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Los libros

'Musa Décima', de José María Merino

  • La novela reivindica la figura de la escritora Oliva Sabuco, que debería formar parte, según el autor, del canon del ensayo español
  • A sus 75 años, el escritor ha publicado una novela mucho más arriesgada que las de la mayoría de los narradores jóvenes españoles

Fernando Valls Publicada 02/12/2016 a las 06:00 Actualizada 01/12/2016 a las 18:10    
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Musa Décima
José María Merino
Alfaguara
Madrid
2016

En esta nueva novela, Merino utiliza dos historias que suceden paralelas, entrelazándose. Una de ellas transcurre en el siglo XVI, como otra narración suya —Las visiones de Lucrecia (1996), soñadora profética a quien aquí se alude (pág. 319 y 323)—, y la otra en el presente. Se parte de un momento de crisis económica y moral para recordar un pasado remoto, sin que por ello se trate de una novela histórica en sentido estricto. El relato se teje con diferentes mimbres: por un lado, una persona real, la escritora Oliva Sabuco, discípula del humanista Pedro Simón Abril, formada en la Academia Alcaraceña, a quien Lope de Vega consideró la Musa Décima, autora de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre (1587), obra que alcanzó tanto éxito que fue traducida a varias lenguas; y por otro, diversos personajes de ficción, contemporáneos nuestros, los miembros de la familia Ríos y sus allegados más cercanos.


La novela alude a un personaje del pasado con el fin de ponderarlo y reivindicarlo, pues se trata de una mujer olvidada y maltratada por la historia, ya que su padre le intentó usurpar la autoría de la obra que había compuesto sin que estén del todo claras las razones, pero también a la importancia de un libro benéfico que debería formar parte —según Merino— del canon del ensayo español. En sus páginas, doña Oliva propone una alternativa a la medicina tradicional, lo que ella llama la vera medicina: “El modo de componer el alma con el cuerpo buscando todo lo que engendre alegría y esperanza de bien, y confortando el cerebro con palabras, obras y cosas” (pág. 161). Se trata, en suma, de una medicina más natural, sustentada en la frugalidad, el ejercicio físico y el contacto con la naturaleza, adelantándose así a las curaciones alternativas, pero también a los tratados sobre los sentimientos y emociones, los afectos, que buscan el equilibrio con la razón, a la lucha contra la pobreza y a una forma de estar en el mundo más epicúrea, según ha apuntado el autor en una entrevista.

Podría afirmarse que los protagonistas de la historia son tres: Berta, la madre, enferma de cáncer, su hijo Rai Ríos y doña Oliva. Rai es el típico héroe problemático, a la manera que lo entendió Lukács. Lo curioso al respecto es que cuando comienza la narración parece que el protagonismo va a recaer sobre Berta y la estudiosa del XVI, doña Oliva; luego pensamos que será Marina, la joven escritora que quiere repetir el éxito literario que alcanzó con su primera novela; pero al fin y a la postre será Rai quien lleve el peso del conjunto de la historia y quien maneje los sucesos, sin que por ello deje de estar presente, en la memoria, tanto su madre como la humanista alcaraceña. Pero, además, desempeñan un cierto papel Raimundo Ríos, el padre, catedrático de Filosofía en la Universidad; Olga, su joven pareja; Yolanda, la hermana de Rai, y Susi, la novia de aquella; así como la joven panameña Euterpe.

Los mundos en los que transcurren los sucesos son, en suma, el ámbito individual, el privado de la empresa y el público de la Universidad. Hay un par de motivos que recorren toda la trama, plagada de sentimientos como la envidia, la traición, la venganza, la egolatría, el rencor, el plagio y la corrupción, aunque junto a tantos defectos, aparezcan también la virtud de la prudencia y la generosidad: las apropiaciones indebidas, bien sean sentimentales o intelectuales, y las distintas facetas del amor. Respecto a este último aspecto, el abandono del marido tiene su contrapartida en el propósito de venganza del hijo; y por lo que se refiere a la apropiación intelectual, casi todos acaban aprovechándose de la fascinación que siente Berta por doña Oliva, aunque se hayan burlado antes de su interés por la escritora del Siglo de Oro. Así, el catedrático, quien la ha abandonado por Olga, joven alumna, le dedica un ensayo, y lo mismo hace esta; Marina, pareja de Rai, también utiliza el trabajo que Berta le deja en herencia para su nueva novela, con la que consigue un premio, sin rendirle el tributo que merece.

