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Argentina

Teatro de Operaciones

  • Un extraño artículo que desmerece a la Biblioteca Nacional, a su personal y paradójicamente, al propio director Alberto Manguel, ha sido publicado por la revista digital francesa Mediapart
  • Lo inadmisible de este tipo de artículo, es que utiliza los peores recursos del periodismo de difamación, lo que no solo hace indigno al que lo escribió, sino que resulta chocante para sus lectores

Horacio González Publicada 25/07/2016 a las 06:00 Actualizada 27/07/2016 a las 11:48    
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Biblioteca Nacional de Argentina, en Buenos Aires.

Biblioteca Nacional de Argentina, en Buenos Aires.

Wikipedia
“Son falsos uno o dos nombres propios”
Borges, Emma Zunz


Un extraño artículo que desmerece a la Biblioteca Nacional, a su personal y paradójicamente, al propio director Alberto Manguel, ha sido publicado por la revista digital francesa Mediapart, escrito por el periodista Pilliphe Ries. Todo este escrito es un verdadero teatro de operaciones de la impostura. Con el señor Ries tuve un intercambio que adjunto por vía separada, por considerar que ilustra bastante bien este debate. Publicado su artículo, el asombro que me provoca creo que exige unas líneas adicionales, sine ira et studio. Ciertamente, no es un artículo sobre Manguel pues aparenta embanderarse en su defensa, pero en el opaco trasfondo de sus afirmaciones, sin querer es a Manguel a quien indirectamente infama, con inveraces elucubraciones y más indirectamente aun, arrojando un irresponsable desprecio sobre los trabajadores culturales argentinos. Desde luego, debemos aclarar que el ataque que comentamos no se realiza literalmente en contra de Manguel, sino contra el director anterior (responsable de estas líneas), pero con tal bajeza y espíritu de grosería, que termina afectando a innumerables personas incluyendo a las que quiere proteger. Ries escribió lo que le fue encomendado que escriba, como lo demuestran los correos electrónicos que intercambiamos, y que pido que se lean atentamente como prueba de una grave defección periodística, nada desacostumbrada en el estado actual de los estilos comunicacionales mundiales. Lo inadmisible de este tipo de artículo, es que utiliza los peores recursos del periodismo de difamación, lo que no solo hace indigno al que lo escribió, sino que resulta chocante para sus lectores. En primer lugar, las imágenes que se presentan, aluden a un contraste entre el “mundo de la ilustración” (fotos de las carátulas de un libro de Manguel) y “un mundo procaz”, representado por una muchacha “ligera de ropas” (que como diría Borges, nos “despacha con cómoda indignidad hacia ese módica delicia del pornógrafo”).

Es la foto de un “desnudo popular” que fue catárticamente extraída de una de las tantas tapas de ese carácter del diario Crónica. Este es un diario “sensacionalista”, de estilo “amarillista”, de los muchos que existen en el mundo, pero en este caso, su archivo que contiene millones de fotografías referidas a la historia contemporánea argentina, que se está digitalizando en la BN como fruto de un convenio con dicho diario. El convenio para realizar esa digitalización, cuestionado, al parecer, por Manguel, (si es que es así) sería un grosero error. Las fotografías de Crónica, precisamente por ser un diario que ejercía su labor bajo el signo de “la vida desnuda” (Agamben, permítasenos irónicamente la cita) documentó como ninguno los años del terror militar, pues lo hacía con “indiferencia biopolítica”, por lo que el reservorio de imágenes de su archivo es un auxiliar irremplazable para los investigadores de la dictadura militar de los años 70.


