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Maruja Torres: Una señora con mucha dignidad

Mayte Mejía Publicada 17/06/2013 a las 13:46 Actualizada 17/06/2013 a las 14:17    
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Trailarai larai, trailarai.../Traigo la camisa roxa...


Poco después de conocerse la noticia de que Maruja Torres no escribiría más en el diario El País, comentábamos Ovidio Parades y yo que no hemos conocido a una mujer tan generosa y tan buena gente como Maruja. Por la repercusión y el peso que tienen las cosas que escribe, y cómo las escribe, representan en realidad la voz de sus lectores.


Hombres y mujeres que a lo largo de los años hemos ido creciendo con ella, opinando juntos, y comprendiendo a su lado que no tomar partido dentro de la sociedad, quedarse al margen de los problemas, no involucrándose en las necesidades de los demás, conduce ni más ni menos hacia una tierra hostil, hacia un terreno donde es peligroso adentrarse.



Soy testigo, y receptora en primera persona, del apoyo que da a nuevos autores. Ayuda y empuje que presta sin dudarlo a quienes comienzan a abrirse camino como escritores, como periodistas, o como ambos a la vez. Y lo hace sin que se le caigan los anillos, cediendo espacio, reseñando libros o recomendando relatos o artículos de otros, bien desde el legendario “Perdonen que no me levante”, bien desde las redes sociales: facebook, twitter, blog.


Sin embargo, y por encima de todo esto, o además de todo esto, Maruja es la ciudadana que viaja en AVE, que conversa de la vida con el taxista y que compra verduras y arroces para cocinarlos con mimo. Y también la persona que se manifiesta en la calle sin agachar la cabeza y, teniendo el sentido común muy bien puesto en su sitio, la que reclama y reivindica, y la que harta, como lo estamos una gran mayoría, grita: ¡Basta ya! ¡Qué despropósito! ¡Pero qué se habrán creído!


Aunque la seguía de mucho tiempo atrás por los reportajes en Garbo y Fotogramas, por los artículos y crónicas tanto en El País como en Diario 16 –hago un paréntesis para destacar su trabajo cubriendo las guerras tanto en Líbano como en Panamá, donde presenció la muerte de su compañero el fotógrafo Juantxu Rodríguez por los disparos de un soldado estadounidense–, no nos conocimos personalmente hasta una Feria del Libro de Madrid. Recuerdo que estuve largo rato haciendo cola para una firma de Terenci Moix, quien, con aquella simpatía que derrochaba, tan cercano y tan campechano como era –eso sí, sin perder el glamour–, al ver que también llevaba en la mano Amor América: un viaje sentimental por América Latina, dijo: “Ese de Maruja es una buena elección”.


Así que, contenta y metida en situación como iba, me puse delante de la escritora. Su sonrisa me cautivó. No conversamos mucho, me cuesta vencer la timidez, pero desde ese momento empecé a quererla, a leerla, con mayor intensidad, si cabe. Años después, nuestro trato es más fluido, gracias a las nuevas herramientas de comunicación que proporciona internet.


Una de las cosas que más admiro en ella es la fortaleza que la caracteriza. Curtida seguramente en el corazón del Barrio del Raval –también conocido como Barrio Chino–, entre La Rambla y el Peral.lel, en el distrito de Ciutat Vella, de donde eran igualmente sus amigos Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán. Tres hijos de la posguerra creciendo entre dificultades, abriéndose camino entre carencias, saltando los obstáculos de un tiempo tremendo y difícil. Con ellos compartió parte de la vida, de la literatura, así como la pasión y el amor por el cine, además del oficio estede escritores, que tantas satisfacciones y bienestares aporta.


Me atrevo a escribir sobre Maruja Torres desde el respeto por supuesto. Con la humildad de alguien que la admira, y con profundo agradecimiento hacia su persona. Por abrirme su casa on line, por ponerme en el camino de César Rufino Sánchez, gran amigo y maestro de las letras, por regalarme manojos de su tiempo, ese bien tan preciado que tenemos las personas. Por el conjunto de todo su trabajo, por su manera de compartir, por ella misma, no puedo decir otra cosa que no sea: gracias Maruja.


Seguramente se me van a hacer extraños los desayunos de los jueves sin su columna, y los de los domingos sin el "Perdonen que no me levante"… Pero al finalizar estas palabras pasaré página tal y como ha sugerido ella. Esto no es más que el final de una etapa acabada, un ciclo concluido, una experiencia vivida con intensidad, como sólo pueden vivirse las grandes emociones que da la vida. Quizá de otras cosas no estaré tan segura, pero de que la voy a seguir leyendo, sí. Allá donde esté.


Quisiera concluir con un poco de esperanza, invitando a que hagamos un llamamiento a los medios, un toque de atención en clave de reflexión, para que el espíritu de prensa independiente prevalezca por encima de todo. Entre otras cosas, porque, si no recuperamos la ilusión, de poco habrá servido el esfuerzo de aquellos que un 4 de mayo de 1976 –yo tenía 16 años recién cumplidos– echaron a andar, en plena Transición democrática, la rotativa del diario El País. Así lo espero, sobre todo, porque aún queda gente dentro que opina muy bien –por ejemplo, los compañeros de Maruja de la contraportada– y a los que seguiré leyendo. Y, también, para que el imperio que con tanta inteligencia estructurara levantó Jesús de Polanco no haga aguas.

De sangre d'un compañeru…/Trailarai larai trailarai.


Nota: “En el pozo María Luisa”, también conocida como “Santa Bárbara Bendita”, es una canción popular, emblemática para los mineros asturianos y leoneses. De ella provienen los versos que extraigo.

 



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