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Suárez y el alzhéimer español

Fernando Pérez Martínez Publicada 26/03/2014 a las 20:15 Actualizada 26/03/2014 a las 20:16    
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Ha muerto Adolfo Suárez, un político español, el primer presidente de gobierno democrático español desde la dictadura de Franco; el encargado por Juan Carlos I de dar los primeros pasos en el postfranquismo bajo la tutela de Torcuato y los militares herederos de la victoria golpista. Un hombre ecléctico y que “decepcionó a todos” o a casi todos. A los franquistas de camisa azul mahón, a los opusdeístas y a los de Fraga, que pretendían dar la mano de pintura imprescindible al Movimiento para recibir el visto bueno de la derecha democrática europea, mantener el chiringuito y ser aceptados en la entonces Comunidad Económica Europea, chiringuito en el que la mayoría de españoles se declaraban prudentemente apolíticos.

Decepcionó a la izquierda de la época, que esperaba “un cambio en la forma para que nada cambiase”, no en vano era Suárez el secretario general del Movimiento Nacional de la época. Decepcionó al rey que se vio sin quererlo metido en un proceso constituyente enfrentado al sector más inmovilista del ejército cuartelero de entonces y con un proyecto de ley de partidos que abría el hemiciclo parlamentario a toda la izquierda del arco. El Partido Socialista y el Partido Comunista no estaban necesariamente en el guión de los primeros pasos a dar en la “apertura del régimen”. Y nos decepcionó a la mayoría de españoles que esperábamos de él un simulacro descafeinado de democracia occidental y no nos cortábamos en afirmarlo así por activa y por pasiva.

Primero fue presidente de gobierno por gracia real. Después lo fue por elección democrática en las urnas, dos veces. La segunda legislatura se le sublevó la clase política de centro y derecha, la izquierda jamás le creyó. El antecedente del PP actual y todos sus integrantes unánimes le vituperaron como traidor y le acusaron de ir demasiado lejos, alineándose comprensivamente con el ejército de cantina que entonces había que pagaba, entre muestras de histeria e indisciplina flagrantes, su tributo de sangre con frecuentes asesinatos de la ETA que dicho sea de paso encontraba cierta vengativa comprensión en las reprimidas masas populares de la época.

Increpado, insultado, linchado públicamente por sus compañeros de partido de centro, cristianos, liberales, socialcristianos, socialdemócratas y otros híbridos de la fauna política de aquellos tiempos, también perdió ostensiblemente el favor real que temía ser desautorizado por la derecha de Fraga, la facción católica del Vaticano, los liberales, etc. Mientras que Suárez seguía siendo un bulto sospechoso para las izquierdas de los años setenta españolas, socialdemocracia alemana incluida.

Fue objeto de un Golpe de Estado chapucero muñido por previos conciliábulos en los que al parecer no faltaba nadie del arco parlamentario ni de la Casa Real, que pretendía un gobierno de concentración nacional tutelado por el ejército para evitar que el “separatismo” de las autonomías y la proliferación de partidos izquierdistas se llevase el “invento” más allá del control de sus promotores.

Vilipendiado en la prensa por sus antaño patrocinadores, desautorizado públicamente por su principal valedor, quedó a merced del aliento de los cuartos de banderas del sector más autoritario y pro golpista de la sociedad civil y militar. Su comportamiento gallardo y comprometido con las ideas que profesaba el 23-F terminó de decepcionar a los españoles. No era el títere que la izquierda sospechaba. Tampoco era la marioneta de una Corona de la derecha. Se comportó como un republicano de centro izquierda visto con la perspectiva del tiempo y la mayoría no lo supimos ver o creer. El alzhéimer de los españoles hace que hoy los medios de comunicación nos abrumen con panegíricos de “gran estadista” y de “timonel de la Transición” entonado por sus antiguos detractores que aducen amistad, colaboración y otras zarandajas cuando en la hemeroteca consta la despiadada oposición, la descalificación y el insulto.

Pasemos este trago de nuestra mezquindad española, con las salvedades de rigor, capaz de no reconocer sus errores amparándose en el alzhéimer característico del inculto pueblo español. El hecho es que Adolfo Suárez se vio obligado a dimitir y perdió abrumadoramente las últimas elecciones a las que concurrió, abandonado por todos o casi todos y relegado en la soledad de una cruel enfermedad a ser, ahora sí, querido y ensalzado por sus antiguos verdugos políticos. Qué cosa tan española. Descanse en paz, Adolfo Suárez González, político español valiente y coherente con sus ideas, incomprendido por la España que le tocó vivir y a la que consiguió sacar del franquismo sin derramamiento masivo de sangre como es tradición.


Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre





3 Comentarios
  • 3 Carlos Urrestarazu 27/03/14 17:02

    Amén, amigo

    Responder

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  • 2 Dantés 27/03/14 10:32

    Muy bueno. 

    Responder

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  • 1 Alfar 27/03/14 09:45

    Totalmente de acuerdo con Fernando. Todos los homenajes que se le den son pocos aunque tardíos, y todas esas declaraciones post mortem, verdaderamente, a mí me poducen eso que llaman vergüenza ajena. Lo que me gustaría saber, es lo que sienten sus hijos, pero en la intimidad, lejos de la parafernalía de actos institucionales y de abrazos de tantos hipócritas.

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