Quizás, sabiendo que los organismos de derechos humanos ya estaban trabajando sobre esas imágenes, en la indescifrable marcha que turbiamente sigue el artículo publicado en Mediapart, ¿se podría presuponer que se quiera coincidir con el gobierno que ha designado a Manguel Director de la BN? Este gobierno está realizando un gran borramiento histórico, una anulación historiográfica, un blanqueo de los pliegues contradictorios de la historia argentina, una tachadura de la memoria en tanto acontecimiento. El señor Manguel actúa de un modo curioso: compartimos con él sus preocupaciones sobre la cultura consumista (el “consumo cultural” que substituye la pregunta genuina sobre la sorpresa originaria que provoca la existencia, aunque él lo dice de otra forma), pero cuando tiene que definir una Biblioteca apela a los criterios más solemnes y superficiales, combatiendo imaginariamente a un enemigo inventado, que proviene de su falta de convivencia e incluso de su desconocimiento de la cultura argentina contemporánea y sus complejidades. Así, acepta que la militante propaganda oficial que se ha organizado a su alrededor y el esfuerzo para configurarle sus propios cuadros intelectuales, moldee artículos como el que se publicado en Francia, donde nos acusa de haber rechazado el software Aleph, cuyo nombre evoca a Borges, lo que hace que el articulista se sienta llamado a recordar que es el nombre de la empresa israelí que lo fabrica.

¡Pues está muy mal informado, y recurre a innobles recursos que ni siquiera se admitirían en el estridente diario Crónica que tanto le disgusta! Quiere de este modo, que no osaríamos calificar con adjetivos que oscurezcan este escrito, sugerir un sesgo de antisemitismo en nuestras decisiones. Manguel y sus nuevos adjuntos culturales saben bien de qué se trata. Escritos de esta índole no lo favorecen a él ni a sus nuevos comensales e informantes. Ese software está implantado en la Biblioteca luego de un inventario, que con otro sistema informático, ha registrado todo su acervo (no cabe entonces la observación alarmista de que no hay catalogación completa, aunque no tenga el mismo rigor catalográfico de la BNfr, que sin duda envidiamos) pero para nosotros tiene el inconveniente futuro de que es un software “propietario”, opción que aceptamos solo por no estar suficientemente desarrollados en el país los softwares libres, que hubiéramos preferido y a los que tarde o temprano las Biblioteca deberá aceptar. Pero importa menos esta cuestión técnica que el barbarismo periodístico que se ha cometido por parte del señor Ries.

Barbarismo es dejar flotando en el aire acusaciones que sabe falsas y que insinúa lanzando sospechas turbias, de un modo no menos turbio, propio de los “servicios de informaciones” que proliferan en todo el mundo. Solo queremos agregara que fuimos nosotros los que pusimos en la Biblioteca el monumento del célebre autor del Aleph (celebración inspirada en la complejidad de su obra, que posee tanto una metafísica como una anti-metafísica, y eso la hace fundamental, y no en el devocionismo pseudo intimista de Manguel y sus nuevos cuadros intelectuales). Y fuimos nosotros los que, no sin graves oposiciones de las derechas aúlicas argentinas, (el señor Ries probablemente no se considere bajo ese rubro, pero muy bien ha contribuido a engrosarlo) los que retiramos de una de las salas de lectura el nombre de uno de los antiguos directores antisemitas de la Biblioteca, que la dirigió durante casi dos décadas entre los años 40 y 50 del siglo anterior. Lo hicimos sin jactancia, sin bullicio y con la profunda convicción de encaminar la Biblioteca hacia su destino cultural más abierto, que no excluía en ella la presencia de todas las manifestaciones culturales y políticas del país.

