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Kathie y el hipopótamo. Ana y la elegancia

Mayte Mejía Publicada 05/02/2014 a las 19:34 Actualizada 05/02/2014 a las 19:46    
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Somos lo que actuamos y lo que sentimos, pero también lo que soñamos. La ficción es un ingrediente esencial de nuestra existencia. Nadie está contento siendo solo lo que es.
Magüi Mira.



El 22 de diciembre de 2013 hacía bastante frío en Madrid. Sin embargo, el calor y la emoción de lo que viviría en breve me colonizó por dentro. Tanto que apenas reparé en que los últimos flecos del atardecer iban desapareciendo al otro lado de las montañas, para dar paso a una lenta descarga que empedraba los adoquines de escarcha. Veinte minutos antes de las siete de la tarde, ya me encontraba en la plaza de Legazpi. Tenía una cita importantísima con Kathie y el hipopótamo, la obra de teatro de Mario Vargas Llosa que, hasta el 2 de febrero, se representa en Naves del Español. Dirigida por Magüi Mira, con muy buen gusto, sentido del humor, chorro de inteligencia y mucha depuración escénica, cuenta con un reparto de lujo: Ana Belén, Ginés García Millán, Eva Rufo, Jorge Basanta y David San José, al piano.  

La zona de acceso al interior de El Matadero me resultó demasiado solitaria. No sé muy bien si debido a las inclemencias del tiempo, a las dificultades económicas que atraviesan cada vez más personas para sufragar sus necesidades culturales y de ocio, o por la sencilla razón de ser unas instalaciones que están algo alejadas del centro urbano, pero la primera impresión que da es la de ser un conjunto de pabellones abandonados. Quince minutos antes de dar comienzo el espectáculo, abrieron la puerta de acceso a una galería ancha y compartimentada a la izquierda. Avanzamos unos metros y una acomodadora nos condujo por un pasillo estrecho, encajado entre paredes negras, que desemboca en la Sala 2, donde otra segunda nos acompañó hasta nuestros asientos. El aforo cuenta con algo más de cien butacas situadas entre gradas y sin escenario, lo que da a las primeras filas una cercanía irrepetible en otros coliseos.  

Ladies and gentlemen: welcome. In a few moments the show will begin. We remind you that taking photos or video is not allowed… Lo bien que suenan estas cosas en inglés y que por mi desconocimiento no me entere de nada... ¡Hay que ver!, –pensé–. Faltaban tres minutos para que Kathie Kennety, una dama de la alta sociedad limeña, pelín frustrada, y Santiago Zavala –que en realidad soñaba con ser Víctor Hugo–, profesor universitario contratado a sueldo dos horas diarias por ella para escribir las aventuras de los viajes de ésta por Asia y África, nos invitaran a participar en el juego de las verdades y de las mentiras, de la vida real y de la inventada, de lo aburrido del día a día, de las diversas caras del enamoramiento, y de la marca de pesar que deja en nosotros descubrir que quizá hemos elegido a la persona equivocada y lo bien que nos habría ido con otra. Pero lo que yo no podía imaginar era que encontraría un texto absolutamente rico, difícil de decir para los actores por el continuo desdoblamiento de personajes, y fácil de llegar al espectador que enseguida se mete en la trama. Una pieza literaria de la que aprendería la capacidad que tiene el autor para modificar una idea original. Es decir, la diferencia que hay entre lo que le cuentan respecto del resultado final donde éste introduce puntadas de ficción que adornan la historia.  

