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¿Qué Europa queremos construir?

Alberto Villa Molina Publicada 05/02/2014 a las 19:05 Actualizada 12/02/2014 a las 20:30    
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Por una Europa del Bienestar
Durante la segunda mitad del Siglo XX, Europa se caracterizó por ser el principal espacio del bienestar en el mundo gracias a que los estados democráticos que surgieron tras la II Guerra Mundial se empeñaron en garantizar a sus ciudadanos servicios y derechos sociales. Sin embargo, estos estados del bienestar fueron muy desiguales, muy desarrollados en los países nórdicos, mientras que bastante deficitarios en el sur, por lo que en España nunca llegamos a un nivel suficiente. Con la llegada de la contrarrevolución conservadora llamada “neoliberalismo” todos los avances en asistencia social y sanitaria pública se pusieron en cuestión. Se inició un proceso privatizador de todos los servicios públicos y una limitación en el acceso universal y gratuito a estos servicios. Esta ideología se ha valido de la crisis económica como excusa para conseguir algo que venía décadas reclamando y no es más que el fin del estado del bienestar y su sustitución por un estado capitalista puro, donde cualquier servicio o prestación que alguien requiera sea suministrado por los mercados en vez de por el Estado. Aún estamos a tiempo de dar la vuelta a este proceso y apostar por una Europa del bienestar, donde la sanidad, la educación, las pensiones y la ayuda a la dependencia sean derechos garantizados para cualquier ciudadano. La Unión Europea debe establecer un marco de prestaciones básicas, para que los estados estén obligados a garantizar su prestación de forma universal, gratuita y pública. Los jóvenes europeos, sobre todo los del sur, nos enfrentamos a la dura realidad del desempleo. Una gran parte de mi generación se ve empujada a la emigración para poder encontrar cualquier trabajo. Veo con mucha tristeza como se desaprovecha el talento de jóvenes, en los que se ha invertido recursos para su educación, que siendo ingenieros o teniendo varias licenciaturas tienen que irse fuera para poder trabajar, y encima, muchas veces en algo no relacionado a sus estudios. Incluso desde un punto de vista egoísta es un escándalo el despilfarro de recursos públicos formando a gente que luego no van a poder poner en práctica esos conocimientos aquí.

La UE no puede actuar con tiritas ante este drama. Se hacen necesarios programas de desarrollo industrial, con fuerte inversión en I+D+i y que vayan vinculados a las Universidades y centros de formación para poder aprovechar el talento generado. Europa no puede competir con China o India en costes laborales (como parece que pretende el Gobierno español), sino que debe hacerlo mediante la innovación y la formación. Además, los europeos debemos ser conscientes de que si queremos que haya pleno empleo y a la vez, poder conciliar el horario laboral con el personal/familiar, tenemos que plantear una reducción de la jornada laboral que permita ambas cosas. Y en relación a esta redistribución del trabajo, también son inviable los actuales desequilibrios salariales en muchas empresas. Me parecería muy razonable que desde la UE se impusiera un ratio máximo de 12-1, es decir, que un trabajador no pueda cobrar en un mes más que otro trabajador de esa misma empresa en un año. Creo que desde el Parlamento Europeo se debe impulsar la llamada renta básica europea, que sustituya a las diferentes modalidades de subsidio. Esta renta básica simplificaría el maremágnum de subsidios, que imponen numerosos requisitos y cuyo coste de gestión es mayor. La renta básica europea garantizaría un importe mínimo (adaptado al nivel de precios de cada Estado) que todo ciudadano europeo tendría asegurado para subsistir, por lo que sería la mejor herramienta para luchar contra la pobreza y la desigualdad.

