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71 no es solo un número

Mayte Mejía Publicada 05/09/2015 a las 06:00 Actualizada 08/09/2015 a las 13:08    
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Noticias e imágenes terribles de Oriente –como las hay en tantos otros lugares en conflicto– sacuden los hombros del alma al resto de países. Ya ocurrió cuando el pasado marzo la foto de aquella niña siria de cuatro años dio la vuelta al mundo, con las manos en alto, los puños y dientes apretados, a punto de llorar, creyendo que la cámara de la fotógrafa palestina Nadia AbuShaban era el arma que acabaría con su corta vida para siempre. Las tragedias se solapan unas a otras porque no tenemos capacidad para almacenarlas todas en la memoria, de forma que lo que hace meses, días o años nos conmovió, hoy son solo recuerdos que reaparecen puntuales cuando una vez más el horror salta en grandes titulares a las pantallas de las televisiones, y a las primeras páginas de los periódicos digitales –a veces me entra la nostalgia de leerlos en papel, pero rápidamente me recupero–.

Sin embargo, en esta ocasión la congoja me ha cogido con el oído pegado a Europa… 71 no es solo un número dentro de un camión frigorífico. Es el fracaso de la descoordinación internacional, y la mala suerte de la desesperación humana. 59 hombres, 8 mujeres y 4 menores, presuntamente provenientes de Siria, fueron hallados asfixiados dentro de dicho vehículo, abandonado en un arcén de la autopista A4, entre el lago Neusiedl y la localidad de Parndorf, en el Estado federado de Burgenland, fronterizo con Hungría. Asimilar que la belleza del Mediterráneo es para muchos la gran morgue donde quedan flotando sus sueños entre las olas no es fácil para alguien como yo que ama el mar, pero pensar que en el interior de un transporte destinado a mercancías pesadas iba una carga era macabra, es rizar el rizo de la intolerancia ciudadana. Seamos claros: facilitar la entrada de los refugiados en los países de acogida no solamente es fundamental y necesario, es el grito callejero que clama al cielo de los poderosos, de los ejecutantes, de los que aplican y crean las leyes; es un ejercicio para reconsiderar que todos somos personas de primera.

Pero también se me antoja otra lectura. Entender que todos, en un momento determinado de nuestro ciclo, somos refugiados y pedimos asilo solicitando el amparo preciso para ir por la vida con la mente abierta y las ideas reseteadas. Refugiados en los corazones de los amigos que no nos olvidan ni nos dejan caer, en las ilusiones que mantienen nuestra existencia en pie, en los besos que nos dan oxígeno, en los libros que nos alimentan, en los oficios que amamos y que nos han hecho mejores generando dentro de nosotros una nueva luz cada día. Comprendo que estos ejemplos son insignificantes comparados con la delicada situación que se vive en muchos puntos del planeta, pero precisamente por eso, desde nuestra posición privilegiada, porque son peticiones de cobijo suaves, nos ayudan a entender que remangarse no es ni más ni menos que luchar por un mundo más justo, recordando a quienes pueden facilitar soluciones a estos asuntos que la voz y el voto lo seguimos teniendo nosotros.

Antes nos pellizcó la conciencia los ojos abiertos de la pequeña siria; días después, los cuerpos descompuestos de los 71 inmigrantes; mañana la mandíbula contraída del que escapa de la guerra, del hambre, de la pobreza, del derrumbe, de la dictadura… Mientras tanto el mundo desarrollado e inmerso en su crisis de la gilipollez, del engaño, del desfalco y de la grosería, no aplica las medidas correspondientes para migrar legalmente de un punto a otro de los continentes, esos que a todos nos corresponden por igual, sin trampas, sin fronteras, ni trapos sucios.



Mayte Mejía es socia de infoLibre

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