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El cuento de todos

El viejo que escribe

  • El viejo estaba siempre allí, atareado frente a su ordenador y con el vaso al lado, por la mañana y por la tarde, e incluso por la noche
  • Lola López Mondéjar continúa el relato que iniciaron José María Merino, Jesús Ortega y Manuel Vilas

José María Merino | Jesús Ortega | Manuel Vilas | Lola López Mondéjar Publicada 08/07/2016 a las 06:00 Actualizada 08/07/2016 a las 11:07    
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La escritora Lola López Mondéjar.

La escritora Lola López Mondéjar.

(Inicia el cuento José María Merino)

Se habían trasladado poco tiempo antes a aquella urbanización y tanto Lola como Pablo se sentían muy satisfechos. La casa, de dos plantas, estaba adosada a otras similares, y el conjunto formaba un enorme cuadrado en cuyo interior había dos pistas de tenis, una gran piscina y otros espacios. Además, el colegio de los niños quedaba bastante cerca.

En el coche, Lola tardaba lo mismo que antes en llegar al hospital. En cuanto a Pablo, sentía la modificación de sus traslados a la oficina como un inefable regalo que le hacía vivir las rutinas diarias con una disposición más jubilosa de lo que era su costumbre: en ir de casa a la estación del tren de cercanías empleaba apenas ocho minutos andando, luego menos de veinte en llegar a su destino, y por fin otros ocho o diez, también andando, en alcanzar el edificio de la compañía. Resultaba así que el haberse alejado del centro de la capital no solo no había complicado su vida, sino todo lo contrario...

Tardó casi una semana en descubrir a aquel viejo. Había advertido su presencia, pero sin que la percepción se materializase con claridad en su conocimiento. El viejo estaba en la cafetería que remataba el final de la avenida. El día en que racionalizó la difusa visión, pudo comprender en su breve pasar que el viejo se encontraba sentado ante la mesa más cercana a la gran cristalera, con un vaso de líquido ambarino a su lado, y que parecía muy afanado en pulsar el teclado de un ordenador portátil. Le sorprendió como una graciosa casualidad que, a su vuelta del trabajo, nueve horas más tarde, el viejo continuase allí, absorto ante su portátil en la misma actitud ensimismada, de incansable tecleo, y también con un vaso de líquido ambarino a su derecha.

“Parece que está escribiendo”, pensó.

En los días sucesivos pudo comprobar que el viejo estaba siempre allí, atareado frente a su ordenador y con el vaso al lado, por la mañana y por la tarde, e incluso por la noche, como llegó a constatar cuando salió de casa con el pretexto de comprar algo en una farmacia que permanecía abierta todo el día, aunque la verdadera razón fuese conocer si persistía a aquellas horas la figura de aquel viejo entregado a su embebida tarea.

Mas aquella vez la visión no le pareció divertida, sino inquietante. Aquel tipo, bastante calvo, de pelo y barbas blancas, ofrecía una peculiar inmovilidad, y solo por los movimientos de sus manos en el teclado podía suponerse que no se trataba de una de esas estatuas que cierto realismo acaba insertando en algunos espacios cotidianos, pues hasta sus ropas tenían un color oscuro, más mineral que textil.

Pablo se detuvo durante un rato para observar al afanoso escritor. De repente, el viejo detuvo su tarea, levantó la cabeza y lo miró. Sobre la barba blanca, sus ojos, acompasados a una mueca del rostro severa e inquisitiva, presentaron una singular fijeza penetrante.

Pablo sintió aquella mirada como una punzada y echó a andar al momento, pero el efecto de los ojos incisivos del viejo, que parecían completar el enigma de su permanente presencia en el café y de su misteriosa tarea ante el teclado, lo había desazonado tanto que le pareció que el panorama de edificios, que en los últimos tiempos se presentaba ante él como el escenario plácido de un acertado cambio de domicilio, modificaba sutilmente su aspecto para ofrecer la ominosa inconsistencia que había acabado mostrándole el entorno de su residencia anterior, y que estructuras y puertas, jardincillos y farolas, sombras y luces, tenían más que ver con la experiencia de los sueños adversos que con la de la vigilia.

