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Cine

Borja Cobeaga: “Pongo la mirada en cuestiones que parecen graves, pero que si las aíslas son cómicas”

  • El inicio del rodaje de la secuela de 'Ocho apellidos vascos', de la que es coguionista, está a la vuelta de la esquina, este mayo
  • Antes, Borja Cobeaga regresa a las pantallas como director con 'Negociador', una tragicomedia a medio camino entre la crónica y la sátira sobre el proceso de negociación de paz con ETA

Publicada 05/03/2015 a las 06:00 Actualizada 02/02/2016 a las 19:30    
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Un fotograma de 'Negociador'.

Un fotograma de 'Negociador'.

Es especialista en la locura: por ejemplo, la que define los amores no correspondidos, o la que se desata en las fiestas de fin de año. De esos absurdos brotaron sus dos primeras películas como director, Pagafantas y No controles, a las que se suman sus trabajos como guionista, el más notorio el que ha dado forma, mano a mano con Diego San José, a la insania cinematográfica del pasado 2014: Ocho apellidos vascos. Oriundo de San Sebastián, Borja Cobeaga (1977) ha hecho de su tierra sujeto y fin para, desde ese punto local, hablar de lo que le ocurre a la gente en cualquier parte. Esa búsqueda en sus propias raíces, que empezó en televisión con el programa de sketches de la ETB Vaya Semanita, le ha llevado a un tema imposible de eludir en el País Vasco, el de ETA.

Para este nuevo abordaje a la demencia, el resultado, si se quiere, le ha quedado menos loco. Con un toque más hondo, un aire más dolido. Que también deja espacio para la comedia más hilarante, a pesar de las heridas. Protagonizada por Ramón Barea, Josean Bengoetxea y Carlos Areces, su Negociador, que llega a las salas el próximo viernes 13, es al tiempo crónica y sátira. Porque a una rigurosa documentación, la del proceso de negociación de paz emprendido por el presidente del Partido Socialista de Euskadi, Jesús Eguiguren, reunido en conversaciones primero con Josu Ternera y luego con Thierry al otro lado de la mesa, él le ha añadido su habitual vuelta de tuerca jocosa.

Con un intenso y atinado Barea en el papel de Eguiguren -que en la película se llama Manu Aranguren- Cobeaga ha sabido sacarle filo a lo que de pedestre puede guardarse en un espacio de tiempo rebosante de tensión. Ahora que el inicio del rodaje de la secuela de Ocho apellidos vascos se atisba a la vuelta de la esquina, para este mayo, el cineasta dedica estos días por completo a subrayar los logros de su Negociador. Se acumulan los periodistas que llaman a su puerta en una sala del Hogar vasco de Madrid, donde el olor a las almejas que se cocinan impregna todas las estancias. Quizá por el influjo de esa fragancia, o simplemente porque él es así, ni por un momento se le va el gesto amable y risueño. 



P. Ahora que te pillo atropelladamente quería empezar por preguntarte sobre ello: ¿cómo vives esto de tener a los periodistas encadenándose, la continua exposición…?


R. Bien, lo más complicado es intentar decir algo diferente cada vez, pero yo siempre lo intento, decir algo que no haya dicho en la anterior entrevista, porque si no… Pero sí que es verdad que cuando has metido muchas horas y mucho esfuerzo en una película tienes ganas de que se conozca, de que la gente la vea, así que creo que puede el entusiasmo por encima del atropellamiento que puede ser tener una entrevista detrás de otra. Yo creo que lo llevo bastante bien.

P. Todo el mundo coincide en afirmar que esta película no se hubiera podido hacer hace unos años, porque aunque hay dramas sobre ETA, el tema no se ha tratado tanto desde el punto de vista de la comedia. ¿Qué porcentaje de mérito te atribuyes en esto?

R. Pues no lo sé, porque en realidad también uno piensa que el humor le sale de manera natural. Desde hace muchos años, desde que me dedico profesionalmente a esto, lo que he hecho es comedia, entonces para mí es difícil ver que el mérito está en la comedia. De lo que se trata es de poner la lupa en determinados temas, cosa que ya hacíamos en Vaya Semanita, el programa de televisión. Entonces tampoco estaba inventando nada: se trataba de poner la mirada en cuestiones que parecen muy graves y muy importantes, pero que si las aíslas son muy cómicas. Creo que, en realidad, Negociador sí supone un paso más, pero en el tono: tiene un tono quizá más tragicómico, que no es tanto de comedia loca como podía ser en Vaya Semanita o incluso en Ocho apellidos vascos. Quizá es ahí donde está el cambio, pero vamos, que vengo aplicando la fórmula de Vaya Semanita, que era: no nos estamos riendo de la política, nos estamos riendo de la ideología; no nos estamos riendo del terrorismo y de las víctimas sino que nos estamos riendo de lo cotidiano que muchas veces rodea el conflicto vasco, o el nacionalismo. Vamos, que no creo que haya en ese sentido ningún descubrimiento porque es algo que ya hacía hace doce años.

