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La ruta trazada de cada uno

Mayte Mejía Publicada 09/04/2014 a las 17:08 Actualizada 09/04/2014 a las 18:09    
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En la vida hay dos clases de viajeros: los que miran el mapa para trazar
una ruta y los que sencillamente se miran al espejo. Los que miran el
mapa son los que se van, los que se miran al espejo son los que regresan.
Tassos Boulmetis

A la Dra. Marta Fuentes Alonso. Neumóloga.


A la vuelta del trabajo, antes de llegar a casa, Olivia tenía la costumbre de hacer un alto en la pastelería del barrio para comprarse un dulce relleno de crema. Pero aquella tarde, susceptible de empeorar las cosas, se lo impidió un malestar general que le hizo perder el conocimiento en mitad de la calle, seguido de una avalancha de luces, voces y sombras deformes que se abalanzaron sobre ella con las mismas apreturas de cualquier hora punta, impidiéndole pensar con claridad. Cuando recobró el sentido, un médico del Samur y el técnico que le acompañaba la subieron con sumo cuidado a la camilla de la ambulancia que la trasladaría hasta el hospital de zona.

En la sala de observación de Urgencias, hacen equilibrio a partes iguales el dolor y la esperanza, que convergen con la vida y la muerte a través de sofisticados aparatos que miden la saturación de oxígeno en sangre, la frecuencia cardiaca y la tensión arterial, piezas fundamentales que forman parte de nuestro mapa mundi por dentro. Olivia fijó la vista en la gota de suero que caía lentamente por el tubo de plástico transparente hacia la vía que tenía colocada en el antebrazo, así como otra botella en cuya etiqueta ponía Seguril –diurético que ayuda a eliminar la orina–. No obstante, los ruidos de allí, poco frecuentes en la vida real, y el olor tan penetrante a medicamentos eran una sedación de incertidumbre empeñada en entontecerla. Entraban y salían pacientes continuamente. Los ingresados, aguardando para subir a planta, los desahuciados camino de hacer el viaje sin retorno que a todos nos aguarda. Pero, tanto para unos como para otros, la espesura de los minutos parecían largas horas de túneles infinitos. Olivia se forzaba en estar lúcida para asimilar lo que la estaban diciendo: “Se tiene que quedar ingresada porque en la placa de tórax se aprecia que tiene neumonía. En cuanto llamen de arriba que podemos subirla la trasladamos a planta. También se le ha realizado analítica y electrocardiograma; hay una leve descompensación que habrá que ir corrigiendo”. Tocaba esperar. Esperar significa en determinadas ocasiones hacer recuento del material almacenado en la memoria para sentirse más acompañado. A Olivia le gustaba recordar, y también viajar hacia el interior de la gente acogedora que tanto se parece a los ríos en calma donde algunos niños van a tirar piedras –como hacen Nicolás y Javier, dos piratas de seis y tres años a los que conozco–. Ahora su organismo dispondría de tiempo para el relajo, para combatir la enfermedad y para hacer recuento de algunas cosas que le habían pasado en la vida, aunque eso signifique tener que asomarse al acantilado de la melancolía que a veces acongoja.

El arranque del cambio de turno abre una brecha en el silencio de la madrugada. El de noche ha terminado de poner los aerosoles y antibióticos pautados sin apenas incidencias, salvo la de aquellos pacientes que por edad o gravedad andan desorientados. El que empieza inicia su ronda poniendo los termómetros. Las habitaciones se parecen mucho. Del cabecero cuelga, aparte del timbre para llamar al control, una hoja con el número de cama –la suya era la 3308–, el nombre, los apellidos y la clase de alergias en el caso de que las hubiera.

