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Que el pueblo no sepa (la misiva que él no necesitó escribir ni el otro recibir)

Fernando Pérez Martínez Publicada 28/10/2014 a las 13:35 Actualizada 28/10/2014 a las 13:36    
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Excelentísimo Sr., estimado amigo:

Jamás creí que llegara la desgraciada ocasión de dirigirte estas letras, pero lo creo imprescindible, así que ahí va mi consejo por si en algo estimas todavía mi criterio: Que nadie se entere y los que sepan, callen.

Por la cuenta que nos trae a las siete siglas. Mejor es la discreción que darle tres cuartos al pregonero. Preferible tener una parte del reparto que una celda en un penal. Siempre son más productivos los acuerdos que podamos arreglar entre bastidores que no los que surjan bajo la luz acusadora y la impertinente presencia de los taquígrafos levantando acta de nuestros lucrativos a la par que equilibrados convenios.

Nadie debe saber lo que nosotros sabemos y peor aún si supieran que la cúpula, el cogollo de la sociedad sabe lo mismo que yo, que nosotros. ¿A quién beneficiaría que se divulgase nuestro provechoso secreto? Todos saldríamos perdiendo, también el pueblo, que se vería privado de ilusiones en mitad de la tormenta de decepciones y recorte de derechos en la que nuestras decisiones les situaron. Sin descartar la posibilidad, Dios no lo quiera, de la cárcel.

No es pequeño riesgo el que asumimos si los mandos de tercer orden de nuestras localidades son enterados. Nada se podría hacer para contener el escándalo en nuestro espacio, sería inevitable que las repercusiones concatenadas llegaran al gobierno central y a los demás territorios. Y, a ver cómo explicas que sabías lo que sabías y no dijiste nada, que no hiciste nada porque con tu discreción tenías más poder político, mayor parte en el prorrateo de las fabulosas sumas que fuimos capaces de crear; podías ejercer presión, chantaje le decís en Castilla, y así tener controlado a mi sucesor.

Eso sin contar el lazo que cuelga del cuello de los adalides locales que tan pronto se me oponen como se asocian con los míos pretendiendo crecer a nuestras expensas fagocitando a mis bases. Si a mí me señaláis, si pretendéis destruir mi imagen y mi obra debéis saber el riesgo que asumís. Yo no voy a caer solo. Ya se lo dije a éstos. Si me veo perdido tiraré de la manta y quedaréis al descubierto, aquí y en el centro, quienes hasta ahora habéis vivido muy cómodamente a la sombra, beneficiándoos de la oportuna pantalla que soy para vosotros. Pero si cortáis el tronco no callaré y caerán las ramas, los frutos, los nidos y todo cuanto habéis acumulado.

Cierto que pasaré apuros, como ya los estoy pasando, pero salvado ese primer momento, a la gente le resultará más interesante y enjundioso atender lo que desde el gobierno central tengas que decir para justificar tu silencio, tu complicidad. A fin de cuentas lo mío está a buen recaudo en el extranjero, bien invertido en sólidos negocios por los que los gobiernos locales velan pues forman parte de consolidados emporios, bien establecidos desde hace ya décadas. Pero el más tonto sabrá deducir que yo no podía haber logrado nada de lo que conseguí sin tu complicidad, vuestra complicidad. La de los míos, la de los tuyos y la de los demás. El reparto quedará al descubierto y todos, ¡todos!, tendréis que dar explicaciones. Cuál era vuestra parte. De las fortunas y de los silencios. Nadie va a creerse que yo me llevaba lo que me llevé sin repartir con todos los que sabíais y callabais durante las décadas que ahora pretendéis ominosas. Si estalla nuestro asunto qué quedará en primer plano para alimentar los titulares de la prensa, cómo dirigir el interés de la opinión pública hacia temas trascendentales, de estado, que no sean el presente y futuro de miseria para quienes hoy, con pasión debaten enfebrecidos, sintiéndose protagonistas de la Historia, del destino de su propio país. Todo quedaría reducido a una quimera que atrapó el interés y la atención mayoritaria de un pueblo que a cambio cede generoso su porvenir, el sufrimiento que está dispuesto a afrontar por el bien común, por la justicia y la dignidad, el ejemplar sacrificio por el bienestar de futuras generaciones.

¿Sería acaso beneficioso para alguien que el interés público se volviera sobre la financiación de nuestros clanes políticos, los sueldos de sus dirigentes, el tren de vida de quienes encarnamos la soberanía popular, los poderes del estado? Hay que darle salida a esta crisis que habéis abierto tensando innecesariamente la cuerda. Y esa solución debe estar caracterizada por el decoro y la grandeza en la que hemos envuelto nuestro proceder de manera virtuosa y satisfactoria para todas las partes.

Si ahora, por torpeza, por incapacidad, pretendemos resolverla ofreciendo un culpable todo se lo llevará la trampa. Nadie querrá aceptar en silencio el papel de villano, nadie asumirá pasar a la historia como el rufián que con sus mezquinas trapacerías trajo la pobreza y la miseria a su pueblo. Desde luego nadie querrá desempeñar voluntariamente ese papelón de tan poco lucimiento. Y por supuesto si se rompe la baraja todos tendremos que actuar a la voz de “sálvese quien pueda”. Nadie quedará limpio. Algunos podremos rehacer nuestra vida en el extranjero, tenemos allí, por doquier sustanciosas inversiones en paraísos fiscales, amigos agradecidos y poderosos agarres, pero los demás habréis de apechugar con las explicaciones de quién y por qué se liquidó el estado del bienestar, la gallina de los huevos de oro y con ella los sueños, las aspiraciones de hacer Historia, las ilusiones del pueblo. No os arriendo la ganancia ni a ti ni a mis hereus si persistís en la torpeza. Que el Dios que se apiadó del buen ladrón, os ilumine a la hora de decidir nuestro porvenir y el del pueblo.

Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre


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