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Retablo de malhechores

Héctor Delgado Fernández Publicada 30/07/2014 a las 18:43 Actualizada 30/07/2014 a las 19:33    
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Frente al estrecho cerco judicial de los últimos meses, aflora, como milagro estival, una nueva fortuna oculta en un paraíso fiscal. Con un comunicado minado de eufemismos y piruetas retóricas, Jordi Pujol, expresidente de la Generalitat pone fin a un engaño de más de tres décadas, revelando la existencia de una fortuna que, diversos medios, elevan a 600 millones de euros. Una herencia –confiesa de Pujol- atribuida a la última voluntad de su padre, fallecido en 1980 y, de la cual, ante los escrúpulos del expresidente, se hizo cargo un amigo de confianza.

De este comunicado en el que no se aclara ni el origen ni el montante de la mentada herencia, se colige la más acendrada hipocresía de quien, en 34 años y ejerciendo como máximo mandatario de la Generalitat, ocultó deliberadamente a la Hacienda Pública una importante fortuna – “medios económicos”, como figura taimadamente en el comunicado- con la sola finalidad de evadir las obligaciones fiscales en beneficio de los intereses privados de su familia.

Más allá de las excusas tardías y los vagos pretextos esgrimidos para justificar esa conducta delictiva, el escándalo proyecta otra vez la sombra de la corrupción y el camaleonismo de cargos públicos que, por un costado baladronean sin reparos de su fervoroso apego a la democracia y las instituciones del Estado de Derecho, mientras que por el otro comparecen travestidos en malhechores de guante blanco con un escaño en cámaras y parlamentos regionales. Es indudable que vivimos rodeados de pretensiones de probidad y de virtuosismo democrático. ¡El honorable Pujol! Sin duda venerable varón que, como el mismo señala en su comunicado, pese a los reparos de conciencia sobrevenidos al recibir la herencia legada por su padre – “mi conciencia y el cargo me empujaban a rechazar esta herencia”– supo, sin embargo, administrar su fortuna en silencio durante tres décadas, eludiendo los correspondientes tributos a la Hacienda Pública.

¡A eso se le llama un demócrata de pies a cabeza y con un sentido conspicuo de la responsabilidad de Estado! Tal vez, esos mismos escrúpulos plasmados en la misiva, lo hayan torturado durante años; más aún a sabiendas de que la recompensa a su labor presidencial consistía en una pensión vitalicia nada desdeñable de 86.418 euros anuales, esto es, medraba gracias al dinero de todos los contribuyentes, en tanto su pequeña fortuna quedaba a salvo de los tentáculos de Hacienda. ¿No tendría suficiente con la herencia de su padre para subvenir a las necesidades de su familia, que él mismo se encargó de aprobar la pensión vitalicia con una ley elaborada ocho meses antes de finalizar su mandato? No nos detengamos en ésas cábalas y volvamos a la fortuna del señor Pujol. Al fin y a la postre, todo en esta vida natural tiene su debida explicación. En treinta años –aclara Pujol– “nunca se encontró el momento adecuado para regularizar esta herencia”.

¡Múltiples e infatigables debieron de ser las ocupaciones del honorable Pujol para no hallar ni un solo resquicio de sosiego que le permitiese regularizar una fortuna de orígenes tan dudosos como el monto al cual asciende la misma! ¿No habrá un poco de grave impostura en ese recurso meditado a la escasez de tiempo? ¡Seamos indulgentes con el honorable Pujol y otorguémosle el beneficio de la duda! Él mismo se encarga de anticipar la expiación de sus pecadillos, mostrando un profundo dolor por los daños ocasionados a consecuencia de su comportamiento fraudulento y ruega que sepamos “separar los errores de una persona”. ¿Errores? ¿No habrá confundido los términos el honorable Pujol y en lugar de “errores” sería conveniente leer “delito fraguado durante 34 años”? Seguramente haya sido un simple desliz de la pluma porque calificar de “error” una evasión fiscal de 34 años, constituye una palpable aberración lingüística.

En términos más adecuados, ese fraude continuado a la Hacienda Pública cabe tacharlo de patente “delito”, sin atenuantes jurídicos ni justificaciones morales de ninguna guisa. El único perdón posible para el honorable Pujol pasa irremisiblemente por su comparecencia ante un Tribunal, encargado de poner a las claras las zonas de penumbras que se yerguen amenazantes sobre la herencia de su familia. ¿Cómo conceder el perdón a un individuo que no ha tenido el valor de asumir su responsabilidad en 34 años y lo hace tres décadas después movido por las causas judiciales abiertas contra ciertos integrantes de su familia? Si hubiera entonado el mea culpa para hacer pública su fortuna por decisión propia y no, como es el caso, hostigado por las pesquisas judiciales, quizá cabría brindarle el beneficio de la honorabilidad, ese pomposo calificativo que acompaña su nombre y el cual desmerece porque no lo acredita con su conducta cobarde. Y para más inri, ante la presión mediática y política de los últimos días principia a expurgar sus “errores” y, en un orquestado coup de théâtre, renuncia a sus privilegios de expresidente. ¿Acaso hubiera tenido la caradura de seguir gozando de sus privilegios, cuando descubrimos que ha mantenido una fortuna oculta durante tres décadas?

Con todo, la última asonada protagonizada por el honorable Pujol, responde al mismo desfile vergonzoso de personalidades políticas – ahí están Bárcenas o Rafael Blasco- que bajo la piel y el cuño democrático se lucran con la connivencia del Sistema.

En política todo semeja una gran confabulación. Una especie de fariseísmo ha ido paulatinamente invadiendo los dominios de la vida pública y en estas condiciones no es de extrañar que el criterio de la moralina sea uno de los raseros más empleados a la hora de juzgar tentativas y conductas supuestamente antagónicas a esos mismos valores democráticos que encarnan figuras como Pujol, Bárcenas y Blasco, auténticos guiñoles pululando en un grotesco retablo de malhechores y farsantes.



Héctor Delgado Fernández es socio de infoLibre


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