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Italia

Renzi espera a Podemos para apoyar a Tsipras

Ettore Siniscalchi Publicada 15/07/2015 a las 06:00 Actualizada 15/07/2015 a las 17:19    
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Caricatura del primer ministro italiano, Matteo Renzi.

Caricatura del primer ministro italiano, Matteo Renzi.

Luis Grañena
En febrero pasado, Alexis Tsipras, el hombre nuevo de la política europea, con su victoria electoral recientemente obtenida, hizo, junto con el nuevo ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, una visita oficial a Roma, elegida como exordio en la arena europea en vistas de la negociación sobre la deuda griega.

Parecía que los dos estaban destinados a entenderse. Era una alianza que residía en la fuerza de las cosas, como explicaba, en una entrevista concedida a Linkiesta.it, Giulio Sapelli, profesor de Historia Económica de la Università degli Studi de Milán y con experiencia didáctica en la London School of Economics and Political Science y en la Universidad Autónoma de Barcelona: “[Renzi] afirma que no formará ningún eje con Grecia, aunque al final lo hará. Se verá obligado a formar un eje con Grecia, pero mientras tanto trata de tranquilizar. En cualquier caso, la situación está clara: la victoria griega es el principio de un ciclo que pone fin a la austeridad y no se puede no tenerlo en cuenta. Alemania, por su parte, ha comenzado su declive. Y esto hay que sopesarlo también”.

La situación también parecía clara en Bruselas, ya que en cuanto se anunció la visita de Tsipras a Roma, Jean-Claude Juncker advirtió a Renzi: “La cancelación de la deuda griega está fuera de discusión. Los demás países de la zona euro no la aceptarían”, declaró en una entrevista a Le Figaro.

En la reunión, de más de una hora, Renzi estuvo rodeado del equipo de las grandes ocasiones con ministros y subsecretarios, y concluyó con una larga rueda de prensa, un intercambio de regalos y declaraciones optimistas. “No sé italiano pero con Renzi hablamos la misma lengua porque nuestros pueblos han sufrido. Ha llegado el momento del crecimiento y de las reformas para conseguir unos Estados más funcionales”, dijo Tsipras. Y Renzi: “Tenemos la misma edad pero provenimos de experiencias diferentes y pertenecemos a familias políticas diferentes. Pero compartimos la idea de restituir a la política la posibilidad de cambiar las cosas. Queremos echar una mano a Grecia”.

Cuando el 21 de febrero se alcanzó el acuerdo para la ampliación de cuatro meses del programa de ayudas, parecía que el eje se estuviera consolidando. El Gobierno italiano subrayó en la prensa el papel jugado por Italia en la mediación. “De cremallera”, aclaró Renzi. El ministro de Economía italiano, Pier Carlo Padoan, afirmó: “Un éxito histórico, una victoria para todos y un paso hacia adelante para Europa, un acuerdo que va en el buen camino". También Tsipras confirmó el papel desempeñado por Roma, llamando a Renzi por teléfono para darle las gracias.

Ahora sabemos que esos cuatro meses han sido inútiles. Las posiciones rigoristas se han endurecido. Revisarlas querría decir volver a discutir desde sus pilares las políticas anticrisis de la Unión Europea, rechazar los dogmas del equilibrio presupuestario, suspender la práctica de la socialización de las pérdidas frente a la privatización de los beneficios. El referéndum despeja el campo de coartadas, poniendo en evidencia el enfrentamiento.

Dejarse ver al lado de Tsipras ya no es conveniente. Habría sido comprensible si Renzi hubiera elegido un perfil bajo. Es menos comprensible que haya decidido atacar a Tsipras de una manera tan dura al socaire de un momento tan delicado como era el del referéndum.

La “pequeña guerra” comienza el 29 de junio con un tweet (no en italiano, sino en inglés, para que quien tiene que entender, entienda): “The point is: greek referendum won't be a derby EU Commission vs Tsipras, but euro vs dracma. This is the choice”. Renzi adopta la propaganda de los ortodoxos sobre el referéndum. Y explica mejor su posición en una entrevista concedida un día después a Il Sole 24 ore: “Si gana el no, Grecia se encaminará, en mi opinión, a salir del euro. Volverá al dracma. Y sería una desgracia, sobre todo para los griegos”.

