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Criminalizar al enemigo

Héctor Delgado Fernández Publicada 09/07/2013 a las 18:43 Actualizada 09/07/2013 a las 19:15    
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La Plataforma de Afectados por la Hipoteca anunció hace unas semanas que, tras la finalización del trámite parlamentario de la reforma a la ley hipotecaria, abandonaba de forma provisional la extendida práctica de los escraches. Esta polémica acción de protesta, ideada, según los miembros de la PAH, a la manera de una reivindicación ciudadana que pretende “visualizar” y hacer manifiesta a la opinión pública una cuestión tan espinosa como el complicado problema de los desahucios hipotecarios, ha recibido las críticas acerbas de algunos miembros del actual gobierno del PP.


Si bien, allá por el mes de mayo, nos sorprendieron las temerarias palabras de la número dos del PP, María Dolores de Cospedal, que, recurriendo al uso indiscriminado de un parangón histórico, calificó la práctica de los escraches de “nazismo puro”, calco de un “espíritu totalitario y sectario”, no menos significativas fueron las declaraciones de la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, al acusar a Ada Colau de “apoyar a grupos proetarras” en un intento paladino de aprovechar el problema de los desahucios para llevar a cabo “une estrategia política radical”, ni acaso tampoco menos llamativas semejan las ulteriores alegaciones del eurodiputado del PP, Carlos Iturgaiz, arremetiendo contra el Parlamento Europeo al entender que la adjudicación del galardón Ciudadano Europeo a Ada Colau, portavoz de la PAH, constituye un craso error de apreciación porque, habida cuenta de que la bandera de esta Plataforma es “amedrentar, amenazar, hacer la vida imposible a ciudadanos de nuestro país” se le debería retirar el premio de inmediato “no se pueden dar premios a personas indeseables que lo que hacen es crear tensión y enfrentamiento”.


No obstante, más allá de este corolario de acusaciones infundadas que, en cierto sentido, atestiguan el trasfondo tendencioso en el cual se inscriben las declaraciones de entrambas mandatarias, reluce asimismo la estrategia empleada en el PP para “criminalizar” la práctica de los escraches y, por extensión, cualquier otra iniciativa ciudadana encaminada a poner de relieve las carencias e injusticias sociales campando a sus anchas en la sociedad española.


Como si los dirigentes del PP, con arreglo a una deliberada maniobra política, hubieran tratado de descalificar desde un principio al movimiento, percibido como una amenaza patente para los intereses inmediatos de su manida marca España y de sus reiteradas promesa electorales incumplidas una tras otra, desde las filas del partido del Gobierno no han dudado ni un instante en orquestar toda una campaña mediática, cuyo objetivo primordial yace en la descalificación a ultranza y, por ende, la deslegitimización de los escraches, vinculándolos, nada más ni nada menos, que al nazismo y el terrorismo.


Con todo, pese a esta campaña de descalificaciones, las peripecias argumentales del PP, embadurnadas de los mentados vocablos “nazismo” y “terrorismo”, semejan mucho más a la reacción atendida de un púgil desnortado, arremetiendo sin tino ni fortuna contra su adversario, que a la esperada respuesta de un representante público, desempeñando las labores para las que ha sido encomendado con el beneplácito de las urnas. Y es que, cuando se carece de todo rigor intelectual en el empleo de términos de tanta enjundia y contenido semántico como “terrorismo” o “nazismo”, es fácil cometer el pecado venial de la tergiversación histórica, este último provocado la mayoría de las veces por la ignorancia maliciosa o la mezquindad voluntaria de quienes se prevalecen de estos vocablos con miras a proyectar sobre el “enemigo” una imagen tan negativa como la vehiculada por ambos calificativos.


¿En qué pruebas fehacientes basaría la delegada del Gobierno en Madrid la existencia de supuestos lazos de unión entre la Plataforma de Afectado por la Hipoteca y los colectivos proetarras? ¿Qué criterios históricos o politológicos manejó la señora de Cospedal para tildar los escraches de “nazismo puro”? ¿Cuáles son las concomitancias estructurales halladas por la número dos del PP para arriesgar tan audaz comparación histórica?


No es menester entrar aquí y ahora en un concienzudo y detallado análisis del movimiento nacionalsocialista para rebatir los argumentos de la señora de Cospedal o, por añadidura, impugnar las difamatorias declaraciones de la señora Cifuentes, en cuanto al más que dudoso maridaje entre los colectivos proetarras y los escraches de los Afectados por la Hipoteca.


En lo que al historiador respecta, bastaría con remitir a las incongruencias que se coligen de semejante parangón histórico si ponemos en perspectiva el agitado panorama político de una Europa desunida y aún convaleciente de las heridas abiertas de la Gran Guerra, o bien centramos la atención en los desastrosos efectos derivados de las duras condiciones de postguerra impuestas a la nación alemana con la firma del Tratado de Versalles.


Estos ingredientes, junto a muchos otros, vetan cualquier extrapolación histórica dispuesta a situar ambos fenómenos en un mismo plano de análisis para, a continuación, equiparlos el uno al otro, colocando finalmente el acento sobre las semejanzas del “nazismo” con un fenómeno tan ajeno y puntual como el de los escraches.


Tal vez el político, ateniéndose a la más elemental de las etiquetas del mundo académico – de ese mismo que las políticas de austeridad y los recortes en Educación han puesto contra las cuerdas- no debería aventurarse demasiado en un terreno tan alejado de su praxis o ratio de acción, como es el dominio de la Historia.


Tanto para el historiador, asistiendo atónito a las aberraciones conceptuales de la señora Cospedal, como para la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, las afirmaciones de la número dos del PP constituyen un insulto a la labor de quienes dedican su vida a la intelección de los procesos históricos, o de quienes son tachados de “terroristas” y “nazistas” cuando sus acciones son expuestas al flagelo negligente de la rancia verborrea de políticos, por desgracia, despojados de todo sentido histórico y de toda probidad intelectual.


Antes de arrancar el aplauso de sus adeptos, María Dolores de Cospedal, debería haber sopesado detenidamente sus atrevidas afirmaciones, no vaya a ser que un buen día se tornen las tuercas y al historiador le sea concedida, por alguna insondable gracia divina, la posibilidad de ejercer el legítimo derecho de querellarse contra quienes atacan a la razón y aun avalan un mayor desprecio hacia la historia y el sentido común.


Y siempre, como bien me concederá la señora de Cospedal, conviene guardarse las espaldas en el dominó de la política porque, como reza el conocido proverbio, mucho mejor es prevenir que curar.


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