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¿Héroes en España?

José Carlos Tenorio Maciá Publicada 11/03/2015 a las 06:00 Actualizada 11/03/2015 a las 11:06    
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¿Quién o quiénes podrían ser considerados en la actualidad los héroes de nuestra sociedad?

La sociedad española, hoy en día, está huérfana. Carece de referentes, de figuras que la guíen en su día a día. No es este un mal exclusivo de nuestras fronteras, pero sí más acusado por una cuestión fundamental: el proceso de deconstrucción nacional que arrastramos desde largo tiempo.

Cuando la política bajó a la calle a principios del siglo XIX, entraron en liza distintos proyectos de España. Los viejos acaparadores del poder no pretendían más que resistir al cambio, frente a la visión revolucionaria de quienes alzaban sus energías en pro de la soberanía nacional. De esta última surgió el ciudadano, que aspiraba a dejar atrás su consideración como súbdito para ver reconocidos sus derechos en una Carta Magna. Desde entonces, el destino de nuestro país estaría jalonado, en el marco del Estado liberal desde 1833, por los distintos enfrentamientos entre los inmovilistas y los valedores de la transformación, así como por las disputas entre las distintas facciones de estos últimos. Con breves paréntesis, la democracia no se asentaría en España hasta después de la muerte de Franco.

El siglo XIX, y parte del XX, fue una época de convicciones. Los héroes, al igual que la política moderna, tocaron el suelo. De ángeles y seres sagrados como el rey, se pasó a referentes secularizados (aun manteniendo la pátina de inmortalidad): militares como Riego o Espartero próceres de la patria en su lucha por la libertad; ciudadanos de a pie como Agustina de Aragón, recuperada como símbolo de la resistencia contra el invasor durante la Guerra Civil del 36; y un largo etcétera. Era la época romántica, del nacionalismo, que hacía necesaria la creación de referentes singulares, mitos y símbolos para construir la nación que legitimase el incipiente Estado español. Construcciones que fueron revisadas continuamente en beneficio de los dirigentes de una y otra ideología.

Por lo tanto, se puede hablar de sensibilidades políticas contrapuestas en la España de aquellas décadas, lo cual no ha impedido el establecimiento de un relato que vinculaba a la población, dominada por un sentimiento nacionalista con sus propios héroes en cada época, si bien muchas veces influida por la propaganda oficial y la naturaleza del poder gobernante. Pero había ideales y pasión, móviles compartidos por los que luchar, y además el debate intelectual se asentó con el advenimiento de la política de masas a principios del XX.

No obstante, el último reducto de convicciones fuertes en la sociedad española, en mi opinión, se sitúa en el conflicto entre los partidarios de la República y los rebeldes franquistas. ¿Por qué establezco la barrera en este periodo? Considero que ha habido dos factores fundamentales en esta ruptura, uno interno y otro externo: por un lado, la imposición de una dictadura durante cuarenta años, absolutamente centralista y represiva, que persiguió tanto el pensamiento crítico como los nacionalismos periféricos; por otro, el imparable consumismo y tecnificación de la sociedad mundial desde los años ochenta.

Respecto al primer elemento, la España actual sigue sin ser una nación, es decir, sus ciudadanos siguen sin tener fe en un relato compartido. El modelo constitucional de 1978 ha fracasado en este aspecto por un mal diagnóstico de las élites del régimen político naciente: tratar el problema nacional como si fuese puramente de Estado. La dictadura franquista expulsó a muchos ciudadanos de la nación, y durante la transición democrática no se diseñó un nuevo modelo de identidad española que atrajese y vinculase a toda la sociedad española. España se integró en la Unión Europea como si fuese a solucionar la carencia de un proyecto nacional propio que todavía seguimos esperando. Y si algo hemos aprendido de la historia es que la nación es un ente dinámico que hay que cuidar e ir supervisando.

Así pues, observo en nuestros días un nacionalismo sin nación que deja depauperado nuestro ideario colectivo y, por ende, la falta de héroes compartidos. Además, el legado franquista no ha hecho más que mantener a la sociedad polarizada: o estás conmigo o contra mí, o eres del Madrid o del Barca, te gusta Podemos o no te gusta.

No hay grises en nuestro país y eso es tan peligroso como dañino porque no nos permite establecer un debate crítico saludable, fundamentado, sosegado, donde no solo expresemos sino conozcamos, pudiendo acercar posturas y alcanzar acuerdos. Empero, con la reciente crisis observo que se está produciendo la necesaria madurez de nuestra cultura política, y es muy probable que la alteración del sistema de partidos dibuje un nuevo escenario donde tengamos que poner a prueba nuestra capacidad para progresar desde el consenso y, quien sabe, se establezca una renovada identidad española vehiculada por un proyecto común.

