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Los libros

'Escalera de incendios': Salvar los muebles

  • ¿Cómo evitar que el humo ascienda hasta confundir nuestra mirada y tiznar también los objetos, las voces recuperadas del recuerdo?
  • Detrás de cada desahucio está muchas veces el edificio abandonado, recién incendiado de nuestra propia conciencia

Trinidad Gan Publicada 03/03/2017 a las 06:00 Actualizada 02/03/2017 a las 22:12    
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Escalera de incendios
F. David Ruiz

Editorial Alhulia
Granada

2016
  El nuestro es un tiempo de sucesivas e impuestas mudanzas, pero detrás de cada habitación desalquilada o en venta, detrás de cada desahucio está muchas veces el edificio abandonado, recién incendiado de nuestra propia conciencia.

Un edificio que se construyó desde los cimientos de unas reglas impuestas por la educación familiar, que se ha ido armando sobre las débiles esperanzas de un futuro marcado por consignas (casi ya apagadas) que llamaban a la libertad, la igualdad entre todos y la justicia real en una sociedad hoy desmoronada, lastrada (ladrillo a ladrillo, planta tras planta) por la argamasa oscura de la repetición de errores, de la desmemoria histórica, de la doble y confusa moralidad occidental.

A este edificio llega un hombre que, jugando al principio, trata de descubrir una grieta en los muros para volver a habitarlo, huecos donde alguna luz trace (y eso en apenas 15 poemas) un plano de las habitaciones de su joven memoria. Un plano, para F. David Ruiz (Rute, 1987), siempre vinculado con la palabra como interrogante pero a la vez como semilla de cultura compartida: es de señalar su labor con talleres teatrales, en jornadas literarias (Montalbán) o encuentros interartísticos (Cádiz o Granada) y su residencia en Fundación Antonio Gala ( año 2013, becado para novela). Sus primeras publicaciones de poesía son la plaquette de 2012 Canción indie para el Chico Ostra (Asociación del Diente de Oro) y poemas recogidos, ya en 2015. En las antologías Todo es poesía en Granada (Esdrújula), Pero yo vuelo. Antología de joven poesía en Granada (Ediciones en Huida) o El álbum del fingidor (del fotógrafo Joaquín Puga en Valparaíso ediciones). Colabora también en las revistas Mala Sombra, Revista de Claroscuros o La Galla Ciencia. Y, ahora, desde esos surcos y esa memoria, ha alzado su yo presente, en este libro, Escalera de incendios (de editorial Alhulía y que obtiene en 2016 el VII Premio Granajoven de poesía), con gran fuerza poética para atrapar lo vivido y donde también hace la apuesta necesaria para alcanzar aquello por vivir.

En la primera parte, titulada “La combustión es siempre espontánea”, vemos como el poeta recorre un camino de búsqueda mirando tras su hombro al niño que fue, a los propios cimientos (ahora desvelados, descarnados por el fuego de la palabra) y ello con una nostalgia persistente pero llena de lucidez, con una desesperanza que paradójicamente le a mirar hacia delante, como vemos en el poema “La resistencia del plástico” donde escribe :“durará años / esta herida nueva de la lupa vida”. Recuerda en estos poemas, reinterpretándolas, las palabras oídas en la infancia (así, en el primer y excelente poema del libro, nos dice: “Come, niño / que cuando aprendas que la palabra hombre / viene de hambre / habrás perdido la batalla”. Vuelve a transitar las paredes ya vacías de las relaciones familiares, diseccionándolas desde sus detalles más cotidianos con el láser preciso de unos versos afilados (“en los costados de esta mesa / reúne su desorden / la palabra familia y se roza los codos”, escribe, o “Volver/manchado de futuro/a la casa del padre/es parecido a un ejercicio/ de equilibrio”. La sección se cierra con el estupendo poema “Contradiciendo a Pessoa” en el que la apelación al deseo, a la corporalidad desnuda del otro-amado se resuelve en hallazgo de la corporalidad del propio poema y, desde ella, en llamada al otro-lector, a esa mirada cómplice ante la que confesar que la verdad vital y la verdad ficcional, que es en su centro toda poesía, siempre acaban encajando (“Que el poema, /esta prolongación de mi existencia, / ya no diferencia arte/y vida. (…) Ya que escribir, aceptar el infierno/es saber reconocerse”).