(Continúa Jesús Ortega)

A la mañana siguiente, Pablo trató de no pensar en aquel viejo y en su inquietante mirada. Se dijo que debía recuperar la plácida satisfacción de los primeros días, cuando el mundo parecía un soleado abrazo, un mecanismo equilibrado y perfecto en el que cada cosa ocupaba el lugar que le correspondía. Para tranquilizarse se concentró en las recién inauguradas rutinas de la urbanización: el siseo de los aspersores que comenzaban a regar el césped poco antes del amanecer, las toses y explosiones de la vieja moto del repartidor de periódicos, el beso de despedida que Lola le lanzaba con la punta de los dedos desde la ventanilla del coche, el largo timbrazo tímido de la asistenta que venía para encargarse de los niños, el paseo hasta la estación con el primer sol dándole en el rostro, la hilera de casas simétricas y relucientes, las aceras impolutas, las zonas de juegos infantiles a la espera de ser estrenadas.

Todo parecía en su sitio. Sin embargo, no pudo evitar pensar que su percepción de cuanto le rodeaba se había tintado de un leve desasosiego, de un halo borroso que desenfocaba los contornos. Nada preocupante, se dijo, nada que no pudiera desaparecer al adentrarse en la mañana.

Para rehuir el encuentro con el viejo decidió dar un rodeo y alcanzar la estación de tren por el lado contrario, orillando la larga avenida arbolada. El cambio de dirección duplicó los minutos del paseo, y esa pequeña alteración en el tiempo pareció afectar a todo el mecanismo. Vislumbró el andén cuando el tren se marchaba y tuvo que esperar casi media hora hasta que apareciese el siguiente. Eso lo hizo llegar tarde a la oficina, y se sorprendió a sí mismo inventando una excusa para hacer frente a las primeras bromas sobre su inusual tardanza. Como no quería contar nada del viejo ni de su íntimo desasosiego, porque le parecía absurdo, se inventó que había tomado uno de los dos coches de la familia y que un atasco lo había obligado a retrasarse. Aquella mentira lo hizo sentir desamparado. Para seguir manteniéndola a lo largo de la jornada, tuvo que mentir varias veces más. Por la tarde, a la salida del trabajo, alguien le pidió ir con él en el coche, y de nuevo volvió a mentir para deshacerse de la molesta compañía.

En el tren que lo traía de regreso estuvo rumiando sombríamente lo estúpido de su comportamiento. Al echar a andar desde la estación volvió a dar el mismo rodeo, pero debió de extraviarse aún más porque se adentraba por calles desconocidas. Le resultaba extraño que no hubiese nadie en las aceras, solo coches aparcados; apenas algunas ventanas encendidas indicaban algún rastro de vida en los edificios. Un perro cruzó con paso torcido a unos metros de distancia y se le quedó mirando, magullado y acezante, en mitad de la acera, antes de refugiarse entre los coches aparcados. Pablo pensó que el perro acababa de ser atropellado y aquel pensamiento no lo llenó de compasión sino de inquietud. Casi al lado descubrió a un somnoliento vecino que regaba con una manguera las plantas de un arriate; parecía no haber reparado en él ni en el perro, pues miraba con abstraída fijeza el caer del agua. Aún alcanzó a ver a otros vecinos igualmente solitarios y silenciosos, varados en los jardines, como si el tiempo se hubiese detenido en aquella parte del mundo.

De vuelta a casa discutió con Lola por no saber explicar su tardanza. Después de la cena la hija mayor se hizo un corte en el dedo índice con uno de los cuchillos de la cocina, y brotó tanta sangre y le entró tanto miedo que tuvieron que llevarla a urgencias en uno de los dos coches de la familia, precisamente el mismo que había protagonizado las mentiras de la oficina.

Por la mañana, Pablo llamó a la compañía para anunciar que tenía unas décimas de fiebre y que no iría a trabajar. Echó a andar por la avenida dispuesto a encontrarse cara a cara con el viejo que tecleaba incansable junto al ventanal de la cafetería. Se le había metido en la cabeza que todo lo que le estaba sucediendo tenía que ver, de un modo insidioso e inexplicable, con el viejo escritor.