Por una Europa Democrática  

La crisis que vive Europa no es sólo una crisis económica, fundamentalmente es una crisis política derivada de su falta de legitimación democrática. También la mayoría de los estados miembro sufren sus propias crisis políticas, pero en esta ocasión me voy a centrar en la Unión Europea. La UE fue creada a partir de la cesión de soberanía de los Estados, pero este proceso, a lo largo de décadas, siempre ha estado dirigido por los Gobiernos de los estados. Este hecho es fundamental para entender por qué los ciudadanos europeos, a través de sus representantes en el Parlamento Europeo, siempre han estado en un segundo nivel de decisión. Debe ser el pueblo el que lidere la salida a esta crisis política y la mejor forma sería un proceso constituyente de la UE en el que sea la ciudadanía europea la que decida el marco de funcionamiento y los principios por los que se deban regir las instituciones europeas. Este proceso constituyente daría lugar a una democracia más participativa. Gracias a las nuevas tecnologías, ya es posible que los ciudadanos se pronuncien a menudo sobre asuntos relevantes que les afecten. No se trata de sustituir la democracia representativa, pero tampoco se puede limitar la democracia a votar cada cuatro (o cinco) años. Tengo claro que no cualquier tema puede someterse a referéndum, por ejemplo, no se pueden restringir derechos humanos o de minorías porque una mayoría así lo quiera. Pero mediante una mayor formación democrática debemos ser capaces de decidir de forma directa cada vez más temas que nos afecten. Las nuevas tecnologías, que permiten una mayor democracia participativa, también deberían ser utilizadas desde la UE (y desde cualquier Administración Pública) para ser más transparentes en su toma de decisiones. Ante los numerosos casos de corrupción que vemos a diario, la transparencia es el mejor arma para evitar que los gestores públicos tomen decisiones arbitrarias para enriquecer a amigos o a ellos mismos. El acceso a esta información no es sólo un derecho de los periodistas, es un derecho de los ciudadanos y no valen “Leyes de transparencia” como la española, que no garantizan este derecho. Para que Europa sea de verdad un referente democrático, debe ser un referente en la defensa de los derechos humanos (DDHH) dentro y fuera de sus fronteras.

A nivel interior, el Parlamento Europeo debe ser proactivo en el logro de la igualdad real para la mujer, luchando contra la violencia machista y fomentando la igualdad salarial. También igualdad real para la población LGTB (Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales), no sólo a través del matrimonio igualitario, sino favoreciendo programas de lucha contra la discriminación homófoba. La UE debe garantizar los derechos de los refugiados, pero también del resto de inmigrantes que llegan a nuestros Estados huyendo del hambre. En el exterior, la UE, como potencia económica, tiene un gran peso. Se debe utilizar ese poder para exigir respeto a los DDHH en cualquier lugar del planeta, sea socio o no. Un buen paso sería incluir una cláusula en la firma de cualquier tratado comercial en el que se exijan garantías del respeto de los DDHH en ese Estado. No podemos seguir con la hipocresía de mantener relaciones comerciales con países como Arabia Saudí, que reprimen duramente a mujeres y homosexuales, y cuyos beneficios comerciales son apropiados únicamente por una pequeña élite. Si queremos más democracia, el único camino es apostar por más Europa, porque ante el poder económico de grandes multinacionales, sólo podemos enfrentarnos democráticamente desde instituciones supranacionales como la UE. Está en nuestras manos decidir si queremos que la Unión Europea sea simplemente un mercado común o se convierta en un agente mundial al servicio de la Democracia y los Derechos Humanos.

Por una Europa Sostenible 
Tras décadas de crecimiento económico considerable, con alguna crisis pasajera, Europa lleva más de cinco años inmersa en una profunda crisis económica. En España y otros Estados del sur el modelo de desarrollo basado en el ladrillazo ha fracasado y ha llevado al desempleo a millones de personas. Otros estados, que mantuvieron un modelo económico más equilibrado, con industria avanzada y fuerte inversión en I+D, están afrontando mucho mejor la crisis, sólo afectados por el descenso del consumo de sus vecinos “pobres”. Ante este panorama, debemos aprender la lección (no crear más burbujas) e impulsar un cambio profundo en nuestro modelo económico hacia uno más sostenible desde el punto de vista económico y ecológico. Europa no debe competir con Asia rebajando el coste de su mano de obra, la solución debe venir por la formación, la inversión en ciencia e I+D+i, que permitan obtener productos con un mayor valor añadido a partir de una menor cantidad de recursos limitados. Este cambio en el modelo económico no sólo nos blindará ante futuras crisis, sino que además, creará empleos de mayor cualificación, que suelen ser menos precarios. Europa, como una de las regiones más desarrolladas del planeta, debe liderar la lucha contra el cambio climático. Es probablemente el reto más importante al que se debe enfrentar la humanidad en su conjunto, ya que sus efectos agravan los grandes problemas que ya existen en todo el planeta (hambrunas, catástrofes naturales…). La UE debe ser mucho más ambiciosa en sus planes de reducción de emisiones de CO2 y realizar una verdadera ofensiva diplomática para conseguir que el resto de potencias mundiales se comprometan de verdad con esta lucha. La lucha contra el cambio climático y la dependencia energética exterior hacen que la apuesta por la eficiencia energética y las energías renovables deba ser el único camino a seguir por la UE en materia de energía. A los beneficios para el clima y para la balanza comercial hay que sumar el alto potencial de creación de empleo que tienen estas empresas y la reducción del coste energético que supondrá en el largo plazo, aumentando la competitividad de nuestra economía.

