Perro no come carne de perro

 

 

 

 

Hace pocos días, un antiguo compañero de Telemadrid me interpelaba apasionadamente -todo en Gustavo es apasionado- sobre la profesión periodística: ¿Por qué, de una vez por todas, no denunciamos a la mala gente de este oficio? ¿Por qué tapamos las malas prácticas de muchos? ¿Por qué no denunciamos, con nombres y apellidos? Convine con él que así debería ser, pero…

Unas jornadas después asistí a la presentación, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, de una novela-testimonio sobre periodismo, escrita por un profesor y antiguo compañero. Oficiaban como padrinos Fran Llorente y Ana Pastor, y el salón de actos, lleno sobre todo de futuros periodistas, formuló, más cerca de la extrañeza que del apasionamiento antes narrado, preguntas similares.

Desde que entré por primera vez en un periódico oí la frase “sagrada”: “Perro no come carne de perro”. Lo que la literalidad escondía -aunque todo el colectivo estaba al cabo de la calle- significaba que “periodista no denunciaba a periodista”. Al parecer, me explicaron los más veteranos, la máxima era la reacción a turbulentos años en los que eran habituales los duelos entre articulistas de medios enfrentados; de hecho, seguían relatando, en “El Debate” (antecesor del diario YA) se estipulaba la destitución del director si se batía en duelo. El novato que yo era -y que en tantas cosas sigo siendo- acató, con reservas mentales, la sentencia, por más que viera a compañeros redactar por la noche noticias del Gobierno, para volver a la mañana a su otro trabajo en los departamentos de prensa de uno u otro Ministerio; redactores de economía que volvían de juntas de accionistas de grandes empresas, que nada interesaban a la mayoría de lectores, escribir una amplia crónica, con resultados financieros y perspectivas a la izquierda de la máquina de escribir, y el valioso “regalo de cortesía” a la derecha.

Eran otros tiempos. Pero llegó el cambio, con menos pluriempleo y sueldos más acordes… y los periodistas “inventamos” esa costumbre tan denostada ahora entre los políticos de “las puertas giratorias”: muchos se acomodaran en bien pagadas “jefaturas de prensa” de los nuevos mandamases… para volver, al tiempo, a sus columnas desde las que proclamar su independencia y objetividad. Los ejemplos eran múltiples y, en casos concretos, escandalosos, pero nadie acusaba a nadie: “Perro no come carne de perro”.

Protegidos por silencios, solo comparables a la “omertá” de la mafia siciliana, los grandes líderes mediáticos entraban en conspiraciones para cambiar gobiernos, accedían a sillones académicos, a pesar de su magra e irrelevante producción literaria, arruinaban empresas con gastos e inversiones insensatas, recibían sobres de partidos políticos mientras cubrían información  parlamentaria para un diario, redactaban crónicas de jornadas de huelgas antes de que se produjeran, o se fotografiaban en fiestas como “los mejores manipuladores”. Unos y otros hacían gala y profesión de cinismo, de impostura, de desvergüenza. Aparecían en imágenes publicas, en amor y compaña de quienes les nombraba o financiaba, no se recataban -aunque de empresa de todos se tratara- de manifestar en sede parlamentaria que “eran y serían votantes de tal partido”, de su fidelidad a personas o formaciones por delante de la ética profesional.

Hoy, la mayor parte de los medios tradicionales, los más importantes noticiarios de televisión, carecen de credibilidad. Los periodistas -lo dice el Centro de Instigaciones Sociológicas- figuramos entre las profesiones más desprestigiadas y, somos, como colectivo, los primeros culpables. Denostamos a la Universidad por no preparar adecuadamente para la profesión, pero hemos dado la espalda a sus planes de estudios, a un profesorado mediocre, a una interrelación entre los profesionales y medios y quienes han de ser su futuro;  permitimos ofertas de trabajo gratuito o insultante en sus retribuciones; contemplamos en silencio -otra vez ese silencio culpable- a directivos de medios que hablan de “renovar y modernizar las redacciones”, para ocultar la sustitución de profesionales veteranos, curtidos, en muchos casos maestros del oficio, por jóvenes mal pagados, sumisos, y mal preparados; eliminamos presentadores, corresponsales, reporteros, en su mejor momento profesional para situar ante las cámaras a personas “que den un aire más moderno”, atractivas físicamente, en muchos casos de tan buena dicción como escasa credibilidad, justo lo contrario de la práctica habitual en las televisiones importantes del mundo, donde los veteranos conductores de los informativos se convierten en instituciones respetadas por público y poderes.

Pero, ya se sabe, “Perro no come carne de perro”; incluso algunos medios nacidos en esta década, batallan contra el silencio con seudónimos. Yo mismo suspendo por unos instantes la escritura y pongo nombre y apellidos a cada caso relatado, pero no me atrevo a subirlos a la red. Busco coartada en que son famosos, indebidamente respetados, tienen poder, y yo soy -siempre he sido- “un periodista con p minúscula”. Quizás precise del apoyo de muchos más como yo para escribir los nombres. Por ahora, me limito a romper el silencio, tal y como me pedía Gustavo: Estoy dispuesto a comer carne de perro.

 

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