(Continúa Manuel Vilas)


Lola llamó al hospital y explicó que tenía un problema familiar. No tenía guardia, solo consulta y la sustituiría una compañera, recién llegada. Barruntaba con nerviosismo que las cosas se habían complicado de nuevo. Conocía los síntomas. Habían abandonado el centro de Madrid precisamente por Pablo. “Ay, la nueva”, pensó Lola. A Lola empezó a hervirle el cerebro con ideas descontroladas. Su marido, Pablo, ay, ese hombre, hacer ver que aún amas a ese hombre, y seguirlo. Y la nueva, que viene con una docena de másters, y que domina el inglés y el francés, y que está todo el día hablando de Lacan. A ella le iban a explicar lacanadas de esas. Si con Lacan piensa mejorar la vida de los pacientes que pasan por ese hospital lo lleva claro. Y si no, que pruebe con su marido. Sintió pena de sí misma. La alucinación. Su marido. La consulta. La nueva gama de antidepresivos. Ay, coño, hoy venía el visitador médico a mostrarle un nuevo antidepresivo. Mierda, no se puede estar en todo. Esa farmacéutica le hace regalos. La última vez un fin de semana en París. Pero Pablo es el heredero. No se fue a París con él, se fue con Matías. Pensar en Matías, seguir a Pablo. No puedo divorciarme, después de aguantar a este loco quince años y quedarme sin la herencia de su madre, esa nonagenaria que no puede ser eterna y que es dueña de medio Asturias y Cantabria: veinte pisos en Oviedo, cuatro casas en Avilés, y doce apartamentos a pie del Cantábrico. Cincuenta mil euros al mes en arrendamientos. El puto Lacan, que siga él a su marido. Se ha vuelto loco otra vez. Está tomando las pastillas, pero igual no. Ya lo ha hecho otras veces. ¿Tendrá la misma alucinación de siempre o tendrá una nueva? Y qué demonios te importa a ti si es la misma alucinación de siempre o si es una nueva, o es que vas a escribir un artículo para “Psiquiatría hoy”, la revista que edita la Autónoma. Pagan 100 euros por artículo. Y luego invitas a cenar a Matías. O que pague Matías, que le han nombrado jefe de planta en Trauma. Se sabe bien los huesos de tu cuerpo, las manos de Matías. Sigue a Pablo, ojo que no te vea. Y mira que lo de dejar el centro de Madrid por esta urbanización de medio ricos, porque ricos del todo no son. Ricos del todo es la madre de Pablo y su hermano mayor, que controla a su madre de momento, que por eso aguantas tú a Pablo, que si no te hubieras ido con Matías, pero Matías no deja a su mujer, ¿por qué no la deja? Yo no puedo dejar a Pablo, pero Matías por qué no deja a la vieja esa de Avelina, pero cómo puede casarse un hombre con una mujer que se llama Avelina. Cuidado que si se gira hacia atrás te pilla. Pero no se girará. Los trastornos obsesivos compulsivos, a ella le iban a explicar eso, si fue su tesis. Si no tienen cura. No se dará la vuelta porque le gobierna una idea destructiva. Se para. Ojo. Me paro yo. Ahora sí que podría mirar hacia atrás. El que más sufre es él, pobre Pablo. Se cree que está todavía en activo en la empresa, y lo echaron hace dos años. Pero la herencia, la herencia se está acercando; al hermano mayor le acaban de detectar cáncer de páncreas, ese es el peor, el que avanza a la velocidad de la luz y todo será para Pablo, y Pablo está enfermo. Está mirando dentro del bar. Qué estará mirando. Y entonces lo inhabilitaré. Si lo inhabilito ahora, iría todo a mi sobrina, esa bruja, que se lo huele todo.

(Cierra Lola López Mondéjar)

Lola se mantiene alejada mientras Pablo se acerca al cristal y, tímidamente, como si temiese interrumpir una tarea en la que estuviera comprometida su vida, lo golpea con los nudillos. Dentro del bar, el viejo que escribe abandona su actitud ensimismada y levanta los ojos hacia él. Se miran.