Pero lo que más me preocupa, sin duda, tiene una dimensión mayor y es el camino que hace un tiempo inició la sociedad posmoderna impulsada por la globalización. Vivimos en un mundo tecnificado donde solo parece tener crédito la razón instrumental. Ello es coherente con la exigencia de resultados prácticos y rápidos, pues todo avanza a una velocidad frenética. Los seres humanos, siguiendo esta lógica, somos antes que nada productores y consumidores, y se nos obliga continuamente a satisfacer deseos, llegando a establecerse el ideal de la posesión por la posesión. Esta tendencia obsesiva se olvida del humanismo, de la reflexión, la pausa, incluso de las relaciones humanas sólidas. De ahí que los héroes hoy en día vayan y vengan, líquidos como la sociedad misma tan fielmente retratada por Z. Bauman; son héroes por lo que tienen (¿Fama? ¿Poder? ¿Dinero?), y no por lo que son.

Resulta complejo mantenerse al margen de esta sociedad donde todo es mercancía y nada permanece. Vivimos mediatizados, acompañados de pantallas, lo cual está transformando radicalmente nuestros valores. En una época donde domina el paradigma del cientificismo, el individualismo y el relativismo, ¿no debería ser el héroe, precisamente, aquel que lograse aportar algo de humanismo a la sociedad?

El discurso ha calado. Parecemos estar en un callejón sin salida y en mi opinión lo artificial, lo material, nunca traerá la felicidad prometida si desprecia al individuo. Es entonces cuando vuelvo a plantearme la pregunta inicial: ¿quiénes son los héroes de la sociedad española actual?

En un primer momento, sin hacer una reflexión previa, podría parecer que los españoles nos entendemos por los pies. Me refiero al fútbol, por supuesto; parafraseando a Hobsbawn, la comunidad imaginada de millones de seres humanos parece más real bajo la forma de un equipo de balompié compuesto por once personas cuyos nombres son conocidos. Esos deportistas, al igual que otras celebridades, podrían ser nuestros héroes, pero se pretende ir más allá haciendo un análisis más profundo. Por ello, tras consultar el sentir de mi entorno más cercano al respecto, he dibujado en mi mente lo que considero que es el superhombre o supermujer de nuestro país en la actualidad; de forma inevitable, directamente relacionado con la crisis económica. La conclusión es que no hay héroe concreto ni visible, el héroe de hoy es anónimo y parece estar oculto.

Sí, el héroe de nuestros días es aquel parado que sobrevive en el umbral de la pobreza. El voluntario que, en el anonimato y sin publicidad, cubre las deficiencias sociales de la política y ofrece todo su apoyo sin esperar nada a cambio. El periodista que se preocupa por dar voz a quienes no la tienen, y que lucha por garantizar el derecho de los ciudadanos a ser informados de forma veraz. Los héroes, cómo no, son los vecinos de Angrois, que demostraron que todavía existía la solidaridad desmedida en una situación aterradora. También son admirados aquel activista que impide un desahucio injusto y el médico que atiende a un paciente sin tarjeta sanitaria por el mero hecho de ser inmigrante.

Puede parecer una respuesta demagógica, pero eso es precisamente lo triste: que nos hayamos olvidado de que los héroes son los seres humanos por lo que son y por sus actos, no solo por lo que tienen. En conclusión, considero lógico que estos sean nuestros héroes en tiempos de crisis y seguramente sobrevivamos a ella gracias al heroísmo ciudadano. No obstante, creo que debemos aprovechar la coyuntura para paliar el problema estructural de nuestra nación, construyendo un relato satisfactorio para todos los españoles; además, sería muy saludable contar con adalides de determinados valores humanistas que nos orientasen en una sociedad tan mercantilizada como la actual, aunque esto será difícil mientras sigamos siendo cómplices de esta lógica que nos dispersa y donde todo fluye, nada permanece, y en la que pensar no está de moda.



José Carlos Tenorio Maciá es socio de infoLibre





2 Comentarios
  • 2 Jeannett 11/03/15 13:30

    La cooperación humana constituye la energía de la supervivencia civilizada. Muchas fuerzas actúan contra ella, y sin embargo siempre aflora a la superficie. Si las personas no llevásemos en nosotras mismas la fundamental condición biológica de cooperación, jamás habríamos sobrevivido como especie. Las nuevas estructuras de poder que pretenden una nueva fisonomía social se ven obligadas a desembarazarse de las antiguas ceremonias y procedimientos protocolarios o rituales. La pérdida de la pompa y los acontecimientos sociales provocan una eventual insatisfacción que minora la ilusión de pertenencia a una tribu determinada y donde, a la vez, la fortaleza cohesiva de las conductas públicas, sentimentales y de identidad social y cultural constituyen la fuerza de adaptación civilizada necesaria para las nuevas acciones prácticas ciudadanas.

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  • 1 Jeannett 11/03/15 13:29

    En toda agrupación mamífera, cualquiera que sea la graduación de cooperatividad, se halla siempre presente una lucha por la dominación social. Cada individualidad adquiere una determinada categoría social que la da su posición o estatus en la jerarquía grupal. Cuando quienes ocupan posiciones preeminentes llegan a la senilidad, ven disputada su autoridad. Si el grupo se vuelve demasiado grande, o el espacio disponible demasiado pequeño –ciudades-, la carrera por ascender de estatus se hace desenfrenada, donde las jefaturas se ven sometidas a una fuerte tensión, y donde los más débiles son con frecuencia sacrificados mientras los contenidos rituales de ostentación y contraostentación degeneran en violencia . . . Sigue.

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