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El cuento de todos

Apocalipsis

  • Apocalipsis Guzmán. Menudo nombre. Hay que tener algo en contra de una criatura para llamarla así
  • Pero así se llama el protagonista de este nuevo relato, que inician José Manuel Fajardo y Santiago Gamboa y continuará Cristina Fallarás

José Manuel Fajardo | Santiago Gamboa Publicada 07/10/2016 a las 06:00 Actualizada 13/10/2016 a las 12:20    
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El escritor Santiago Gamboa.

El escritor Santiago Gamboa.

(Empieza José Manuel Fajardo)

Apocalipsis Guzmán. Menudo nombre. Hay que tener algo en contra de una criatura para llamarla así, algo personal, digo yo. Pero si no está claro el porqué, al menos se sabe quién tuvo la culpa: su padre. Sobre los motivos sólo cabe especular. El padre de Apocalipsis odiaba al mundo entero, sin distinciones. En eso hay un acuerdo general. Quizá también a su propio hijo. No es que fuera un mal tipo, es que no tenía corazón. No sé si me explico: no había matado a nadie, tampoco era violento, en realidad no era nada y a lo mejor ahí estaba el problema. Ni alto ni bajo ni bueno ni malo ni tonto ni listo. Nada. Todo lo que sucedía en su vida parecía haber sido dictado en alguna oficina y a él le llegaba en forma de resolución. La gente le amaba o le detestaba sin que hubiera afecto ni afrenta por su parte. Perdía los trabajos sin ninguna razón y los conseguía de igual modo. Sin méritos ni faltas. De esa misma manera dejó embarazada a la madre de Apocalipsis. Sin querer y sin remedio. Fue un polvo rápido después de una noche de discoteca, y seis meses después le llegó el aviso de que ella estaba encinta y decidida a tener el niño. Otro día, una llamada telefónica le comunicó que acababa de ser padre y que su deber era reconocer a su hijo. Él iba a cumplir treinta y tres años y ya tenía la sensación de estar llegando al final de su vida. Dar su apellido a un hijo no era una mala manera de perpetuarse. Sin embargo, por una vez quiso tener la última palabra. De acuerdo, lo iba a reconocer, concedió, pero con la condición de que fuera él quien le pusiera nombre. ¿A quién se le iba ocurrir que elegiría el de Apocalipsis? Desde luego, a la madre no. Cuando se lo dijo, ella protestó que eso no era nombre de persona sino una canallada. ¿No se daba cuenta de que el niño iba a ser el hazmerreír de la escuela? Pero él no se dejó convencer. Va a producir más miedo que risa, respondió, a mi hijo se lo van a tomar en serio. Esa fue la única vez que acertó en su vida y por partida doble, pues la premonición de que el tiempo se le acababa resultó ser cierta: apenas tres meses más tarde moría fulminado por un cáncer de páncreas. Y Apocalipsis resultó ser temible.

A mí se me pueden reprochar muchas cosas, pero no que sea mentiroso. Lo que les cuento es tan cierto como que nací en Madrid y viví allí hasta que me dio por irme a Puerto Rico, a los veinticinco años de edad, tras la muerte de mi madre. Son ideas que la muerte le mete a uno en la cabeza. Me crié pues lejos de las palabras calientes de la isla, lejos del sonido de algodón de sus brisas y los atardeceres lánguidos a la sombra de los mangós, pero no me costó acostumbrarme a todo ello. Dejar Madrid por el Caribe no es el mayor sacrificio del mundo. Renté departamento en Condado, porque tenía plata. Ya sé que ese barrio es de mentira, una vidriera linda para encantar a los turistas. Mejor así, cuando se tiene un trabajo como el que yo elegí, abogado de causas perdidas, al llegar hay que sacar la cabeza de la mierda o uno termina por formar parte de aquellos a los que está tratando de ayudar a salir de ella.