P. Es cierto que en Vaya Semanita ya hacías humor político, pero últimamente la política ha calado mucho más, y ahora se encuentra en todos los rincones de la vida. ¿Crees que esta situación ha resultado propicia para poder hacer una película como Negociador?

R. Si los titulares de periódico o los programas de televisión –sobre todo los titulares de periódico- fueran todos los días sobre noticias del nacionalismo vasco, del conflicto vasco… Si todo eso estuviera en un primer plano, habría más escándalo si de repente saliera una comedia sobre ETA. Es verdad que el tema se ha desfocalizado. Cataluña es ahora el foco, y los vascos vamos casi al arrastre. Esas manifestaciones en Cataluña por la independencia tienen muchas veces su imitación en el País Vasco. Y ahora a lo mejor lo que resulta más rompedor no es que elijan a Bildu para gobernar en ayuntamientos, sino lo que está pasando con Podemos. Es decir, que en ese sentido se han atemperado mucho los ánimos en el País Vasco, y ha llegado un momento en el que puedes hacer películas, o historias, o novelas e incluso comedias sobre esto porque puedes verlo con más perspectiva.

P. Ser vasco al final ha resultado ser un filón cómico.

R. Sí, pero más que filón de lo que se trata es de las ganas que tienes de poner en pantalla tus vivencias. Eso sí que me parece importante: ¿de qué voy a hablar si no? ¿Voy a hablar de juergas? No, voy a hablar de lo difícil que es salir entre semana en el País Vasco. ¿O voy a hablar de ligar con chicas? No, voy a hablar de lo difícil que es ligar allí. Es decir, que en realidad estás hablando de lo de siempre pero desde esta perspectiva. Y sobre todo, prima que a mí como espectador me gustaría que me contaran historias cercanas, así que yo también aplico ese filtro.

P. ETA ha marcado las vidas de todos los vascos: ¿en qué medida ha afectado a la tuya?

R. Ha habido dos niveles: el más trágico es el de las víctimas. Ahí estamos hablando de gente que ha sufrido atentados, secuestros, y todo lo que tiene que ver con la violencia más directa. Pero creo que también hay una violencia más sorda y menos evidente que todos los vascos hemos padecido. Evidentemente, es menos grave que la otra: se notaba al hablar de determinado tema, al ir a determinado bar, al llegar a la plaza de tu ciudad y ver que estaban quemando un autobús… Son detalles del día a día, con los que de repente te topabas. Eso, o si llevabas un determinado periódico, o si decías Egunon o Buenos días… Y eso creo que sí que necesita ser pasado por el filtro del humor. Vaya Semanita va de liberarse de esas ataduras, de aquello que parece que es muy grave pero al fin y al cabo es lenguaje. Hay que verlo desde la perspectiva del humor para que te liberes, para que sirva para restar gravedad a todo lo que te pasa.

P. En la película, el protagonista, Aranguren, va a una taberna en la que se encuentra con amigos de toda la vida, que no le saludan porque son de ideologías opuestas. Pero al final, después de la negociación, acaban por devolverle el saludo. ¿Se puede entender eso como que, al final, lo que quería todo el mundo era la paz?

R. Sí, esta es la crónica de un fracaso, porque esta negociación fue un fracaso, y eso está basado en algo real que le pasó a Eguiguren, y que en realidad habla de que de algo sí que sirvió todo esto. Sí que podía haber sectores en ETA muy diferenciados: unos que estaban por abandonar las armas y otros que no, y los que triunfaron para que esa negociación no fructificara fueron los que querían seguir con las armas. Yo creo que esa decisión sí que hizo un clic en parte de la izquierda abertzale que dio que pensar. ¿Hay que seguir con esto? ¿Es conveniente y necesario seguir con esto? Entonces, en cierto modo sí que se puede interpretar así, desde luego. 

