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Sobre desigualdades de fondo, soberanía y solidaridad

Àngels M. Castells Publicada 27/12/2013 a las 19:37 Actualizada 27/12/2013 a las 19:56    
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En todos los años que di clase de Política Económica no conseguí entender cómo podía desvincularse de manera tajante, metafísica, la redistribución de la renta entre las personas de la distribución interterritorial. Se trata en ambos casos (por lo menos, y dicho de manera llana) de “repartos del pastel” entre grupos de interés y clases sociales, en los que quien parte y reparte se queda con la mayor tajada. Lo cual significa, yendo al caso, que si la política está bajo arresto de la economía, los intereses económicos dominantes dictarán las políticas de la llamada “redistribución”… que naturalmente puede ser muy regresiva. Vean el gráfico de la renta por estratos sociales para los Estados Unidos antes y después de impuestos por un periodo suficientemente largo como para recoger las medidas fiscales de los partidos demócrata y republicano: a pesar de las oscilaciones, la tendencia a largo plazo (marcada por el bipartidismo) indica el crecimiento inclemente de la desigualdad. Y es una muestra patente de la explotación, la expropiación y la corrupción empresarial y política que paga la inmensa mayoría de la población.  

No he encontrado un gráfico similar para España o Cataluña, pero sí sé que éste es el modelo de desigualdad creciente de referencia neoliberal (el mismo que curiosamente rigió durante el franquismo) y el que se obtendría en líneas generales para España, con la excepción de unos cortos periodos en los que la distribución de la renta después de impuestos puede haber conseguido una mayor equidad. Pero no sería el caso ahora y de forma agravada desde 2008. Precisamente por el peso de la desigualdad de las políticas fiscales regresivas del Gobierno central, desde Cataluña (con políticas fiscales del mismo corte) se alimentan desvaríos que han tenido cierto éxito como el de que “España nos roba”. Si se acepta mi enfoque, quienes roban son los grandes empresarios, el capital financiero y los políticos que someten la política (y no sólo la política económica) a sus intereses. Y lamento que la discusión por una porción mayor del pastel entre grupos dominantes implique que una parte importante de la población, movida por sentimientos y afectos totalmente legítimos (y hasta cierto punto compartidos) les siga un juego donde nadie defiende, de verdad, ni sus derechos ni sus necesidades.

Unas pequeñas claves adicionales sobre lo que considero importante. En primer lugar, sobre las fuentes de financiación de las políticas públicas. Como sabemos, el impuesto sobre la renta de las personas físicas (IRPF) no es progresivo, sino que grava en mayor medida las rentas del trabajo de la población asalariada. Por su parte los impuestos indirectos, en especial el IVA, representan un esfuerzo fiscal mayor cuanto más bajo es el salario o pensión de las personas: aunque representan cada vez más una parte muy importante de los ingresos del Estado, proceden en gran medida del consumo de las personas trabajadoras y las capas medias. Un ejemplo bien elocuente, aunque tenga algunos años, fue la exención de pagarlo de una hermana Koplowitz a la otra cuando le vendió el 26% de Fomento de Construcciones y Contratas por valor de 136.000 millones libres de impuestos. Por no hablar (aunque hay que hacerlo) del fraude fiscal que permite que las grandes firmas del IBEX35 y personajes muy conocidos, se llamen Bárcenas o Mas, o Pujol, tengan cuentas en Suiza u otros paraísos fiscales. Un fraude, con amnistías de vergüenza, del que siguen beneficiándose las grandes fortunas y las grandes empresas mientras su no contribución fiscal sirve de coartada para los recortes más sangrientos en dependencia, sanidad, educación, pensiones, etc. Y dejo para el final los impuestos que deberían ser y no son, porque no interesan a los grandes especuladores financieros, como por ejemplo, lo que se conoce como tasa Tobin.

En segundo lugar, cuando se pide con toda justicia -y no sólo desde el soberanismo- que desde Cataluña se pueda disponer de una parte mayor de su esfuerzo fiscal, deberíamos preguntarnos qué políticas se financian y se quieren fomentar. No hay que conformarse con la respuesta de que más dinero “beneficia Cataluña” como si esto significase que sale favorecida por igual la infancia, quienes investigan y se esfuerzan, las personas más necesitadas, las enfermas… o los habituales corruptos. No significa que mayores dotaciones para las inversiones en obra pública o en servicios sociales sea bueno, en igual medida, para toda la población. Por ejemplo, la falta de transparencia en las adjudicaciones públicas significa un trasvase de renta de los “comisionistas” en el poder hacia grandes empresas sobornadoras, no todas, ni mucho menos, ni siquiera con sede en Cataluña!

