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Más allá del euro

Jaime Richart Publicada 23/04/2015 a las 06:00 Actualizada 23/04/2015 a las 17:58    
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De dedicarse a gestor administrativo, a crear enredosas empresas societarias o a ser artífices de liquidaciones tributarias para que su cliente contribuyente pague menos impuestos. Por eso es una infame y una hipócrita bajeza que el ministro del ramo hubiere acusado a un insigne profesor, perteneciente a un grupo politico emergente, de haberse acogido a una fórmula tributaria por la que pagó menos que por otra, cuando es a eso a lo que ese ministro y los de su gremio se dedican. El economista, con la crisis económica que afecta tan gravemente a este país, se ha convertido en el sumo sacerdote de la sociedad y de las televisiones.

La mayor parte, por no decir todos, de los economistas que con tiza y encerado nos dan clases televisivas de ampulosa economía que en el fondo no es más que contabilidad gigantesca, son neoliberales. En más o en menos "piensan" la economía en claves neoliberales. No en vano la mayoría, por no decir todos, han pasado por las universidades estadounidenses que son los centros del saber donde se enseña y se aprende a crear riqueza, o al menos a promover las condiciones para crear riqueza, pero a costa de otros: de otros individuos y de otros países. Por consiguiente, el manejo de todos los factores que concurren en el plano de la economía, de ese tipo de economía, significa un esfuerzo orientado exclusivamente a generar riqueza. Y ello supone que, para ellos, su opuesto no es "no generar riqueza", sino generar pobreza. De ahí el tópico insensato divulgado expresa o tácitamente por todos de que los países que no gravitan en torno a la economía capitalista y por antonomasia neoliberal no reparten otra cosa que pobreza.

Este es planteamiento de partida para elucidar el asunto, según mi modo de ver a la sociedad actual: unos economistas se dedican a crear riqueza (en la mayoría de los casos también para sí mismos) a cualquier precio, y los otros, según aquellos y sorprendentemente, a crear pobreza.

Para los economistas de esa laya, que son los autores de toda la ingeniería financiera, de los cambalaches presupuestarios que decide el poder político, de la creación de lobbies, de las sicav, de los paraísos fiscales, de tejemanejes incontables supuestamente dirigidos a crear riqueza y de paso también ricos, lo de menos es el desequilibrio que los ingenios que combinan e inventan provoquen en la sociedad. Lo de menos es, digámoslo ya, la brutal desigualdad. De la desigualdad se ocupan luego otros: los moralistas y los intelectuales, y a mucha distancia y con numerosas fintas y recovecos eventualmente la justicia. Y la justicia, en la medida que pueda corregir los excesos cometidos por los políticos y entre ellos buena parte de los economistas, sean o no políticos. Pero el sistema sigue basado en la idea que tienen esos economistas de la contabilidad social. Y por ello su papel es crucial y decisivo en todos los avatares de la sociedad y en los ensayos de la construcción de una federación de estados, como es el caso de la Unión Europea.

Precisamente, el hecho de haberse antepuesto la construcción económica a la política detrás de la que ahora se está, con todos los obstáculos, frenos e impedimentos que los aspectos económicos causan, puede decirse que es la causa de la causa del panorama desolador que viven los países más pobres que eran cuando firmaron el tratado de la Unión y siguen siendo ahora. La Unión política debiera haber precedido a la Unión económica. Se ve palpablemente que tuvieron sus fundadores en cuenta la premisa marxista de que la política es una meta superestructura cambiante de lo económico...