P. Empezaste a rodar cortos a los nueve años: ¿lo tuyo es una vocación casi innata?

R. Es muy vocacional, sí. Yo crecí en un entorno en el que no había cineastas, pero mi madre era fanática del cine, y desde muy pequeño a mí me han llevado al cine, y ya desde entonces quería ser director. No sabía muy bien qué significaba pero es verdad que me parecía apasionante. Según vas experimentando, luego te das cuenta de que no hay nada más diferente que ser un cinéfilo y ver películas que hacerlas. Son probablemente los procesos más opuestos del mundo. Pero ha coincidido que no solamente me gusta ver películas sino también hacerlas. Y desde pequeño, desde que mi familia se compró una cámara de vídeo, empecé a hacer cortos, y cada vez iban siendo más en serio, pero empezaron como entretenimiento de sábado por la tarde en el pasillo de casa.

P. Tienes dos productoras (Arsénico y Sayaka) con varios compañeros, entre ellos Nacho Vigalondo. Él ha hecho una película en inglés, con actores extranjeros (Open windows). ¿Te animarías tú a hacer eso?

i+d+i Cinfa
R. Trabaje yo solo o trabaje con Diego San José, lo que tenemos ambos es que nos gusta mucho dialogar. No sé si seremos buenos guionistas, pero desde luego nuestro punto fuerte es el diálogo: nos gusta mucho todo el proceso de saber cómo hablan los personajes. Y eso, sobre todo si haces comedia, es difícil hacerlo en inglés. Si es un idioma que para escribir no dominas del todo, por mucho que puedas hablarlo, te da la impresión de que no estás haciendo algo auténtico. Y justamente lo que tienen nuestros diálogos es que vienen mucho de oído, de cotillear cómo habla la gente. Quizá si vivimos muchísimos años en una ciudad americana a lo mejor acabamos reproduciendo esos diálogos, pero de momento yo solo me sentiría cómodo escribiendo en español.

P. O sea, que definitivamente vas a seguir haciendo comedia.

R. Yo creo que sí. A mí como espectador de hecho me gusta más el thriller que la comedia. Disfruto más viendo una película de suspense, aunque lógicamente la comedia también me gusta. Pero una vez me puse a escribir un guion de terror y me salió comedia. Es algo que te sale, de alguna manera. Cuando escribí mi primera comedia yo no me senté a escribir una comedia, pero resultó ser graciosa, porque de repente te fijas en determinadas situaciones que son propensas a hacer reír. La verdad es que difícilmente me veo fuera de la comedia.

P. ¿Y cómo vives que la comedia siempre sea peor valorada que el drama?

R. Yo bien, no es algo que me reconcoma. Yo creo que si haces comedia tienes que estar preparado para que no te tomen en serio, también a nivel de reconocimiento. Y luego hay una cosa que es bestial, y que creo que incluso los que hacen drama llegan a envidiar, y es que algo que has pensado en tu casa dos o tres años antes pasa en una pantalla como un chiste, o una situación, o un diálogo, y de repente el patio de butacas se ríe. Eso es de las experiencias más alucinantes que hay. Por eso, aunque esta película sea más tragicómica, no quiero dejar de hacer comedia loca, porque eso es muy adictivo. La verdad es que si te dedicas a hacer comedia tienes que estar preparado para oír eso de 'es mala, pero te ríes'.

P. El costumbrismo, que habéis puesto muy de moda con Ocho apellidos vascos, en realidad tiene toda una tradición en España, de Berlanga a Paco Martínez Soria, y muchos más. ¿Te ves entroncado en esto?

R. Me veo muy heredero de todo eso. ¿Qué es Ocho apellidos vascos sino una puesta al día de La ciudad no es para mí? En realidad estás jugando con esquemas que ya conoces de toda la vida, y que pueden tener una vertiente más negra, como las películas de Berlanga, o una más festiva, como las películas del landismo, las de Ozores… Pero claro, eran películas que tenían éxito porque, aunque fueran exageradas, mucha gente sí que se sentía retratada en ellas. Y la verdad es que en ese territorio me siento cómodo.

P. Ahora que se acerca el rodaje de la secuela de Ocho apellidos vascos, que empieza en mayo, ¿cómo sientes el éxito de la primera parte? ¿Pesa demasiado?

