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Los libros

‘Vida secreta’, de Javier Rodríguez Marcos

  • El poemario del escritor, tras Naufragios, Mientras arden y Frágil, aporta la hondura de quien ha descubierto que no hay verdades adquiridas con el tiempo
  • El periodista de El País cultiva un lenguaje sobrio, decantado, cuidadoso con las palabras, que define como "animales salvajes"

Mònica Vidiella Bartual Publicada 11/03/2016 a las 06:00 Actualizada 11/03/2016 a las 12:04    
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Portada de 'Vida secreta', de Javier Rodríguez Marcos.

Portada de 'Vida secreta', de Javier Rodríguez Marcos.

Vida secreta
Javier Rodríguez Marcos
Tusquets
Barcelona
2015

Vida secreta
"Nos interesa el límite peligroso de las cosas./ El ladrón honesto, el asesino sensible,/ el ateo supersticioso". Estos versos de la Apología del obispo Blougram, de Robert Browning son el epígrafe que abre Vida secreta, el último poemario de Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, Cáceres, 1970) que publica Tusquets en su colección Nuevos textos sagrados. Esta cita nos evoca, ya desde el inicio, la incertidumbre y la paradoja con las que el lector de estos poemas deberá dialogar.


El autor ha afirmado en alguna ocasión que " la poesía te debe apartar de tus certezas", y, ciertamente, los veintinueve poemas que componen este libro lo consiguen. Con Vida secreta, a través de un lenguaje sobrio, decantado, cuidadoso con las palabras, que "son animales salvajes" ("Zoología"), porque, como ya nos apuntaban los versos de "Otra poética" en Frágil (Premio Ojo Crítico 2002), "cada palabra/ corre el riesgo de ser/ la palabra de más". Nos abre camino a la duda y nos invita a cuestionarnos el propio yo, "Y a veces/ me pregunto si acaso/ soy uno de los nuestros" ("Nuestros"); a plantearnos la distorsión que ejerce el ojo propio en la memoria,  "es lo que somos: nostalgia y cirugía" ("Ya lo sé, la memoria"); la dificultad de enfrentarnos a la muerte de un ser querido ("Habitación 101"), o a reflexionar sobre el contrasentido de ir y venir de la esperanza al escepticismo: "Vivo en esta burbuja de daño y belleza" (Retrato robot).

Aunque en Vida secreta persisten algunos de los temas de sus libros anteriores —Naufragios, Mientras arden y el ya citado Frágil—, también es cierto que este poemario aporta la hondura de quien ha descubierto que no hay verdades adquiridas con el tiempo. "¿Crees que puedes distinguir / un charco del océano?/ ¿el cielo del infierno?/¿La luz de las luciérnagas/ del fulgor de las brasas/ en la ciudad herida?/ Yo los confundo a veces /igual que se confunden las voces las voces familiares./¿Eso es sabiduría?" ("Ceguera").

Quizá, algunos de los poemas que conforman Vida secreta sean un canto de amor al mundo perdido de la infancia, pero el recuerdo siempre aparece atravesado por unos interrogantes que velan por preservar la autenticidad de un paraíso sin agua caliente del arquetipo, demasiado común, de la felicidad del mundo rural y de la llegada de la modernidad como elemento perturbador.

Sin embargo, ese sujeto poético que duda y que tiene miedo, ese yo escindido que se busca y se pierde en los no-lugares —"¿Por qué un hotel?/ ¿La gente viene acaso para ser más humana?" ("Gran hotel")—, se sabe heredero de un mundo habitado "por los mansos/ y los limpios de corazón, los pacíficos" ("Los pacíficos"), que le invitan a notar el sabor a tierra del pan y a dar las gracias, que le permiten afirmar: "si todas las señales las ha borrado el tiempo/ yo las recuerdo ahora". A ellos rinde homenaje en sus poemas, consciente de que el mundo que conocían y amaban ha desaparecido y, ahora, a pesar de ser supervivientes en un escenario muy distinto —"al final dejaron/ de hablar (ya estaba dicho/ todo) para seguir viviendo" ("Asilo")—, son los portadores de un legado que no debe ser olvidado.

Consciente, también, de que su poesía se inserta en una tradición, parte de un sustrato religioso, como en "Férula de descarga" o en "Rito", recupera algunos de los tópicos literarios de la tradición clásica, y en un intento, logrado, de poetizar lo no poético, los sitúa en un presente que "también es paisaje" ("Locus amoenus"). Porque, como afirmó Claudio Guillén, "es precisamente la mirada humana lo que convierte cierto espacio en paisaje". Si tomamos la definición de este como parte de un territorio que puede ser observado desde un determinado lugar, agradezcamos que la mirada introspectiva y lúcida de Rodríguez Marcos convierta en paisaje todo aquello que observa, en el pasado y en el presente, y nos ofrezca la posibilidad de dialogar con el futuro a través de esa mirada. Sólo ese diálogo nos puede llevar a creer, como leemos en "Número dos", magnífico poema de amor, "pero a ratos parece/tal vez sólo parece,/que todo está en su sitio". 

Comprometido con la elección de las palabras, a través del perspectivismo, de la presencia de diferentes voces en el poema que nos aportan verosimilitud, a ritmo de encabalgamientos abruptos y pausas, paréntesis y tomas de distanciamiento que nos acercan a la vida, Rodríguez Marcos nos regala un libro imprescindible para todos aquellos lectores que entiendan la poesía como un modo de buscar respuestas.

*Mònica Vidiella Bartual es profesora de Literatura.


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1 Comentarios
  • 1 Rollon 11/03/16 23:22

    Has tardado un año en convencerme. Al final, me comprare el libro. 

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