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Wert y la cultura de la austeridad

Héctor Delgado Fernández Publicada 20/12/2013 a las 20:04 Actualizada 20/12/2013 a las 20:41    
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¡Nada más parecido al esperpento que la penúltima machada del ministro Wert! ¡Menudo desaguisado propio de la más castiza comedia de enredos! Faltos de un embroglio a la italiana, aquí nos recreamos con el salero inigualable de un ministro empeñado en animar el patio. Defendiendo un día con uñas y dientes la supresión de las ayudas a los erasmus y al siguiente rectificando motu proprio. Ahí se ve la madera de quien, actor frustrado en su adolescencia, saca de vez en cuando a relucir las dotes malogradas para la escena. ¡Y qué arte tiene el gachó!

Experimentado en la siempre complicada urdimbre del camaleonismo político, tan solo le basta con elevar una resolución, sacada, por lo visto, de la chistera, para armarnos la de la Marimorena. Pero seamos ecuánimes y démosle al César lo que en propiedad le pertenece: para liar semejante revuelo se requiere de una especial habilidad, al alcance de muy pocos. ¡Por algo se es ministro en esta vida natural!

Bien ponderado, un desliz lo tiene cualquiera. Errar es humano, y no menos por llegar a ser ministro se libra uno de tan proverbial asunción. Sin embargo, aunque se comenta que sólo son tres las ocasiones en que tropezamos en la misma piedra, para el ministro Wert la máxima semeja la excepción a la regla.

El señor ministro no sólo es reincidente, sino además relapso. Le ha dado por acaparar la inquina de los demás grupos políticos en el Parlamento y avivar el encono de la mayoría de los españoles. ¡Y no debe de ser nada fácil convertirse en el ministro peor valorado de la actual legislatura! Pero ya se sabe: cuando se pone todo el empeño del mundo, al final se recogen los frutos derivados de tamaño esfuerzo, invertido, sobre todo, en copar el número uno en esa lista negra de alborotados politicastros encumbrados a ministros.

¡Qué genio visigodo gasta el ministro Wert en el desempeño de sus funciones! Él mismo se lo guisa y se lo come todo solito. ¡No iba a ser para menos! Son muchas las horas consagradas a la lenta ascensión en el escalafón del Partido Popular, para que ahora le priven del suculento placer de poder reclamar el favor de todos los españoles implicados en la elevada tarea de imponer el sacrificio y los apretones de cinturón, tributados como ofrenda y señal inequívoca de reconocimiento a la labor patria del gabinete Rajoy.

Al celo justiciero del ministro ni siquiera escapan quienes, disfrutando de una beca Erasmus, afrontan una estancia en el extranjero con las enojosas trabas y dificultades provenientes de la aclimatación a un país en donde el coste de la vida y el poder adquisitivo de los oriundos, suele casi siempre superar al del español medio. ¡Razón de más para Wert!

Después de años viviendo por encima de nuestras posibilidades, ya va siendo hora de educar a nuestros retoños en la cultura del sacrificio y los apretones de cinturón. Malacostumbrados a los favores de un tren de vida superior al permitido, es el momento de enderezar voluntades ya de por sí encaminadas al despilfarro y el uso indebido de los recursos económicos. Y si estos empiezan a digerir la preceptiva fuera de España, pues mucho mejor. ¡Que aprendan a vivir con el mínimo necesario para mantenerse a flote! ¡Que le pongan agallas y hagan frente a las dificultades sabiendo administrar las míseras ayudas y subvenciones del Estado para sufragar los gastos educativos!

¿Alguien ha dicho que en España se han derrochado miles de millones de euros durante años de bonanza y optimismo bullanguero? Ahí está la prueba palpable de la falsedad de semejantes insinuaciones: estudiantes espartanos, embebidos del culto somero a la austeridad y los sacrificios. ¡Y a mucha honra! Que esto ya no es jauja, y la época dorada del despilfarro a espuertas queda bien sepulta y enterrada. Así, para evitar males mayores y asegurarse que la lección perdure bien grabada en la memoria de las nuevas generaciones, ya se encarga el ministro de confiscar las ayudas Erasmus. No vaya a ser que se malacostumbren otra vez.

Además, bien pensado, la entrada en vigor de la medida hubiera servido de ejemplo para que Europa viese que aquí vamos en serio. Y si no a Europa, pues entonces hubiera servido para aleccionar a nuestra juventud ¡Que madure de una vez la juventud española! ¡Que se espabilen los chavales! Y si para eso hace falta mendigar el ganapán fuera o dentro de España, que siempre sea con la cabeza bien alta y el corazón sumamente agradecido por las mercedes bienhechoras de un ministro obstinado en secundar la cruzada contra el Estado del Bienestar. Lejos quedan las fábulas del Estado protector de los derechos sociales del ciudadano. Seamos realistas: eso ya no se lleva. Ahora priman el sacrificio y la abnegación al culto supremo de la austeridad. Todos estamos embarcados en la misma nave. ¿Gratificar al más necesitado con ayudas y amnistías fiscales? ¡Menudo ejemplo para nuestra juventud! ¿Promover el acceso universal a la educación? ¡Si ahora no tenemos ni para pipas! ¿Respaldar la cultura y la educación a fin de asegurar el avenir del país y el de las futuras generaciones? ¡Qué desatino!

Mal nos pese, forzoso es reconocerlo: no estamos precisamente en condiciones de prometer semejantes chifladuras relativas al futuro y el avenir. ¡Ni que la clarividencia del ministro Wert guarde parangón con la de un adivino vaticinando el futuro!

Si la juventud desea garantizase un digno avenir que se deje de tanta protesta y reclamo inútil. Tiempo tendrán más tarde de corromperse a su guisa. Ahora, la responsabilidad del Gobierno y sus portavoces ministeriales recae fundamentalmente en la ingrata tarea de inculcarnos cuanto antes la acerba doctrina pregonada desde la llegada al poder del nuevo ejecutivo: sin sacrificio, no hay futuro.

Y si para ello es menester mermar los recursos destinados a los estudiantes erasmus, amén de privarlos de una enriquecedora estancia en el extranjero, no les quepa duda de que el gobierno no cejará en su labor, encomendada, según afirman, por la voz de las urnas. Todo sea por el bien de España. ¡Y a mucha honra!


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