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À quoi servent les politiciens ?


Héctor Delgado Fernández Publicada 26/03/2014 a las 20:30 Actualizada 26/03/2014 a las 20:31    
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El auditorio calló al punto y, el eco lejano de la interrogación continuó sobrevolando la sala Dussane de la École Normale Supérieure, hasta posarse en los oídos del incrédulo conferenciante: “¿Para qué sirven los políticos?”. Un silencio abrupto, quebrado por tosecillas ahogadas y resuellos expectantes, colmaba paulatinamente la estupefacción inicial del interpelado que, llevándose la diestra al mentón, se repitió a sí mismo la demanda envolviéndola en un tono dubitativo que no señalaba sino un momento de transición: ¿para qué sirven los políticos?

Cuestión harto complicada y no menos comprometedora, que el orador trató de esquivar requiriendo la colaboración de su interlocutor:

- Le ruego que sea usted más explícito. ¿A qué se refiere exactamente?

Ojos ávidos y miradas curiosas se revolvieron al unísono hacia el fondo de la sala, desde donde la voz melosa de un joven hundido en su butacón restalló prístina y diáfana:

- Usted encomia la labor del gabinete Hollande a la hora de atajar los problemas derivados de la crisis financiera europea. Sin embargo, no ha explicado en qué consisten esos supuestos esfuerzos y, más importante aún, no ha definido la función social que desempeñan los políticos en los albores del siglo XXI. Un médico preserva la salud y combate la enfermedad, un juez imparte justicia, un agricultor nos alimenta y así sucesivamente porque cada oficio conlleva una función indispensable para los menesteres de la vida en común. Sin embargo, y como el que no quiere la cosa, durante su exposición, me ha asaltado la cuestión relativa a la función desempeñada por los políticos en nuestra sociedad.

El joven iba explicando todo con vocecita resbaladiza y blanda, y a veces había de pararse para ir retomando el aliento.

- En fin, y para no alargarme demasiado, le reformulo la pregunta en los siguientes términos: ¿Cuál es la función propia del político?

Acodándose sobre la tabla, una sonrisa rebalsó en los labios del conferenciante:

- Si se refiere usted a la función, la respuesta no deja lugar para la duda: el político legisla, proponiendo, elaborando y codificando leyes concebidas para regir el ente social.

La sonrisa aflorando en las comisuras de sus labios, adquiriría un sesgo de triunfalismo que se fue progresivamente cuajando en una mueca de satisfacción burilando su semblante:

- Y nadie me negará la importancia capital de semejante cometido.

Sus pupilas rodaron entonces por entre los escuchantes, deteniéndose, francas e hirsutas, sobre el menudo interlocutor que, allende la explicación, las acogería con otra réplica:

- Tiene usted toda la razón; mas ello en nada disminuye el alcance de mi pregunta. Esa es, sin ningún menoscabo de duda, la función ideal que corresponde al desempeño de la labor asignada a los políticos. Sin embargo, la realidad dista mucho de ser ideal y, a menudo, se evidencia que una ley o un paquete de leyes no son precisamente el correlato más apropiado para mejorar el funcionamiento de una sociedad o para poner fin a un determinado conflicto o tensión social. Dicho de otro modo, en no pocas ocasiones, las leyes resultan sumamente injustas, siendo éstas el fruto de intereses partidistas o decisiones inopinadas, tanto más alejadas de las necesidades imperantes de la ciudadanía cuanto que en absoluto responden a la opinión de la mayoría. Como ejemplo, volvamos la vista a España: envuelta en la polémica de una ley del aborto que, francamente, a sabiendas de las enormes dificultades económicas del país y ponderada en su justa medida, para nada responde a una necesidad acuciante de la mayoría de los españoles, sumidos en la miseria diaria de la dictadura bancaria y un gobierno sin foja de ruta, incapaz de relanzar el empleo y carcomido por continuos escándalos de corrupción. Un observador imparcial colegiría que en España hace falta crear puestos de trabajo y no leyes a la medida de idearios políticos conchabados con los intereses de la Iglesia Católica.

Los ojos satisfechos del conferenciante fueron demudándose en los pliegues doblados de un ceño fruncido con surcos tan hondos como numerosos:

- Va usted demasiado lejos si presupone que todo político orienta su labor movido por meros intereses partidistas ajenos a las necesidades inmediatas de la ciudadanía.