“Pero, llegados a este punto, son ellos los que tienen que decidir: que los líderes europeos respeten la voluntad de Atenas, sin entrometerse”, explica el exalcalde de Florencia al director de la misma publicación, Roberto Napoletano. “Perdóneme, nosotros hemos hecho la reforma de las pensiones, y no hemos quitado las baby-pensioni [ndt: pensiones reducidas para los funcionarios con pocos años de cotización] a los italianos para dárselas a los griegos, ¿de acuerdo? Hemos hecho la reforma laboral, pero eso no significa que con nuestro dinero algunos armadores griegos puedan seguir sin pagar los impuestos.

¿Por qué escenifica Renzi de forma tan teatral su adhesión a las tesis de los partidarios del rigor? ¿Por miedo o por sumisión? Sin duda alguna, porque piensa que puede jugar en el campo de los adversarios para conseguir el consenso. Es así como funciona el instinto del italiano indulgente consigo mismo y severo con los demás.

Atenas no se esperaba esta bomba. Habrá que esperar a la víspera de la votación para la indignada reacción del economista James Galbraith, consejero del entonces ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, en una entrevista en el Huffington Post Italia: “Una de las cosas que más ha decepcionado, a mí y a muchas otras personas aquí en Grecia, ha sido la posición que adoptó Matteo Renzi el día antes del referéndum. Abrazó esa vergonzosa amenaza lanzada por Europa, en razón de la cual si los griegos votaban no habrían elegido el adiós al euro. No debería haberlo hecho. Una posición de ese tipo, tan dura, podía tomarla Alemania, pero no un país como Italia que todavía sigue afrontando una crisis”.

El enfrentamiento ha sido tan violento que ha asustado incluso a los más convencidos de la necesidad de elegir otro camino. Renzi ha decidido no solo no dar un paso atrás, sino también alinearse con los más fuertes. El jefe del Gobierno de Roma conoce bien el escenario europeo. Europa, arrastrada por Alemania, no discute sus dogmas económicos. Francia, debilitada por una década de errores cometidos en los escenarios internacionales, con un Gobierno socialista perdido en la persecución de las consignas de la derecha, representa a la perfección el dramático espectáculo de las socialdemocracias europeas desorientadas ante “la cita con la historia”.

Sus Gobiernos dependen mucho de las buenas palabras de los socios europeos. El último que ha entrado en el PSE, el Partido Democrático de Renzi, aunque sea el representante más fuerte del grupo, no puede ejercer ningún liderazgo en un cuerpo deshilachado, incapaz de tener una visión propia y sometido a las proclamas neoliberales. ¿Qué visión propia tiene el PD?

Cuando Tsipras ganó, de forma inesperada para muchos, el referéndum, Renzi volvió a posicionarse. Hizo que los periódicos escribiesen: “Se abre un escenario interesante. Se lo he dicho a Francia y a Alemania. No sirve un modelo de dos vías”. Y contó que había hablado con Tsipras por teléfono: “Un día estaba furioso por las bromas sobre los jubilados. Pero ahora se ha puesto en contacto conmigo para pedirme que medie”. El problema son los compromisos europeos: “¿Se pueden poner en discusión por los plebiscitos populares, qué hará Podemos en España o Marine Le Pen en Francia?”.

Renzi, aunque en negativo, pone el punto sobre las íes: todos los socios están unidos entre ellos como las fichas de un dominó. Pero el interés de Italia reside precisamente en reexaminar esos vínculos. Y en evitar la salida de Grecia e imponer la idea de que el euro no es irreversible. Es lo que interesa a todos los países que superan el 60% respecto a la relación deuda-PIB: España, Portugal y Francia.

El 10 de julio, el economista Luigi Zingales afirmaba en Il Sole 24 ore, el diario económico de la Confindustria [ndt: Confederación General de la Industria italiana, la patronal], que tanto el grexit como la idea de la reversibilidad del euro son un enorme peligro para todos y que Alemania es el único país que podría sacar ventaja de ambos escenarios. Así como se entiende, prosigue el economista, que Rajoy no pueda apoyar a Syriza por la amenaza de Podemos, no se entiende “por qué el Gobierno italiano está ausente de las negociaciones”.

Atenas y Roma no rompen sus relaciones, son demasiados los intereses que tienen en común, pero no parece que se den las condiciones para formar un equipo. Renzi busca un parapeto en Europa. Francia e Italia se toman su tiempo incluso en espera de ver lo que pasará en España. Un continente obligado a estar unido y tan poco capaz de conseguirlo ha descubierto con el referéndum griego cómo las decisiones de un pueblo nos conciernen a todos. Las próximas citas de la democracia europea serán las elecciones portuguesas y españolas.



Traducción: Valentina Valverde


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