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El estudio de la historia

José Carlos Tenorio Maciá Publicada 11/12/2014 a las 19:33 Actualizada 11/12/2014 a las 19:43    
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La lucha por el poder o, mejor dicho, las relaciones de poder son, a mi juicio, un buen instrumento, sino el mejor, para organizar el estudio de la historia. Creo que para transformar la realidad histórica en conocimiento del pasado es fundamental analizar cómo se ha ido ejerciendo el poder a lo largo de los siglos. Como decía Foucault, la historia es una discontinuidad permanente, por eso considero que los destinos inexorables a los que aluden determinadas corrientes de pensamiento carecen de sentido.

A la hora de explicar la historia, resultan tan incompletos los relatos teleológicos como los pequeños relatos. Interpretar la historia requiere de análisis multidisciplinares, integradores y poliédricos: tan importante es la economía como la política, el individuo como la sociedad y sus interrelaciones, la ideología, e incluso el lenguaje y el tipo de comunicación existente en cada momento y lugar. Por ello, no creo en el paraíso cristiano, en la sociedad proletaria sin clases, en la eterna felicidad ilustrada ni en la prosperidad generalizada del capitalismo. Por el contrario, creo en la lucha constante entre individuos, agrupados en clases sociales, y entre Estados con más o menos poder. Donde hay poder existe resistencia, y es en esa relación de conflicto y tensión donde debe poner especial énfasis la historia.

Los seres humanos somos seres sociales por naturaleza, pero ello no implica que debamos reducir el análisis histórico a las sociedades. La sociedad me condiciona, pero no me determina. Yo no actúo pensando en términos colectivos, aunque pueda compartir una determinada cultura y sentirme parte de una clase social, lo cual no quiere decir que sea egoísta (o sí). Pero mi voluntad de actuación no va a verse frenada porque personas de mi misma posición social renuncien a ella. De ahí que, siguiendo el interpretativismo de Geertz, los hechos humanos no se rijan por movimientos mecánicos ajenos a los individuos. Ahora bien, sí que es cierto que en sociedades de masas como la actual, el individuo (o el superhombre del que hablaría Nietzsche) debe aspirar a diferenciarse de la homogenización social que alientan las clases dirigentes para salvaguardar su poder. Ese tipo de resistencia más o menos constante, como mecanismo de protección y de empoderamiento personal, ha traído progresos determinantes a lo largo de los siglos. Cuando los individuos se unen en la defensa de causas comunes pueden llegar a desestabilizar el reparto del poder imperante. Me gusta el espíritu marxista de querer transformar el mundo que nos ha tocado vivir, pero no en términos de clase sino de empoderamiento individual y social frente a los que detentan cotas altas de poder.

Así pues, considero que el cambio histórico no es impulsado exclusiva o principalmente por el conflicto entre las clases económicamente determinadas, al que hacía referencia Marx, ni tampoco por el choque de ideologías del que hablaba Fukuyama. Organizar la historia en torno a cuestiones puramente políticas tampoco me parece correcto. Más allá de las instituciones, los partidos o los límites fronterizos, es necesario acudir a la práctica social de la política. Esta, al fin y al cabo, no es más que el modo en que se resuelven los problemas que la convivencia colectiva plantea a los ciudadanos. Por eso, soy partidario de la microfísica del poder de la que habla Foucault. Impedir un desahucio es política; motivar la abdicación de un rey, también. Por ello, repito: la presión social, para mí, es el instrumento que tenemos los ciudadanos para empoderarnos e influir sobre nuestros representantes, que (no olvidemos) también son ciudadanos, aunque su posición les otorgue mayor poder.

Políticos, Estados y regiones, empresarios, magnates de multinacionales, religiosos, países, medios de comunicación. El poder, entendido como la posibilidad de imponer (siguiendo la interpretación webeariana), está disperso por todo el mundo y afecta a todos los niveles: el padre frente al hijo; la nación frente al Estado supuestamente opresor; un medio de comunicación frente a otro; una guerra; el logro del sufragio universal... Las variantes en torno a las relaciones de poder son infinitas y existen muchas formas de ejercer el poder: de manera violenta, de manera encubierta, de manera solidaria…

Aunque cada ser humano sea único, el poder está indefectiblemente en su vida desde el momento en que él, en condiciones normales, es dueño de sus propios actos y, por lo tanto, tiene poder sobre sí mismo. Como decía Ernesto Mayz-Valenilla, el afán de poder es una reacción a la misma condición humana.

En conclusión, el poder es un concepto ubicuo que a lo largo de la historia se ha ido deslocalizando. Con todas las limitaciones que puedan haber, todo individuo es poder y contrapoder, y eso es precisamente lo que debe organizar el estudio de la historia.



José Carlos Tenorio Maciá es socio de infoLibre




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