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Los diablos azules

Vulnerabilidad y fortaleza en Lucia Berlin y Elizabeth Strout

  • Tanto de Manual para mujeres de la limpieza como de Mi nombre es Lucy Barton, se desprende una idea de lo humano profundamente candorosa
  • Quizás la extraordinaria recepción de estos dos títulos se deba también a la necesidad de reconciliarnos con ese deseo oculto de apostar por el perdón

Lola López Mondéjar Publicada 07/10/2016 a las 06:00 Actualizada 07/10/2016 a las 10:50    
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Portadas de 'Manual para mujeres de la limpieza" y 'Mi nombre es Lucy Barton'.

Portadas de 'Manual para mujeres de la limpieza' y 'Mi nombre es Lucy Barton'.

El estilo es el carácter del escritor. Le oí esta frase por primera vez a Rodrigo Fresán en un seminario que impartió hace unos años en el taller de escritura que coordino en la Biblioteca Regional de Murcia, y me pareció un enorme acierto. Entonces no conocía el debate sobre carácter y destino de Walter Benjamin, ni la cita clásica original, ni el texto de Unamuno, pero sí el discurso de Sánchez Ferlosio. No obstante, quizás nunca me había detenido a pensar en esa afirmación hasta leer este verano, con apenas unas semanas de diferencia, dos libros recientemente traducidos y elogiados unánimemente por la crítica: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (1936-2004) y Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout (1956).

El libro de relatos de Berlin y la novela de Strout me produjeron la misma impresión: tuve que avanzar en su lectura para que comenzaran a gustarme. Al principio me parecieron demasiado planos, demasiado simples. Pero luego, poco a poco, me fue ganando su profunda humanidad, incorporada a través de esa aparente simpleza; poco a poco fui entreviendo en su estilo lo que supuse el carácter de las autoras. Y no me refiero a sus peripecias biográficas, no, no me pregunté si esto o aquello les había pasado realmente en su vida, sino qué tipo de personas podían ser una y otra.

Si acabaron gustándome estos libros (creo que el de Lucia Berlin tiene más calidad literaria que la novela de Strout, pero ahora no importan estas diferencias) fue porque de ellos se desprende una idea de lo humano profundamente candorosa, en las dos acepciones de la palabra que señala la Rae: "1. m. Sinceridad, sencillez, ingenuidad y pureza del ánimo; 2. m. Suma blancura".

Lucia Berlin
De ambos se desprende el predominio, en las conductas de sus protagonistas, del perdón y la bondad sobre el rencor y el odio que podemos experimentar en las relaciones familiares y amorosas, en las relaciones que nos importan, en definitiva. Ambas invitan a pensar sobre la posibilidad de amar a quienes nos han hecho daño, o mejor, la imposibilidad, para ciertos seres, de dejar de hacerlo (dejar de amar y dejar de hacer daño). Tanto la protagonista de los distintos relatos de Berlin como Lucy Barton, la protagonista de la novela de Strout, son mujeres con unas familias disfuncionales (muy disfuncionales, en realidad, y el término es demasiado aséptico para describir lo que sufrieron ambas de niñas), y las marcas que dejó en ellas esta circunstancia traumática no las hicieron rencorosas ni mezquinas, ni pobres de espíritu, sino generosas, entregadas, con una enorme capacidad de amar, y una ingenuidad y pureza de ánimo encomiables.

En el caso de Lucia, el alcoholismo y otras características comunes a la autora y a la protagonista las hermana, y creemos asistir a episodios de su vida errática, desprovista de un objetivo. Porque Lucia tenía solo carácter, que diría Benjamin, pero no destino, en el sentido de que, cuando leemos los distintos relatos, que la muestran a través de anécdotas intensas, enlazadas a veces entre sí por personajes y circunstancias comunes, la imagen que se desprende de esa mujer es de un tremendo desamparo, pero también de fortaleza y de bondad. Lucia Berlin no juzga a nadie porque se sabe vulnerable e imperfecta; no se estiliza idealizando su representación, sino que se muestra temblorosa, buscando el primer trago en la tienda más madrugadora, junto a homeless tan alcohólicos como ella; dejando a un hombre por otro sin demasiada vacilación, abandonando y echando luego de menos a sus hijos. Una mujer a la deriva, sin determinación para llevar adelante ningún proyecto porque la vida se le cruza siempre (un hombre, un hijo, la enfermedad de su hermana, un editor), y ella sigue sus imprecisas indicaciones sin apenas decidir nada. Y a esta mujer el mundo que la rodea le parece interesante, y nos lo cuenta sin juzgarlo.

Elizabeth Strout
Por su parte, Elizabeth Strout incorpora en su narración a una escritora, Sarah Payne1, que su protagonista, Lucy Barton, admira, y a cuyos talleres y conferencias asiste. Barton recoge a lo largo de la novela algunas de las ideas de Sarah Payne sobre lo que es la literatura que, podemos pensar, coinciden con la poética de la propia autora. Son estas, y merece la pena detenerse en ellas:

"¿En qué consiste su trabajo como escritora de ficción?, preguntó el bibliotecario, y ella dijo que su trabajo como escritora de ficción consistía en dar a conocer la condición humana, en contarnos quiénes somos, qué pensamos y qué hacemos"
(pág. 109).

