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La nueva revolución

Jaime Richart Publicada 02/03/2015 a las 06:00 Actualizada 02/03/2015 a las 18:57    
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Descartado el socialismo real, visto estúpidamente con terror, es asombroso a la par que motivo de consternación que no se haya salido todavía del bucle infernal consumo-empleo-desem­pleo-austeridad. Una nueva revolución de la economía política es ya un imperativo categórico para la sociedad occidental. 

Porque es un hecho constatable que el pensamiento de todo ser humano, a cualquier nivel, incluido el más profundo, está atra­pado en la época que vive. Los grandes pensadores de cada mo­mento histórico reflexionan con amplias miras y general­mente adelantados a su tiempo, pero sin alejarse en exceso de los dictados de la conciencia colectiva. Siendo así que la con­ciencia colectiva es en general proyección de la enseñanza reci­bida en la familia o en la escuela pero en todo caso en sumi­sión, es también un subproducto en manos del poder: en otro tiempo y prácticamente hasta ayer primero el reli­gioso, luego el militar asociado al religioso, y en los tiempos más recientes el económico estrechamente ligado al civil.

Y así, por ejemplo, en la deriva evolutiva de la historia es obser­vable (ciñéndonos ahora a la cultura occidental y a partir del Cristianismo) que ningún pensador consagrado, explícita o implícitamente ha prescindido en su discurrir de la noción de Dios. Ni siquiera los heterodoxos. Naturalmente que hubo ateos que lo negaron. Pero citadme a uno que pasó a la posteri­dad que se atreviese a algo más que a interrogarse sobre él... Y si hay alguno será excepción. Esto sucede al menos hasta el si­glo XIX con Feuerbach, Nietzsche, Dostoyevski y Marx; los cuales consideran la noción Dios como una creación del hom­bre. En realidad podría decirse que a partir de la irrupción del pensamiento abstracto en la historia de la Humanidad, todo él y sus intentos de convertirse en praxis pueden reducirse a una sucesión de construcciones mentales en la medida que a los poderes interesa. Y es que el pensamiento conocido predomi­nante de cada época está atrapado en el espíritu y por el espíritu de la época como en una ratonera de la que no puede salir. Y quien se aventuró a sacudirse el yugo impuesto por ese espíritu, puede decirse que hasta ayer y casi indefectiblemente lo pagó al precio de la muerte y si no al de la locura...

Pues bien, lo mismo que ha sucedido con la noción de Dios ocurre con la noción mercado en el capitalismo hasta Karl Marx. Marx revolucionó la economía, pero su concepción de la economía y de la sociedad fue sepultada por los poderes de Occi­dente tras la caída del Muro de Berlín y arrancado de cuajo del discernimiento común. Pero también del discurrir de los eco­nomistas, que lo han eliminado de los discursos académicos y aun de los no académicos por temor a la postergación y a pa­sar por lo que no desean ser. Pero es que lo que ha pasado con la noción de  y de mercado, ocurre ahora con la idea de consumo, por definición de lo superfluo. Fruto del ex­tremo cretinismo de Occidente el teorema es: fuera del dios mercado y del semidiós consumo no hay salvación; ni para la economía, ni para la política, ni para la sociedad.

Y es que al término de la Segunda Guerra mundial las naciones vencedoras llegaron al acuerdo no escrito del pensamiento único, de la economía única y de la política única. (Idea ésta, la del pensamiento único, prestada del filósofo alemán Schopen­hauer, que luego Marcuse llama unidimensional y que yo llamo unidireccional). Al fin y al cabo, lo que entendemos por "reali­dad" no es más que lo acordado en consenso por minorías. Y ahora mismo, esas élites que asentaron primero el principio de Dios y luego el del dios Mercado (capitalista) y del semidiós Consumo, deciden la diosa Austeridad. Simplificando causas y efectos en contestación de austeridad frente al exceso de la época anterior pero reciente, del binomio hybris (exceso)-areté (austeridad) sale un engendro irresoluble y al tiempo paradoja: por un lado la austeridad impuesta no es austeridad sino priva­ción (pues no es austero el privado de lo indispensable sino quien, disponiendo de lo indispensable, se priva voluntaria­mente de lo superfluo), y por otro, la privación es causa directa de la austeridad por efecto del no consumo masivo.

Es así como el no consumo se convierte en el obstáculo insupe­rable para el desarrollo de la economía y causa de privación. Un efecto llamativo es que, siendo por sí misma la austeridad la virtud del término medio por excelencia (tanto individual como social y ya un imperativo de la razón al ser conscientes de la limitación de los recursos del planeta), es también un recurso diabólico en manos del poder, de los poderes. Pues es­tos, después de haber enriquecido a minorías a través del con­sumo salvaje durante al menos dos décadas, están haciendo de la austeridad otro instrumento de enriquecimiento de las mis­mas o de otras minorías a costa del despojo colectivo; es decir, a costa de la privación de lo imprescindible para la vida de mi­llones de personas. Así es que, siendo la austeridad asumida una actitud provechosa para el individuo aislado, para la socie­dad humana y para el mundo que se agota, la austeridad impro­pia -la forzosa impuesta casi a punta de pistola por los poderes económico y civil- por un lado anula la propia como opción de vida, y por otro es causa del efecto devastador en los excluidos, no ya de bienestar sino de supervivencia… a menos que sean so­corridos por la caridad o por la filantropía: justo lo que suce­dió con la esclavitud y con la servidumbre instituidas...

Así es que, si hasta los grandes pensadores en general están atra­pados en su tiempo y de entre los que ahora puedan existir, aun presa de la espiral mercado, consumo, austeridad se esfuer­zan por salirse de su tiempo pero son ignorados deliberada­mente por las fuerzas ideológicas que están detrás de la caja de resonancia de los medios, ya me diréis qué esperanza hay de un mundo nuevo y mejor para todos sin excepción. Por eso urge romper el tarro de acero donde se encierra el pensamiento único y la economía única por la revolución simultánea, tanto económica como política que comience por la mediática. Desafiar de esa manera a esos sociobiólogos que vienen pronos­ticando desde hace tiempo el suicidio de la Humanidad como el último avatar, creo que, hoy, antes que enfrentarse al is­lamismo como la bestia a destruir, debiera ser éste, el de la nueva revolución el principal objetivo de Occidente.


Jaime Richart es antropólogo y jurista y socio de infoLibre





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