En definitiva, los europeos debemos ser conscientes de que la prosperidad económica debe ir unida, de forma indisoluble, con un desarrollo sostenible que permita garantizar esa prosperidad a las generaciones futuras. Cualquier desequilibrio que generemos mediante burbujas especulativas, nos terminará saliendo muy caro, más pronto que tarde, como sabemos muy bien los españoles. No nos resignemos a “salir de la recesión” repitiendo errores pasados y aprovechemos esta crisis para un cambio en nuestro modelo económico, productivo y energético que nos lleve a una Europa más sostenible.

Por una Europa Solidaria  
Si queremos construir un espacio europeo de convivencia, es imprescindible la existencia de la solidaridad entre Estados para fomentar el desarrollo de los más empobrecidos. La mejor forma de gestionar esta solidaridad sería mediante una fiscalidad europea, que fuese realmente progresiva y sirviese para producir una redistribución de la riqueza en Europa. Es lógico que los países del norte sean reticentes a sostener el desarrollo del sur, pero deben ser conscientes de que los graves y crecientes desequilibrios entre las economías europeas no les beneficia en absoluto. Sólo con unos vecinos prósperos podrán seguir manteniendo su nivel de desarrollo. Este mismo argumento sirve para defender la solidaridad fuera de las fronteras europeas. No podemos permitir que el Mediterráneo separe dos mundos tan desiguales. Algunos ven como una amenaza la presión migratoria en esta zona y pretenden atajarla con medidas represivas, en vez de ir al origen del problema. La UE debe comprometerse seriamente con el cumplimiento de los Compromisos del Milenio e ir mucho más allá, invirtiendo más fondos en ayuda a la cooperación y el desarrollo y desplegando una diplomacia que tenga como primeros objetivos la paz y la erradicación del hambre. Pero además de atacar los problemas desde su raíz, Europa debe hacer una gestión solidaria del fenómeno de la inmigración.

No se puede consentir que los Estados frontera luchen contra los inmigrantes como si fueran enemigos o criminales, pero tampoco se puede dejar a estos Estados toda la responsabilidad de asumir la presión migratoria.
La inmigración, si se gestiona bien, es muy beneficiosa para el desarrollo económico de Europa, que sufre un intenso envejecimiento de su población. Pero es necesario que todos los Estados se comprometan a colaborar, asumiendo una distribución equitativa de la inmigración en todo el continente mediante su libre circulación. También nuestro sistema financiero necesita un cambio radical basado en la solidaridad. Es incomprensible que el Tratado del Banco Central Europeo no permita prestar dinero a los Estados y en cambio, preste a bajos intereses a la banca privada para que ésta especule con la deuda pública de algunos Estados. Debemos exigir un cambio de esta norma para que el BCE pueda financiar a los Estados y así podamos reducir el gasto público dedicado al pago de intereses. Además, se deben cambiar los objetivos del BCE (actualmente el único es mantener la inflación de los precios) para que sus políticas busquen el mayor bienestar de la ciudadanía europea. Por otro lado, no hay nada más insolidario que la evasión fiscal, por lo que la UE debe imponerse como una de sus prioridades la lucha contra los paraísos fiscales, prohibiendo que empresas europeas operen en estos países para evadir impuestos. España por sí sola no podrá hacer nada, pero la UE sí que tiene poder suficiente para acabar con estas prácticas. Frente a las políticas de competitividad y rivalidad (sálvese quien pueda) yo apuesto por las políticas de colaboración y cooperación para afrontar juntos los grandes problemas a los que nos afrontamos. La solidaridad es un valor que debe impregnar todas las políticas de la UE dentro y fuera de nuestro territorio porque, además, es indispensable para formar una Europa del bienestar, democrática y sostenible.

Alberto Villa Molina es socio de infoLibre









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