Fue por mi trabajo que conocí a Apocalipsis. No es que él viniera a pedirme que le sacara de la mierda, su vida le parecía cualquier cosa menos eso: a quien yo tenía que ayudar era a un amigo suyo, Sweetie Álvarez, otro con un nombrecito que parece un castigo. Siempre he pensado que en la isla son muy creativos. En su descargo hay que decir que en realidad se llamaba Robert, lo de Sweetie era un apodo que no se sabía quién le había puesto. Para unos, su madre, que siempre fue muy consentidora. Para otros, sus novias, que fueron muchas. Y para sus enemigos, los presos de la penitenciaría estatal de Oso Blanco, que hacían uso de sus encantos corporales por turnos. A mí no me consta ninguna de las tres hipótesis y habiéndole conocido puedo testimoniar que no era dulce ni agraciado y sus maneras conmigo siempre fueron del tipo brutal, incluida alguna agarrada de cuello y una tendencia a los puños que en una ocasión me dejó con el labio superior amoratado y una pésima opinión de mi posible cliente. Pero Apocalipsis decía que Álvarez era su brother del alma, y el cheque con el que respaldó esa amistad me convenció para hacerme cargo del caso.

(Sigue Santiago Gamboa)

Saber quién es uno realmente es cosa difícil, pero en el caso de Sweetie todos lo supimos siempre: era el niño de la banca, en el parque. En esa banca que hay en todo barrio de ciudad presuntuosa, en las islas del Caribe o en el continente. La historia oficial de nuestro barrio dice que el padre de Sweetie lo llevó a esa banca y le dijo, “espérame acá, hijo, voy a resolver un asunto y vuelvo”. El niño se sentó y lo vio alejarse hacia el fondo del parque. Como no se atrevía siquiera a levantarse no pudo ver a cuál de las casas entró, sobre la calle de abajo. ¿Qué tendrá que hacer ahí?, se preguntó el niño, balanceando los pies. Al lado suyo había una pequeña bolsa dejada por su padre y, curioso, el niño la abrió. Había un sándwich y una manzana. Cuando llegó el mediodía sintió un poco de hambre, así que sacó la manzana y se comió hasta la mitad pensando en dejar el resto para después, o para su padre. A eso de las cinco empezó a venir mucha gente de la calle de abajo y el niño se impacientó. Cada vez que veía a una figura a lo lejos se decía, ya viene, ya viene, pero nada, y pronto llegó la noche. Antes de la hora de la cena el parque se llenó de vecinos, de algarabía. Vio otros niños jugando pero no se atrevió a moverse de la banca. Temía que su padre volviera y no lo encontrara. Luego todo el mundo se fue a sus casas y el niño se quedó solo. Le dio un par de mordiscos al sándwich y siguió esperando, en medio de la noche. Llegó algo de brisa y sintió frío, así que subió las piernas a la banca y se estiró para dormir. Estaba seguro que en medio del sueño lo despertaría la mano de su padre y luego su voz, diciéndole, “ya hijo, ya volví, podemos irnos”. Pero abrió los ojos al día siguiente, muy temprano, y seguía estando solo. Al segundo día una vecina vino a preguntarle, “niño, ¿qué haces ahí?”, y él respondió, es que estoy esperando a mi padre, fue a resolver un asunto a la calle de abajo y ahora vuelve. La tercera noche la señora le dijo que viniera a dormir a su casa, pero él no quiso. “Es que si él vuelve y no me ve podemos perdernos, no va a saber dónde estoy”, dijo el niño. Al sexto día la mujer logró convencerlo y dejaron una nota en la banca escrita por él: “Papá, estoy en la casa del frente, la azul, ven pronto”.

(Continuará Cristina Fallarás)


*José Manuel Fajardo es escritor, periodista y traductor. Su último libro es Mi nombre es Jamaica (Edhasa, 2015).

*Santiago Gamboa es escritor. Su último libro publicado es una reedición conmemorativa de El síndrome de Ulises (Literatura Random House, 2015). 


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