En escena hay un piano, unos maniquís, colocados de tal forma que le sirven a Ana para cambiarse de ropa detrás de ellos, un escritorio, un diván, una silla, una maleta, botellas, un vaso de agua, una máquina de escribir antigua, un magnetófono y los cuadernos y hojas sueltas donde Santiago y Kathie repasan sus notas para el libro. Sin embargo, lo que le da un punto atractivo a todo el montaje es la posición de las luces: abuhardilladas de tal manera que, al reflejarse en el suelo, la sensación es la de estar metidos en el desván donde transcurre la historia. Cuando la oscuridad acomodó al silencio, roto tan sólo por los pasos de los actores entrando en la pista, una luz blanca muy potente enfocó a Ana Belén, sentada encima del piano de cola, interpretando Sous le ciel de Paris, con esa sensualidad innata en ella. La última nota del piano, en manos de David San José, de esta bellísima pieza dio la réplica a un Ginés García Millán que, camaleónico, adoptó con muchísimas tablas la piel de escritor, la de amante, la de perfumista, la de marido flojo sexualmente, la de ser quien no era... En definitiva, la mezcla de Santiago Zavala con Mark Griffin. Ana, que, además de ser Kathie Kennety, también es Adèle, la novia de Víctor Hugo, y la estudiante jovial y coqueta que vuelve loco al profesor, pone de manifiesto todos los registros de una actriz espectacular en plena madurez. Eva Rufo y Jorge Basanta, a los que no conocía, crecen en el transcurso de la obra, mostrando unas dotes interpretativas extraordinarias. Él es Johnny Darling, marido de Kathie y banquero que ejerce de surfista – ¡vaya equilibrio el de Jorge a lomos del diván!–. Ella es Ana, esposa de Griffin y tal vez de Zavala, una mujer que permanece al lado del hombre que ya no la quiere y soporta sus infidelidades. Ambos después serán los hijos de Johnny y Kathie. Un embrollo de personajes perfectamente conectados. Por último, es de justicia destacar, desde mi humilde opinión, la sensibilidad y graciosa complicidad que David San José aporta a la función, enriquecedoras para la obra y para el público que lo percibe.  

Admiro a Ana Belén en todas y cada una de las cosas que hace. No es la primera vez que escribo sobre ella, o que reseño algo que la concierne. La sigo de muchos años atrás; yo diría que desde que tuve capacidad para distinguir lo que me gustaba de lo que no. A lo largo de los años se ha convertido para mí en alguien a quien tengo un especial cariño. Así que, oírla cantar La vie en rose y Ne me quitte pas es de esas cosas que te regala la vida de forma privilegiada. Ese 22 de diciembre del que hablo y por un off the record que ocurrió en la sala, vimos la parte más humana, generosa y cercana de Ana Belén.  

La hora y cuarenta minutos aproximados que dura la función se hacen muy cortos. Kathie Kennety baila Jattendrai, primero con Johnny Darling y después con Santiago Zavala, ¿o era con Mark Griffin?... ¡Ay, ya me he liado! El final, de quitarse el sombrero, lo ponen Ginés y Ana cantando a dúo Les feuilles mortes. Estoy segura de que en ese preciso momento vi sentados, en la fila VIP, a Jacquel Brel y Edith Piaf, disfrutando.  

A la salida espero a Ana para saludarla. Viene a darme un beso, me coge de la mano, comentamos cuatro cosas, nos deseamos felices fiestas, y salgo de allí con la seguridad de haber crecido, como persona y como escritora, y de llevarme un manojo de las palabras de Vargas Llosa por dentro del abrigo, y el calor de Ana Belén metido en el corazón. En la calle, aparte de las dos personas que han venido conmigo a ver la obra, casi no hay nadie. Sigo dando vueltas a los personajes, a la música, a los actores y a la posibilidad de cruzarme con Víctor Hugo y tomarnos unas copas en cualquier bar de las afueras. Ya es noche cerrada y, mientras aguardo a que venga el autobús, no consigo salirme de escena. Me veo tumbada en el diván, con el cuaderno y el pitillo en la misma mano, mirando al techo, o tal vez atrapando la punta de una idea para que no se escape. Esbozo una sonrisa, suelto el humo de la calada que acabo de dar, me incorporo, camino unos pocos centímetros y, sentada al lado del pianista, le susurro bajito al oído: ¡Tócala otra vez, David!


(Nota: Gracias a Javi por la construcción de la frase en inglés).


Mayte Mejía es socia de infoLibre




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