En el Área 300 –camas 3301 a 3345– de la Unidad de Hospitalización en Neumología del Hospital General Universitario Gregorio Marañón de Madrid trabaja la doctora Fuentes, excelente neumóloga y extraordinaria persona cuyo vademécum personal se basa en tener buena mano izquierda a la hora de manejar las sensibilidades del ser humano. Para Olivia, que era su primera hospitalización, la suerte de haber caído en manos de una cara agradable y simpática influyó positivamente para bajar la guardia y la cautela que produce el fonendoscopio sobre bata blanca.

A las diez treinta y cinco de un diecisiete de octubre, la doctora Fuentes pidió a los familiares de las otras dos pacientes que salieran fuera. Cerró la puerta, sacó del bolsillo el pulsi –Oxímetro– y se lo colocó a Olivia en el dedo corazón para comprobar la saturación de oxígeno de la sangre. La auscultó y se detuvo en uno de los costados donde percibió sibilancias. La acompañaban dos estudiantes que estaban realizando las prácticas y no dejaban de tomar notas. Antes de marcharse le informó que pediría algunas pruebas más para ir ajustando el tratamiento según cómo respondiera. Y todo esto lo decía con amabilidad y con palabras sencillas, entendibles, algo tan de agradecer en esas circunstancias, y no la falta de sensibilidad, desagradable y seca que algunos profesionales demuestran con su carencia de empatía.

Olivia aguardaba cada mañana la llegada de la doctora. No acababa de encontrarse bien del todo, no mejoraba, o al menos ella no lo apreciaba. Era fuerte y luchadora, aventurera e intrépida, y le gustaba ser viajera de las que trazan rutas. Estaba segura que ese espíritu madrugador en lo positivo la ayudaría a ganarle la partida a la enfermedad. Marta Fuentes Alonso entró en la habitación algo más seria que de costumbre, aunque, eso sí, sin perder la sonrisa que precede al saludo. El procedimiento diario era muy similar: pulsi, fonendoscopio, examinar los tobillos… Sin embargo, esa vez la doctora se sentó en el borde de la cama. “Olivia, a pesar de haber cambiado a otro antibiótico que cubre más espectros –dijo–, es verdad que la última placa sigue siendo fea, y, dada su edad, lo que apetecería hacer es una broncoscopia. Es una prueba sencilla, aunque precisa de anestesia general. Entrar a un quirófano tiene sus riesgos, y que la duerman a una también, pero yo sugeriría hacerlo. Consiste en meter un tubo por la garganta y coger tejido de los bronquios para analizarlo y determinar cual es el bicho causante de la infección; esto nos daría muchas pistas para poder combatirlo. Esperaremos dos días más y si vemos que no mejoras hablamos con el equipo encargado en hacerlo. ¿Te parece?”.

Lo primero que vio según despertaba fueron unos tenues rayos de sol que se colaban entre las láminas de la persiana. En las otras camas ya no había nadie, aunque estaban vestidas para ser ocupadas de nuevo. Desde que le hicieron la broncoscopia tenía molestias en la garganta, aunque lentamente iban desapareciendo. La doctora Fuentes llegó con los resultados. Afortunadamente no había nada malo, y ya sabía el tratamiento exacto a seguir: Algo así como trazar una ruta por el mapa mundi del organismo y dejar que la medicina actúe con precisión.

La mejoría despuntó saludablemente cuarenta y ocho horas después. Olivia tenía la certeza de que saldría de allí completamente curada o al menos en condiciones óptimas de hacerlo. Y, desde luego, agradecida. Agradecida de haberse encontrado con alguien como la doctora Fuentes, con una calidad humana impresionante, delicada, acogedora… Y un sentido de la profesión de medicina que deja muy alto el listón. Al menos por gente así, por cosas así, por experiencias así, a Olivia le merecía la pena seguir adelante, y hacerlo mirando el mapa para trazar su propia ruta, y no el espejo donde se mira exclusivamente el ombligo de uno.

Mayte Mejía es socia de infoLibre



1 Comentarios
  • 1 jjosse 15/04/14 18:13

    Enhorabuena por el relato. Esperamos más. Gracias Mayte.

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