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La Europa que viene, ¿la Europa que se nos va?


José Carlos Tenorio Maciá Publicada 28/05/2014 a las 19:40 Actualizada 28/05/2014 a las 22:04    
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Todavía se escuchan latidos en las alturas de Bruselas. Los despachos oficiales continúan siendo testigos del movimiento, de las idas y venidas. Pero hoy el nudo de la corbata aprieta más. Esta mañana, el traje ya no sienta tan bien, incluso molesta. Una incomodidad que surge a raíz del 25-M, que ha venido a confirmar a los grandes partidos que la ciudadanía no se siente representada por ellos, que el discurso político actual está agotado y que el cambio es la única salida.

Después del terremoto electoral del pasado domingo, la bandera de Europa ondea a media asta. Un hecho que las nuevas generaciones contemplamos con relativa sorpresa e inquietud. Habíamos aprendido que la Unión Europea había nacido, sobre todo, para evitar que se repitiesen los mayores desastres del pasado siglo, y hasta ahora habíamos creído que ese proyecto tenía futuro, pese a la “enemistad amigable” de sus integrantes.

Sin embargo, la decisión de nuestros conciudadanos en las urnas ha generado más incertidumbre de la existente antes de conocer el desenlace electoral. Produce temor la fuerte entrada en el Parlamento Europeo de fuerzas centrípetas, cuyo extremismo podría hacernos retroceder en el tiempo y echar por tierra tantos años de aprendizaje escritos con sangre.

Dicen que la historia se repite, pero no debemos permitir que se avance por estos funestos derroteros. Y para ello, resulta imprescindible que, desde Europa, la clase dirigente sepa interpretar los resultados de estas elecciones y asuma responsabilidades, escuchando más al ciudadano y no tanto al mercado. Una tarea nada fácil, teniendo en cuenta los códigos que rigen la política actual. En una época de crisis generalizada, la globalización y el neoliberalismo, que muchos se encargan de idealizar, puede traer (y de hecho está trayendo), paradójicamente, el reforzamiento del nacionalismo y, por ende, la aparición de alternativas eurófobas.

En clave nacional, y al margen de la Europa S.A., España merece una atención especial. Las dos grandes formaciones se empequeñecen como nunca, sin llegar entre ambas a la mitad de los votos. No obstante, los populares se resisten a la autocrítica y han optado por el análisis simplista: se ha conseguido el primer puesto. En Ferraz, en cambio, es tiempo de renovación y la primera víctima de estas elecciones ha sido su secretario general, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien ha convocado un congreso extraordinario para finales de julio. Muchas de las papeletas antaño abonadas a los socialistas han volado en tromba hacia Podemos, ganador indiscutible de estos comicios con 5 escaños. El mismo número de meses de vida que le han bastado al partido de Pablo Iglesias para superar a UPyD y convertirse en seria amenaza para IU, con quien presumiblemente intimará para unir fuerzas de cara al futuro.

En Cataluña, por su parte, ha vencido el sentir proindependentista, con ERC adelantando por primera vez a CIU, y avisando a Madrid de que aquello va en serio; mientras que en el País Vasco la izquierda abertzale se consolida como la segunda fuerza. Así pues, los ciudadanos españoles han mostrado su hastío de una forma nunca vista en democracia, desprestigiando por completo a los dos partidos tradicionales. El primer puesto del PP es anecdótico teniendo en cuenta la aguda convalecencia del PSOE, hasta ahora la única alternativa posible.

De plasmarse este esquema en las elecciones generales del próximo año, el fin del bipartidismo daría lugar a un parlamento fragmentado y de muchos colores, de modo que la misma incertidumbre que planea desde el domingo por Europa, ha aparecido también en España.


José Carlos Tenorio Maciá es socio de infoLibre



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