R. Desde luego no lo veo como una losa pero creo que no va a ser posible superarlo, sobre todo porque el factor sorpresa ya no existe. Frente a otras que están pensadas para llegar a una cantidad de público brutal, la primera era una comedia bastante modesta, que sí, tenía el apoyo de una cadena de televisión, que le dio mucho bombo, pero no se esperaba nunca llegar a lo que llegó en cuanto a recaudación o popularidad. Lo que sí me gusta mucho es el tema de que la gente lo espera: yo nunca había hecho nada que la gente esperase. Cuando hice Vaya Semanita, cuando hice Pagafantas o cuando he hecho Negociador acabé diciendo: bueno, a ver qué pasa ahora. Con Ocho apellidos vascos no: hay una gran cantidad de gente esperándola, y eso me parece muy motivador, saber que hay gente que tiene ganas de ver lo que tú estás escribiendo ahora en tu casa. Eso me parece muy bonito.

P. En todo este debate que hay abierto sobre la industria del cine, con respecto a las subvenciones, el valor social del cine… ¿tú dónde te sitúas?


R. Ahora que hablamos mucho de Marca España, si preguntas en el extranjero qué español conocen, te van a decir Pedro Almodóvar, por ejemplo. En realidad el cine también ha demostrado –y Ocho apellidos vascos es un ejemplo perfecto- que no es solo un motor de éxito en salas, sino que es un motor de éxito en turismo. Ahora ha habido 800.000 rutas de Ocho apellidos vascos, y en Zarauz o en Zumaya, donde se rodó, están hartos de recibir a turistas, que no paran de aparecer. Es decir, que en realidad, el cine, además de dar trabajo a mucha gente, quizá solo lo vemos en la superficie: ves alfombras rojas y piensas que eso es lo único que hay. Pero es verdad que estamos hablando de un negocio que da trabajo a mucha gente y que se ha visto que puede ser un resorte turístico o un resorte cultural. Creo que por ejemplo es necesario que existan películas como El niño u Ocho apellidos vascos pero también es necesario que existan películas como Magical Girl, que a lo mejor no tiene una recaudación tan bestial, pero a mí me parecería trágico que se dejasen de hacer. El cine tiene que vivir entre esos dos extremos, y si conseguimos un equilibrio entre las películas comerciales y que dan dinero y otras que dan prestigio y hacen que avance la cuestión artística, las dos deberían poder existir en igualdad de condiciones.

P. En este debate hay quien dice de manera muy vehemente que la gente del cine son todos unos vagos, cosa que tú pareces desmentir, porque por lo que parece desde fuera tienes que estar todo el día liado.

R. Yo madrugo bastante siempre (se ríe). Yo me considero autónomo. Ya lo dije otra vez: yo no he conocido el cine de autor, he conocido el cine de autónomo. Hay grandes contrastes entre las épocas de mucho trabajo, con otras de facturas impagadas, de tener que dedicarte no solo a escribir, sino también a dar clase, porque hay momentos que no llegas a cobrar todo lo que necesitas… Entonces, no me siento tan diferente a alguien que se dedique a la electricidad o alguien que sea asesor o que tenga otra profesión que tenga que ver con ser autónomo, que creo que es lo que nos define. O los periodistas, que muchas veces trabajan como freelance y también tienen estos altos y bajos. Yo, desde luego, no me siento parte de un gremio amplio que está buscando la inspiración, sino que en realidad esto es un trabajo de pico y pala, con sus momentos mejores. Justamente este último año ha sido un momento muy bueno, porque el éxito de Ocho apellidos vascos hace que me llamen para un montón de cosas, y que me pueda permitir pedir más dinero por eso. Pero a lo mejor dentro de dos años la situación no es así.

P. Tú, que has sido 'opinador 'de periódico, ¿qué piensas de la actual eclosión de la opinión por parte de cualquiera que sea conocido?

R. Yo creo que es pornográfico, la cantidad de opinión que hay, y la necesidad de tener opinión de absolutamente todo. Yo no tengo opinión de muchísimas cosas por ignorancia. Creo que hay una especie de exhibicionismo ideológico brutal: la gente quiere dejar clarísimo cómo piensa, cuando en realidad a mí no me importa cómo piensa mucha gente, pero me lo ponen en la cara. Sea a través de los propios tertulianos o a través de los comentarios en las noticias en los periódicos digitales y todo eso, hay una especie de exhibicionismo y pornografía opinativa que yo creo que tiene que ver con que tenemos la autoestima muy baja. Si necesitamos todo el rato reforzarnos así, es una cuestión de autoestima.



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