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Un precioso pueblecito serrano

Fernando Pérez Martínez Publicada 16/07/2014 a las 18:02 Actualizada 16/07/2014 a las 21:50    
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Érase un pueblo de la Comunidad Autónoma de Madrid ubicado en la sierra. Enclavado en un entorno natural de pinares, robles, castaños y peñas de granito que conforman un paisaje hermoso para los sentidos. Llegué a él de rebote, víctima de la codicia que por aquellos años era la epidemia conocida como la burbuja inmobiliaria en la capital y que pretendía que cualquier vivienda fuera objeto de especulación desaforada.

Viendo los promotores de la construcción una mina de oro en cada casa o piso al que pudieran, como se decía entonces, poner en valor. Yo habitaba en una corrala del paseo de Extremadura de la ciudad, cerca del Puente de Segovia desde hacía 18 años. Pagaba una renta de alquiler modesta pero un buen día los propietarios del edificio lo vendieron a una de estas empresas especuladoras que tenían un proyecto para convertir, con unos retoques, la vieja corrala en unos modernos aunque minúsculos apartamentos modernísimos, con ascensor y aparcamientos subterráneos y alquilarlos o venderlos a unos precios que los inquilinos que éramos no podríamos pagar.

De modo que en cuestión de unos meses nos llevaron a los tribunales, hubo un juicio, que perdimos y los que no teníamos veinte años residiendo allí nos vimos mediante un auto judicial emplazados al desahucio inminente. En una ciudad que de pronto se había convertido en la utopía de la renta inmobiliaria, con unos precios de alquiler que multiplicaban por diez lo que yo venía pagando y eso en el extrarradio más limítrofe y en los espacios más mezquinos e insalubres. Es de esta manera que, no pudiendo permitirme vivir en Madrid y negándome a residir en uno de esos cementerios urbanos desangelados a cincuenta minutos del trabajo y de mis lares habituales, comencé a buscar en los pueblos alrededor de la Puerta del Sol en un radio de sesenta kilómetros. Fue así como vine a dar a este pueblo serrano que a la postre me cobijaría felizmente durante años.

Este pueblo, llamémoslo Matorrales, tampoco se vio libre de la fiebre constructora y especulativa. Sus caciques serranos también estaban tocados por el ansía de convertir prados y corrales en manzanas de chalets adosados con un mínimo jardín que se llenase de madrileños que cumplieran el sueño de vivir en la sierra, en plena naturaleza, e ir todas las mañanas a trabajar a la capital a una hora de tráfico por la autopista. Importaron mano de obra inmigrante tirada de precio, los alojaron en el pueblo y durante años, los que duraron las obras, edificaron cuatro o cinco polígonos residenciales de casas adosadas para venderlas como primera residencia o residencia de veraneo a los habitantes de la capital. Cuando todo estuvo dispuesto el sistema financiero de los bancos hizo crack y las sucursales de las firmas más prestigiosas, que antaño concedían fácilmente préstamos para la vivienda dejaron de hacerlo.

Las casas ofertadas a unos precios desmesurados no encontraron quien las pudiera habitar y permanecieron vacías y los peones marroquíes y sus familias quedaron en el paro, cobrando el subsidio y afincados en el pueblo. Esto no contribuyó a mejorar en nada la situación de las finanzas de los especuladores locales.

En pocos años la población inmigrante se multiplicó ya que caribeños y rifeños aún en paro o con trabajos temporales a salto de mata, vivían mejor que en sus pueblos de origen y disfrutaban de ayudas sociales y servicios públicos como jamás habían podido imaginar en sus pueblos amazónicos y cabilas de las serranías del Atlas. Por lo que se asentaron en Matorrales y en diez años la escuela pública tenía más alumnos de origen americano y magrebí que alumnos autóctonos. Alquilaron los unos un local a la entrada del pueblo que reconvirtieron en mezquita de manera que los turistas o domingueros que frecuentaban la sencilla hostelería local o los posibles candidatos a habitar los flamantes adosados lo primero que veían al entrar en la población era gente barbuda y enchilabada que formaba animados corros de conversadores o sencillamente jóvenes sentados en poyetes o recostados en la pared de la oficina de correos haraganeando tranquilamente al sol, lo que no contribuyó a ofrecer la imagen de pueblo serrano idílico que buscaban, para comer en los restaurantes, tapear en las terrazas y pasar agradablemente la jornada de asueto entre amables lugareños. Ni tampoco por supuesto para fijar su residencia estival en la que las señoras y sus hijas pudiesen lucir el bronceado playero con atrevidos modelos realzando sus doradas siluetas.

Es así como la avidez de los promotores locales enterró el sueño inmobiliario local y de pasó lesionó la prometedora expansión hostelera, en manos de los mismos, en beneficio de pueblos aledaños. Con el paso del tiempo Matorrales se llenó de acentos foráneos y hoy en las fiestas del pueblo, para la Virgen de Agosto, la orquestina que anima el festejo entona preferentemente aires de vallenato y melodías del Magreb. Eso sí el cierre de la fiesta lo pone el trío de músicos locales al ritmo del estrepitoso tambor, la guitarra y la estridencia de la dulzaina al estilo de Agapito Marazuela. Yo vivo a gusto en este tranquilo lugar cuya serenidad y sosiego quedó a salvo del desarrollo masivo que resultó frustrado por la codicia y mala planificación de los poderes locales a los que salió el tiro por la culata. Ellos eligieron la soga y el árbol. Lo demás es paz y tranquilidad para los que huyendo de distintas coacciones y de territorios más o menos lejanos, recalamos por azares diversos en un precioso pueblecito serrano.


Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre





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