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Los libros

‘Hotel Florida’, de Amanda Vaill

  • La autora subraya el peso del compromiso político en los periodistas extranjeros que contaron la Guerra Civil, pero también otras motivaciones menos puras
  • Los protagonistas del libro son tres parejas de reporteros: Ernest Hemingway y Martha Gellhorn, Gerda Taro y Robert Capa, y Ramón Barea —el único español— e Ilsa Kulcsar

Publicada 29/07/2016 a las 06:00 Actualizada 14/09/2016 a las 14:33    
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'Hotel Florida', de Amanda Vaill

'Hotel Florida', de Amanda Vaill

Hotel Florida. Verdad, amor y muerte en la Guerra Civil
Amanda Vaill
Traducción de Eduardo Jordá
Turner
Madrid
2014



Hotel Florida
La verdad y la guerra, la guerra y la verdad. La cita de Hemingway "es muy peligroso escribir la verdad durante una guerra" ofrece casi tres millones de resultados en Google. Con esto queremos decir que la difícil relación entre la claridad y la luz necesaria para alcanzar la verdad y el caos que conllevan las guerras —las civiles aún más, si cabe— no es un terreno precisamente inexplorado. La escritora Amanda Vaill no pretende descubrir la rueda con Hotel Florida. Verdad, amor y muerte en la Guerra Civil, pero sí añadir una capa de complejidad al relato de cómo se narró el conflicto que abrió una brecha en España en carne viva aún en nuestros días. 

Hotel Florida (Turner) toma su nombre del negocio madrileño que dio cobijo a gran parte de los periodistas e intelectuales extranjeros que residieron en algún momento en Madrid durante la Guerra Civil. Entre sus huéspedes estuvieron el actor Errol Flynn y el poeta Stephen Spender, pero el grupo que ocupa a Vaill tiene una característica común: todos ellos ejercieron el periodismo durante el conflicto, todos ellos durmieron en algún momento en el Florida y todos ellos establecieron complejas relaciones entre sí. Sus protagonistas son tres parejas de reporteros: Ernest Hemingway y Martha Gellhorn, Gerda Taro y Robert Capa, y Ramón Barea —el único español— e Ilsa Kulcsar

"A pesar de que Hotel Florida es una narración, y no un estudio académico, no se trata de una ficción, ni siquiera de una ficcionalización". Aunque la narración transcurra de manera ágil durante los tres años de la guerra, saltando de un personaje a otro, de una pareja a otra —con una cadencia que recuerda al montaje cinematográfico—, no estamos, se supone, ante elucubraciones de la autora. Su narración está basada en confesiones, diarios y biografías recogidos en varias docenas de títulos —las notas y la bibliografía ocupan unas 60 páginas— que la autora parafrasea con frecuencia para aligerar la historia. 

Por su carácter histórico —o incluso periodístico—, Hotel Florida podría ser leído como tres obras distintas: una exposición sobre la Guerra Civil; un recorrido por las relaciones personales de los seis protagonistas mencionados; o un ensayo sobre el papel del periodista en un conflicto armado y el difícil acuerdo entre activismo y periodismo. Aunque Amanda Vaill combina los tres aspectos, el primero es sin duda el más débil. Un lector medio olerá de lejos que el receptor tipo del ensayo es, precisamente, extranjero, lo que exige unas aclaraciones y generalizaciones que el español juzgará innecesarias o insuficientes. Pero además, a tenor de las críticas publicadas, un lector versado en el tema encontrará varias inexactitudes, o al menos encontrará que ciertos relatos que se dan por ciertos ofrecen, en realidad, muchas más dudas. 

Hotel Florida encuentra su espacio, sobre todo, cuando se centra en las motivaciones de sus personajes. Dejando de lado la verdad literal que resida en las ideas, diálogos y ensoñaciones que Vaill pone en sus bocas, los seis periodistas acaban teniendo una solidez sorprendente, teniendo en cuenta la cantidad de datos que ha manejado la autora. No es, por tanto, un relato amable. En lo personal, estos seis reporteros no son inmunes a los enfrentamientos y mezquindades propios de la contienda, y propios también de un grupo cerrado que debe compartir espacio durante demasiado tiempo. 

Pero es su faceta periodística la que más sentimientos encontrados genera. No hay aquí un relato heroico. Vaill subraya el peso del compromiso político de todos ellos en su decisión de acudir a España. Parecen ser conscientes de que lo que se juega en la Península es mucho más que el futuro de un solo país del sur de Europa. Hay una certidumbre de estar en un nudo de la historia de cuyo desentrañamiento depende el continente. Pero existen más motivaciones en ellos que la pureza de la lucha por una idea.

La ambición —la de Capa y Taro, forjando a la fuerza una marca personal mucho antes de que existiera este término—, un enfermizo gusto por la adrenalina —lo han averiguado: Hemingway— o, incluso, la sensación de que España es el sitio en el que "hay que estar" son tanto o más decisivos que la lucha por una España democrática y de progreso. De la misma forma en que España es un campo de pruebas de la lucha entre fascismo y democracia que tendrá lugar luego en toda Europa, es también laboratorio de un nuevo modo de contar la guerra: las cámaras fotográficas, más pequeñas y rápidas; la transmisión más ágil de los textos; la práctica inmediatez de la radio; la cada vez mayor libertad de movimiento gracias a transportes modernos y, sobre todo, una audiencia de masas que espera con avidez las noticias del frente. 

¿En qué lugar deja todo esto al periodista? Hotel Floria no contribuye a construir la imagen del sacrificado corresponsal de guerra dispuesto a arriesgar su vida —e incluso a perderla, como Gerda Taro, y más tarde Robert Capa— por el bien de la información. Más bien, la cuestiona. ¿Qué motivaciones empujan, todavía hoy, a un reportero a entrar de cabeza en un avispero y a tratar de informar en situaciones de riesgo extremo que le son a menudo ajenas? ¿Es valor? ¿La necesidad de hacerse un nombre? ¿El compromiso con una idea, con la verdad? ¿El deseo de aventura? Y, ¿cómo se relacionan esos elementos con el derecho del lector a recibir una información veraz?

Tenemos bastante claras las causas que dificultan el ejercicio del periodismo en la actualidad: la censura o la presión de los gobiernos; el oligopolio de las empresas informativas; la existencia de gigantescos mediadores entre el medio y su audiencia, como son Twitter y otras redes sociales; la tiranía de las visitas; la amenaza del amarillismo; la precariedad que hace tirar la toalla a los mejores... Todas ellas son, por supuesto, determinantes. Pero Hotel Florida llama la atención sobre otro elemento más, quizás atemporal, bien arraigado en el centro de cada persona que decide que lo suyo es contar lo que pasa. El propio ego. 

*Clara Morales es periodista de infoLibre

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LA AUTORA Correo Electrónico


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