David Bowie nos guía desde el más allá

El artista pop más influyente ha ido a reunirse con los alienígenas. David Bowie era consciente de que el cáncer le corroía, de modo que aceleró sus planes para despedirse a lo grande: 69 cumpleaños, 29º disco y un legado inconmensurable. Por sólo unos días no ha podido conmemorar el 50 aniversario de su primer single con el nombre que le convirtió en el dios por excelencia de la cultura contemporánea: aquel 14 de enero de 1966, cuando vio la luz Cant`t help thinking about me.

Ahí estaban ya algunas de las claves de su atormentada trayectoria, de su incesante devenir de heterónimos (sí, cual Pessoa de la música con mayúsculas). Porque David Robert Jones se hizo primero Bowie en plan folk psicodélico, antes de lanzarse a una odisea espacial sin salir del swinging London, de vender el mundo con su etiqueta personal, de travestirse como Hunky Dory, Ziggy Stardust o Aladdin Sane, de encarnar el emblema del glam, de hacerse acompañar por perros con diamantes, de sumergirse en la perdición californiana, de saltar de estación en estación, de fornicar con Iggy Pop ante el Muro de Berlín

… Antes de esparcir cenizas y cenizas, de bailar bajo la estela de Chic, de arrumarse con Mick Jagger en un sórdido callejón, de ceder a la presión de Freddie Mercury, de colaborar con Pat Metheny, de reciclar a Trent Reznor, de extraer lo mejor del underground en forma de drum n’ bass, de preocuparnos al suspender una gira por un infarto, de ocultarse tras sucumbir a los dictados personales de Reality, de emerger una década después con The next day… y, por supuesto, de este Blackstar de oscuridad galopante, con una explicación sobrecogedora: trabajó en la fase terminal de su cáncer.

Basta ver su último vídeo, Lazarus, para asistir a su muerte progresiva. Un Bowie con los ojos vendados, que una vez más nos impresiona con su libreto del desasosiego. Estrella negra, sí, estrella que no dejará de brillar nunca, como pudimos comprobar hace casi tres años en el Victoria & Albert Museum de Londres.

Allí nos sedujo, cómo no, a través de una exposición antológica que aún continúa su itinerario internacional, hasta marzo en la ciudad holandesa de Groningen. Corría la primavera de 2013 y el fastuoso centro de arte se erigía en el escenario perfecto para semejante retrospectiva. Sus trajes originales, sus guitarras, sus vinilos, ÉL.

Destino: el atrio central, donde las pantallas gigantes escupían sin cesar su imagen de visionario demiurgo nacido en el barrio multicultural de Brixton. Y en febrero de 2014 también vimos ‘Bowie Series’, del fotógrafo Brian Duffy en La Térmica de Málaga, antesala del montaje teatral Lazarus, que destila charme en Broadway.

La electrónica, el rock, el pop, los nuevos lenguajes, las apuestas visuales… Todo salía de su mente privilegiada sin que pudiéramos (ni quisiéramos) resistirnos. ÉL se metía en la piel de sí mismo para vomitar obras magnánimas incluso cuando no lo eran. Blackstar, por ejemplo, no es precisamente su mejor álbum, pero puede dar lecciones a muchos de los pretenciosos cantantes que pululan por el planeta indie.

Se nos fue Lou Reed. Se nos fue Bowie… y a la Santísima Trinidad del Rock le queda únicamente un vértice aún en pie: Iggy Pop, su ex amante y padrino del punk, de la irreverencia más sublime.

 

2 pensamientos en “David Bowie nos guía desde el más allá

  1. Sentido adiós, a una persona y, personaje al mismo tiempo, con el que contacté en el año 73 en Londres y he seguido su devenir, por simpatizar con sus ideas y sus anhelos.En la vida de cada cual hay personas que te dejan huella y otras no, Bowie me impactó y siento su adiós. ¡ Que te vaya bonito!

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