Por tanto, me parece también un error relacionar el concepto de solidaridad interterritorial con los flujos financieros hacia otras comunidades autónomas porque implica que por más desigualdades, injusticias, bolsas de pobreza que haya dentro del propio territorio, por más explotación, trabajo negro y marginación que podamos descubrir, si hay déficit en el saldo financiero hacia el resto del Estado ya somos una nación solidaria. ¡Qué fácil se contentan y tranquilizan algunas conciencias! Y sin embargo, hemos fallado en lo esencial: no hemos convertido la solidaridad en un derecho de ciudadanía superando el primitivo estadio de la caridad, no hemos asumido como colectivo el ejercicio social responsable de asegurar a todo el mundo que pueda vivir dignamente, ni mucho menos el compromiso de crear empleo estable y de calidad asegurando los mejores servicios para todos, extendiendo los derechos económicos sociales y políticos a la población inmigrada y acabar con la marginación… Ni somos capaces tampoco de asegurar a la juventud la educación que merece, una vivienda digna, un trabajo estable, un horizonte de vida en el que puedan desarrollarse según sus capacidades y aportar a la sociedad no sólo su trabajo y su esfuerzo, sino también su ilusión, sus sueños, su alegría de vivir y su capacidad de rebelarse.

Tercer punto (o error) sobre “España nos roba”: Cuando se habla de que “Cataluña es solidaria” porque da más dinero del que recibe, habría que analizar también la calidad de lo que se financia con esta solidaridad. Malo es que se fomente la cultura de la subvención en zonas deprimidas para que siguiera vigente en muchos casos la España del siglo XIX. Los fondos “solidarios” financiaron la limpieza del recinto de Doñana para evitar reclamaciones a la multinacional sueca responsable en su momento de los vertidos tóxicos y la duquesa de Alba recibe muchísimo más en subvenciones que las escuelas con ordenadores y ya con pocos maestros. Con migajas de las transferencia se quieren dormir las conciencias del campesinado andaluz y extremeño para que el SAT y sus ocupaciones sean sólo una anécdota y no se reivindique ninguna Reforma Agraria. Estas transferencias dominadas por facciones de las distintas capas dominantes contribuyen a mantener una España de varias velocidades y la mentira de que se hace política regional cuando las actuaciones sobre el territorio benefician a unos cuantos incrementándose el porcentaje de población por debajo de la renta media. Un ejemplo sobre ruedas: el AVE y sus trazados. Y mientras se edificaban obras faraónicas, se alimentaba un populismo de desagradables consecuencias dirigido a los instintos más irracionales , a la confrontación por cuestiones de vecindad , a la burla de la diferencia, potenciando un cantonalismo que da votos mientras se aleja incluso de los mínimos culturales exigibles y se acerca más y más a la intolerancia.

En el cuarto punto entran las privatizaciones: ¿Cómo se puede hablar con tanta suficiencia de solidaridad o insolidaridad entre los habitantes de las diferentes comunidades autónomas cuando lo que han hecho los dos últimos gobiernos- tanto el del PSOE como el del PP, y especialmente este con la creación del “capitalismo de compañeros de pupitre” – ha sido convertir la propiedad pública, es decir, de todos – en empresas rentables propiedad de unos cuantos? Este es también un atentado real a la soberanía de los pueblos, porque aunque según los libros de economía privatizar no es robar, muchas privatizaciones, concesiones, externalizaciones, etc., merecían pasar por el Juzgado de Guardia.

Y el quinto punto de reflexión debería dedicarse forzosamente a los municipios, que siguen siendo invitados de piedra mientras las Diputaciones, tan poco transparentes, permanecen incólumes a los recortes… pero por hoy lo dejo aquí. Si el enfoque interesa y ayuda a ver más claro porque muchas personas en Catalunya nos sentimos más próximas a los jornaleros andaluces, a los mineros de León, a la maltratada gente trabajadora de toda la península que a la familia Pujol o a las 399 restantes que quieren utilizar en su provecho los derechos y los sentimientos de la población de Cataluña, podemos seguir. Porque para cambiar las cosas y conseguir un mundo mejor, tenemos que dejar de mirar el dedo para descubrir dónde señala.


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