La narración que hace nacer las instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos de la lejana Grecia y la convierte en punto de inflexión que nos aleja de una barbarie precedente, es insostenible. Lo ha sido siempre. No hace falta arañar demasiado para descubrir que la historia de Europa es la historia del espolio y se alimenta de barbarie. La cultura archivada en nuestros museos así lo demuestra. No solo la democracia ateniense, también la Inquisición es Europa. Los cuerpos de Servet y Giordano Bruno en la hoguera, junto a los de las mujeres acusadas de brujería, son Europa. Los totalitarismos del siglo XX son Europa. Demasiado. Lo era la vieja forma de colonialismo y lo es la actual, practicada por las empresas multinacionales a través de la externalización de su producción. Cada una de nuestras prendas de ropa conserva una huella de la explotación económica europea en el mundo. No nos engañemos. La Europa en paz, amenazada ahora por el terrorismo yihadista, ha sido en los últimos años la Europa de la violencia de las medidas económicas, el recorte de derechos y libertades, la privatización y la exclusión. Europa se queda sin coartadas. La paz en Europa ha sido siempre la de un mundo administrado que reparte miedo. En ese reparto las mujeres seguimos llevando la peor parte: es para nosotras para quienes, cuando anochece, una calle solitaria puede acabar convirtiéndose en un lugar sin testigos.

Unas narraciones son reemplazadas por otras. La narración pendiente es la de una nueva forma de soberanía sobre nuestras vidas que exceda los muros de las instituciones; una soberanía que no acepte su reducción a los conceptos decimonónicos a los que aún sigue anclada, que encuentran en Lengua-Historia-Estado el perímetro de seguridad que hace de nuestros discursos, algo conocido y de nuestras acciones, algo predecible. Una soberanía que cuestione los límites establecidos es siempre una narración de libertad pendiente. Tendremos que desobedecer las órdenes que nos dicen a quién debemos tener miedo, de quién no debemos enamorarnos ni ser amigos: negro, moro, sudaca, loco, musulmán. En una palabra, extranjero. Extranjero, como negación de lo que somos, es la manera en que el nacionalismo en auge en toda Europa vuelve a traducir el viejo amigo-enemigo. La lógica de bandos ha sido reactivada. Y con ella las narraciones conocidas. Libertad. ¿Qué libertad? Derechos. ¿Para quién? Antes de la llegada del estado de excepción el significado de estas palabras ha quedado en suspenso. Pero, ¿es posible resolver los conflictos sin el recurso a la violencia? El mundo no vale nada si no podemos responder afirmativamente. Nuestra convivencia nos dice sí. No es por la fuerza como se destruirán las barreras que ahora mismo nos separan sino por medio de una verdad. Esa será de nuevo la moneda de una riqueza conocida, que se hace más grande cuanto más se comparte; al intercambiarse en las miradas entre extraños que somos cada uno; hasta conseguir atravesar los espacios blindados por el miedo y la desconfianza. Lo hicimos en 2003 inundando las calles y diciendo No a una guerra. Entonces aprendí una palabra en árabe: shukram, gracias. Queda mucho por aprender. Tenemos aún tiempo si dejamos de tenernos miedo.

Creíamos que las cosas no podían ser de otra manera. Ahora sabemos que no pueden seguir siendo de esta.

Caravaggio

Caravaggio: Narciso (1597-1599)

 

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