Nos avergüenza tener que redundar en estas aclaraciones pues no hay nadie que no conozca en el país los hechos a los que nos referimos, menos el apologista de Manguel, tan pobremente informado cono hinchado de prejuicios torpes, que como dijimos, en primer lugar desfavorecen al propio Manguel, al que seguramente no le han informado muy bien de estas cuestiones, y suelta opiniones rimbombantes sobre las bibliotecas (“no son canchas de fútbol”) que no se sabe a quienes la dirige. Deberían explicarle mejor cuál fue nuestra tarea en la recreación de la relación de la Biblioteca con una sociedad compleja, con exigencias críticas e intelectuales inéditas, que él prefirió reemplazar por pequeñas astucias de preservación de huecas reputaciones. Solo que mientras hubo numerosos despidos de empleados, esperó pacientemente varios meses para asumir la dirección de la Biblioteca, como un tímido condottieri que aguarda en su cartuja que se despeje el campo de batalla mientras se entretiene hojeando distraídamente la Divina Comedia. Ciertamente, de los tantos despidos, hubo muchas reincorporaciones (luego del Inferno puede venir el Paradiso) lo que demuestra que no había excesos de personal, como sin mayor precaución, opina una dulce dama colombiana, pero ahora la figura del “reincorporado” surge como resultado de un acto vejatorio, vuelve vulnerada y temerosa a su puesto, ha sido atravesada por el abismo y perdonada por los grandes señores de la administración general de la supervivencia. Se llaman “Ceo's”. Gobiernan con altos salarios la Biblioteca, entre el miedo y la botarate abjuración del pasado inmediato.

Todo lo han tratado así, con tácticas negacionistas acompañadas por el pobre consuelo que les proporcionan sus informantes sobre lo que en nosotros era una política cultural explícita y de resonancias plurales bien declaradas y establecidas. Avasallando, deshonrando y lanzado injurias fáciles, que solo desmentimos ahora en homenaje a las tantas personas de real autoridad intelectual que en todo el mundo (intelectuales europeos, argentinos y latinoamericanos) han creído en nosotros, y reflexionan sin redundancia sobre las bibliotecas. Nuestros amigos de todo el mundo son los que piensan que una Biblioteca nunca es igual a sí misma y siempre supera su magra identidad parmenídica. Sobre todo en Francia, donde nombres de relevancia, que son los de nuestros compañeros e inspirados filósofos, nos asistieron con sus preocupaciones (que sin duda son una pequeña parte en relación a las que hoy afligen al mundo) pero a los que les debemos estos rápidos esclarecimientos, pues es de un sector de la prensa digital francesa (y por un lamentable equívoco, de una publicación definida, al parecer, por los mismos sesgos progresistas que nosotros también predicamos) de dónde sale este panfleto que muestra como mínimo la grave irresponsabilidad de un periodista.

El daño que hace no es reparable, porque quizás ningún daño lo sea, pero estas páginas que ahora escribimos quedan como testimonio para los resistentes de todo el mundo; esos que resisten a la calumnia y también a las necedades en un mundo cultural donde aún en las profesiones culturales más destacadas no se ausentan del todo las nuevas máscaras del fetichismo de la mercancía. Son tan gratuitas como peligrosas para el aire sutil de las democracias, que se resienten con los oscuros artilugios de la siembra sistemática de sospechas. Una democracia nunca es tautológica. Es siempre más que ella misma, pero en ésa sobre-extensión de sí, “no sabe lo que puede su cuerpo”. Por eso debe ser siempre una línea tendida hacia un futuro utópico más deseable que este agrio presente. Manguel, con toda su erudición (toda erudición siempre es acumulativa) decide por las tautologías cuando dice que “una biblioteca es una biblioteca”. ¿A = A? No, es claro que nada se origina y vive tan solo de su réplica mimética. Una Biblioteca, tal como el verdadero Borges lo vislumbró, es A= el infinito. No es este el Borges de Manguel, al que evoca en tanto conocimiento superficialmente idólatra. El idólatra cree que alguna cosa es siempre es ella misma, antes que ella misma más su doble, llena de noches y enigmas. Eso le falta a Manguel, pero pensamos que nada de eso le impide dirigir una Biblioteca. Lo que realmente debe preocuparlo son las penumbras embusteras que introduce en su nombre un periodista menguado y escaso. Y aunque quizás parezca que esto que decimos se encamina a cuidar nuestro propio nombre, en verdad es sobre el nombre de Manguel que nos sentimos ahora preocupados.



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