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Los libros

‘Quirón y los otros hombres’, de Rosario Pérez Cabaña

  • El cauce de esta poesía es el diálogo fecundo con los versos de Darío, de Carver, de Bernhard, con la prosa de las novelas de Onetti
  • El libro se estructura en la forma de un canto a cuatro voces, bajo cuatro leves tramas narrativas que doblan el sentido de cada poema

Carlos Fernández Serrato Publicada 29/04/2016 a las 06:00 Actualizada 29/04/2016 a las 13:10    
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Portada de Quirón y los otros hombres, de Rosario Pérez Cabaña

Portada de Quirón y los otros hombres, de Rosario Pérez Cabaña

Quirón y los otros hombres
Rosario Pérez Cabaña
Ediciones en Huida
Sevilla
2016

Quirón
Quirón y los otros hombres es el tercer poemario de la escritora sevillana Rosario Pérez Cabaña. Este es un dato importante, si reparamos en que mediaron siete años entre el primer, Mientras tú cantas, y el segundo título, Mi padre nació en Praga, que publicó también En Huida el año pasado. Esos años de poesía secreta adivino que fueron tiempos de caldero en el que se cocían a fuego lento sabrosas las crudezas y sabias las sustancias que ahora conforman el personalísimo discurso poético de Rosario Pérez Cabaña. Poesía nutritiva, alimento en verso que fascina, fuera de toda norma de escuela o catecismo.


Este poemario también es un cómplice emocionante, que a la vez pide una valiente implicación sensible del lector. No, ni por oscuro, ni por simple, sino porque es el dialogismo lírico la forma que se articula aquí el discurso y en él también el lector está llamado a nombrarse, a compartir conversación y a desvelarse... Ya se sabe, es siempre por mor del otro que el uno mismo se descubre.

El libro se estructura en la forma de un canto a cuatro voces, bajo cuatro leves tramas narrativas que doblan el sentido de cada poema, bien se lea como composición autónoma, bien como episodio del relato fragmentario en el que queda inserto por la autora. Estas tramas delicadas organizan el libro en cuatro secciones agrupadas en dos partes bien diferenciadas.

Quirón llena la primera parte al completo, donde la voz del yo lírico, una voz de mujer, se dirige bajo la advocación de Rubén Darío y Borges, a un tú casi silencioso. Es el centauro Quirón, una presencia mítica, dual como la pasión y el entendimiento, quien escucha el canto de la mujer. Soberbio ejercicio de revitalización de temas modernistas, pero ya fuera de los estilemas gastados, gracias a la expresión del deseo amoroso a través de una palabra abrasada y en carne viva, poderosa, que eleva a la mujer y hace hablar a la “hermosa bestia”.

Los otros hombres se abre como segunda parte del libro, una vez la bestia mítica tomó carne, y compila tres secciones: "Mis últimos días con Carver", "Bernhard y la casa del lago" y, finalmente, "La cama de Onetti". El sujeto del poema se transmuta en esta sección, mucho más que un simple cambio de vestido, y se vuelve recibo de otros cantos, tal vez de muerte, siempre de esperanza.

La primera sección, la dedicada a los últimos días del narrador y poeta norteamericano Raymond Carver, se construye desde una apertura de la voz del yo que articula los poemas a la del propio Carver y a la de su esposa, la también poeta Tess Gallagher. Los poemas se construyen como glosas, variaciones o continuaciones a partir de versos de Carver o de Gallagher, y quien habla en el poema se hace uno u otro, en esta hermosísima despedida que arman sus diecinueve poemas.

"Bernhard y la casa del lago" es una sección menos apegada a una historia de dos y, sin embargo, son dos los que hablan en los poemas. Retorna de nuevo la voz de la mujer sin máscara que le regalen las ficciones de otro y se funde con la voz del impertinente Thomas Bernhard. Nunca la impertinencia fue tan hermosamente honda. Es mayor la indeterminación en estos poemas, una brumosa amargura, un descreimiento, y una fuerza en lo que queda escrito que conmueve hasta los tuétanos.

