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El referéndum monárquico

Fernando Pérez Martínez Publicada 04/06/2014 a las 06:00 Actualizada 05/06/2014 a las 00:09    
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A lo largo del reinado de Juan Carlos I, éste hubo de afrontar en numerosas ocasiones crisis de legitimidad como heredero del Régimen de la dictadura que se superaron a duras penas apelando al Referéndum Constitucional, cuestionado por celebrarse bajo la amenaza de los desabridos y espumarajeantes supervivientes del régimen del 18 de julio, que le otorgó mayoría quizá con la inercia del deseo de salir pacíficamente de la dictadura a un sistema democrático dejando en la gatera los pelos que fuera necesario.

En este momento, agotado, exhausto el carisma del viejo monarca, el protagonista del 23F, el que decidió que fuera el joven Suárez y no otro mamotreto del Régimen quien presidiera el Consejo de Ministros, el relevo generacional se produce en un momento delicado para la institución que ha perdido la respetabilidad mantenida durante décadas con la imprescindible complicidad de los medios de comunicación, enmedio de un ambiente de corrupción política generalizada del que no está exenta la Corona. Bajo la presión secesionista de dos de las comunidades autónomas que si bien sin camino legal que transitar hacia su objetivo y con un futuro incierto y dependiente de pez chico entre peces grandes si alcanzase su meta, agitan los viejos temores de la provocación cotidiana a una ambigua Constitución que pudiera sugerir que si todo falla ahí está el ejército para “garantizar la indivisibilidad de España” como anzuelo a los salvadores de la patria de 2014 uniformados y civiles.

El heredero, un hombre con escaso bagaje político demostrado, una incógnita, pese a las afirmaciones rotundas y sin fisuras sobre su preparación e idoneidad que cantan quienes tienen que entonar esta balada por oficio, no pasa de ser un hombre con buena facha, capaz de leer o recitar los textos que se le suministran, paradójico y ferviente católico que provoca innecesariamente a la jerarquía y los incondicionales de su confesión contrayendo matrimonio con una divorciada que, y ahí pisa otros callos al no pertenecer al restringido círculo de las testas de sangre azul convenientemente puestas a su disposición y menospreciadas, se granjea la animadversión también de los puristas del pedigrí.

Los brujos de la estadística dirán que goza de los máximos respaldos populares hoy que aún no ha tenido tiempo de desgastar la anodina imagen que esmeradamente se le viene puliendo desde que nació a la opinión pública y que por tanto si ahora en un gesto del todo por el todo y de amor y confianza en su pueblo se encomendase a la desesperada a un referéndum de aceptación que pudiera servirle en un futuro previsiblemente hostil de crítica y rechazo, le resultaría útil como aval democrático: “En el año 2014 fue respaldado por la mayoría de los sufragios en un referéndum democrático, se siente”, con el que poder tapar la boca a sus probables acosadores . Ya que la República, agitada por unos y otros carece desgraciadamente en la actualidad de mujeres y hombres de talla que la sirvan y que estén a la altura moral e intelectual de la empresa.

Resumiendo: sin apoyo del Vaticano, sin alianzas político familiares por enlace matrimonial con las demás testas coronadas europeas, sin respaldos explícitos de los partidos mayoritarios, véase el PSOE contestado por su militancia ante el capote que se le brindó en las primeras horas; la única y no segura opción sería acogerse a la benevolencia bovina de parte del pueblo en un referéndum sorpresa que tras la consabida maniobra de viajes mostrando a esas infantitas tan rubias y tan graciosas y gestos populares (los pimientos del piquillo son cojonudos, el txacolí está de la hostia o la butifarra está que te rilas, por ejemplo) pudiera garantizarle un margen de aceptación capaz de sujetarle al trono y garantizarle el puesto de trabajo que tan difícil tienen los españoles en estos tiempos de malandanza laboral. El caso es que España necesita un jefe de Estado, ¿o no?


Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre


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