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El frigorífico

Teresa Álvarez Olías Publicada 27/11/2014 a las 15:39 Actualizada 28/11/2014 a las 09:23    
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Ningún aparato doméstico se visita tanto como el frigorífico. Es el armario que protege y conserva nuestra comida, el indicador de nuestros gustos, el guardián de nuestros antojos. Hablamos del primer utensilio que compramos en nuestra nueva casa y también del primero que abrimos en la habitación del hotel cuando salimos de viaje. En verano nos surte de agua fría, cervezas y helados trescientas veces al día, pero durante todo el año protege nuestros platos, los restos de carne y pescado que no quisimos tirar y hasta el trocito de queso que sobró en la merienda de los niños.

El ingenio humano lleva siglos diseñando despensas, fresqueras y armarios secos donde guardar los líquidos y la carne, también donde proteger salsas y embutidos de insectos y roedores, de los ardientes rayos de sol y del sopor de agosto. Es a mediados del siglo XX cuando la nevera eléctrica se introduce en los domicilios particulares con sus barras de hielo, que evitaban la fermentación y el desarrollo de bacterias, lo que animó a la búsqueda de un instrumento similar más perfeccionado. Se logró. Hacia mediados de los años sesenta, la nevera conectada a la electricidad, que no precisa hielo, que es capaz de regular por termostato la temperatura de su interior, se instala en las cocinas del mundo entero, así como en todos los hogares, restaurantes y comedores donde llega la corriente eléctrica.

El frigorífico mejora las condiciones de vida, porque esta máquina atesora el excedente de comida cruda y cocinada. Las familias no sólo logran tomar cada día alimentos bien conservados, sino que consiguen almacenar los que piensan que van a consumir a dos, tres o cuatro días vista, cosa impensable a lo largo de la Historia. El frigorífico ahorra tiempo y trabajo en el tratamiento de las viandas, desde que entran en casa hasta que se consumen. Acrecienta la higiene de éstas y por añadidura la de las personas que los toman. Supone todo un avance y un progreso exponencial en la economía familiar, ese primer reducto de ahorro e intendencia, que consigue dar de comer, sostener y educar a todas las generaciones.

Se puede cocinar y dejar los platos prepasados con antelación, porque el frigorífico permite la conservación de los mismos. También la congelación. Esta ha revolucionado la compra de carne, pescado, verduras y pan in situ, conservadas a varios grados Celsius bajo cero durante semanas, en pesqueros e industrias horticultoras y cárnicas, preservando todo el sabor y las vitaminas de los productos frescos en el momento de ser recogidos. Se puede comprar en cantidad. Se importan más productos porque es posible guardar alimentos de zonas alejadas, también probar sustancias o sabores exóticos que han sido conducidos en transportes frigoríficos y congeladores Es posible comerciar más entre distintos pueblos y ciudades. Tenemos opción a distintas exquisiteces, a comparar productos guardados, procedentes de distintos lugares o fábricas.

El frigorífico, por otra parte, es una de las primeras máquinas, como la de coser o la lavadora, que se entrega al libre albedrío de los gestores del hogar, y éstos y éstas la aceptan por aliada. La nevera eléctrica va a mejorar sus rutinas y su jornada de trabajo. No sólo a las mujeres, también a los hombres, a los jóvenes emancipados, a becarios, estudiantes, solteros, viudos o divorciados, viajantes y demás seres solitarios o familiares que precisan guardar sus platos cocinados en casa o comprados, sus reservas de cerveza y jamón, sus tartas de cumpleaños, el arroz que quedó en la olla el día anterior, en definitiva, el contenido de los tappers que comerán en la oficina o en la fábrica al día siguiente.

El precio del frigorífico se mantiene desde su invención en un alto nivel. Es un bien poco elástico. Su coste permanece elevado, aunque la diversidad y competitividad de marcas hace tender éste ligeramente a la baja cuando se trata de un modelo sencillo y poco sofisticado.

Es un arte cotidiano pero transcendental el de la colocación de sus baldas y su limpieza. Bayeta y rotación de productos son imprescindibles para que los víveres no pierdan su sabor, su consistencia ni su frescura. Contenedores de plástico, envoltorios de papel de estrada, de aluminio e incluso platos de cartón necesitan constante renovación, tras su paso por la nevera. La acumulación de productos no puede ser excusa para olvidarnos de un solo resto de fiambre u hortaliza, depositado en una esquina de la nevera o en un contenedor de plástico en primera fila. Constituyen un peligro los rincones escondidos o el depósito de bandejas sin orden o cuidado. Los líquidos tienen su obligado puesto vertical en las botellas Los sólidos no deben mezclarse ni guardarse destapados. Quizá el arte de conservar alimentos en la nevera eléctrica sea el de procurar no verter sustancias y no dejar estropearse a ninguna.

Abrir el artilugio mil veces al día es tan perjudicial como no hacerlo durante semanas, pues en el primer caso no se dejar activar la maquinaria del frío y en el segundo se pudren los alimentos en su propia concentración. Símbolo del uso de esta máquina doméstica es el uso informativo que se hace en cada hogar de su puerta exterior, donde se colocan avisos a los distintos miembros de la familia, carteles de los moradores de la casa, planes de adelgazamiento, recordatorios de citas médicas y exámenes, imanes, posts, e incluso dibujos infantiles.

En un continente en crisis, llenar la nevera, o al menos surtirla de lo más imprescindible, es la primera obligación de las familias. El mayor quebradero de cabeza de los adultos. Un frigorífico vacío en una vivienda donde habitan varias personas es un indicador de pobreza, un índice del destrozo social que al que nos ha llevado el paro, y una vergüenza social. Permitir que nuestros niños pasen hambre, recortar sus becas de comedor, en definitiva no contribuir a que sus padres puedan surtir la nevera de sus domicilios supone una involución histórica y una injusticia manifiesta.

De hecho, asistimos hoy en día a la extensión de la pobreza energética, o imposibilidad de pagar las facturas de electricidad y gas por parte de miles de individuos, que debe hacer recapacitar a los gobiernos, para garantizar, al menos a las familias con hijos menores de edad, la mínima comodidad.

El frigorífico ha mejorado nuestra calidad de vida. Nos contempla al amanecer cuando preparamos el desayuno, también cuando volvemos del trabajo o de la pesada compra en el supermercado, siempre que colocamos en sus estantes los alimentos que tanto nos cuesta pagar y que nos encanta degustar.


Teresa Álvarez Olías es socia de infoLibre








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