El caso es que, como decía, la mayoría de los economistas que despuntan en la opinión pública (opinión que empieza en la opinión personal de los dueños de los medios) relegan todo lo público en favor de la privatización hasta del aire que respiramos. Que la fórmula funciona es indudable. Pero los otros economistas y todos los intelectuales están de acuerdo en que el coste humano de tal aventura, de ese modo de orientar el pensamiento, es nefasto y demoledor para grandes partes de la población. El contraste entre la mayor parte de los economistas y su visión estrecha del asunto y del trasunto social, y otros minoritarios con más conciencia social que productiva, consiste en que aquellos economistas no tienen en cuenta más que los datos que existen y se les da. A ellos no les incumbe ni les interesa, ni la procedencia de dichos recursos ni el coste humano, ni el sufrimiento ni las pérdidas humanas que puedan sobrevenir de los desequilibrios socioeconómicos. A ellos no les importa si el petróleo se obtiene de una perforación simplemente afortunada o de una perforación ya hecha o por hacer en un país invadido después de una guerra criminal, o si la madera se logra de la deforestación salvaje, o de si el pescado se pesca esquilmando los mares o extinguiendo las ballenas. Todo esto está excluido de su preocupación y de su técnica discursiva aunque tiene ostensibles y rotundos efectos en la suerte de los países. Ellos, con tal de que se genere riqueza, se sienten eximidos de toda culpa de las oprobiosas desigualdades sociales y de los estragos que una economía por encima de todo productiva ocasione en la sociedad y en el planeta.

Pero hay otros economistas, que no son los que miden y cuentan salvo en los reductos de los escasos centros que dan acogida a su mentalidad. Este es el caso actual del actual ministro en Grecia. Varoufakis no tiene en su cabeza otro objetivo que el de evitar la situación penosa en que se encuentran millones de ciudadanos y ciudadanas por culpa de los expolios a que han sometido al país durante años, como ha sucedido en España, seres abyectos metidos a la noble tarea de servir a los intereses de toda la población que han prostituido la política.

El caso es que aún los países europeos que no giran en torno al euro son más felices que grandes porciones de población que formando también parte de la Unión europea, son, somos, tubo de ensayo, cobayas y lacayos de los que manejan sus bancos y a la Unión. Quizá por eso mismo no debiera haber temor a salirnos del euro. Quizá España recobrase la tranquilidad perdida y encontrase el norte que nunca, por unos o por otros pero siempre abusadores, prepotentes y dominadores, acaba por saber realmente dónde está.



Jaime Richart es antropólogo y jurista y socio de infoLibre


2 Comentarios
  • 2 phentium 23/04/15 22:15

    Excelente exposicion. Nunca habia leido ni escuchado a nadie que pusiera sobre el tapete lo que les interesa y lo que quieren ignorar a estos economistas considerados casi gurus. El ciudadano ha perdido de vista totalmente el objetivo de votar a uno u otro partido y cual es en realidad la funcion de los politicos. Lo primero que debiera preocupar a un politico es el bienestar de sus gobernados. Siempre fueron miserables y asi pasaron a la historia todos aquello que solo utilizaron a la poblacion como colchos sobre el dormir mullido. Espero que la historia haga justicia y este gobierno miserable y su presidente pasen a los libros como tales. Es inevitable que un retrato de Rajoy el Infame cuelgue en las paredes del congreso, pero debieran ponerlo con el lienzo hacia el muro.

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  • 1 gusalo 23/04/15 20:34

    Un artículo muy expresivo y lleno. Desde el párrafo 1º, con su denuncia directa y clara del cinismo de Montoro, el 'sacerdote' –¡acertado clasificador!– . Muy buen retrato del 'economista' neoliberal en un par de rasgos: explicando el significado de la expresión liberal “crear riqueza”, subrayando la indiferencia de estos 'economistas' ante la desigualdad y los desequilibrios sociales, denunciando la coincidencia de la opinión personal de los amos de los medios con la opinión allí publicada de los 'economistas' domesticados. En los dos últimos párrafos sentimos cierto alivio. Nos recuerda que, aunque escasos en los medios, existen también economistas, como Varoufakis, que no son contables de ningún amo, que se preocupan por el sufrimiento de la gente. Finalmente, al comparar la situación de los ciudadanos de la eurozona excluidos de la sociedad con los ciudadanos de los países excluidos del euro, que nos lleva a una conclusión: quizá no todos perdamos con la salida del euro. Gracias.

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