A este reconocimiento asistimos en los poemas de la segunda parte del libro, “El humo removido”, a la que el autor llega huyendo del frío recién descubierto, tras encender para calentarse la hoguera de un amor apasionado y subir por la escalinata quebrada de los versos hacia una balconada desde donde intuye que podrá entender su presente. Será pues un redescubrirse que comienza en el otro-amado, en una relación amorosa vivida y recordada como la inmersión en un río desbordante pero, a la vez, delimitador de una frontera quizá insalvable igual que el fuego: el poeta busca hallar una identidad , intuida casi en el cuerpo del amado, amanecida apenas en compañía pero, al enfrentarse a la luz viva de la realidad abierta por el lenguaje hacia lo exterior, se descubre con extrañeza ajeno, plantado ya sin palabra o puente preciso en el otro lado ( nos dice. “La felicidad es un río sin puentes/ y, en vela, / te espero ahora/de este lado”), siempre al borde de una despedida (escribe: “Y siempre me despido/mordiendo/aquello que no digo”). Desde estos apuntes amatorios, las etapas de este descubrimiento avanzan ahora hacia una inmisericorde y acerada contemplación de sí mismo, bien sea reflejándose fugaz y esquinadamente en el espejo de las propias mitologías ( es muestra el estupendo poema “Baby blue”, una autoelegía con pie en la serie televisiva Breaking Bad), bien haciendo una dura contabilidad de esa matemática social y política en la que, como tantos jóvenes, se ve forzosamente inscrito ( así, nos anota en el poema “Cadena evolutiva”: “Los hombres de mi generación/son multiplicaciones inexactas”) o bien sosteniendo  esa mirada hacia el interior de una consciencia creciente de sus limitaciones que vemos abrirse en el díptico “Dos días”, mirada que queda suspendida como en fotograma fijo en el poema “Ceniza”, donde ya finalmente se disipa todo humo.

La última parte es “Los escalones de la huida”, donde el poeta nos muestra los tres pasos finales de este viaje de fuga/retorno desde/hacia la casa del yo, ahora en escombros. Unos pasos que tienen la fuerza de tres aldabonazos a una puerta increíblemente ( y ello gracias al cuidado puesto en la palabra poética, en la sinceridad de su mirada interior y frente al mundo) aún alzada en el solar quemado cuyo plano fantasma nos hizo recorrer en el libro. Son tres poemas directos que nos convocan a atravesar esa puerta para acompañarlo en una huida hacia adelante, hacia las calles de algunos futuros posibles. En el primero de ellos está la constatación de una derrota (“Aquí no queda nada. Ni Ítaca es Ítaca: / Homero la inventó.”), pero también la primera sombra de unas huellas puestas sobre las aceras de otro mañana, de un futuro que volverá a estar, a pesar de la huida, cargado con el peso de la memoria y que por tanto quizá de nuevo será abismo y vértigo, como desgrana en los siguientes textos escritos, los que componen “Tríptico del vértigo”. Un camino abierto en el que, y lo sabe al abordarlo, sólo ha de ser posible, “Tenerse en pie, /como quien despide a Dios/desde un andén” y encontrar por compañía una oscuridad inexplorada cuyo vacío tendrá que llenar reescribiéndose sin cesar, como hace en un poema que es cascada continua de un mantra de resonancias cervantinas, (“No la has de ver en todos los días de tu vida”), texto que colocado en la parte final del poemario recoge el aliento de la interpretación que del mismo hiciera el querido profesor Juan Carlos Rodríguez en su obra “El escritor que compró su propio libro”: son voces que desde la infancia avisan al autor de lo irreversible de su pérdida y de que el deseo  dirigido al amado es ahora deseo-símbolo hecho carne en la escritura, lo  que el poeta resuelve aquí aferrándose a la posible salvación que frente al vértigo nos puede dar el conocimiento. Y cierra el libro el poema “Escalera de incendios” que, con excelentes imágenes, pone ante nuestra mirada un poeta que ya no echa la vista atrás, que aprende a caminar su propia (nuestra propia ) geografía desolada.

F. David Ruiz nos ha ido acercando posibles respuestas a sus preguntas: ¿Cómo huir del fuego? ¿Cómo evitar que el humo ascienda hasta confundir nuestra mirada y tiznar también los objetos, las voces recuperadas del recuerdo, los trazos salvados de la quema del edificio en peligro y a pique de caer que es ahora el yo personal, el nosotros colectivo? Sólo nos queda como salida, aún tambaleante entre las ruinas pero lista para desplegarse con el hilo de la palabra y ofrecernos posibles verticales para la huida, esa “escalera de incendios” que nos propuso en el título y que, en estas páginas, no es sólo un artefacto para la fuga, sino también laberinto metálico donde se extienden esas calles de nuestro paisaje vital que el humo de lo pasado colocó a una distancia quizá inaccesible: la esperanza, la libertad, la solidaridad, el buen amor.

Los peldaños de este libro son poemas fuertes, duros pero brillantes como el metal de esa escalera. Sus goznes pivotan sobre las relaciones familiares, sobre las series de culto, sobre los huecos descubiertos en en la memoria y en la propia identidad de un joven poeta que, iniciando con estos poemas una escritura muy prometedora y coherente, nos recuerda también otra arquitectura posible para el futuro. Porque delante de él se eleva un dintel asumido al fin, el del vértigo; porque bajo sus recomenzadas huellas escucha crepitar las pasadas cenizas (prendidas aún, vueltas en los  poemas que ha escrito “una bruma de racimo”) y a sus espaldas siente el eco hermoso de esa escalada urgente desplegada por sus palabras: una fuga poética que le llevó a alejarse de la rutina de la desesperanza y a acercarse a todos nosotros, lectores que nos sospechamos otros tras haberlo leído y recordar palabras como éstas: “Y vine a escribir/ la huida/en una escalera de incendios./Después de esto/quien se aleja/ no eres tú.”

*Trinidad Gan es poeta. Su último libro, Papel ceniza (Valparaíso Ediciones, 2014).
 
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