¿Quién soy yo?, parece preguntarle Pablo, y sobre todo, ¿cuántos? Lola permanece inmóvil; otra vez esto, se dice, y un destello de esperanza relampaguea en sus ojos de rapaz. Pablo entra en el bar. El líquido ambarino que bebe el viejo tiembla en el vaso cuando se sienta frente a él, moviendo involuntariamente con sus rodillas la mesa.

— ¿Quién soy yo? Y, sobre todo, ¿cuántos? —interroga Pablo al anciano—. ¿Acabaré atravesando a nado las piscinas de los pequeños burgueses de este barrio ajeno hasta llegar a mi casa vacía, a mi vida vacía? ¿Estoy loco? Esta insatisfacción incurable, esta búsqueda de lo que no sé siquiera si existe, ¿es una prueba de mi locura como quiere Lola que sea?

El viejo lo mira y no responde. Sus manos manchadas, de dedos artríticos y uñas gruesas, reposan a ambos lados de su portátil como monstruosas patas de araña.

A su alrededor el tiempo se ha detenido; los pocos clientes del bar parecen estatuas, y el esporádico sonido de las cucharillas al rozar la porcelana de las tazas se repite en un eco infinito, cósmico.

— ¿Quién soy yo?— insiste Pablo, aunque ya, ni siquiera, intuimos, busca una respuesta.

Lola irrumpe en el bar, pragmática y atolondrada, y permanece de pie junto a él, incrédula.

— Ya basta, ¡vámonos de aquí!— le increpa.

— ¡Espera! —le ordena Pablo con una fuerza que antes no le hubiéramos atribuído.

— ¡Vámonos!— repite ella— ¿Qué esperas de este hombre?

—Todo. Lo espero todo.

El anciano escucha en silencio, interesado, como el espectador atento pendiente del desenlace de la obra.

— Tu historia con Matías es ridícula— Pablo se ha vuelto hacia Lola, resolutivo y firme.

— ¿Cómo?

— Nunca dejará a Avelina, y menos aún lo hará por ti.

Los labios de Lola tiemblan. ¿Cómo es posible que lo sepa?, alguien del hospital… la propia Avelina.

El anciano les mira, impertérrito. Algunos clientes han vuelto hacia ellos sus rostros casi inanimados con indiferencia.

— Vuestro estúpido viaje a París… Eres tan previsible. Tan… interesada.

— No sé de qué me estás hablando.

— ¿Ves? Hasta esa respuesta es un triste lugar común. Por dios, Lola, improvisa. Esfuérzate un poco, inventa una buena historia. Échale imaginación. Se trata de amor, Lola, ¡de amor!— Las manos de Pablo han escrito en el aire un signo más expresivo que sus palabras.

Sorprendida, Lola reconoce en su interior un atisbo de alegría; si Pablo se mostrase siempre así, todavía, aún, podría interesarle. Pero esos periodos de ausencia, esas reiteraciones, esa rutina letal.

Un camarero joven les pregunta de improviso qué quieren tomar.

— Creo que necesito un poco de vodka- le pide Pablo.

— Otro para mí , sin hielo— le copia Lola.

El camarero hace un gesto de asentimiento y se marcha. La calavera que exhibe, tatuada en el antebrazo, muestra sus dientes largos de cuellos descarnados. A lo lejos se oye el lamento de un perro.

¿Qué voy a hacer con estos dos?, se pregunta el anciano, cansado. El repertorio se extiende ante él en un relámpago de posibilidades: ¿Un relato coral? ¿Una novela? ¿Abordará una tragedia o una comedia? Una historia fantástica, experimental, delirante, realista, metaliteraria, cómica… La experiencia no le sirve, la experiencia es un lastre abisal que lo confunde, proyectándolo hacia las infinitas posibilidades de su escritura, abortando algo que perdió en el camino y que ya no sabe si regresará.

Volver a escribir por intuición, se dice a sí mismo nostálgico; por la pasión simple y necesaria de no poder dejar de hacerlo. Bajo su barba blanca, la sonrisa destapa sus labios, jóvenes aún en la expectativa.

El anciano se ensimisma de nuevo, sus manos regresan al teclado, confiadas, la escritura es un ejercicio muscular, ha repetido a quien haya querido escucharlo, y sus músculos, obedientes, escriben.


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