Pero será en la sección siguiente, titulada "La cama de Onetti", donde la creciente intensidad de la palabra poética de Rosario Pérez Cabaña llegue hasta sus más oscuras simas: “Me doy nombre / y me susurro y me espanto y me condeno”. Paradójicamente, la condena salva, porque cifra su martirio en el reconocimiento del poder de la literatura para hacer viva la vida (“¿cómo podría convencernos / de que alguna vez llegamos a existir?”). Esa es la gran lección de este último conjunto de poemas, donde dese las ficciones se vuelve a la vida: “...no es tanto lo que pido: / tan solo besar tu pecho / y aferrarme a tus rodillas / como los muertos se aferran a la muerte”. Un poemario de amor a cuatro voces, que camina desde el cielo hasta el infierno y se hace carne de mujer. Porque, al final, este es un libro que solo podría haber escrito una mujer, casi un breviario, un misal del rito del amor crucificado y renacido en la palabra de Rosario.

Entiéndase que no hablo de nociones abstractas, de eterno femenino, de la mirada androcéntrica, de la poesía de gineceo, de la liberación de los géneros oprimidos. No puedo hablar de eso cuando una voz se hace rosario de voces y se abre al mundo desde la mirada amorosa. El diálogo fecundo con los versos de Darío, de Carver, de Benhard, con la prosa de las novelas de Onetti, que golpea como un mazo el corazón, es el cauce de una poesía donde el “yo” no es ya más tirano, porque el vientre de la poesía se llena y se fecunda de las voces de los otros, de las vidas de los otros. Tanto amor como poemas, uno a uno, en la amargura y en la gloria.

Esto fue lo que me llevó a comenzar esta reseña señalando un dato que pudiera parecer casi improcedente, por su carácter meramente anecdótico, para una escritura crítica de urgencia como lo es esta: tercer libro, espacio en blanco, lenta maduración del alimento en cada poema, palabra a palabra, enigma apasionante sobre la mesa. ¿Qué fue cocido?

Pero es que no se puede hacer otra cosa que imaginar cuando el lector se encuentra con este libro —que son dos, el del centauro mítico y el del hombre, ángel caído, transmutado en muchos— que invita a escribir a quien lo lee, a hablarse, a rellenar los huecos consigo mismo y su experiencia de vida, para convertir el uno propio en todo aquello que pudo ocurrir en el espacio en blanco, cuando el agua cocía a fuego lento la vida. Tanto es lo que ofrecen las cuatro tramas, las cuatro voces, la reelaboración de la escritura modernista, de los relatos nada sucios —en un sentido metafísico— de Raymond Carver, del bruscamente apasionante neoexpresionismo airado de Benhard, del paso trágico con que camina la frase de Onetti. Imaginar. Todo lo que se pueda, sí, ante este libro singular por no ser uno, sino la decantada afirmación de la vida llena de nombres propios y una de las formas más bellas que he leído en la que al leer me salvo de la muerte.

Ya, un crítico no puede cerrar una reseña diciendo “yo”, ¡qué presunción!, pero, ¿dónde estaba este libro antes de que me leyera? Si se hacen esta pregunta conmigo, perdonarán entonces mi soberbia fingida, entenderán que lo único que pasa es que se “me crece la boca porque te has ido”. Se me ha ido la última palabra del libro, “muerte”, cuando se va con ella el memorial de hambre de vida de Quirón y los otros hombres, se me ha ido y no me queda otra cosa que escribir para no irme yo con ella. Hablar para no morirse, escribirse para vivir. Y es que si un poema no desencadena otro poema, y si quien lee no se dice cuando lee, ¿para qué sirve la poesía? Igual se lo pregunto otra vez a Rosario Pérez Cabaña, cuando tenga entre las manos su próximo rosario de poemas vivos. Mientras tanto voy a seguir escribiendo mi vida y abro el libro, otra vez, para seguir imaginando lo que le dio impulso: ¿tal vez la misma existencia de la literatura como forma de besar en los labios a la vida? Tal vez. Veremos.

*Carlos Fernández Serrato es profesor de Literatura.

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