"Nunca defiendas tu trabajo, nunca. Esta es una historia de amor, tú lo sabes. Es la historia de un hombre atormentado todos los días de su vida por cosas que hizo en la guerra. (…) Pero si mientras escribes esta novela te das cuenta de que estás protegiendo a alguien, recuerda una cosa: que no lo estás haciendo bien"
(pág. 119)

"Sarah Payne dijo: Si hay algún punto débil en tu historia, plántale cara, agárralo fuerte y plántale cara antes de que el lector se dé realmente cuenta. Así es como tendrás autoridad, dijo, en una de esas clases en las que su cara se inundaba del cansancio de enseñar" (pág. 148).

"Y pienso en lo que decía, que todos tenemos una única historia, y creo que no sé cuál era o es su historia. Me gustan los libros que escribió, pero no puedo evitar la sensación de que rehúye algo"
(pág. 204).

La condición humana de la que nos hablan tanto Lucia Berlin como Elizabeth Strout es compleja, capaz de los mayores crímenes o de los impulsos más zafios y descontrolados, como esa Cosa a la que se refiere Strout de manera elusiva en dos ocasiones:

"Miró a William, y cuando se estrecharon la mano, vi la cara de mi padre terriblemente contraída, como la expresión que con frecuencia precedía a lo que de pequeña yo llamaba —para mis adentros— la Cosa, es decir, una situación en la que mi padre se ponía muy nervioso y no se controlaba" (pág. 41).

Y la segunda:

"Y tuvo una depresión nerviosa el padre de Janie. Le dio por masturbarse por toda la casa… le dio por andar por la casa masturbándose compulsivamente (...). Hasta entonces no me había enterado, ni me he enterado después, de que ocurriese esta Cosa, como la llamaba yo, como ocurría en nuestra casa" (pág. 175).

Esa Cosa no se nos dice exactamente qué es, aunque sospechamos que está relacionada con los daños sufridos en Vietnam por su padre, tanto por el daño mismo que hizo su padre en Vietnam como por su sentimiento de culpa y asco hacia sí mismo, pero sus manifestaciones concretas se nos ocultan. De manera que Lucy Barton también protege a alguien, rehúye algo, como le reprocha a su admirada Sarah Payne.

Es interesante este bucle interno, este diálogo de la escritora a través de otra escritora de ficción sobre hasta dónde es capaz de llegar la sinceridad en la literatura y, quizás, la dificultad para que esta sea sinceridad llegue hasta el final. Pues, al final, da igual si lo contado es real o ficticio, la verdad se escabulle siempre, precisamente, porque está en su propia naturaleza escurridiza, relativa y compleja, hacerlo. Porque la verdad humana es la necesidad de contarnos relatos, de dar sentido al sinsentido de lo familiar y del mundo. Y ambas autoras, de forma distinta pero animadas por esa misma pureza de ánimo, lo hacen.

Como se recoge en la solapa de la novela de Strout, en la crítica del diario italiano La Repubblica se dijo de ella que "sus libros nos hacen mejores personas". Quizás la extraordinaria recepción de estos dos títulos se deba también a esto: a la necesidad de orientarnos hacia sentimientos edificantes, de reconciliarnos con ese deseo oculto —que puede avergonzarnos2  en un mundo que exige la competitividad y el individualismo— de apostar por el perdón, por la comprensión y el amor antes que por el rencor, el distanciamiento y el odio. Quizás el placer que produce la lectura de estas obras, por las emociones que suscitan, esté ligado a nuestra profunda y negada necesidad de apostar por los vínculos humanos; dificilísimos siempre, decepcionantes tantas veces, inexplicables, sí, pero lo único que puede salvarnos de nuestro radical desamparo en este universo frío.

[Lee las reseñas de Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin y de Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout.]  


1 Sarah Payne es el nombre de una niña asesinada en 2001 por Roy Whiting, que la raptó y violó, para arrojarla después desnuda en una cuneta. El caso fue muy difundido en los medios de comunicación internacionales, pues produjo un intenso debate sobre la pedofilia en la corte británica, así como la publicación de los nombres de los 110.000 pedófilos censados en Inglaterra. Desconocemos si la elección de ese nombre por la autora fue intencionada o no, pero la niña Sarah Payne bien puede servir como ejemplo de una infancia arrasada por la maldad, el desamparo y la vulnerabilidad de los adultos. Sí nos parece evidente este motivo en la selección de otra imagen que se nos brinda en la novela. Lucy Barton visita repetidas veces un museo para contemplar a solas la siguiente escultura:

"Es una estatua de mármol de un hombre con sus hijos al lado, y el hombre tiene una terrible expresión de desesperación, y los niños parecen aferrarse a sus pies, implorantes, mientras que él mira el mundo con ojos atormentados, tirándose de la boca con las manos, pero sus hijos sólo le miran a él, y cuando al fin me di cuenta, dije para mis adentros: Ah.
Leí el letrero, que explicaba que los niños se ofrecen como comida a su padre, al que están matando de hambre en la cárcel, y que los niños solamente quieren una cosa: que desaparezca el sufrimiento de su padre. Dejarán que se los coma, contentos, muy contentos.
Y pensé: Ese hombre sí que sabía. Me refiero a la escultura. Sí que sabía.
Y también el poeta que escribió lo que muestra la escultura. Él también sabía"
 (pág. 98).

Los niños ofreciéndose al padre, los niños que solo quieren que los padres estén contentos.

A explicar esta vergüenza que parece afectarnos cuando nos acercamos a la bondad de los sentimientos han dedicado Adam Philips y Barbara Taylor su libro Elogio de la bondad (Duomo, 2010).



*Lola López Mondéjar es escritora. Su último libro es publicado, Cada noche, cada noche (Siruela, 2016). 

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