Tras la intervención, los pliegues y dobladillos descansaron más tranquilos, pero la mirada aún rezumaba la inquietud de quien se sabe frente a un púgil obstinado, que no tardó demasiado en tomar el relevo:

- Eso se podría rebatir si nos detuviésemos un instante para reflexionar sobre el papel que ejercen esos entes mostrencos llamados “partidos” y sus vástagos, a escala reducida, denominados “juventudes del partido” en la toma de decisiones políticas. Entrambas instituciones desempeñan un rol crucial en la constitución mental e ideológica de quienes han sido encomendados para gobernarnos. Habida cuenta de que para alcanzar la cumbre o los puestos de mayor influencia dentro del partido es necesario amoldarse a las directrices de sus respectivos entes, de ahí se desprende fácilmente que todos ellos comunican en una más amplia comunidad arropada bajo el palio de una ideología común, cuyo principal cometido radica en homogeneizar idearios y reducir el pensamiento a una mera aplicación automatizada e interiorizada de las directrices del partido. Algo así como meros autómatas repitiendo hasta la saciedad el inventario ideológico de sus respectivos partidos porque, ya se sabe: quien no siga la línea trazada corre el riesgo de ser expulsado o de quedarse al margen de los focos de poder. Es por ello que me resulta muy difícil creer que una habitud de pensamiento tan arraigada en la vida de esos individuos, productos refinados del Partido, convenga a la tarea de gobernar una sociedad cuyo objetivo se sitúa en el equilibrio y el aprovechamiento óptimo de los recursos económicos. Por ende, dudo que estos individuos sean los más adecuados para gobernarnos.

La voz aflautada del joven calló de nuevo, cediendo el testigo al conferenciante que, cada vez más conturbado, halló un momento de refrigerio en un sorbo de agua que avaló lentamente mientras recobraba el aplomo y preparaba la respuesta.

- Acepto sus reticencias. Pese ello, insisto en lo siguiente: más allá de los evidentes condicionamientos, tengo para mí que, quienes han sido elegidos por su partido, han llegado hasta ahí por alguna clase de méritos propios y, en consecuencia, algún valor per se tendrán.

El orador pronunció el latinajo imitando el paladeo goloso de un dulce predilecto. Mas, casi sin tiempo para holgar en el regusto del vocablo, la réplica del joven empedernido no se hizo esperar, aguándole ese momento de sumo regocijo.

- De eso también cabría dudar.

El delicioso manjar trocóse entonces en un mohín ambiguo, y las lumbrecillas socarronas de sus ojos fueron extinguiéndose al modo de trémulas pavesas consumidas por la verba prolija del lanzado interlocutor:

- Bastaría con analizar detenidamente la formación y competencias intelectuales de cada uno de los miembros de un gobierno. El que fuese: eso no importa. Sea en Francia, Italia o España. ¿Han sido seleccionados tras pasar un largo y duro sistema de oposiciones? ¿Quién o qué nos garantiza de sus competencias para llevar a buen puerto las labores encomendadas? ¿La designación para un puesto de tan alta responsabilidad deriva directamente de sus méritos propios o cabría, más bien, pensar en términos de clientelismo, relaciones personales o sinecuras? Podría traer a colación algunos ejemplos, pero preferiría no entrar en detalles.

Víctima de la incertidumbre la mirada del conferenciante vagaba en derredor como buscando el socorro de un auditorio cada vez más hundido en el silencio.

- Me deja usted perplejo con sus insinuaciones. Aunque no creo que todo sea tan negro como lo pinta.

La negrura siempre admite una gradación de tonalidades, y el cotejo propició al joven un cartucho suplementario para detonarlo al momento:

- Si a usted no le parece tan negro, en cambio a mí me parece negrísimo. Y más aún cuando hace unos días salieron a la luz las conversaciones privadas de Sarkozy con su ninfa italiana. Como usted sabrá, el expresidente, ejemplo sin par de Francia, se jactaba de haber sido un vividor y de poseer no sé cuántas residencias durante su etapa de máximo mandatario. Con ese porvenir y expectativas de burdo vivales, ya me dirá usted cómo hace para que el porvenir no le resulte tan negro. No le niego que desde la revelación de esas conversaciones me asalta reiteradamente la misma pregunta: ¿para qué sirven los políticos?

La mención de Sarkozy desató un murmullo de voces, y sin atender a la respuesta del conferenciante la sala quedó sumida en la penumbra de un repentino apagón que acabó con la esperanzas de quienes esperaban una última dilucidación capaz de apacentar las inquietudes de aquel joven que, como el resto de los asistentes, abandonó ordenadamente el local mientras, tal vez en su cabeza, aún rumiaban los retintines de una demanda, a todas luces, insoluble: ¿para qué sirven los políticos? El resto fue todo silencio y una vuelta a casa meditabunda.

Héctor Delgado Fernández es socio de infoLibre







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