Musa Décima, siendo una novela realista, no carece de motivos fantásticos, bien sea el de los mundos paralelos en las apariciones de doña Oliva, que junto a Berta se convierten en la conciencia de algunos personajes; o en el encuentro, primero de Marina, y luego de Rai, con la misteriosa Luisa Luján; bien el de la extrañeza –también presente en el pasaje sobre los mendigos que ocupan el centro de Madrid— y los tiempos simultáneos.
Como suele ser habitual en las narraciones de Merino, nos encontramos con ciertas reflexiones metaliterarias y metalingüísticas, más allá del homenaje a Cervantes (por ejemplo, se dice que Oliva actúa en su libro como una doña Quijota),  sobre la autoría y el plagio; y en suma, sobre la actitud de los autores ante el hecho literario, su falta de ética y desmedido afán de medro, y en este terreno la joven novelista, Marina, competiría con la investigadora novel, Olga. Se queja Merino, además, de la entronización de la literatura de puro entretenimiento, con la lectura de libros banales, mostrándose pesimista sobre el futuro de la ficción; y de la apabullante presencia en nuestras calles no solo de anglicismos, sino directamente de voces en inglés. A la vez, reflexiona sobre las distintas leyes que maneja la ficción y la realidad, o sobre cómo contar el pasado: si a la manera de la Historia o con la mayor libertad de la ficción. O se alude al arquetipo –tan español— de la vida como sueño. Por otro lado, dispara contra los premios literarios de las editoriales, la fama póstuma de Bolaño y contra las nimiedades que cuenta Vila-Matas, sin citarlos. Tampoco salen bien parados los agentes literarios, aquí representados por una tal Chisma, que es nombre y definición; ni siquiera se libra el Premio de la Crítica, que Merino obtuvo hace ya treinta años.

Para los muy, muy curiosos y amantes del detalle, debo decir que Merino se da el gusto de disentir del profesor Rico, del auténtico, no del ficticio, autor de ese gran libro que es El pequeño mundo del hombre (1973), aunque tampoco aparezca citado en nuestra novela, a propósito de la autoría de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre; y vuelve a utilizar la palabra acercanza (pág. 370), por lo que se refiere a la proliferación de mendigos en el centro de Madrid, convertido en una nueva corte de los milagros. E incluso el mismo autor aparece en la trama, definido como “un viejo novelista, cuentista y académico (...) que hablaba con cierta vehemencia”, para señalar algunas carencias de la literatura española actual (pág. 329).

En el desenlace, ciertos personajes se han convertido en otros, han sufrido experiencias que los han transformado: unos han sido reivindicados, otros han muerto, desaparecieron de la trama varios de ellos, e incluso hay quien tiene que atravesar el Atlántico para encontrar un tipo de vida que consiga satisfacerlo. Y en este sentido el que recorre un camino más tortuoso es Rai, pues si bien en el inicio se nos presenta como un auténtico cabeza de chorlito (caprichoso, guasón, inmaduro y egoísta), con el paso del tiempo parece encontrar su destino, tras haber naufragado en el laberinto de la existencia, aunque lo halle muy lejos de los suyos. Antes, sin embargo, tiene que perder a su madre, reconciliarse con su hermana, intentar vengarse, vender la casa familiar, ser despedido de la empresa en la que trabaja y volver a enamorarse, quizá definitivamente. También evoluciona Yolanda, que de impulsiva y sarcástica pasa a ser comprensiva, quizá por la benéfica influencia de Susi, su pareja. E incluso cambia Marina, aunque en su caso sea para mal. Una parte de los sucesos transcurren en Panamá, un mundo, el hispanoamericano, del que se había ocupado Merino en obras anteriores. Se completa el texto con los dibujos que Rai compone para su novela gráfica (un concepto poco feliz, por lo que presupone de acomplejado), en la que contará la verdadera historia de doña Oliva, en contraposición a la novela de Marina. Pero recuérdese que Merino había incluido ilustraciones en otras obras suyas.

Como le gusta repetir al autor, la ficción literaria –continua, perpetua, como rezan los títulos de sus ensayos— es uno de los mejores instrumentos de que disponemos para descifrar la realidad, bien sea la presente o la pasada, aunque Musa Décima trate, ante todo, del mundo de hoy, sin que por ello falte un comentario sobre en qué consistió el mayor fracaso de la Transición. Pero lo que ahora importa, sobre todo, es señalar que nuestro autor, a sus 75 años, con una envidiable trayectoria como escritor a sus espaldas, ha escrito una novela mucho más arriesgada, con más recovecos y guiños, que la mayoría de las que publican los narradores jóvenes españoles.

*Fernando Valls es profesor de Literatura y crítico literario.
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