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LA CRISIS DE LA CULTURA (II)

La música en vivo, camino de la muerte

  • La industria alerta de una caída de más del 27% de la taquilla de los eventos en directo tras la subida del IVA, que se suma a la práctica desparición de la contratación pública y a una caída del consumo generalizada.
  • Muchos artistas extranjeros han comenzado a evitar España como parada de sus giras internacionales

Publicada 23/06/2013 a las 06:00 Actualizada 22/06/2013 a las 22:23    
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La banda británica Muse, en un concierto reciente en Barcelona.  EFE

La banda británica Muse, en un concierto reciente en Barcelona. EFE

Ellos ya lo advirtieron: “La decisión del Gobierno de subir el tipo de IVA aplicable a las entradas de los espectáculos musicales del 8 al 21% tendrá consecuencias dramáticas para la industria de la música en vivo, por lo que supondrá en pérdida de público, en pérdida de competitividad para España como destino de eventos musicales y en pérdida de actividad económica para las ciudades que son sede de festivales y conciertos”. Entonces era el 1 de septiembre de 2012, o lo que también se podría llamar la fecha del principio del fin. Ni tan siquiera un año después, la voz que lanzó la llamada de alerta, la Asociación de Promotores Musicales (APM), que representa el 80% de los conciertos de iniciativa privada que se realizan en España, se ha corregido. Y no precisamente para bien.

Junto con la Asociación de Representantes Técnicos del Espectáculo (ARTE), que agrupa a 400 profesionales entre managers, apoderados, representantes artísticos, promotores y directores de festivales, emitieron hace solo unas semanas un comunicado en el que desmienten sus peores previsiones: la debacle es aún mayor de lo que se esperaba, con un descenso del 27,5% de la venta de entradas para eventos musicales en directo. “El balance no puede ser más negativo: se ha producido un desastre en cadena”, señala Emilio Santamaría, presidente de ARTE, que además aporta los números: desde septiembre, el sector ha dejado de ingresar más de 34 millones de euros, y se han perdido otros 2,5 millones en ingresos por el impuesto de sociedades. Eso, sumado al cierre de empresas y la destrucción de empleos, una lacra que ha tocado ya a un centenar de estas compañías, un 25% del total.

“Como sala de conciertos se ha notado muchísimo, más del 27%” cree Alberto Guijarro, director de la barcelonesa Apolo, que cuenta con dos espacios para conciertos, uno con un aforo para 1.200 personas, y el otro para 400. “En la sala pequeña la caída llega al 50%, además de que han desaparecido muchos promotores pequeños, autónomos o empresas de dos o tres personas”. Dado que los 13 puntos de aumento del IVA (que ha pasado del 8 al 21%), se correspondían en términos generales con el beneficio de los productores, que en buena parte han asumido la subida (junto, en ocasiones, con los artistas) para que esta no se note demasiado en el precio de las entradas, se ha desatado un efecto dominó. “Ahora los márgenes han bajado a un punto temerario. Para cubrir gastos, ahora necesitas llenar siempre más de un 80% del aforo, lo cual es muy complicado”, dice Santamaría, de ARTE. “Cuando un concierto está vendido al completo tu margen es del 15 al 20%”, ilustra Guijarro, de la sala Apolo. “Ahora se te queda entre el 2 y el 7%, es decir, que no existe negocio”.

La espantada de las administraciones públicas

A ello se suma el hecho de que, como explica David Jiménez, de la promotora Heart of Gold -cuyos conciertos, asegura, son ahora más baratos que en 2006- también se ha reducido el número de actuaciones. “Especialmente en pequeños festivales, que antes estaban financiados por las administraciones”. Y es que el IVA solo ha sido la puntilla a una situación ya de por sí de extrema gravedad, con una caída generalizada del poder adquisitivo y, por tanto, del consumo, que se une a la espantada estatal. “La contratación pública prácticamente ha desaparecido: ahora quedará un 15% de lo que había hace cuatro años”, asegura Santamaría. Incluso desde Heart of Gold, donde señalan no ser tan dependientes de las subvenciones, sienten que el abandono del Estado es insostenible. “Debería haberlas para la base, para lo menos mayoritario”, sostiene Jiménez. “Los grandes festivales no están tan afectados, pero se está condenando a los francotiradores locales”.

Solo hace falta echar un vistazo a las cifras del Sónar, que se celebró el fin de semana del 13 al 16 de junio, para comprender que, efectivamente, los megaeventos siguen gozando de buena salud. Con 121.000 espectadores, un 24% más que el año anterior, el certamen barcelonés rubricaba en lo peor de la crisis sus mejores cifras en 20 años de historia, con un cartel repleto de estrellas internacionales, desde Kraftwerk a los Pet Shop Boys o Skrillex. “Pero hay muchos artistas extranjeros que no vienen porque tienen mejores ofertas en otros países”, apuntilla Santamaría, que coincide con Guijarro, de la sala Apolo, mucho más modesta que el Sónar en términos de capacidad de atraer a público. “Muchos extranjeros se llevan un porcentaje de taquilla: si les quitas el IVA, además de lo que se queda la SGAE, se queda en un 33% menos, así que no les sale a cuenta. Ahora muchos van al este, que está de moda, y obvian el sur de Europa”.

¿Y qué hay de los artistas?

Los artistas extranjeros, al menos, tienen la posibilidad de esquivar España en sus tours. Beyoncé, por ejemplo, ya se ha olvidado de hacer parada aquí en su gira de este año, mientras que del otro lado, Bon Jovi ha insistido en actuar sin cobrar para “dar esperanza” a sus fans. Pero, ¿y qué pasa con los españoles? “Los que pueden trabajan más fuera que dentro”, dice Santamaría, “pero no todos son millonarios y pueden hacerlo: un 80% son curritos de la música”. Para ellos, quizá, no quede más salida en el futuro que buscar otro empleo. Y eso, si pueden. “A la vista de la cascada de resultados, está claro que la administración se está cargando la Cultura”, confirma Santamaría. “No sé si quieren que desaparezcamos. Es muy preocupante”.

Las soluciones, dice, pasarían en primer lugar por revertir la subida del IVA, que “por lo menos, devolvería la esperanza de seguir trabajando”. Si no, llegará un momento en el que se tendrá que aumentar el precio de las entradas: “Porque los costes suben, y los precios disminuyen”. En el caso de las salas de conciertos, como la Apolo, poco más podría hacerse para intentar mejorar su situación. “A los músicos todavía les queda salir a tocar a la calle”, se lamenta Guijarro. “Pero para nosotros ya solo puede funcionar si un artista grande quiere venir a una sala pequeña, por aquello de estar más cerca de su público”.



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